Viernes, 19 de Enero de 2018
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Cine

Aprender a bailar, o morir en la pista

La melaza, llamada también miel de caña, es un producto líquido y espeso derivado de la caña de azúcar. Melaza es además el título de la opera prima del joven director cubano Carlos Lechuga, un filme exhibido durante el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de 2012, y que casi un año después regresa a las salas del país. Con las credenciales de haber ganado varios premios, la cinta fue presentada el jueves 3 de octubre en la Sala 1 del Multicine Infanta.

Melaza es también el nombre de un central azucarero "temporalmente" cerrado, y del pueblo construido su alrededor. Allí transcurre la vida de Mónica (Yuliet Cruz) y Aldo (Armando Miguel Gómez) junto a la madre inválida de ella y la hija, de ella también. 

El filme arranca con imágenes contundentes, que parecen demostrar aquello de que "una imagen vale más que mil palabras": la prensa nacional arrojada desde una avioneta, el central abandonado, la pareja protagónica haciendo el amor en el central, sobre un colchón que guardan allí para ese menester.

Puede parecer terrible —puede incluso traer a la mente el documental De-Moler, que también mostraba el efecto del cierre de un central azucarero sobre los habitantes del batey— y resulta demoledor.

Pero la melaza es un producto dulce, parecido en su aspecto a la miel. Así, como se parece la melaza a la miel, la vida del pueblo tras el cierre del central se parece, o lucha por parecerse, a lo que era antes. El cierre no impide a Mónica levantarse cada mañana, ataviarse con su uniforme de trabajo y atravesar el trillo del cañaveral con sus zapatos de tacón para llegar al central, abrirlo, marcar su hora de entrada, comprobar el funcionamiento de las máquinas para reportarlo, e incluso mantener actualizado el mural con las efemérides.

Así, el hecho de que no haya agua en la piscina de la escuela donde Aldo es maestro, no le impide dar clases de natación a sus alumnos de primaria. Que no se vislumbre ninguna guerra en el panorama tampoco impide que los alumnos reciban su preparación militar. Que no haya restaurantes en el pueblo, o que la familia no pueda costearlos si los hay, no les impide comer fuera. La familia coge un mantel, pozuelos plásticos, cubiertos, y hacen un picnic en un descampado.

La imagen es casi idílica, alguien dentro del cine ya estaba diciendo que la familia por lo menos hacía picnics, cuando suena un reloj despertador en la escena, y demuestra que la vista engaña. "Ya podemos volver", dice Mónica. Entonces el espectador descubre que la familia come fuera porque alquila la casa por horas a parejas que van tener sexo. El denominador común de esas parejas es una amiga de Mónica que no alcanza la categoría de jinetera porque allí no hay extranjeros, así es que solo se puede describir como "la putica del pueblo".

Cuando Mónica anuncia que su amiga regresará la semana siguiente para alquilarse con otro hombre, Aldo se alegra. No hay nada irónico en esa alegría; no es un chiste del director. Es parte de nuestra vida cotidiana. Los cubanos hemos ido despojándonos de prejuicios y moralismos hipócritas, sobre todo a fuerza de necesidad. Y puede parecer precaria la existencia de estos personajes pero no: esta es la parte donde la vida les sonríe y son felices. Tienen sus empleos útiles a la sociedad, por los que reciben un salario, tienen esa otra fuente de ingresos, útil para ellos y su familia, y hacen el amor, cuando toca, sobre el colchón que guardan en el central, porque en la casa no disfrutan de la privacidad necesaria. Eso puede ser una vida feliz. Lo duro comienza cuando la policía descubre que están alquilando de forma ilegal, sin tener licencia, y les pone una multa que ni con sus dos salarios juntos, cohibiéndose de comer, pueden pagar. El plazo para pagarla es un mes.

Medios hay para reunir el dinero: impartir clases de inglés particulares a los mismos alumnos de la escuela, vender buñuelos en el pueblo. Actividades para las que tampoco tienen licencia, que podrían costarles otra multa, aunque en realidad no son delitos. Delito es lo que están dispuestos a cometer cuando nada más da resultado.

Pero no es para reírse. No hay nada risible en esta historia, si acaso, la sonrisa amarga que no podemos evitar al mirarnos en un espejo: esa persona jodida, desconcertada, exprimida, somos nosotros. El hecho de que Melaza transcurra fuera de La Habana no nos aleja a muchos de ella un solo centímetro. En la capital también se vive buscando la forma de delinquir, aunque delinquir es una palabra desagradable que lastima el oído. La palabra delito ha ido perdiendo terreno en nuestro vocabulario. En la mayoría de los casos no se habla de delito sino de "lucha", de "búsqueda", de "vivir y dejar vivir".

Cada vez que nuestras autoridades anuncian una nueva ola de lucha contra las ilegalidades, la gente tiembla. Todos. Cualquiera que tenga un niño demasiado grande para recibir leche por la libreta de abastecimiento, pero demasiado chiquito para comprender que ya no le toca leche por la libreta, tiene que recurrir a la bolsa negra. Por cara que se consiga ahí la leche, siempre será más barato que comprarla en CUCs. Cualquiera prefiere pagar veinte o incluso veinticinco pesos por una libra de aceite en la bolsa negra, que un CUC con diez centavos en la tienda. La diferencia no parece muy grande, excepto si lo que quieres comprar es media libra, o un cuarto de libra. Una de las ventajas de la bolsa negra es que puedes comprar hasta donde te alcance el dinero.

La bolsa negra nos es tan necesaria como las jabitas de nylon (que también hemos comprado en la bolsa negra cuando el Estado no tiene). Cualquiera que quiera comer carne de res, y no pueda pagarla en CUCs, trata de conseguirla en la bolsa negra, y sabe que depende de que se cometa un delito, que alguien sacrifique una vaca ilegalmente, o se robe la carne de un frigorífico.

Nosotros, la patria, la revolución, el socialismo

Siete años atrás, escribí un cuento que me valió un premio y la baja de mi centro laboral por pérdida de la idoneidad. Uno de mis personajes vendía recogedores por la calle; en un solar, tuvo que apurar a un cliente para que le pagara. El cliente le gritó "hubieras estudiado para que no tuvieras que estar vendiendo recogedores". Mi personaje era graduado de periodismo.

Esta historia es real. Nuestra realidad es más contradictoria que cualquier ficción. Muchos directores de cine recurren a esa realidad para contar sus ficciones. Lechuga se las arregla para que la suya no termine siendo una caricatura grotesca y poco creíble de nuestra realidad. Lo logra con un guión certero, imágenes eficaces, que no requieren de chistes baratos. Pero lo logra también gracias a las interpretaciones de Yuliet Cruz y Armando Miguel, absolutamente sinceras, desprovistas de estereotipos. Solo así es posible que el espectador se conecte con el drama que sucede en pantalla.

La banda sonora de las vicisitudes de esta pareja es una voz que, desde un camión y a través de un altoparlante, convoca a los pobladores "azucareros todos" (aunque el central ya amenaza con no volver a abrir) a un acto para, ante las nuevas medidas anunciadas por el imperialismo, "defender cómo vivimos aquí".

La película avanza y ante ese retrato, no exento de belleza, pero crudo, de nuestra realidad, es casi inevitable preguntarse qué malabarismo sostiene lo que a cada segundo demuestra ser insostenible.

Para un grupo de espectadores podrá resultar desalentador que nuestros "héroes" se revuelquen en la mierda. Si al principio no estaban "en nada", como intenta decirle Aldo al policía, terminan por estar en todo y dispuestos a todo. Pero hay momentos en que el moralismo es un estorbo y la película nos muestra uno.  Mónica lo deja claro: "Aquí o aprendes a bailar, o te mueres en la pista". Y si algo supone que los cubanos llevamos en la sangre es música, que sabemos bailar o aprendemos rápido. Si en algún lugar no debemos morir es en la pista.

La solución para Mónica y Aldo se veía venir. Pero lo importante no es la solución sino como se llega a ella, como se asume. Y como se vive después. Cuando su familia tiene el agua justo debajo de la nariz, y no es agua imaginaria como la de la piscina de la escuela, y usted no puede sacarla a flote, y la solución de su mujer es dejarse meter mano por un tipo…; perdón, exigirle al tipo casi a punta de pistola que le meta mano, usted puede, como el macho que es, mandarla al carajo, recoger sus cosas y largarse. O puede tragar en seco, lavarle la espalda a su mujer y tratar de pasar la página.

La película no podía terminar sin el acto de reafirmación revolucionaria, para defender "cómo vivimos aquí". Los protagonistas lo miran a distancia, sin entender mucho aquello. Es difícil entenderlo después de lo que acaban de pasar. Pero, poco a poco, se integran, y cuando la gente empieza a saltar, les toma su tiempo, aún están confundidos como quien se recupera de un nocáut, pero saltan y se dejan contagiar por eso que se parece a la alegría, más o menos como la melaza se parece a la miel, aunque es más espesa y oscura, casi negra. Hasta la putica del pueblo salta.

Ese fue el momento del filme que me hizo reír. Ahí está la respuesta la pregunta: ¿Qué malabarismo sostiene lo que a cada segundo demuestra ser insostenible? Nosotros lo sostenemos. Nosotros somos los malabaristas. Terminamos perdiendo los escrúpulos en aras de mantenernos al borde de la supervivencia, de salvar no la patria, "la revolución" y "el socialismo", como era consigna en los noventa, sino a nosotros mismos y a quienes nos duelen. Pero cuando vemos que, al menos por algún tiempo, podremos respirar, saltamos y bailamos al ritmo de la música que nos toquen. Y de paso, mantenemos a flote también (las palabras) patria, revolución y socialismo.

Tráiler de 'Melaza', de Carlos Lechuga

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La película obtuvo la Biznaga de Plata al mejor largometraje en la sección Territorio Latinoamericano del XVI Festival de Cine Español de Málaga.

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Comentarios [ 11 ]

Imagen de Anónimo

Hay que mezclarlo con la politica por algo muy sencillo,el sistema politico que gobierna a nuestro pais  es el que implanta y tiene el poder economico del pais, que es lo que mueve a un pais,al no servir el sistema economico todo lo demas es una mierda,afecta a todo y a todos.Por tanto la raiz de todos los problemas en Cuba es la politica.

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porque "los comunistas oportunistas", (porque hay que averiguar sinceramente el nomitavivo que a estas alturas tienen), son los primeron que lo hacen!

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otro hijito de papá con otros hijitos de papá

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Excelente artículo, muy bien escrito y muy cierto todo lo que dice acerca de que se han perdido todos los escrupulos para sobrevivir. He visto como en familias que antes fueron de respeto ahora ven y usan el jineterismo como algo normal incluso loable. 

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Por que tienen que mezclarlo todo con la jodida politia? Francamente, no fuimos nosotros los que empezamos...

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VIVA EL ARTE, NO LA POLÍTICA!!!!!

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LOS CRÍTICOS DE OTROS PAÍSES QUE HABLAN SOBRE CINE CUBANO, LO ÚNICO QUE ESTÁN MIRANDO DE DICHO FILME ES SI TIENE ALGUNA ARISTA POLÍTICA, PARA ENTONCES HACER TODA UNA DISERTACIÓN SOBRE CUBA Y ASÍ COMPLACER LOS MEDIOS ESTRANJEROS QUE EN SU MAYOR PARTE, SON HOSTILES CON LA ISLA. DEJEN LA POLÍTICA,QUIEN DIJO QUE TODO ES POLÍTICA, LOS GRANDES FILMES CUENTAN GRANDES HISTORIAS Y LA POLÍTICA EN TODO CASO ES UN TRASFONDO. DEJEN LA TRISTE OBSECIÓN CON CUBA, DEJEN DE MIRARLA CON LUPA COMO HACEN TODOS LOS MEDIOS ESTRANJEROS. FÍJENSE EN ESTADOS UNIDOS Y VARIOS PAÍSES DE AMÉRICA LATINA, QUE BASTANTES PROBLEMAS TIENEN.

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HAGAN CRÍTICAS ARTÍSTICAS Y NO POLÍTICAS. NO TODO LO MEZCLEN CON LA JODIDA POLÍTICA, CON EL DESENCANTO Y LA DESIDIA. NO HE VISTO LA PELÍCULA, PERO DEBE DE TENER VALORES ARTÍSTICOS EN LA FOTOGRAFÍA, LA EDICIÓN, LA DIRECCIÓN DE ACTORES Y HASTA EN EL GUION. SIN EMBARGO, DE LO ÚNICO QUE SE LIMITA ESTE CRÍTICA ES DE HACER UNA COMPARACIÓN CON LA REALIDAD CUBANA A PARTIR DE ESTE FILME. ES TRISTE, MUY TRISTE.

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MUY BUEN ARTICULO,ALGUIEN DIJO UNA VEZ;"TODO ES POLITICA"....

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Muy sencillo porque todo en Cuba es politico, recuerde con la Robolucion todo sin la Rebolucion nada. Una sociedad enjaulada siempre tiene que hablar de las rejas.