Sábado, 19 de Agosto de 2017
01:47 CEST.
Música

Las mujeres hacen música electrónica y los hombres lloran

Salí del Somavilla con tan buena onda que cuando llegué al hotel Inglaterra y pedí utilizar el servicio sanitario, la respuesta de la recepcionista de "claro, mija", con sonrisa incluida, me tomó por sorpresa, teniendo en cuenta que a determinadas horas de la madrugada los cubanos somos vistos con recelo en los hoteles.

Era el tercer prejuicio que rompía en una misma noche y creo que influyó haberme decidido ir a un espectáculo de música electrónica que ocurría en uno de los tantos piano-bar-restaurante que han abierto en la ciudad. Vaya combinación.

Supuse que sería un público adolescente, que fuera a lucir el grito de la moda. Sin embargo, el gancho fue que esta plaza estaba tomada por mujeres: Bjoyce Dj y el dúo PAUZA, de Zayra Dj y Paula DJ.

Pero nada de moda ni de superficialidad. La gente no baila, se divierte. Un lugar sin podio y barato, donde se interactúa y en cada intervención de las DJs se nota la peculiaridad que pudiera caracterizarlas. Una más pegada al funky, otra más explosiva, una tercera más a lo melancólico de una lejana década del 90, con una música con menos letra, más reiterativa, más electrónica. Sin embargo, en lo que hacen hay cierta armonía, no se percibe el caos de otros Djs cuando se reúnen a trabajar.

En la residencia de Somavilla, el pianista y compositor de más de un clásico cubano, su hijo, José Somavilla, ha abierto un negocio en el que rinde homenaje a su padre dándole espacio a la música cubana hecha a máquina.

Después de la medianoche el lugar deja de ser tan íntimo y comienza a llegar un público joven —músculos tonificados— y sobre todo, diverso. No es un espacio exclusivo de nada. No es solo gay. No es solo hetero. No es solo de gente delgada. Nadie se fija en quién decide enamorar a quién. Se pierden lo límites y, de alguna manera, el público que asiste es ya la nueva Cuba, donde cabemos todos y lo superfluo y la belleza también son un derecho.

Entre esta gente uno se puede encontrar con personas ya no tan jóvenes, que producen, dirigen o han creado proyectos interesantes y que no dejan de sentirse como peces en el agua porque allí los raros somos todos y no hay un dedo que señale con una frase despectiva.

Y así, mientras las mujeres revolucionan el cuerpo, los hombres lloran en el Trianón, y no precisamente por lo que debieran llorar.

Demasiadas poses, demasiados brazos extendidos

Los hombres llorones es una adaptación de obras del autor mozambiqueño Mia Couto, por el dramaturgo suizo Patrick Mohr. Seis novelas —Los machos llorones, Los ojos de los muertos, Culpa confesada a mitad perdonada, El niño que escribía versos, El entierro televisado y La falda almarrugada— contadas no precisamente desde el lenguaje del teatro, sino del de la narración oral, combinada con la trova y, solo a veces, echando mano de la imagen teatral.

Son historias que tocan la comicidad, la tragedia y también la puerilidad. Historias terribles que se pierden en un lenguaje trovadoresco que se desborda en un lirismo empalagoso. Hay un fantasma rondándolas y es el de la declamación y la imagen fácil, que nada tiene que ver con la influencia evidente de la tradición oral africana o con el talento de los músicos y algunos de los actores.

Basta una frase al final para descubrir la sabiduría que encierran las historias: "llorar es parte del camino". Basta el sentido de victimización para no querer reconocerme en ninguna de las representaciones. Así pasó con algunos que se fueron antes de terminada la función y de otros que la terminaron por disciplina o educación.

La violencia contra la mujer, la misoginia, herencia de algunos pueblos, la violencia contra la infancia y la vejez, el racismo, nunca serán tópicos superficiales, pero a veces corren el riesgo de ser edulcorados y de causar el efecto inverso al deseado. Por momentos, este es el caso.

Théâtre Spirale trajo a La Habana, por dos fines de semana, un espectáculo con temas universales que debe llegar al Centro Cultural El Mejunje, en Santa Clara, pero que al menos la adaptación que se ha hecho para Cuba, tiene demasiadas poses, demasiados brazos extendidos de niño que se sabe la poesía de memoria y le toca decirla a la mañana siguiente en el matutino escolar.

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Comentarios [ 3 ]

Imagen de Anónimo

Bueno, entrando en detalles que no rompen ni la honda, ni la onda de este buen artículo.. ;-)... Suiza es un país igual grande y con mayúscula como... Cuba p.ej. ... :-)...

Imagen de F.Hebra

 En realidad no hay reglas para este modismos y tanto "honda" como "onda", por sus acepciones, podrían usarse en este caso. Es cierto, la tendencia es escribir "onda" en la forma que la autora lo emplea. Refrescante, informativo y bueno el escrito.

Imagen de Anónimo

Buen articulo, lo unico que encuentro raro es que pienso que "honda" de estilo, se escribe "onda", de movimiento, de ondulacion, no como honda, o sea, el arma que se utiliza para lanzar piedras.