Literatura

Un premio a la sinceridad

Reina María Rodríguez recibe el Premio Nacional de Literatura y reclama por todas las voces silenciadas de la literatura cubana.

Ver a Reina María Rodríguez recibiendo en la tarde de anteayer el Premio Nacional de Literatura 2013 me confirmó que el único camino posible no es el de las pisadas fuertes, los silencios cómplices, y las sonrisas falsas.  

Hay otro, sinuoso y extremadamente incómodo, por el que transitan las almas que cargan con un peso casi involuntario: la necesidad de escudriñar, en la inconsistencia de lo tangible para mostrar agujeros que nos causan horror y pueden hacernos cerrar un libro de golpe, abandonar su lectura para siempre. En el esfuerzo de dar una dudosa apariencia  de oficio a la confesión del desarme y del desarraigo. En el encuentro inevitable con los otros órdenes que creen poder determinar el destino de una obra de arte: la burocracia y la política.

Durante la sobria ceremonia que tuvo lugar en la sala Nicolás Guillén, anclada en La Cabaña (esa zona maldita de la memoria), y a pesar de la opinión de escépticos-suspicaces-aferrados al rencor, ayer vi que los lugares pueden regenerarse, exactamente igual que los cuerpos.

En su largo texto de agradecimientos, Reina apuró lo que no podía faltar: desde las figuras de su madre, padre, hermano, hasta sus gatos o los amores que la guían desde la sombra, la poetisa Anna Ajmátova, la judía mística Simone Weil. La promesa (aún por cumplir) al poeta Lorenzo García Vega y la urgencia de que salgan ya todas las voces silenciadas, exiliadas del "país del lenguaje",  para que ese premio se complete.

Reina obedece a un impulso de sinceridad que ella misma niega pueda ser en una obra, un "valor literario", pero es el valor más alto de una vida.

Es una escritora, y no "escribidora", como ella insiste, que ha publicado en territorios prohibidos, más que difíciles, como la desaparecida revista Encuentro de la Cultura Cubana,  y que ha denunciado la fallida "muerte por silenciador" del autor y, sobre todo amigo suyo, Antonio José Ponte.

Reina ofreció para la presentación del controvertido filme Memorias del desarrollo su Torre de Letras, aún cuando ya había sido saboteada en lo único accesible a la censura: el espacio físico, y el público abarrotó el cuchitril que le asignaron en  la nueva sede del Instituto Cubano del Libro, se alineó a lo largo de los pasillos y demostró cuán relativos son los límites.

Este espacio imprescindible se mantuvo abierto también para OMNI Zona Franca cuando sus integrantes ya habían sido expulsados por la policía de su sede en Alamar y eran proscriptos a priori en todas las instituciones de cultura, y para el igualmente satanizado exconsejero cultural de la embajada de España, Alberto Virella.

A Reina la conocí gracias a un poema sobre su calle Ánimas. Una amiga y yo saltamos del texto a la calle real, buscamos su edificio y llamamos a su puerta con la vergüenza de no tener un pretexto más racional para esa visita que un libro suyo: Otras cartas a Milena.

Confieso que me empujó a seguirle el rastro su confesión de que una gata pudiera amarla "más, mucho más, que cualquier persona"… Antes de Reina no creía posible dotar de cuerpo literario lo ínfimo, trivial, inconfesable. Miedos que vi siempre pasar por el filtro de la sublimación se abrían de tajo, sin más protección que su humanidad. Vulgaridades, herrumbres. Desplomes de algo mucho menos poético que la femineidad.

Me asombra su aptitud de golpear, en una sacudida imprevista como solo lo conseguía Ángel Escobar, de expresar el espanto ante las bocas desdentadas de unos viejos indigentes en su paseo por La Habana, metástasis de una ciudad, un país, un sistema.

De admitir incluso: "…porque a esta cacharrería de palabras que se llamó literatura quise darle objeto de existencia y ella también me engaña".

Pero sí tengo con Reina una contradicción insalvable: "que la literatura no cambia nada", como expresó en un taller de narrativa del escritor peruano Ezio Neyra. Y justo porque la evocación de palabras suyas (que no me han salvado de la agonía) le han dado  al horror un nombre, un sentido, y sí: incluso una esperanza.

El ejemplo de este premio también la desmiente, confirmando que el maltratado camino de la verdad, con mucho más derecho que los otros (los fáciles, permitidos), está condenado al triunfo.

Comentarios [ 4 ]

Imagen de Antonio José Ponte

Anónimo 11.47, agradezco la mención que hace de mí en su comentario. Le aclaro que Reina María Rodríguez nunca se ha cuidado de mencionar mi nombre. Lo ha hecho en los peores momentos y sin temor a las consecuencias. Por amistad y también por honestidad.

En su discurso de aceptación del Premio Nacional de Literatura ella se refirió a todas las voces de la literatura, y muy especialmente habló de la edición en Cuba de "Los años de Orígenes" de Lorenzo García Vega. Mi nombre estaba, por supuesto, incluido entre todas esas voces, y la referencia a Lorenzo García Vega se me hace tan cercana que es como si estuviera hablando también de mí.

He sabido, además, que en las palabras de presentación del Premio la investigadora literaria Marta Lesmes me mencionó. Y escribo este comentario en honor a la justicia.

Gracias.

Imagen de Anónimo

sí, sí: pero reina menciona a mucha gente (tal vez a demasiada para dos o tres folios: a ajmátova, a weil, a blanchot, a barthes, a heideeger, a benjamin, a woolf, a kozer, a garcía vega et al... por mencionar menciona -y cita, vale dios- a esa piltrafa literaria que es alex fleites) pero se cuida muy mucho de mencionar, por ejemplo, a antonio josé ponte. o sea, que, digan lo que digan, sabe donde dice PELIGRO.

Imagen de Anónimo

Merecidísimo premio y excelente artículo; a los que no podemos, nos hace estar, al menos un poco, en ese lugar "regenerado". Verdad, honestidad, dos cualidades de Reina María nada frecuentes entre los premiados de allá dentro.   

Imagen de Anónimo

Bueno, yo me aferro al rencor sin vergüenza alguna, porque al menos es MI rencor, el que me corresponde por haber sido ultrajado, vejado, encarcelado, maltratado y sacado a empujones y escupitajos de ese país. ¿O qué esperan algunos? ¿Que contemple a mis verdugos con franciscano cariño? ¿Que les perdone mientras siguen haciendo lo mismo a otros? Esta autora, a quien el régimen castrista otorga el Premio Nacional de Literatura, no puede albergar sino gratitud hacia quienes la han premiado, y ese sentimiento le pertenece. Para decirlo cubanamente: No le ha tirado un gollejo a un chino. Yo no le pido, pues, que sus emociones cambien. Las entiendo. Pero que alguien pretenda que las mías no valen o que valen menos se me antoja injusto y tonto. Todo esto me reafirma en mi concepto de que en Cuba si no has sido preso es porque fuiste carcelero. Y ya veremos a cómo tocamos.