Literatura

Delfín Prats, premio David de poesía en 1968, es entrevistado ese año por 'La Gaceta de Cuba'

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Soy un poco más viejo que mis poemas: 21 años mayor que el primero y 22 y pico que el último. Fuera de ese oficio (o afición) de loco (lo he preguntado en la calle) no tengo otra gracia, salvo quizás la lata que daba cuando niño, según mamá, lo que me valió no pocos azotes. Seguidor de gallinas, trepador de árboles. El viejo dice que siempre he sido más haragán que una mula, aunque a veces le ayudaba en las labores del campo. En este trabajo empecé a escribir novelas imaginarias, al estilo de folletín hieldevaca y las aventuras de Jon Nelson. En la escuela decía a Naborí y a los trece descubrí a Buesa. A esta época sólo había leído dos libros, con que premiaba la maestra rural a los mejores expedientes del curso: Las mil y una noches y el Robinsón. Eso era. Lo que soy ahora está en mis poemas.

¿Cómo, cuándo y por qué empezaste a escribir?

Ya en el internado, antes de la alfabetización, escribía cositas casi siempre rimadas. En la brigada hice mi diario, porque así se nos pidió, pero más que nada andaba trotando y galopando por esos mundos de dios de las montañas junto al mar, metiéndome desnudo al mar, comiendo mangos y ordeñando vacas. Entonces llegó Whitman con el viejo Wilde y JRR. Sin embargo, pronto nos quedamos solos. Nos dimos otros baños, emprendimos otras carreras sobre aguas más jóvenes, vimos los ríos ampliarse, regresábamos más tarde a casa, muy entrada la noche. Cuando partí para la URSS estaba aprendiendo a leer. Conocía las vocales y algunas consonantes. Escribía elegías a la tierra que se dejaba atrás y a las crines de una muchacha que me rechazó en alta mar. Por fiñe. En Moscú Mayakovski pasó del programa a mis oídos, Esenin fuera de programa entró por la puerta abierta. Odiaba todo lo chapado y contrachapado viniera de quien viniera, pero me alimentaba con borsch y lugares comunes. Al regreso volví a escribir. Pero vivía mucho más. Decía: para hacer un libro basta con proponérselo. El poema viene solo y la elaboración es innecesaria. El año pasado por esta fecha tenía escrita una cosa que trataba de ser un cuaderno de poesía. Nunca se envió. Seguí tachando y borrando hasta que para la convocatoria se habían amontonado diez poemas.

¿De qué trata tu libro?

Un cuaderno de poesía es un bicho que nos sorprende. Escribimos poemas que se reúnen en contra nuestra y cuando te percatas estás destruido por ellos. La poesía se apodera de nosotros y entonces caput: el libro aparece como una revelación para nosotros mismos, somos lectores de nuestros propios poemas, maravillados de su espontaneidad. Nuestra elocuencia nos favorece muy poco. Lenguaje de mudos no es sólo unos cuantos poemas que recrean la atmósfera de la infancia, con su magia, no es sólo la soledad contra la que luchamos a puño y diente, ni la alusión al juego de los adolescentes con la pelota del tiempo, ni el gesto del mudo tan cómplice del adolescente que se busca. El tiempo no nos pertenece y si le pertenecemos a él, si hechos por la historia decimos también hacerla, entonces yo diría, mi libro es un pequeño intento por arrojar un poco de claridad (de claridad poética que no tiene nada que ver con los fuegos artificiales) sobre el tiempo que vivimos, sobre esa historia donde los engranajes de transición se proyectan hacia quienes los justificarán.



Tomado de: La Gaceta de Cuba, año 6, no. 66, julio-agosto, 1968, pp. 2-3.