Literatura

Las fiestas de la muerte

Un día antes de cumplirse el centenario de nacimiento de su padre, falleció la hija de Octavio Paz y Elena Garro. Padre e hija tuvieron relaciones difíciles.

México, un excepcional y unánime México, América Latina y todo el mundo hispano, ha recordado en estos días al escritor Octavio Paz, un poeta solitario y único que se pasó la vida fajado con el tiempo y le ganó el desafío. Su centenario lo demuestra porque lo deja íntegro, renovado, con todos los poderes de su palabra, en la memoria de sus viejos lectores y en la pasión de los nuevos, con el halo de santidad que impone la ausencia de materia y la imposibilidad de pecar, herir o equivocarse.

Su antiguo y permanente adversario le ha servido de cómplice para que se le dispense y se le perdone tanta lucidez, tanto talento y la dimensión universal de su obra. Para que la envidia, esa manera odiosa de admirar, se disuelva con el camino de los días y sus tropezones de simple ser humano, los conflictos políticos, literarios y personales de su paso por la vida, se queden en párrafos perdidos en las piezas de culto. Este repaso de su obra, estas visitaciones provocadas a sus ensayos y a sus versos, le deben garantizar otro siglo de inmortalidad.

Como suele suceder por aquellos territorios de magias y demonios, a quien una vez llamaron en las tertulias de ciertas cantinas el Inca Paz, ahora sirve para bautizar un tren suburbano. Del azafrán al lirio, diría Emilio Ballagas.

No podía faltar tampoco otro de los artificiosos telegramas de la muerte. Unas horas antes de la fecha exacta del cumpleaños de Octavio Paz —el 31 de marzo— murió su hija Helena Paz Garro, en Cuernavaca. Tenía 74 años, escribía poesía y sobrevivió a un campo minado por el divorcio de sus padres. Se había reconciliado con Paz, después de muchos años de polémicas familiares en las que ella hizo siempre de escudero de su madre, la escritora Elena Garro (1920-1998), una autora controvertida y enigmática que también se disputa un quicio de la gloria con su novela Recuerdos del porvenir.

Helena Paz Garro publicó dos cuadernos de versos y dijo que tenía en sus gavetas más de 700 poemas inéditos. Colaboró como cronista en varios periódicos y revistas de su país. Aunque sus contactos con Paz padre fueron siempre difíciles, ella cerró, de alguna manera, la prolongada tángana particular con estas declaraciones a la prensa mexicana: "De niña me cargaba en sus piernas, en su espalda, y jugábamos... Lo quise mucho. He aprendido a perdonarlo (...) Al final quedamos bien. Tranquilos".

La señora Paz escribió, además, un libro de memorias. La crítica elogió su prosa florida y el dominio del lenguaje, pero muchos consideraron que a los recuerdos de la infancia y de la juventud se le notaban demasiado las incursiones de su imaginación. Octavio Paz le dedicó un poema de amor eterno, unos versos de padre deslumbrado y conmovido por el encanto de una niña que decía agua y en algún lugar brotaba el agua dispuesta a bañar la tierra negra.

Helena Paz, que soñaba en español y escribía en francés, le hizo dos poemas. Uno, en 1983, en el que aparecían lágrimas y brumas por todos los rincones. Y otro, en 1998, a la hora del perdón y el apaciguamiento. Estas líneas son de esa pieza: "¡Oh padre! volverás con tus amigos a las playas/ de Grecia, a tu país,/ curado y cantando tu poesía/ de alas invisibles./ La naturaleza ha tocado tu frente/ borrando toda enfermedad... El antiguo mar color de vino/ te espera/ no lo olvides".