Domingo, 25 de Septiembre de 2016
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Cine

Si tan solo bastara vivir al otro lado del silencio

La presentación del documental Canción de barrio, en la sala Che Guevara de Casa de las Américas, en la tarde del martes 23 de diciembre, reafirma que los cubanos seguimos anclados a dos grandes equivocaciones que ya resultan históricas: creer que la burocracia es la fuente de nuestras penosas realidades; y que los burócratas podrían llegar a practicar la sensibilidad.

Ante poco más de cien espectadores, Alejandro Ramírez —también realizador del documental Demoler—, Silvio Rodríguez, Mónica Rivero, representantes de algunas de las barriadas habaneras y la presentadora del panel, intentaron explicar el impacto y trascendencia de Canción de Barrio, material que recoge la gira de Silvio Rodríguez por más de sesenta barriadas "desfavorecidas" del país.

La presentación fue amena y emotiva. Como todo lo ameno y emotivo que puede ser cualquier encuentro donde, de antemano, sabemos que todo estará bien. Silvio Rodríguez narraba cómo fue que se inició el proyecto. De la sensibilidad de aquel "oficial de prevención" (antes guardia de prisiones) que llegó a la puerta de su casa, interesado en la idea de que él pudiese realizar un concierto en el barrio La Corbata. Así se iniciaba "una gira que reveló lo jodido que vivía la gente […] y despertó la percepción de un tamaño de la realidad que muy pocos tenemos después de cuatro años, mes tras mes, llevando el arte a estos lugares".

El director Ramírez y Mónica Rivero —también coautores de la antología Por todo espacio, por este tiempo, que registra los dos primeros años de la gira— reseñaban "la suerte de haberse involucrado en el proyecto y, al igual que Silvio, conocer la realidad de estos barrios y su gente".

Silvio Rodríguez tuvo, al menos, la perspicacia de corregir a la presentadora del panel —que encontró los antecedentes de este proyecto "cuando Silvio llevó su música al barco Playa Girón"—, acotando que él, "como podría confirmarse en la película, no era la figura principal, sino la gente de los barrios, de los cuales había allí una representación".

Un delegado de la barriada El Fanguito; una maestra y un electricista del llegaipón de Alturas del Diezmero y un vecino de la barriada Pogolotti, intentaron, en breves palabras, hacer llegar el mensaje de que la iniciativa de Silvio no quedara en un documental o un libro, sino que implicara a más artistas y a otras voluntades, pues "en estos barrios, como en todos, viven gente buena y gente dedicada a 'otras cosas'" (metáfora que haría sonreír a todos los asistentes). Tal vez lo que no saben estos representantes de los barrios marginados —que no marginales— es que la burocracia, y por consiguiente sus burócratas, no pueden practicar la sensibilidad, y muchos menos entenderla, porque es contraproducente a su oficio.

Fotografía de lujo, excelente edición, sonido impecable, prestancia en el hilo narrativo e inmaculado empleo de la luz, como suelen ser las credenciales que distinguen a Alejandro Ramírez, hacen de este documental, en su sentido estético, una obra que ubica a su director a la cabeza de su generación. Su propósito al implicarse en la gira, deviene de darse cuenta "que se había perdido la iniciativa, por parte de los artistas, de ir por los barrios".

Un gran olvido, no solo de Ramírez sino de todos en la velada, que obvia que los pioneros en llevar su arte a las cárceles y a los barrios marginados fue el proyecto La Fabrik, en torno al cual se nuclearon activistas y promotores del movimiento rapero. Acciones que están registradas y que pueden verificarse desde hace mucho más de cuatro años. Pero en Cuba dejan de decirse tantas cosas, que una omisión como ésta resulta perfectamente natural.

Es totalmente cierto que el documental registra la realidad —visual— de los barrios, pero no hay espacio para el criterio de sus gentes. Y es que la burocracia puede ser el obstáculo que impide la inmediatez de resolver un par de problemas cotidianos, pero difícilmente será la causa, y ni siquiera la consecuencia, de la denigrante realidad a la que estamos obligados a sobrevivir los que vivimos, como expresa el eufemismo estatal, en los "barrios desfavorecidos".

Pero, ¿a quién culpar, a Silvio por darse cuenta, cuarenta años después, de que el cubano "vive muy jodido"? ¿A Alejandro Ramírez por obviar, para sus protagonistas, las preguntas correctas? ¿A la presentadora del panel por olvidarse que nadie es la figura principal de una situación jodida sino los propios jodidos? ¿A la coautora del libro por darse cuenta, allí mismo, que todo es un mismo país, aunque con circunstancias nada parecidas? ¿A los representantes de los barrios por su prudencia ante tan respetable público y casi por un instante olvidar las palabras correctas que describan no el lugar sino el sentir, y al que tendrán que volver, desafortunadamente, después de los créditos del documental?

La película no alcanza culpar a ninguno de los allí presentes, que aplaudieron todo cuanto se dijo y cuanto no se dijo. No alcanza, porque de algún modo tampoco basta el hecho de sobrevivir al otro lado de los silencios.

Comentarios [ 1 ]

Imagen de Anónimo

Lástima también, que del mismo modo que se pudo realizar este documental, presentarlo y debatirlo, no se autorizó permitir la acción plástica de ayer, a Tania Bruguera. Ambos propósitos artísticos (musical y plástico) evidencian una dura realidad: los cubanos no le interesamos al Estado cubano, no les interesa lo que pensemos ni escucharnos. El Estado moderno, nacido con el movimiento ilustrado en el siglo XVIII era impensable como Cuba vive hoy. Los Ilustrados panteaban que el Estado y los gobernantes "representaban" a su pueblo, no estaban para aplastarlo y servirse de él. Al mismo tiempo que un Gobierno tenía la misión de hacer feliz a su pueblo. Cuba ha retrocedido en el tiempo, se ha convertido en una monarquía absoluta y de las peores.