Artes plásticas

Una escalera grande para entrar en Bellas Artes

Más de catorce artistas toman parte en la muestra 'Para quebrar los muros'.

"Angela obliga a Teresa a confesar su crimen, mientras que Roberto las espía desde el patio de la casa…", las veladoras me ven y no dejan de contarse la novela en el mismo tono de voz. Pareciera que ellas mismas son una intervención de arte joven. Desde el instante en que uno las escucha sabe que ellas son lo que no debiera estar ahí, lo que rompe con un arte instituido, establecido, consagrado, como es toda obra o todo artista, apenas cruza el umbral de cualquier Museo Nacional de Bellas Artes.

Pero no. Ellas no son una obra de arte. Las intervenciones de las que habla el proyecto "Para quebrar los muros" no son tan radicales y hay que buscarlas por todo el edificio.

A la entrada del Museo, Humberto Díaz (Santa Clara, 1975) planta El jardín del olvido. Unas vigas de techo, con un árbol enraizado. Pudiera pensarse como un artefacto construido a propósito, si los que habitamos esta ciudad no supiéramos que esos árboles crecen realmente como muestra de la indolencia entre la arquitectura, otrora majestuosa, hoy de posguerra.

Lorena Gutiérrez (La Habana, 1987) con Soliloquio del Zorro, entre un Raúl Martínez de guevaras y fideles, despliega cincuenta trampas de acero para cazar, quizás, a todo el que pase por allí y piense diferente a las imágenes vecinas. Extraña no ver a más de uno atrapado como parte de la pieza.

Duvier del Dago (Villa Clara, 1976), expone de la serie Memory stick a dos maniquíes femeninos nadando/ buceando en un mar etéreo, mientras son lastradas por un lote de enciclopedias.

Entre el grupo de los Once, casi a punto de pasar desapercibido está Alejandro Campins (Manzanillo, 1981), con un esmalte sobre lienzo de 300 x 485 cm. Su abstraccionismo geométrico revela marcas generacionales. El prefabricado como identidad constructiva, como símbolo de estructuras espirituales en medio de la nada.

Gravamen es la documentación fotográfica de un crimen federal. Iván Capote (Pinar del Río, 1973) le recorta la tira magnética a los dólares, los empata, y como en una acción científica donde solo se atrapa al animal para monitorearlo, los pone a circular nuevamente. Un verdadero desafío a un poder que no nos toca; o, simplemente, un coqueteo antiimperialista.

Junto a Ángel Acosta León y sus cafeteras, otro objeto utilitario que pudiera ser una sábana, una cortina o solo un pedazo de tela manchado, de Elisabet Cervino (Manzanillo, 1986). Ruta de la Seda, es el resultado de una acción performática, las huellas de la artista en un paño que pudiera considerarse divino.

Reinier Quer, Requer, (La Habana, 1983) con La prueba de paternidad, sin grandes pretensiones, puede que sea lo más contestatario del proyecto. Sobre cartulina y en dimensiones variables, reproduce fragmentos del directorio telefónico donde está la localización de los Círculos Infantiles de La Habana. Entonces, se lee solo los rigores del adoctrinamiento: "Pequeños comunistas", "Pequeños constructores", "Comunistas del futuro"…

De Jorge Wesllesley (La Habana, 1979), está de la serie "Efugios", Exit. Con una pieza de bronce, plexigas, concreto y led, nos plantea la salida y el éxito como imagen paradójica, como disyuntiva, encrucijada, destino del artista.

Más allá, dice la nota: "tras una observación detenida de los objetos…", pero creo que Cachimba, de Michel Pérez Pollo (Manzanillo, 1981) es solo un juego semántico llevado a acrílico sobre lienzo. Es que no es una cachimba si del objeto se trata. Se parece más al doble significado de la palabra, cuando se refiere al parloteo indefinido o la nada solo identificada por quienes manejan códigos comunes. Lo demás, sería un provincianismo innecesario.

También está la documentación del performance de Carlos Martiel (La Habana, 1989), expuesto ya en el Museo Nisch, Nápoles, Italia, titulado Punto di Fuga. Al artista, frente a la cámara, dos médicos le van realizando perforaciones simétricas y epidérmicas. Lo que nos llega son las distintas caras del dolor.

Y como para entrar a Bellas Artes se necesita una escalera grande, el artista El Sexto está tachado al lado izquierdo de la puerta de entrada. Pasará mucho tiempo antes de que algunas artes lleguen a esos salones. El grafiti es una de ellas. Y es que allí todo es demasiado pulcro, demasiado aséptico para incluir los trazos más radicales del arte cubano.

Entonces, en una muestra de más de catorce artistas, faltó uno. De los que están, y pese a las objeciones, diez de ellos merecen que, al menos, se les mencione.

Comentarios [ 1 ]

Imagen de Anónimo

Qué desagradable está lo que al inicio pensé que era una ilustración, y al leer me entero de que es un performance, una "obra de arte". Wow! Que cosa más horrible.