Domingo, 17 de Diciembre de 2017
15:08 CET.
Bienal de La Habana

El poeta en su obra

Descifrar el universo para cifrarlo de nuevo, dice Octavio Paz que es lo que hacen los poetas: en su colección de paisajes, macroinstalaciones sonoras, itinerantes algunas, el artista plástico Rafael Villares persigue y logra que la emoción, las reacciones sensoriales y perceptuales completen la obra. Y más: en esto, ver aquello, operación poética esencial, también al decir de Paz. Porque la realidad del arte, ya se sabe, es siempre otra realidad.

En la XII Bienal, Villares presentó dos piezas, una itinerante recorriendo el Malecón habanero, Árbol de Luz (2015), y otra enclavada en el ultramarino pueblo de Casablanca, Tempestad cromática (2015), exposición colateral.

La primera, Árbol de luz, luminaria con varias fuentes de luz de varios países del mundo, lo vertical, dimensión noble, árbol que irá agrandándose al adquirir nuevas ramas (otros países), consiguió con creces ese efecto de comunión "entre las ramas, las luces que desprende y el espectador". Tempestad cromática (2015), por su parte, invitaba al espectador a bañarse en el agua distinta, por  coloreada —roja, azul, verde, amarilla— de una tormenta desatada en el entorno urbano. Se suministraban sombrillas para que la gente se metiera bajo el agua, donde se escuchaban los sonidos y efectos de una tormenta real. Ambas obras, interactivas, involucraron a más de un visitante.

Elegante en el tratamiento de materias y texturas —sea barro, piedra, cajas de luces— cuya corporeidad se hace vigorosamente presente en medio de una evanescencia lírica, logrando de esta manera el milagro de una "física de los transparente", en inédito clima de intensidad, Villares ostenta limpieza en la ejecución, audacia, creatividad, reflexión filosófica, existencial, donde los "reinos" de la naturaleza son transgredidos (Soledad humana, 2009) en vena barroca. Esta obra, tesis de grado, por su plasticidad e intencionalidad filosófica, a nuestro juicio aún no ha sido superada por el artista.

La subversión de la forma aquí no se hace mediante la forma contraria, sino que se la desborda al fingir que se la mantiene. Ora satisfecho, ora desengañado, el artista se vale de una astucia tierna y lúcida para leer al mundo. Mira la dignidad, lo extraordinario que hay en la naturaleza como imágenes atiborradas de connotaciones. Las formas repetidas por las cuales reconocemos en lo que Villares insiste son figuras de reconocimiento, un demasiado lleno del sentido.

Elocuente en su observación del detalle, popular y refinado a la vez —popular porque da acceso al público, lo involucra en sus macroproyectos y refinado por la sutil puesta en escena de toda una cultura—, Villares asume con libertad la particularidad de su propia mirada y al mismo tiempo comunica con todos, habla el lenguaje de los otros sin dejar de hablar el suyo propio. Amenazado por la soledad de los grandes innovadores, Rafael Villares considera que la naturaleza es un cuerpo y el cuerpo, un universo.

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