Teatro

Un Chéjov de los campos de Cuba

La compañía Argos Teatro, de Carlos Celdrán, pone en escena 'Tío Vania' a teatro lleno en La Habana.

Anton Chéjov y su Tío Vania, sirven de excusa al grupo de teatro que dirige Carlos Celdrán —Argos Teatro— para poner en escena una versión "contextualizada" al interior del cubano de a pie, en los tiempos "que nuestros sueños sobreviven amenazados por la mediocridad, la frustración y la angustia por ideales perdidos", según proclama el propio Celdrán en el suelto entregado a los espectadores en cada función.

Tocar, aunque sea de soslayo, solapadamente, temas que atañen al estrés colectivo que viven hombres y mujeres en el primer país socialista de América, es imán seguro para conectarse con una audiencia que ha seguido la obra, durante todo el mes de abril, a teatro lleno, por lo que Argos Teatro se ve obligado a extender sus puestas a todo el mes de mayo.

La obra

Celdrán rompe la claustrofobia esencial de la pieza y el tono, ese continúo diálogo de sordos que buscan con avidez la mirada del otro, en el original chejoviano: hace que los actores envíen el texto hacia el público, como si se tratara de monólogos interiores, casi brechtianos. No ha logrado desembarazarse de los eternos clichés: demasiada apatía. Al escritor ruso lo han llamado "cronista del tedio" quienes resaltan la languidez de sus personajes. Aunque lo tedioso en Chéjov es el entorno, nunca sus habitantes, cuyos anhelos y sistemas nerviosos van a cien por hora, mientras la realidad que les envuelve se mueve a paso de tortuga.

Y si Chéjov maneja la ironía "con la misma eficacia de herir donde más duele", en su versión, Celdrán acude a la ebriedad para enfrentar las máscaras que deforman y "enriquecen" la realidad, cuya tendencia natural es ocultarse. No hay emociones, solo enunciados de las mismas. Sustentado con alfileres, Chéjov es aquí solo excusa para el lamento sobre la mediocridad presente de los intelectuales cubanos, su flagrante autoengaño; intelectualidad toda ala y juego. Irresponsable.

Así, sin humor del fino, ni las ácidas sutilezas del ruso, escasean la complejidad en los protagonistas y humanidad fluyente en los secundarios. Eso es perverso. Porque en Chéjov no hay buenos o malos, vencedores o vencidos. Su grandeza estriba en que no juzga a nadie, sino que presenta o sugiere, con mayor o menor acritud en el trazo, las razones de todos ellos. No hay "misterios del alma". Ni enigmas psicológicos. Solo estados de ánimo, mudables de escena a escena, contradictorios entre lo que se siente y lo que se dice, entre lo que se dice y lo que se hace: lo que nos pasa a todos.

Y es ahí donde el dramaturgo cubano convence, pese a todas las distorsiones, y nos hace participar activamente en un simulacro de comunicación: su tío Vania sigue, en espera brutal, sin esperanza, callada pena, hacia su propio abismo ¡Hay que trabajar! Seguir viviendo sin transformar el estado de cosas. Solo Sonia, la más sensata, intentará luchar por su amor.

Lo que vimos

La acción sucede en el campo ruso y no ha sido difícil captar la ruralidad de la campiña cubana. La disposición escénica, central, con el público apretujado a tres bandas, adecuada para la proximidad que exige el teatro chejoviano, cercanía a la mirada: nos acercamos para crear intensidad.

Hay clichés de caracterizaciones, pies forzados: las líneas o parlamentos a decir, grises, a las que sacan chispas algunos actores carismáticos (Héctor Noas). El estallido casi conjunto de las pasiones del cuarteto protagonista es bien pálido, nada electrizante, por lo que se diluye en caricatura la médula de la crítica. Inigualable creador de atmósferas, el escritor ruso comprendió mejor que nadie que la palabra sola ya no decía nada, que solo lo que sucede en el escenario significa.

Así, hay realismo, pero pánico a enfrentar la realidad. Su horror. Tío Vania, complejo, cambiante, auténtico productor de bienes, cuyas escenas cumbres son las borracheras, se opone al inútil fraude intelectual y personal del profesor Alexander Serebriakov, a quien admiraba como artista, y del cual se ha desilusionado al descubrir su discapacidad.

Amor y trabajo: esos son los temas del Tío Vania, los temas que se atreve a contextualizar el dramaturgo cubano, quien omite a Teleguin, el terrateniente arruinado.

"Yo todo lo que quería era decir honradamente: echad una mirada a vuestras vidas y ved cuán lamentables y desastrosas son", escribe Chéjov en su hacienda de Melikhovo.

Celebrar que Tío Vania suscite aún admiración y atraiga a más de un siglo después que Konstantín Stanislavski la dirigiera, con relativo éxito, en el Moscú de 1900, es la magia del arte.

Stanislavski, quien además de dirigir, actuaba —tenía en la obra el papel del médico ecologista Mijaíl Lvóvich Ástrov—, dio suficiente respiro al enfermo dramaturgo, quien superada la depresión inicial, dejaría en manos del director de teatro El jardín de los cerezos y Tres hermanas. Le quedaban cuatro años de vida.

Tío Vania nos habla de existencias malgastadas, abatidas por ajeno empeño, los engañados por la Gran Estafa. Retrata la desilusión, la anomia, la desesperación. Fracasados en sus anhelos y ambiciones, los personajes han pasado más allá: el amor no los salvará, el trabajo no los ennoblecerá: el futuro no rescatará al presente.

Para vivir de espejismos, nada como agua con etanol. Así, pasado por agua este Chéjov.

 "Ástrod silba. Escucha… ¡silba! El Tío Vania llora, ¡pero Ástrod silba!"

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