Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
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Cine

Memorias de la ausencia

Alberto Roldán, cineasta cubano, exiliado, falleció en Miami el pasado lunes día 15 de septiembre.

Los inicios de su carrera de director cinematográfico en el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas (ICAIC) fueron todo lo brillante que permitió el control extremo del pensamiento y su expresión artística, proclamado por Fidel Castro en 1961, a raíz del escándalo del corto P.M., dirigido por Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante. Proclamó entonces el dictador: "Dentro de la revolución todo; fuera de la revolución, nada".

Dentro del ICAIC, logró Roldán realizar seis cortometrajes documentales —Biblioteca Nacional, Médicos de la Sierra, Fundamentos del volibol, Colina Lenin, Primer carnaval socialista, Una vez en el puerto— y un largometraje de ficción: La ausencia.

Tanto Colina Lenin como Primer carnaval socialista fueron premiados en festivales internacionales en Italia y en Karlovy Vary.

Una vez en el puerto no fue del agrado oficial, y La ausencia marcó definitivamente su disidencia ética y estética con la política cultural del régimen. La película se acercaba mucho más al estilo cinematográfico de la Nouvelle Vague que al realismo trasnochado de la producción oficialista.

Como recuerdo de mi amistad con Alberto Roldán, contaré algunas anécdotas relacionadas con  la gestación y el rodaje de este filme, en el que, para mi gran sorpresa y mayor delicia, me adjudicó el papel de actriz principal.

Conocí a Roldán en 1961 o 1962. Cuando el gobierno revolucionario los despojó de sus bienes, mis padres decidieron exiliarse. Yo, sin embargo, me quedé en Cuba, convencida de estar cumpliendo con un deber patriótico. Cosas de la extrema juventud y de la extrema ignorancia que entonces me aquejaban.

Cuando mis padres se exiliaron, estaba en segundo año de Arquitectura y, a fin de sobrevivir y pagarme la carrera, entré como delineante en el equipo del arquitecto Frank Martínez, que  en aquel momento trabajaba en dos proyectos: la Ciudad del Cine y el Acuario Nacional Sibarimar.

Hay que recordar que, como tantos otros desvaríos del régimen castrista, estos proyectos jamás llegaron a construirse. Trabajábamos en una sala cedida por el ICAIC en su sede de la calle 23, en el Vedado. Tendría yo entonces unos 19 o 20 años y Alberto Roldán, una treintena. Allí lo conocí, pero nuestra amistad se inició cuando, espoleada por mi fascinación por el cine, logré entrar en el ICAIC para diseñar escenografías en los estudios de El Wajay.

En aquel tiempo Alberto era un joven intelectual decidido a producir un cine personal, original y profundo dentro del marco institucional, que era la única opción posible. Él creyó que la Revolución le ofrecería los medios adecuados para realizar su obra. Se equivocaba.

Nacido y criado en una familia de músicos (su tío era Amadeo Roldán, gran compositor de principios del siglo XX y su padre, violoncelista, fue el fundador de la  Orquesta Filarmónica de La Habana), Roldán era, además de agradable a la vista, inteligente, culto y distinguido. Todas estas, en otras circunstancias, virtudes, le atrajeron algunas simpatías y varias peligrosas antipatías.

Es fácil intuir que un personaje de sus características no encajaría en el ICAIC, cuya misión principal consistía en obtener una producción cinematográfica que sirviera a la publicidad del régimen. Orlando Jiménez Leal lo recordó así en una carta que me dirigiera: "Alberto Roldán, junto a Fausto Canel, fue de los pocos cineastas que resistió, estéticamente, la avalancha  de neorrealismo socialista impuesta por el ICAIC. En una época de puro bombardeo ideológico, su cine estaba más cerca de Francia que de Moscú y, eso lo hacía altamente peligroso".

Para trabajar, Roldán necesitaba una libertad que el ICAIC le negaría. Pero no solo se le negó esa libertad, sino que fue clasificado como individuo "conflictivo", dado a la exaltación burguesa de los valores del individuo. Además, vieron en su obra una fuente de contaminación ideológica concebida para socavar la integridad del régimen.

El desmoronamiento de su esperanza y el ambiente hostil que se creó a su alrededor, unidos a su carácter introvertido, le producían estados depresivos que solían desembocar en frecuentes desapariciones. Hasta que ellos —Alfredo Guevara y sus acólitos— le hicieron desaparecer real y definitivamente de la plantilla del ICAIC.

Su historia no es única. Es una de las muchas historias de frustración de jóvenes cineastas cubanos.

En el rodaje de La ausencia

Dado que no soy actriz, ignoro por qué Alberto Roldán me escogió para representar un papel tan importante en su película. Quizás por empatía o porque daba el tipo del personaje o por ambas cosas. El caso es que me lo propuso y yo, que lo encontré apasionante y divertido, acepté. Era algo fresco y diferente que me distraía de la mala racha que afectaba todos los aspectos de mi vida.

Consistía mi tarea en crear, por medio de imágenes fijas, un personaje obsesivamente recurrente en la memoria del protagonista médico: su novia, una joven francesa que decide abandonarlo para ofrecer su vida por la conquista de una libertad imaginaria en territorio argelino.

Llevar esto a la práctica resultó difícil. No solo por lo que para mí implicaba como reto artístico sino, además, por el cúmulo de dificultades prácticas con las que la dependencia del régimen taraba la producción.

La persona escogida por Alberto para realizar la foto fija fue Willy Kurant, director de fotografía francés de origen belga, entonces muy apreciado por los directores de la Nouvelle Vague. Willy había estado rodando algunos documentales en Cuba para un programa de actualidad de la televisión francesa que tenía por título Cinq Colonnes á la Une, que podría traducirse como Cinco columnas en primera página o Cinco columnas en portada.

Este programa ofrecía semanalmente documentales sobre temas de actualidad. Yo aparecía en uno de ellos cuyo tema era la presencia de la mujer en la Revolución cubana. Lo hacía en mi condición de aguerrida arquitecta del Instituto de Planificación Física. También aparecía, embarazada y como ejemplo de cubanos blancos, en el documental de Agnès Varda, Salut les Cubains, cuyo título remedaba al de otro programa famoso de la TV francesa de entonces, llamado Salut les Copains.

Era la época cubana de Agnès Varda, de Chris Marker  de Joris Ivens, de Armand Gatti, cineastas y autores del cine y del teatro francés que, seducidos por la revolución cubana, se dedicaron a glosarla y a difundir aquel prodigio largamente soñado por las estragadas izquierdas europeas: paraíso comunista con  palmeras,  sol, música, mulatas, deliciosos cócteles que excitan tropicalmente  los sentidos y, desde luego, un aspecto de máxima corrección política, para tranquilidad de sus progres conciencias. 

Una parte no despreciable de la intelectualidad francesa resultó deslumbrada por el fenómeno cubano. El súbito amor de estos intelectuales de relativo prestigio por la isla de Cuba, hasta entonces prácticamente ignorada, así como su insistencia en tomar la revolución como tema de sus trabajos, generó un cierto afrancesamiento en los estamentos más receptivos de la cultura cubana, influencia esta que Alberto Roldán llevó, con La ausencia, a su máxima expresión.

Probablemente la idea de utilizar la foto fija en esta película como recurso narrativo, se inspiró en un filme de Chris Marker, La Jetée, que el propio Roldán cita en un capítulo de su libro La mirada viva.

Con gran esfuerzo e innumerables gestiones logramos que se me permitiese viajar a Francia para trabajar en la parte más importante de las sesiones de fotografía: la que mostraba la vida de la conspiradora en su país natal. Las fotos se realizaron entre la primavera y el verano de 1964 en París, en el pueblo de Ramatuelle —en cuyo cementerio yace Gérard Phillipe— y en Vezeley, un pequeño pueblo de  la Bourgogne, joya perfectamente conservada del medioevo francés. Aquella luz suave, horizontal y difusa propia de la primavera europea, era muy difícil de reproducir en Cuba, así que para matchear con las francesas ciertas tomas locales en exteriores, fue necesario recurrir al ambiente del Cementerio de Colón a las 6 de la mañana.

Otras tomas memorables, por lo divertidas, fueron, por ejemplo, la escena en la que Eduardo Moure —el médico— y yo, hacíamos el amor en total desnudez. Como aquello era Cuba, año 1965, en realidad estábamos vestidos, con los hombros al descubierto y las ropas ocultas por una sábana. Recuerdo que Moure, considerado y correctísimo, lo pasó mal procurando no molestarme.

Así y todo, como consecuencia del revuelo soterrado que se formó a la hora de preparar la escena —el murmullo y las risitas de los técnicos impedía la necesaria concentración de los actores y del director— tuvo Roldán que echar a todos los que no fuesen imprescindibles para el rodaje.

Eso fue lo mas divertido.

Lo más terrible fue la escena de la violación. Estuve a punto de perecer aplastada por media docena de fornidos extras —no especialistas— disfrazados de legionarios franceses. La escena se rodó en una cantera pedregosa y polvorienta, a pleno sol del mediodía cubano. Yo vestía una falda de campesina y unas alpargatas y llevaba un pañuelo blanco atado a la cabeza, para despistar al enemigo. Tenía que echar a correr por una pendiente, perseguida de cerca por la enfurecida soldadesca que en poco tiempo me daba alcance y se arrojaba sobre mí.  

A unos 90 kilogramos per cápita, calculo que recibiría sobre mi exigua persona un impacto de unos 540 kilos en cada toma, lo equivalente al peso de un toro de la ganadería Mihura.  Al final, todos quedamos muy contentos por el realismo alcanzado. A mi me costó una semana en cama y no pocos mechones de pelo.

Son recuerdos esfumados por el tiempo, que la muerte de este amigo reviven.

Comentarios [ 7 ]

Imagen de Orlando Luis Pardo Lazo

El fotograma es idéntico a uno de UN DÍA DE NOVIEMBRE. Los sesenta cubanos eran ansí.

Imagen de Anónimo

No solo el oficialismo lo silenció, sino que acá supimos de su existencia porque dejó de existir. Fué anónimo en esto que llamamos exilio cubano, hasta el dia que nos enteramos de su muerte. Desfortunadamente, no es el primero ni el último. Un talento perdido.

Imagen de Anónimo

Para muchos, Alberto Roldan es un cineasta cubano exiliado que el oficialismo intentó borrar de todas las referencias posibles: diccionarios de cineastas, bibliografía especializada, archivos cinematográficos, exhibiciones etc. Se conoce poco de su obra y por ello esta crónica-homenaje resulta justa y útil. Gracias Irma.

Imagen de Anónimo

Gracias Irma por estas maravillosas reminiscencias de una pelicula y un cineasta que no conoci. Gracias tambien por permitirme descubrir otro de tus multiples talentos. Me encantaria poder ver la pelicula. Eyda

Imagen de Anónimo

Bella historia de momentos que marcan la historia de nuestro cine y de amistades de siempre.

Imagen de Anónimo

Muy buen e intersante relato/testimonio.

Imagen de Anónimo

Es de agradecer esta excelente rememoraci´on. Gracias, Irma. Nicol´´as