Jueves, 29 de Septiembre de 2016
20:43 CEST.
Artes plásticas

La ola del tiempo

Presidido por una cita sibilina de Jorge Mañach —"La conciencia de un pueblo no se hace olvidando, sino recordando"—, el Museo Nacional de Bellas Artes rendía homenaje en su centenario al prolífico intelectual Guy Pérez-Cisneros (1915-1953), con más de 50 obras en exposición,  el 35% de ellas escogidas en su tiempo por el propio homenajeado para su mítico Salón Imaginario.

Salón este que contaría con cinco salas para acoger lo más avanzado de la pintura, escultura, el grabado, el dibujo, la caricatura, la historieta gráfica de su época.

En su centenario bastó una, la Sala Transitoria.

La ola del tiempo se llama la singular muestra que reúne obras tempranas de autores tan connotados como Portocarrero, Lam, Amelia Peláez, Víctor Manuel, Fidelio Ponce, Arístides Fernández, Eduardo Abela, Massaguer, Rafael Blanco, entre otros, junto a entes insospechados como Feliscindo Iglesias Acevedo y su fresco, logrado patio colonial de Guanabacoa, o Rafael Moreno y su Cuento rumano.

Gracias a la doctora Mariana Ravenet, hija del pintor Domingo Ravenet, gran amigo de Pérez-Cisneros, y al coleccionista Juan Sarracino, la Memorabilia del diplomático y crítico ha sido donada por su hijo, Pablo Pérez-Cisneros Barreto, al MNBA, y por ende a la Biblioteca Nacional José Martí.

Diplomático de profesión, con una carrera en ascenso en el plano internacional (delegado de Cuba ante la IV Asamblea de la ONU, 1953), uno de los proponentes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (París, 1948), Pérez-Cisneros sobresale como crítico e investigador de la vanguardia artística cubana en el llamado sexenio de oro de las artes plásticas (1940-46).

Junto a Domingo Ravenet, protagonizaría, hasta ahora, la mayor aventura de curaduría jamás emprendida y nunca superada, como las tres mega exposiciones realizadas en la Universidad de La Habana: Escuelas Europeas, El Arte en Cuba y 300 años de arte en Cuba, todas organizadas en 1940, con apenas meses de diferencia, y  cuya visión integral de los pintores y escultores más destacados del momento —Eduardo Abela, Jorge Arche, Carlos Enríquez, Amelia Peláez. Marcelo Pogolotti, Ramos Blanco, Juan José Sicre, Antonio Gattorno y Víctor Manuel, entre otros—, hacen de Pérez-Cisneros uno de los más apasionados estudiosos de la vanguardia en la Isla, siempre a favor de la modernidad, en contra de la academia.

El crítico

Considerado un crítico y conferencista agresivo en sus inicios (1937), Pérez-Cisneros llegaría a ser jefe de redacción de la revista Grafos, expresión esencial de una generación; columnista cultural del periódico Información; firmaría centenares de artículos, reseñas y traducciones de escritores franceses asociados a la modernidad europea en la prensa de entonces, siendo figura fundadora, junto a Lezama, de las revistas Verbum, Espuela de Plata y Orígenes.

Contemporáneos suyos como Guillén, Carpentier, Lezama, Mañach y Mirta Aguirre también ejercían el criterio sobre el estado de las artes en Cuba, pero ninguno como él tendría tanta influencia entre creadores y lectores: inclusivo, metódico, abarcador, nadie antes había pretendido —y realizado— una evaluación orgánica, desde la raíz, de las artes plásticas cubanas.

A su haber, como artífice y animador se hallan las exposiciones de pintura y escultura cubana en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (1944), el Palacio de Bellas Artes, en Ciudad México (1946), las realizadas en Guatemala y Argentina (1945). La tesis que defendió al graduarse de la Facultad de Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana (1946), es aún texto de consulta para especialistas: Características de la evolución de la pintura en Cuba—Siglos XVI, XVII, XVIII y primera mitad del XIX.

Con visión renovada, Guy Pérez-Cisneros ata sin cesar al lector a los signos de su país: en él, el imaginario se transforma en imaginería, estética de la totalidad, diálogo entre los grandes arquetipos de la  época. Crítico analógico, su poder ya no pertenece al orden estrictamente cultural, sino que participa de un saber colectivo. Fenómeno de polisemia, sus críticas son en no pocas ocasiones, certeros retratos, "traducciones" del artista a reseñar.

El Museo Nacional de Bellas Artes propone, en su homenaje al intérprete exigente pero positivo de su realidad, de su época, un cuerpo de doctrina en su manera de ver y universalizar el arte.  Alguien a seguir por los jóvenes críticos de hoy, quienes comienzan su vela de armas en un tiempo convulso, confuso y fecundo donde las imágenes irradian sentidos diferentes.

Comentarios [ 5 ]

Imagen de Anónimo

El anónimo sin más incurre en una flagrante contradicción: ¿La crítica de arte se escribe o no? Si se escribe... Bueno. Además, luego de exagerar los méritos de Sicre y ni siquiera mencionar, por ejemplo, a Loló de la Torriente o a Pedro de Oráa, parece ignorar "Letra y solfa" de Carpentier y los innumerables ensayos de Lezama sobre pintura y pintores. Nada, la seriedad "sin más", se fue de vacaciones a Miami. 

Imagen de Anónimo Sin Más

Afirmar sin más que Alejo Carpentier y José Lezama Lima fueron los grandes críticos de artes plásticas en el siglo XX cubano es el resultado de una visión de las artes plásticas fraguada en el ámbito de la literatura. Ella descansa en la sobreestimación del intelectual crítico y, con frecuencia, desdeña las problemáticas artísticas propiamente dichas. Hay que evitar las sentencias altisonantes cuando se comenta algo con seriedad.

Imagen de Anónimo

Los grandes críticos de artes plásticas en el siglo XX cubano fueron Alejo Carpentier y José Lezama Lima. Los otros fueron valiosos, pero de relieve local o muy buenos profesores, como Luis de Soto y Rosario Novoa. Guy, lamentablemente, murió muy joven, aunque ocupa un sitio destacado dentro del Grupo Orígenes. Gómez Sicre, como dice un comentario, merece mencionarse.

Imagen de Anónimo Sin Más

Desafortundamente, este texto contiene información errónea. Desafortunadamente, también, se hace una lista libre de presuntos críticos de arte cubanos contemporáneos de Pérez Cisneros omitiéndose a uno a quien sí le corresponde ese título: José Gómez Sicre. Hay que añadir que Pérez Cisneros no tuvo que ver con la exposición del MoMA de 1944, como aquí se afirma, cuya responsabilidad por la parte cubana descansó en Gómez Sicre y María Luisa Gómez Mena, por poner un ejemplo.

La institucionalidad oficial cubana ha encontrado un recurso para lidiar con la historia de la crítica de arte en el país exagerando el papel de Pérez Cisneros, cuyo aporte debe respetarse y evaluarse críticamente y no, como se ha hecho hasta ahora, con meros ditirambos. "Ningunear" a Gómez Sicre ha sido una posición oficialista. Este texto está escrito desde esa perspectiva que, al final, poco tiene que ver con la historia real de la plástica en Cuba.

Imagen de Anónimo

Azucena Plasencia  da muy buena cuenta de la exposición y del talentoso intelectual. Lástima que exagere el valor de Guy Pérez Cisneros, lo que provoca el efecto contrario, las sospechas de incredibilidad. Y que en el último párrafo, la última oración, sea un disparate exegético que no dice absolutamente nada.