Sábado, 1 de Octubre de 2016
01:17 CEST.
Literatura

Richard Blanco sueña con Miami

Los recuerdos de Richard Blanco sobre Miami son "ventanas de cafeterías y tiendas cubanas de comestibles", según ha dicho a la AP. 

El poeta de la juramentación presidencial de Barack Obama en 2013 se crió en esa ciudad de la Florida, recogiendo experiencias e historias como hijo de exiliados cubanos que sentarían las bases de su obra escrita e inspirarían su nuevo libro de memorias, The Prince of Los Cocuyos.

Desde que se convirtió en el primer gay y el primer poeta hispano en una juramentación presidencial hace casi dos años, Blanco ha viajado por Estados Unidos dando lecturas, escribiendo poemas y ensayos, además de presentar dos libros. Se ha convertido en un portavoz literario que aboga por un país más incluyente y revelado sus propias batallas para llegar a un acuerdo con su identidad como gay. Sigue viviendo en Maine, pero al igual que sus padres que soñaban con regresar a Cuba, él sueña con otro lugar: Miami.

"Una de las cosas que más me fascina es cómo los paisajes físicos se entrelazan con los paisajes emocionales", dijo. "Todo lo que sucede en nuestra vida sucede en un lugar y Miami es sin duda ese lugar desde que tenía tres años de edad".

The Prince of Los Cocuyos lleva a los lectores al Miami de las décadas de los setenta y ochenta, donde la familia de Blanco, junto a otras decenas de miles, construyó una nueva vida después de huir del régimen de Fidel Castro. Fuerte y nostálgico, Blanco se avergonzaba de escuchar la música salsa de sus padres y de la carne de puerco asada que servían en su familia para el Día de Acción de Gracias. Él quería ser estadounidense: música de la nueva ola, tarta de calabaza, pavo en Acción de Gracias.

En una serie de historias entrelazadas, Blanco describe una infancia marcada por la pérdida, el humor y toques de una tierra exótica llamada América. "En Losing the Farm", relata el intento de su abuelo de recrear el gallinero que tenía en Cuba en el patio trasero de la casa de la familia en los suburbios de Westchester ("Guescheste", como pronuncian muchos cubanos), para gran disgusto de la policía encargada de hacer cumplir la ley de Miami.

En "It Takes Un Pueblo", describe sus fines de semana y veranos trabajando como empleado en una pequeña tienda de comestibles de su tío abuelo, El Cocuyito. Su a veces abusiva abuela le dijo que trabajara ahí, para que Don Gustavo "hiciera de él un hombre".

A través de conversaciones de mostrador, los clientes habituales de la tienda revelan partes de quiénes son para él: La hija de un exgeneral que en su momento residió en mansiones en la Isla y ahora vive en un estrecho apartamento donde hace vestidos como los que nunca podrá adquirir. El vendedor callejero de La Habana que reconstruye la ciudad que él recorrió miles de veces con sus mercancías en cajas de cartón recortadas, los detalles que batalla para recordar.

El libro termina con Blanco a sus 17 años, un adolescente que se siente avergonzado del puerco asado de Acción de Gracias de su familia. "Es un proceso de enamorarse de tu cultura más que nada", dijo Blanco.

La vida ha alejado a Blanco de Miami desde entonces. Viajó a Cuba con su madre, una visita que le ayudó a llenar "muchos huecos" sobre su identidad, pero solo la mitad cubana, afirmó. Se mudó a Connecticut para impartir cursos de creación literaria, pensando que "quizá debería tratar de mudarme a Estados Unidos". Ahí, creyó que encontraría el país prototípico que vio por televisión mientras crecía. Pero no lo halló.

Se mudó luego a Guatemala con su pareja y posteriormente a Washington. "Durante todo ese tiempo extrañé a Miami enormemente, terrible", indicó.

A su regreso, se encontró con un Miami cambiado: David's Cafe, un legendario restaurante cubano en Lincoln Road de Miami Beach, ahora se llamaba Abuela's. La tienda judía de delicatesen Wolfie's había cerrado. El Cocuyito fue vendido. Y esos solo eran los cambios superficiales.

Las generaciones de sus padres y abuelos estaban desapareciendo. Nuevas oleadas de cubanos que crecieron bajo la revolución estaban mudándose a la ciudad, lo mismo que inmigrantes venezolanos, brasileños y otros.

El Miami que describe en The Prince of Los Cocuyos sigue ahí, pero partes de ella han desaparecido.

"Ahora sé cómo se sentían mis padres, mi madre en particular, cuando regresar a Cuba, esta sensación de pertenencia", dijo. "Todos de alguna forma estamos sujetos al cambio y todos perdemos cosas en nuestras vidas. Todos tenemos de cierta manera una experiencia de exilio".

Comentarios [ 2 ]

Imagen de Anónimo

No tengo que leer el libro.Yo tambien me crié en Miami en las décadas 70 y 80 pero no me "avergonzé" de ser "cuban refugee". Vivía en la "Sagüesera", en mi casa se comía y se bebía cubano. No me fui uyendo para ser más gringo. Richard parece buena gente solamente que el pobre es, cómo se decía entonces, un "cubano arrepent'ío" que ahora , famoso, quiere sacarle provecho a su identidad. Too little, too late, "broder". 

Imagen de Anónimo

Bueno, por lo menos hace lo que le gusta, profesionalmente hablando y es bastante libre. Por eso algunos cubanos lo detestan. Hizo bien en mudarse de Miami, en vivir en Guatemala y de hacer una instrospección. Y no vive enfurecido como otros cubiches, y no defrauda al Medicare ni apoya el embargo ni al Tea Party, ni odia a los mexicanos ni a Latinoamérica y busca su identidad. Los otros cubiches odian la propia. No tiene odio en su corazón y eso lo hace mejor que muchos de sus compatriotas 'del exilio'.