Jueves, 29 de Septiembre de 2016
01:28 CEST.
Opinión

¿Definió Martí su república como una comunidad post-étnica?

Decididos por nociones martianas contra la opresión que sufría el afrocubano y por concepciones de desobediencia civil previas a Mahatma Gandhi, dos artículos publicados en este diario debieron generar crítica o solicitud de detenimiento en estos temas, pero no sucedió así.

Descontando varios elogios que agradezco, los comentaristas centraron su atención no en la posibilidad de debatir sobre los nuevos senderos abiertos al conocimiento de la obra martiana en un asunto crucial de la historia de Cuba, sino en saber los nombres de profesores de la academia norteamericana criticados en aquellos artículos que remiten a un libro acerca de las relaciones de José Martí con los negros en Cuba y Estados Unidos. 

Con el propósito de iniciar el debate imprescindible, interesa que nos demoremos en un autor relevante como Rafael Rojas, quien enseña dos posturas que se contraponen y si las hacemos dialogar arrojan chispas.  

En crítica a un ensayo sobre la cuestión indígena de su colega Jorge Camacho, el autor de José Martí: la invención de Cuba mantiene zonas de independencia respecto al sector académico aludido. Rojas sostiene sobre Martí: "no creo que su imaginario racial pueda ser plenamente reconstruido sin alusiones a su proyecto de una 'república con todos y para el bien de todos' en Cuba". 

La tradición ha afirmado que cuando José Martí habla de una república con todos, incluye a los afrocubanos, al igual que cuando alude a los pobres. Aquí habría que distinguir una sutileza: cuando Martí trata estos asuntos habla en primer lugar de los negros, que es cosa distinta. Por cierto que utilizó la palabra negro "sin ánimo de herir", como se usó en no escasas ocasiones y aún se usa en Cuba. No sé de otra como sustituto inobjetable.

Si la citada posición de Rojas se instala en razón, señala sin embargo casi al final de sus opiniones: "Como en Simón Bolívar, la idea de una ciudadanía que construye su homogeneidad cívica sobre una heterogeneidad racial, vista como lastre para el progreso, hace que, como sostienen Alejandro de la Fuente, Alejandra Bronfman, David Sartorius y otros estudiosos de la cuestión racial en Cuba, el proyecto republicano de Martí defina la nación como una comunidad post-étnica".

Los estudiosos a los que se suma Rojas no son expertos en Martí según el propio crítico, sino en la cuestión racial en Cuba, y esta es la condición de la inmensa mayoría de los académicos con los que, luego de casi 20 años dedicados al asunto, expando mis desacuerdos. 

¿Dejó Martí como legado que la heterogeneidad racial en Cuba constituye un lastre? Esto es muy discutible y el espacio ordena una posposición, pero lo imposible de probar es que abrazó un proyecto republicano que definió la nación como comunidad post-étnica y, a la vez, que tuvo como importante para su república la noción "con todos y para el bien de todos", que en verdad es programática.

La academia norteamericana acepta frecuentemente como un absoluto al Martí que en busca de la unión idealiza la situación contemporánea y en alguna ocasión hasta histórica entre las razas, pero además suele soslayar o desconocer —pifia del porte de un buque— la lucha ideológica que a brazo partido se llevaba a cabo. Al decir de Antonio Maceo, España trata de hacer creer a los negros que los cubanos de origen hispano son los mantenedores de la esclavitud y, en una palabra, los mayores enemigos del negro.

Hay mucha tela por donde cortar en las descontextualizaciones de la academia y en este dispositivo en particular, el cual explica por qué José Martí y Antonio Maceo antepusieron reiteradamente la nacionalidad a la etnicidad en la Isla ("cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro"). En síntesis, el discurso metropolitano no obstaculizaba sino negaba la posibilidad de la nación.

La academia escamotea además al Martí que le despelleja en la cara la verdad de la opresión racial a los criollos blancos, y no hay que olvidar que su admiración por los padres fundadores (también los critica) le sirvió para combatir dicho dispositivo, en su mente cuando nota la escasez de blancos en las primeras semanas de la guerra.  

En el exilio y en Cuba se sabía cuándo Martí enfilaba contra el discurso colonial, que buscaba seguir "dividiendo al cubano negro del cubano blanco", o a la historia real del país, y en primer lugar lo sabían líderes de la raza como Maceo.

Frutos de la convivencia

El sector profesoral apuntado se inclina a silenciar el saldo que en Martí y los negros rindió la convivencia y la cercanía humana desde finales de los 80, algo que no sucedió con el indígena americano y determinó al respecto un saber mayoritariamente libresco o por la prensa.

Escarbemos en la relación del autor de "Nuestra América" con Rafael Serra, destacado activista contra la opresión de la raza. Cuenta Deschamps Chapeaux que cuando Serra tiene listo su equipo de combate para partir a la Isla, el jefe del Partido Revolucionario Cubano (PRC) le dice que no, que él no irá a la guerra.

Quizá algún tema en la familia de su compañero pudo influir en la decisión, pero de lo que no tengo la más mínima duda es que Martí quiere a Serra vivo porque amén de líder de la comunidad afrodescendiente en New York, donde ocupa un alto cargo en el PRC, el poeta ha reiterado que en la Sociedad La Liga "hombres estamos creando", y ello "no se ve ahora, pero ha de sentirse luego".

Aunque estudiosos leen con displicencia frases como esta, Martí asume como obligación ética ayudar en la generación de hombres autónomos y antirracistas para actuar en la República. Si al decir de Gramsci cada grupo tiene su propia clase de intelectuales o tiende a formársela, José Martí se involucró en esto conscientemente en relación con los negros y el racismo.   

Por décadas, la tradición y la academia con la que contrapunteo se han entretenido en explicar que la tarea más importante de Martí en La Liga, y con muchísimos negros fuera de ella, radicó en crear independentistas. Esto parece argumento para párvulos. Los negros necesitaban y anhelaban más la soberanía y la democracia del país que Martí, si el asunto fuera medible. Las habían peleado en dos guerras como mayoría. Hasta Rubén Darío supo que estarían en masa en la contienda.

Difícilmente los amigos de Serra —gran parte de la comunidad afrocaribeña en New York— desconocieron cartas en que Martí le escribió sobre cómo asumir el antirracismo, tarea que por el contexto prebélico era hacedera únicamente en la democracia republicana: "Todos los que tengan voluntad han de ponerse juntos. Ya cansa, y hace demasiado daño, el trabajo de serpiente de tanta gente mala".

Y difícilmente tampoco desconocieron muchos negros la simpatía de Martí por los afronorteamericanos que tuvieron en sus iglesias espacios de creación de vida ciudadana y resistencia, y a los que en una asamblea decidieron "protestar en todas partes" contra las agresiones a las parejas birraciales, todo un tema en su escritura.

La unión de los afrodescendientes está aquí explícita, pero implícitamente refiere la solidaridad de los blancos antirracistas, que comienza por él mismo, y todo bajo el amparo de la democracia republicana y la paz. Estas hubieran sido graves desavenencias con el Partido Independiente de Color (PIC) de haber vivido su tiempo.

Martí se acercó más a nuestra contemporaneidad que el camino que hacia su holocausto escogió finalmente el PIC.

Entonces, ¿por qué creer a los académicos con quienes Rojas tardíamente naufraga en el entendimiento de un trozo capital de nuestra historia? Conste que también la perspectiva de una homogeneidad cultural que junto con la cívica muchas veces invoca la crítica, sufre disrupciones profundas en la obra martiana, y no solo respecto a los abakuá en Cuba y otros temas, sino en relación, por ejemplo, con el spiritual afronorteamericano.

Si a sus amigos les anunció una "campaña redentora y activa" contra el racismo en la República, en Patria concretó el futuro como escenario de conflicto: "¡Cerrémosle el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos¡ ¡De todos los cubanos!".

Invariablemente los comentadores se fijan aquí en la inclusión del negro, pero pocos en la decisión de resistir a los que se opusieran a dicha inclusión, donde el aliento por lo social prepondera.

La desobediencia civil como herramienta de liberación para el negro y generadora de derechos en la práctica para todo oprimido es lo que ya tiene Martí claramente en su cabeza antes de la guerra, y esto es lo que cifra, lo que entrega el sentido último de su legado.

Rojas apoya un proyecto republicano que no existió como comunidad post-étnica, y no queda aquí otro remedio que repetirnos: ¿fueron tontos los afrocubanos en acudir a la guerra de Martí —y probablemente morir— por una república que no tendrá en cuenta la causa de la opresión que padecen, es decir, post-étnica?

El sesgo de la mirada

En tres ocasiones deslegitimó Martí el concepto de raza desde el punto de vista biológico, hazaña intelectual con la cual se adelantó seis años a la sugerencia del célebre Emile Durkheim. En torno a aquella proclamación vio la luz en la academia norteamericana la noción de una república post-étnica en Martí.

La interpretación que influye a Rojas falla por unilateral. Como acusa André Taguieff, el antirracismo hay que inventarlo, irlo calafateando como a un barco en el océano, y en buena medida eso hizo Martí, aunque no tuviera plena conciencia de ello.

Alicia Ríos discurre que las razas biológicas no existen para Martí, pero sí existen para él —precisa— desde la perspectiva del oprimido, del exesclavo. ¿Tendrán razón Ríos y otros como Keith Ellis?

Luego que en 1891 acuñara la abolición del concepto, en 1892 Martí escribe su crónica más lacerante sobre Estados Unidos, donde un pueblo del sur quema vivo a un negro. Tal texto se me antoja cotejable con Du Bois sobre el mismo tipo de crimen.

En "Mi Raza", en 1892, vuelve a exhortar a los negros a defenderse discursivamente contra los racistas, y en este texto que tiene como trasfondo rozamientos entre negros y blancos en el exilio, donde "a los negros se les dice poco menos que bestias", evoca, al mismo tiempo, su deslegitimación del concepto. Unos meses después, en un apunte, denota "la oposición y repulsa general, y los prejuicios sociales, odios a la juventud y la mujer, que el problema negro implica".

Este apunte es el único, por lo menos en la historia occidental del XIX, donde un líder nacional blanco afirma que aceptaría a un negro como esposo de una hija hipotética. El yerno que Martí se destina es también un hombre autónomo.  

Acierta Ellis cuando subraya que Martí se hubiera opuesto a los que proclaman la ausencia de razas y luego miran al cielo y pasan por alto casos de discriminación.  

En buenas cuentas Martí sumó, enriqueció su brega general con la inexistencia de las razas, por eso continuará hablando de odios, de invisibilización también en la república ("habrá duelo de ojos"), de resistencias y, con harta frecuencia, de derechos, sobre los que el mismo Rojas publicó un ensayo notable. En "Mi raza", un texto de página y media, no escribió el vocablo igualdad, que se teorizará problemático, pero la palabra derecho la recalcó en doce ocasiones.

Miguel A. de la Torre considera el Manifiesto de Monte Cristi (1895) como el único documento de su tipo en el hemisferio occidental que menciona a los negros como una fuerza positiva en la sociedad. Aquí toca Martí conflictos raciales.

Antes y después de inhabilitar el concepto somete a frecuentes reflexiones el cuerpo físico de la raza, causa de su presencia en América y vía socio-estética que mantiene presente la etnicidad isleña.

Cuando la elite cubana se apropió de la deslegitimación del concepto para evitar la protesta y escamotear el prejuicio y la discriminación, lo hizo seleccionando políticamente, desvertebrando, desmedulando el legado martiano.


Miguel Cabrera Peña es autor de ¿Fue José Martí racista? Perspectiva sobre los negros en Cuba y Estados Unidos. (Una crítica a la Academia norteamericana) (Betania, Madrid, 2014).

Comentarios [ 9 ]

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Esto es un circo. Cabrera habla de egos y clientelismo de estos colegas. No cita y después cita. El otro habla de respuestas, que se dan por adelantado. ¡Que locura! !Que ganas de perder tiempo!

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Por cierto, hay aquí comentaristas que se creen tan imprescindibles que hasta me invitan a sustituir a Rojas, pero ¿por quién? Por ellos mismos claro, ante el insoportable sufrimiento de sus egos. Cuando hablo de sector académico en EEUU me refiero primordialmente a aquellos relevantes historiadores que publicaron en los noventa y principios del XXI. La última hornada que se desliza hacia el “desguace” de Martí me interesa de forma periférica. Indico así a autores como Jorge Camacho y Francisco Morán, entre algún otro. 

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Miguel Cabrera Peña. Al comentador que admite que puedo tener razón, le recuerdo que este artículo proviene de un estudio académico. El espacio no permite detalle bibliográfico, sin embargo lo complazco: Ríos, Alicia. “Los estudios culturales y el estudio de la cultura en América Latina”. En Daniel Mato (coord.) Estudios y otras prácticas intelectuales latinoamericanas en cultura y poder. Caracas: CLACSO, U. C. V., 2002, p. 249.// Taguieff, Pierre-André. La Force du Préjugé. Essai sur le Racisme et ses Doubles. París: Tel Gallimard, 1987, pp. 77, 232 y 555.// Ellis, Keith. Nicolás Guillén, poesía e ideología. La Habana: Editorial UNION, 1987, p. 324.// De La Torre, Miguel A. La Lucha for Cuba: Religion and Politics on the Streets of Miami. University of California Press, 2003, p.102.

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El artículo de Rojas, "José Martí y el liberalismo", deja clarísima su posición y vale como respuesta a Camacho, Cabrera Peña y todos los que minimizan o exageran el racismo de Martí:

http://www.habanaelegante.com/Fall_Winter_2014/Dossier_Marti_Rojas.html

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Rojas deberia de responderle a Cabrera como Camacho lo hizo con el.

http://habanaelegante.com/Fall_Winter_2014/Dossier_Marti_Camacho.html

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OJO, Marti no creia en las razas pero si en la idiosincracia: 

Bien hacen los que hoy rigen la vida guatemalteca. La raza indígena, habituada, por imperdonable y bárbara enseñanza, a la pereza inaspiradora y a la egoísta posesión, ni siembra, ni deja sembrar, y enérgico y patriótico, el Gobierno a sembrar la obliga, o permitir que siembren. Y lo que ellos, perezosos, no utilizan, él, ansioso de vida para la patria, quiebra en lotes y lo da. Porque sólo para hacer el bien, la fuerza es justa. (OC VII, 134)

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Puede que la razón esté de parte de Cabrera Peña, pero la falta de rigor de este texto, igual que los anteriores suyos publicados sobre el tema, lo ayuda muy poco. Es bastante pueril querer discutir con estudiosos académicos sin valerse del rigor imprescindible en la discusión académica. 

Por ejemplo, ¿en qué obra o revista puede encontrarse el texto de Alicia Ríos al que Cabrera Peña se refiere? ¿De qué textos de Ellis o Tagieff o De La Torre habla? Para entablar una discusión seria y ser tenido en cuenta, hay que comportarse seriamente. 

Dada la falta de rigor en este artículo, no tienen sentido sus quejas de no haber tenido eco en sus dos contribuciones anteriores. Trabaje mejor, señor Cabrera Peña y luego entonces tendrá derecho a quejarse.

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"Cuba es más que blanco, más que negro, más que mulato", eso es una típica definición post-étnica de la nación.

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Martí niega la existencia de las razas y, por lo tanto, su idea de la nación es postétnica, como bien dice Rojas. Además, eso de que para Martí la heterogeneidad racial de Cuba era un problema está más que documentado en su obra. Por otra parte, la polémica entre Rojas y Camacho ha seguido en el último número de La Habana Elegante. Si Cabrera Peña quiere posicionarse en esa polémica debe citar los trabajos aparecidos en esa publicación y no sólo reproducir lo que supuestamente dice Rojas sino también lo que dice Camacho, que es con quien en realidad trata de polemizar Cabrera Peña en su libro y en sus artículos en esta página. Camacho, Morán y otros han probado en sus libros que en Martí hubo más racismo de lo que generalmente se quiere admitir. Si eso es lo que quiere discutir Cabrera Peña que lo diga claramente, con nombres y apellidos y que no se escude en Rojas.