Martes, 21 de Noviembre de 2017
20:05 CET.
Santiago de Cuba

Festival, mercado, aquelarre

Una nueva edición del Festival del Caribe colorea las calles santiagueras. Durante los últimos 34 años, la Casa del Caribe ha aglutinado a artistas de la región, de América y de otras latitudes, pues el evento ha ido más allá de cualquier circuito geográfico.

Este año, al continental Surinam es a quien se dedica la fiesta.

El cartel del Festival —creado por el artista santiaguero Alberto Lescay Merencio—, basado en elementos sintéticos y en los colores de la bandera de dicho país, recrea la idea de unión, diversidad y unidad: una figura asexual de trenzas sueltas y clara ascendencia negroide, repetida serialmente sobre un fondo impoluto, trata de trasmitir lo diáfano y la fuerza de un país para muchos desconocido.

Las artes visuales han representado en todos los festivales unos de sus aspectos menos destacables, o mejor dicho, menos ponderados si se les compara con lo multitudinario de la danza y la música. No obstante, siempre hay lugares privilegiados dentro del encuentro como la Casa del Caribe que, año tras año, alberga una exposición personal de Alberto Lescay, el Centro de Arte que cuenta con el privilegio de exhibir la muestra central del Festival, la galería La Confronta y otros espacios alternativos.

La muestra de Alberto Lescay es la que siempre da la bienvenida. Un artista invitado, además de un performance, son las máximas infaltables de la exposición. Somos invitó esta vez, en una muestra bipersonal, a Ondris Tejeiro. Exponían padre e hijo, quienes divergiendo ideoestéticamente, ofrecieron una variedad incluso conflictiva. Esto, al margen de que la Casa del Caribe no es un espacio apto para el montaje de obras bidimensionales, pues sus vanos decorados obligan siempre a un montaje incómodo.

Por su parte, el Salón del Caribe se desplegó con una estructura sui generis en La Cochera y paredes adyacentes. Convocó a un salón competitivo en vez de una exposición en la que convergieran las obras de foráneos y nativos, como espacio común y mixto. El resultado: una sala minúscula acogió a un salón mediocre, y otros laterales de la añeja edificación fueron utilizados auxiliarmente sin sacar mejores provechos. Un perfecto desorden en todos los sentidos coronó una exposición que nació torcida.

Al diseño de montaje caótico, en el que no se tuvo en cuenta los más elementales conocimientos museográficos, se sumaron unas burdas identificaciones y un cartel que desorienta al espectador por el uso o desuso de elementos ajenos, marcado por el facilismo y la reiteración sígnica de formas preteridas, reutilizables, manidas.

Abarrotamiento y no pluralidad fue el saldo dejado por el salón del Caribe.

Como casi siempre, el Centro de Arte salió mejor parado. Sus agradecidas paredes pueden elevar a categoría de arte el más insulso objeto. Una exposición con la obra de los creadores más representativos de Surinam —los que aún viven y trabajan en el país y los que conforman la diáspora—, hizo aflorar caracteres comunes como la profusión de la policromía, el apropiamiento de las estéticas vanguardísticas europeas y la primacía de la pintura sobre otras manifestaciones como la escultura y la fotografía. El diseño de montaje bien pensado y mejor ejecutado ha hecho de la muestra central una de las más atractivas del Festival.

Otras caras del paisaje reúne, por su lado, a dos paisajistas de calidad probada como Danis Montero y Eddy Ochoa en la galería La Confronta. Con estéticas diferentes, el primero apuesta por un paisaje futurista, abstracto y afectado por los negros y blancos, mientras el segundo se decanta por un paisaje mimético, de fuertes efectos lumínicos en los que la naturaleza es enaltecida hasta la exacerbación. Son artistas que dominan la técnica con sentido perfeccionista. Así, lo que pudiera ser la exposición más admirable de todas decrece con un diseño arbitrario que ejerce un bamboleo a quienes la contemplan.

Una delegación laboriosa, dedicada a mostrar lo mejor de su tierra y a hacerlo de la mejor manera, fue el sabor dejado por los surinameses: trascendieron los límites arquitrabados y crearon un espectáculo de múltiples visiones. Surinam brilló como pocas delegaciones a lo largo de tantos años de festival. Su esmero y disciplina son otra lección de vida.

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Desfiles, se­siones teóricas, encuentros con artistas y agrupaciones, talleres de religiones populares, exposiciones, muestras itinerantes, Homenaje a la Rebeldía Esclava y la Quema del Diablo fueron algunas de las actividades del evento, que celebró su 34 edición. (Fotos: Noel Rodríguez)

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