Martes, 27 de Septiembre de 2016
09:51 CEST.
Teatro

Mal gusto, sumisión y malas ideas

La IX Semana de Teatro Alemán en La Habana acaba de finalizar y dejó la sensación de que el teatro en Cuba tiene que ser otro, menos histérico, menos lastimero, más teatro.  Quizás el saldo final sirva para decantar, en medio de recortes de presupuesto, despidos de actores y  cierre de grupos, quiénes no deben renunciar.

Buenas ideas en El mal gusto

Rogelio Orizondo creció y Marcos Antonio Díaz con él. Una obra sin grandes pretensiones, llena de intertextualidad, recoge nuestro clásico mal gusto en un discurso coherente.

Rafa, el delegado, cantante y compositor, guionista de telenovela; Yango, el comediante, poeta, entrenador de animales; Yeny, la limpiapecera; el estudiante de nanotecnología, que alterna, con el capitán del crucero "Mala Magdalena", al mismo actor; y el Oso pardo europeo, la figura clave para erradicar  la "cochiná" de la patria y que a veces es el director del Museo de la Proeza; nos llevan de la mano por una Cuba contemporánea que algunos prefieren negar.

Orizondo lo fusila todo. Por su paredón pasan la oficialidad enquistada y el exilio que pretende salvar la patria; la pose del rapero, del reguetonero y el supuesto desenfado de la cantante de pop; la homosexualidad, la homofobia, la metrosexualidad y los discursos emancipatorios; la niña anoréxica y la madre que la justifica; el ministro y el intelectual; la cultura del plástico, el "paquete"  y la referencia constante y obligada a Martí; el yogurt de soya, el héroe, la pose y su mierda;  Fidel —el oso pardo europeo— y su concepto de revolución: "Cortar todo lo que debe ser cortado", "Aplastar todo lo que debe ser aplastado".

Quizás le falle la experimentación o la interacción con el público que por momentos no sabe si reír o llorar, pero la experiencia de trabajo con el director alemán, Moritz Schöneker, de cualquier manera fue enriquecedora.

"Fue agotador. Los alemanes llegaron en la última semana y cuando todos pensábamos que la obra estaba montada, nos la deconstruían", escucho que dice Juan Miguel Mas, protagonista de la obra y director de la compañía Danza Voluminosa. "Pero crecí. Ellos no querían demasiada expresión en el rostro y casi ninguna gestualidad."

El resultado se notó. La histeria, la mala palabra, el chiste barato y la cantaleta política se convirtieron en textos de filosofía, en teatro. Un gesto de rebeldía con el corazón apretado.

El mal gusto se queda en el teatro Brecht aun después de la Semana de Teatro Alemán.

Palabras, cuerpos y cosas del Escambray

Pero cuatro cuadras más allá, calle Línea arriba en el teatro Raquel Revuelta, bajo la dirección de Eric Morales Manero, Palabras y cuerpos de Martin Heckmanns, marcó la diferencia.

Teatro Escambray se embarcó en la empresa del musical  en Cuba. Y de paso "embarcó" al público asistente. Un gesto entre desconocidos podía ser de solidaridad. Había muy pocos asistentes y cualquiera que saliera podría notarse demasiado.

Lina, una guajirita que llega a una gran ciudad buscando abrirse camino, es la primera caricatura de personajes que nos encontramos. Canta, desafina, sobreactúa y demuestra que siempre puede haber cosas peores. Ella, "el obscuro objeto del deseo" —con perdón de Buñuel— va desenmascarando a las demás caricaturas: un rapero en el que se resumen todas las tribus urbanas; una lesbiana que, sin matices, es la encarnación misma del oportunismo; una familia burguesa que sigue la fórmula: “mujer traicionada, hombre exitoso, mujeriego, con amante que lo domina”; mimos y locos, para estar a la moda; y un veterano de guerra —¿quién sabe cuál?— que representa a "todos los ancianitos sabios y preclaros" que, con su experiencia guían a los jóvenes, supongo que en Alemania, porque en Cuba no es.

Olvidaron en algún rincón del escenario a Stanislavki, a los Revuelta, el teatro posdramático  y fueron directo a la declamación frente al público, quizás confundidos con el concepto de la cuarta pared de Brecht; directo al maniqueísmo, a la puerilidad, a la cursilería. Olvidaron el tiempo y la acción dramática. Olvidaron que hacer música pop o que rapear no es tan fácil como parece.

En fin, la ficción que quisieran muchos, fuera la realidad cubana. Y ese es al teatro, que por su quehacer revolucionario/comunitario, estamos condenados a ver en escena, mientras otros grupos son cerrados.   

La misión de La misión

Sin embargo, en el mismo teatro, el viernes, sábado y domingo, Mario Guerra dio tres funciones de La misión de Heiner Müller. Las últimas de 9 funciones desperdigadas entre la oportunidad y el favor de los amigos. La mano de la censura le cerró puertas  y el actor se encargó del escándalo: primero una carta abierta y luego una invitación contando la tragedia.

Pero el escándalo valió la pena.

Un teatro de pequeño formato, público sobre el escenario y mucha experimentación. Una actriz contando su historia al público con voz lastimera, y la mirada desafiante de tres actores mientras suena el himno nacional como apertura, da la sensación que estamos a punto de asistir a una revolución misma. 

Debuisson, Gallaudet, Sasportras: el burgués, el campesino y el negro esclavo son los responsables de una revolución en Jamaica contra la metrópoli inglesa. Pero los nombres, ni siquiera los personajes, son tan importantes.

La esencia está en cómo a través del drama personal de un individuo que ha sido forzado a abrazar la causa, se muestran todas las desembocaduras de las revoluciones: la esclavitud y sus rostros; la prostitución de las ideas y las ideologías; y la traición como alternativa de salvación.

¿Qué esperaba Mario Guerra si está señalando con un dedo, no una sino todas las revoluciones traicionadas? La revolución cubana y a Fidel; la soviética y a Stalin/Gorbachov, la china, la francesa y sus tiranos. El teatro de la revolución, realmente es un circo.

¿Escándalo? ¿Incomodidad? Los tiranos le temen a la guillotina o al filo del puñal: supieron hace mucho de Robespierre, Marat y sus verdugos, el pueblo. Entonces ahora el mecanismo tiene que ser otro: la intimidación y la condena al ostracismo, al silencio. Las analogías duelen más. Y la Revolución Francesa  no sé por qué gusta tanto a los dramaturgos cubanos. Quizás porque al final, los tiranos no huyen, mueren.

Esta fue La misión del fracasado, del fracaso. Un funcionario que está subiendo un elevador, un funcionario arribista, que está condenado a morir, baile al son de la música que baile. Funcionario empaquetado que sube dejando atrás la oficina de "El Jefe", del  "Número Uno" al que nunca llega, jefe que está en una oficina insonorizada, desconectada de la realidad.

Termina con Pedro Luis Ferrer y un guaguancó que conmina a enfrentarse al diablo y a asumir responsabilidades, a saldar deudas. Y Mario Guerra, parece que está dispuesto a pagar por la osadía.

'El mal gusto', una puesta de teatro alemán en La Habana

Obra de los dramaturgos cubanos Rogelio Orizondo y Marcos Díaz con dirección del alemán Moritz Schöneker.

Comentarios [ 5 ]

Imagen de Anónimo

Mongo eso era por los ochentas, ahora la gente se  vá de Cuba por problemas económicos.

Imagen de Anónimo

El concepto de la cuarta pared no es de Bretch, es de Stanoslavsky.

Imagen de Anónimo

y tuvieron que llegar los mismos alemanes a poner orden en su propio teatro sino aquello no se sabe cual seria el experimento.

Imagen de Anónimo

Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras.....

Imagen de Anónimo

Semana de Teatro Alemán"? A uno en mi Pre lo expulsaron por decir que la RFA era mejor que la RDA.

El Mongo