Literatura

La herencia y un esplendor oscuro

Eliseo Diego llega por estos días a los primeros 20 años de la inmortalidad silenciosa, íntima que él esperaba.

El poeta Eliseo Diego (La Habana, 1920-Ciudad de México, 1994) llega por estos días a los primeros 20 años de la inmortalidad silenciosa, íntima que él esperaba. Sabía que sus poemas, una música personal, intensa, pareja, sin ni siquiera un tono más alto que otro, y sus cuentos breves y delirantes le harían falta siempre a los hombres que sienten la infancia, la familia y los sueños como un país único y libre.

Lo sabía y se lo callaba porque la discreción y la humildad son dos de las pocas leyes de cumplimiento obligatorio que están en los documentos fundacionales de su república particular. Una nación que despierta y renace cada vez que alguien abre uno de sus 14 libros de poemas o sus colecciones de cuentos.

Ahora, que el siglo XX es un tiempo antediluviano y los grupos de jóvenes escritores llegan, como se decía antes, con su pasión a imponerse y a olvidar por un tiempo a sus antecesores, el poeta de Los días de mi vida, El libro de las maravillas de Boloña, A través de mi espejo y Por los extraños pueblos está más presente mientras más relegado. Su obra marca una época, una escuela sin estridencias, una manera de asumir la poesía que, cuando se desdeña con mayor ahínco, se hace notar y reaparece dulcemente en la fiereza de la ruptura.

Es un poeta fundamental en la historia de la poesía de su país y de América Latina. Estuvo en el grupo que creó la revista Orígenes y, en aquellos días, me dijo una vez, que tenía una misión un poco menos intelectual y más arriesgada: consistía en llevar a José Lezama Lima a pasear en automóvil por La Habana.

Para su viejo querido amigo Gabriel García Márquez, el autor de En las oscuras manos del olvido es uno de los grandes poetas de la literatura española. Álvaro Mutis admira su forma de acercarse a la vida cotidiana con palabras de una pureza originada en las más entrañables corrientes del idioma castellano. María Zambrano escribió que la poesía de Eliseo resulta tan solo de la acción de "prestar el alma, la propia y única alma, a las cosas".

Era un hombre cálido y cariñoso que fue un católico práctico toda su vida. De niño y en su primera juventud amaba y le temía al Señor pero, en la medida que avanzaba hacia la muerte, estableció con Dios una relación más directa y amistosa y se permitió el lujo de unos pecados —aventuras amorosas y escaños fijos en los bares— que llegaron a enorgullecer a sus hijos varones y ateos, al pintor y cineasta Rapi Diego y al poeta y novelista Eliseo Alberto.

Junto a ellos, y a su querida hija Josefina, el poeta Eliseo Diego nos dejó huérfanos a muchos cubanos. Hombres y mujeres de varias generaciones y de ideas y oficios diferentes que le quisimos como ser humano y le admiramos y leemos como poeta.

Tuvo, eso sí, la generosidad de transferirnos la riqueza que guardaba a la hora de su muerte. Lo hizo constar en un poema, "Testamento": "no poseyendo más, en fin,/ que mi memoria de las noches y/ su vibrante delicadeza enorme;// no poseyendo más/ entre cielo y tierra que/ mi memoria, que este tiempo;// decido hacer mi testamento.// Es este:/ les dejo// el tiempo, todo el tiempo".

Comentarios [ 2 ]

Imagen de Anónimo

Y cuando colgaremos, con una soguita de Nylon Amarilla de esas que venden en Home Depot, a los Sensores de tan Prodiga Obra, pues no creo, que merescan otro Premio!!!

Imagen de Anónimo

Merecido elogio de un poeta a un poeta mayor. Gracias Rivero.