Opinión

La párabola de los tuertos

La crítica cultural en Cuba es un campo minado donde pueden ocultarse o surgir espontáneamente las bombas.

La crítica cultural en Cuba es un campo minado donde pueden ocultarse o surgir espontáneamente las bombas. Por lo cual, el lenguaje de sus voceros transita de la sofisticación a la vulgaridad con una desenvoltura suficiente para derribar muros académicos o bastiones autodidactas. De la intelectualidad a la marginalidad no hay más que un paso, porque "nada es tan parecido a un delincuente que un artista". Ello se reconoce en la temeridad y cobardía que se distinguen en "guerras de rapiña", escenificadas por "mafias locales", tan desposeídas como voluntariosas.

Perversión y refinamiento raras veces coinciden en la crítica. La "República de la sencillez", soñada por el historiador Simon Schama, despierta en "El túnel de los excesos". Un poeta glosa el cuaderno de otro poeta y este le devuelve el cumplido. Semejante intercambio de reseñas desencadena una niebla apologética, donde el halago pesa más que el análisis. Un cuentista ataca a otro cuentista en nombre de la primicia anecdótica, gracias a la complicidad de un editor que disfruta la ripiadera entre colegas visibles.

En el intermedio de una gala magistral, un crítico de ballet agredió a un crítico de arte, solo porque este descalificó a una joyita intocable del emporio dominado por la reprimerísima leyenda Alicia Alonso. Entonces se desató un caos performático, donde el crítico de arte sacó un cuchillo y terminó expulsado del Gran Teatro de La Habana hasta que se evaporó el lamentable suceso, incompatible con la danza etérea.

La voluntad de un cuestionamiento desinteresado implica "sonsera ética" en la "ínsula pensante". Dicho síntoma resulta estigmatizado por artistas e instituciones, atrincherados en la creencia de que solo la crítica legitimadora trasciende el marco utilitario de su incierto provecho social. Ciertos "ajustes de cuentas" son producto de fobias estatales o celos profesionales de quienes reniegan el triunfo autónomo. Transgredir la parcela virtual del protagonismo individual conlleva el riesgo de ingresar o quedar fuera del canon autoritario.

La explosión de la blogosfera quebranta el control editorial del juicio crítico y, aunque el papel lo aguanta todo, sus límites perecen ante la infinitud del soporte digital. Poco valen la censura o ninguneo si el autor de una apostilla ríspida consigue sacarla en cualquier plataforma de internet, pues no faltará quien la persiga, fotocopie y reparta.

Tampoco obviemos que el número de lectores de revistas influyentes como Casa de las Américas o Revolución y Cultura bajó hasta casi llegar a un punto muerto. Aquellos espacios donde muchos ansiaban probarse como letrados se transformaron en reliquias museables, para ocupar a correctores, tipógrafos y distribuidores de correos.

Una moderación polémica descuella entre críticos e historiadores mimados por la Institución-Arte. Es innegable la costumbre de tolerar "males necesarios" para tenerlos en un puño. Ahora, los actores de este selecto elenco acaban por hallar un equilibrio salvador que los mantenga dentro del juego. La "muerte en vida" es una paranoia vigente en simuladores hechos de azufre y serpentina.

No es casual que un libro-pistola como Los años de Orígenes (1979), de Lorenzo García Vega, fuera descartado para su publicación por un Abel Prieto al frente del Ministerio de Cultura, después de una propuesta de la Torre de Letras, fundada y sostenida por Reina María Rodríguez. El motivo de la prohibición era el uso-abuso de la palabra "Castro", en referencia peyorativa al "jubilado líder histórico" de la Revolución Cubana.

La "tradición cubana del no", plantada por "oscuras cabezas negadoras", no debe crecer como una mala yerba en el huerto de la "inteligencia emergente". Paradójicamente, la "tradición cubana del sí" se consume a sí misma. A los cubanos les gusta la sangre y, si un texto crítico aspira a ser leído, debe arremeter contra algo o contra alguien, incluyendo nombres y apellidos. Los francotiradores del criterio respiran a costa de sus víctimas simbólicas, siempre que eviten la coartada de identificar a los sujetos cuando se les ensalza y generalizar su identidad cuando se les impugna un desatino.

Los culebrones teóricamente herméticos o políticamente correctos están condenados al olvido. ¿Qué se puede esperar de recuentos plagados de citas y bibliografía, donde los muertos encarnan el presente y los vivos el pasado o el futuro? Los traficantes de ideologemas pueden ignorar sin remordimientos las facultades encráticas de la metáfora. 

La gente sedienta de conocimiento busca como perros de caza novedades de Rafael Rojas, Antonio José Ponte o Emilio Ichikawa, en medio del huracán reguetonero que dilata los baches físicos y mentales del archipiélago. Las Bibliotecas Cívicas Independientes prueban el interés hacia un cuerpo ensayístico que aglutina más seguidores que narradores como Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez o Zoé Valdés. De cierta manera, distantes del lector clandestino, están el historiador Leví Marrero, junto a los también ensayistas Antonio Benítez Rojo y Gustavo Pérez-Firmat.

Lo alarmante es comprobar lo diezmadas que están dichas bibliotecas. Sus promotores alegan que los libros se prestan y no vuelven. Algunos ya no sueltan nada por temor a quedarse sin nada. ¿Quiénes los solicitarán para luego botarlos al tanque de basura? ¿Opositores irresponsables o disciplinados "lectores-espías" de la voraz policía política?

Basta mencionar un "ensayo perdido" como José Martí: la invención de Cuba (2000). Los activistas online contra la desinformación nacional pudieran circular el estudio de Rafael Rojas, a través de sus redes informativas. "La invención de Rojas" se titula el comentario aparecido en el suplemento digital La Jiribilla. ¿A quiénes pretendía aleccionar un gacetillero salido de la cloaca militante? ¿A los mismos que le encargaron una tarea de choque incomparable a su catadura martiana-fidelista?

La crítica cultural en Cuba duerme una eterna siesta en la hamaca de la publicidad oficial. "Divide y vencerás", constituye una fórmula de rigor en el pulso entre el poder y la masa crítica. Esa intransigencia de artistas y escritores ante discernimientos incómodos justifica la mano dura de la intolerancia hegemónica. Guataquería, tapujo y arte del remiendo campean por sus respetos en el trópico que un desterrado añoró fertilizar sin éxito desde una playa imaginaria.        

Comentarios [ 4 ]

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"Los traficantes de ideologemas pueden ignorar sin remordimientos las facultades encráticas de la metáfora"...Ñó, lo dijo clarito...

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Cuando se ve la programación de CubaVisión Internacional queda claro que Cuba se encuentra estancada en la mitad del siglo XX, y viviendo de la historia, que en estos tiempos, es historia antigua. Es una casa donde conviven cinco generaciones y quien manda es el bisabuelo...

Jacinto Portieles

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El fenómeno de las asociaciones de bombos mutuos existe en cualquier país, la censura no.

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Yo vivía en Cuba en 2001 y 2002 y recuerdo que algunos "bibliotecarios independientes" decían que ejemplares de ese libro de Rojas en Colibrí y "Viaje al corazón de Cuba" de Montaner fueron incinerados por órdenes de la Seguridad del Estado. Luego que salí de Cuba, leí el libro y me pareció un poco revisionista pero no antimartiano.