Lunes, 11 de Diciembre de 2017
12:11 CET.
Historia

'Todos nosotros'

En 1973 el fotógrafo José A. Figueroa expuso en la galería Vedado un conjunto de instantáneas publicadas durante varios años en la revista Cuba, en las que ensayaba un "estudio tipológico del 'cubano'". "Concebida originalmente con el título de Todos nosotros, —cuenta Cristina Vives en su ensayo "Fotografía cubana: una historia… personal" (Shifting Tides. Cuban Photography After the Revolution)— fue manipulada inconsultamente por la institución bajo el nuevo nombre de Rostros del presente, mañana, unida a un texto sin firma que adjudicaba a la exposición un sentido apologético —del que carecía— hacia los sectores obreros que "construían la nueva sociedad".

He aquí, quintaesenciados, nuestros años 70; otro ejemplo de aquella doxa que, oficialmente establecida en el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, dominó toda esa década y buena parte de la siguiente. El celo inquisitorial por atajar cualquier atisbo de heterodoxia se dirigía, en este caso, a la propia identidad nacional.

No es casualidad que la canonización de Guillén por la crítica marxista-leninista de esos años destacara el elemento revolucionario sobre el afrocubano: "si Nicolás Guillén, además del más alto, es el más cubano de nuestros poetas, eso no se debe a sus sones, aunque sus sones cuenten: lo es porque, además del más alto, ha sido el de mejor poesía revolucionaria: antimperialista, internacionalista, socialista", afirmaba Mirta Aguirre en 1974.

Para los comunistas, no era el haber dado expresión a la Cuba mestiza lo que convertía a Guillén en el "poeta nacional", sino la dimensión socialista de su obra, que anunciaba ya, en el desierto de la "república neocolonial", la época de la amistad cubano-soviética. Por muy adelantado que fuese, todo eso que alcanza a resumir la noción de "transculturación" no sobrepasaba el límite de la ideología burguesa; la doctora Aguirre no dejaba lugar a dudas: "Cuba no es fundamentalmente, como no lo es ningún país, su composición étnica […] es, sobre todo […] la contienda entre explotados y explotadores"[i].  

"Todos nosotros" es un concepto inclusivo, pero estático —la identidad, aunque sea lábil, implica siempre cierta fijeza, una persistencia del ser. El título que impuso la institución a la muestra de Figueroa apuntaba, en cambio, al "desenvolvimiento revolucionario" que informa la doctrina del realismo socialista; a lo que se añadía el énfasis, en las palabras introductorias citadas por Vives, por distinguir la clase obrera de la nación en su conjunto. Ambas rectificaciones son, desde luego, complementarias. Si, como señala Merleau-Ponty en Humanismo y terror, "Ser revolucionario es juzgar lo que existe en nombre de lo que todavía no existe, tomándolo como más real que lo real", ese juicio comporta necesariamente la discriminación entre los factores "progresistas" y los "reaccionarios", aquellos que en el presente prefiguran el futuro de esos otros que, como plomo en los bolsillos, entorpecen la marcha hacia ese radiante mañana.

A propósito de la narrativa de lo que llama "novela de la Revolución Cubana", Ambrosio Fornet apunta: "pero el pasado sobrevive en el presente no solo a través de sus elementos dinámicos, sino también de los estáticos, que tienden a reproducir los valores del individualismo y las sutiles coartadas de la 'naturaleza humana'" ("Las máscaras del tiempo en la novela de la Revolución cubana"). En artículos, prólogos y notas suyas de contraportada —como aquella de Winesburg, Ohio (Colección Cocuyo, 1977) donde se advertía a los lectores que Sherwood Anderson "no pensó que la frustración de sus personajes era inherente al régimen capitalista, y que su remedio era un ordenamiento social más justo, no el refugio en el misticismo y la irracionalidad"— se repetía esa idea medular: la naturaleza humana no existe, es un invento de la ideología burguesa. Desde tan radical punto de vista, tampoco la cubanidad existía propiamente.

'Desdichada descripción del carácter cubano'

Al respecto, los escritos de Sartre y Beauvoir a raíz de su visita a Cuba en 1960 habían sido pioneros: la Revolución Cubana, decía ella, venía a demostrar que "la condición de los hombres no está absolutamente cerrada y definida"; lo cual equivalía, por cierto, a confirmar la tesis central de El pensamiento político de la derecha, ensayo publicado por la propia Beauvoir en 1954.

Sartre desarrolló, por su parte, la idea de que la revolución manifestaba "los límites del pesimismo burgués" en la medida en que se basaba en la subversión de una ideología fatalista que por décadas había aherrojado a los cubanos al círculo vicioso de la industria azucarera y la corrupción política. La naturaleza humana era un mito; la cubanidad era otro; aquella era la base del capitalismo, esta del neocolonialismo. Así como, para la ortodoxia marxista, la literatura moderna —existencialista, nihilista, expresionista, naturalista…— no hablaba del hombre como tal sino más bien del crepúsculo capitalista, los discursos pesimistas sobre el país —"A Cuba no la arregla ni el médico chino. Los cubanos están podridos, sin remedio", dice un personaje de Bertillón 166— no reflejaban ninguna realidad cubana, sino la propia ideología burguesa con su fundamental falacia: en ellos, al decir de Sartre, "se insinuaba, en la sombra, una teoría de la naturaleza humana que convertía vuestras miserias en un destino inmutable".

El filósofo anunciaba, así, la crisis de las nociones tradicionales de la cubanidad, e incluso de la idea misma de la cubanidad, que domina la historia intelectual de Cuba en las décadas del 60 y del 70. En los primeros años de la revolución, esta noción crítica convive, sin embargo, con otro discurso de corte nacionalista, chovinista incluso. Frente a aquella tradición letrada de estirpe autonomista que describía al pueblo cubano como incapaz y defectuoso, la Revolución venía ser una nueva "vindicación de Cuba".

"¿Por qué se pudo alcanzar la victoria?" —preguntó Fidel a un año del triunfo revolucionario, durante una cena conmemorando el nacimiento de Martí. "¿Por qué avanza la revolución? Se logró todo porque había virtudes en nuestro pueblo y esas virtudes fueron el fruto de las semillas que sembraron los fundadores de nuestra república; de la semilla, de la abundante semilla que sembró nuestro Apóstol, José Martí" (Edmundo Desnoes, Punto de vista).

Si había una idiosincrasia cubana, esta era desde luego positiva: no el cubaneo de la "isla de corcho", asociado a lo que ahora comenzaba a llamarse despectivamente "seudorrepública" (tal como en el período fascista se llamó "Italietta" a la Italia de Giolitti), sino la cubanidad fundacional del siglo XIX, recobrada por la gesta de los rebeldes y el subsiguiente renacimiento nacional.

En fecha tan temprana como enero de 1959, Raimundo Fernández Bonilla cuestionaba en el diario Revolución la "desdichada descripción del carácter cubano" que Vitier había ofrecido en Lo cubano en la poesía: ligereza, incapacidad para tomar nada en serio, bucolismo; todo ello había sido desmentido por "la experiencia poética de origen, la experiencia de la Sierra".

"Las viejas aseveraciones que daban de nuestras gentes una estampa frívola, capaz de ceder al influjo del mejor postor, se han derrumbado ante la realidad de una conciencia revolucionaria cada día más alerta y más lúcida", señalaba, por su parte, Heberto Padilla en su crónica del 2 de enero de 1961. (Lunes de Revolución, "Un día de reafirmación revolucionaria")

Debemos, desde luego, a Lezama la versión más conocida, poética y barroca de esta idea: "Se decía del cubano que era un ser desabusé", pero "el 26 de Julio ha roto los hechizos infernales" ("El 26 de Julio: imagen y posibilidad"). Este artículo se publica en el año crucial de 1968; ya para entonces la influencia creciente del marxismo desacreditaba no solo las celebraciones metafísicas, idealistas, de la cubanidad al estilo de Lezama sino también las investigaciones más positivistas de psicología social, toda vez que las mismas contribuían a escamotear la realidad de la lucha de clases con ideologemas nacionalistas. Así como la imagen no constituía ninguna "causa secreta de la historia", la identidad no era un enigma por descifrar, sino más bien una trampa de la ideología burguesa; la pregunta misma por "lo cubano" ya no tenía sentido.[ii]

Recordemos aquella significativa frase de Guevara, claramente en las antípodas de las aseveraciones de Castro citadas arriba, según la cual "No es que este pueblo haya hecho la revolución porque sea así, es así porque hizo la revolución". La revolución, desde esta perspectiva, tenía poco de nacional; las virtudes que exhibía el pueblo —ese conjunto de valores socialistas que el propio Guevara epitomizaba: compañerismo, laboriosidad, intransigencia revolucionaria— eran consecuencia de haber "entrado en revolución", no al revés. Era el fuego purificador de la guerra revolucionaria, y su continuación en la diaria batalla por la "construcción del socialismo", no la educación como recomendaba la tradición de los letrados republicanos, lo que había regenerado al pueblo cubano.  

El elemento nacional, idiosincrásico, es crucial, sin embargo, en el imaginario romántico de la Revolución cubana a lo largo de los años 60. Si el de las democracias populares, dominado por la burocracia y el dogmatismo, era, en palabras de Sartre, "le socialisme qui venait du froid", este era uno que venía del chaud: "Los hombres que han combatido durante dos años en la Sierra como leones, apenas sienten una música, el ritmo afrocubano, comienzan a estremecerse como hojas cuando se alza el viento, y todo aquello que puedan tener bajo la mano, se transforma en tambor", escribía Cesare Zavattini en un periódico italiano, a su regreso de Cuba. ("Cuba 1960", Ese diamantino corazón de la verdad).

Películas documentales como Cuba si (1961), de Chris Marker, y Salut les cubains (1964), de Agnès Varda, reproducían una mitología fundamental del castrismo: no ya que los cubanos fueran alegres, sino que esa idiosincrasia constituía un anticuerpo contra los virus de la burocracia y del militarismo.

'Revolución con pachanga'

Playa Girón y la Crisis de Octubre vinieron a ser la prueba de fuego de esa alegría cubana que tanto maravillaba a los observadores extranjeros. En su crónica "De la invasión", firmada en noviembre de 1960, el argentino John William Cooke señalaba: "La revolución, al convertir los problemas nacionales en quehacer de todo el pueblo, determina que los episodios de la política interna y externa se traduzcan en música. 'Pero la reforma agraria va', 'Venceremos', 'Con OEA o sin OEA', 'los yankis son guanajos (pavos)', son algunas de las composiciones que se corean y a cuyo compás bailan las parejas. Pues bien, nada de eso ha cambiado ante el peligro de la invasión, respecto a cuya inmanencia nadie abriga dudas."

"La gente —acabo de regresar de una vuelta por la calle— se mueve y habla como si la guerra fuera un juego", apunta el protagonista de Memorias del subdesarrollo, en medio de la Crisis de Octubre.

Estas observaciones recuerdan, por cierto, aquel pasaje memorable de La isla que se repite donde Benítez Rojo cuenta cómo la "cierta manera" en que dos negras viejas caminaban bajo su balcón le dio la certeza de que no se produciría la catástrofe nuclear. "Solo diré que había un polvillo dorado y antiguo entre sus piernas nudosas, un olor de albahaca y hierbabuena en sus vestidos, una sabiduría simbólica, ritual, en sus gestos y en su chachareo." En aquellos días de octubre de 1962, la levedad de ese andar despreocupado representaba una atávica resistencia a la súbita grandilocuencia de la historia: frente a los misiles soviéticos, absoluta extrañeza plantada en suelo cubano, ellas encarnaban una cierta ancestralidad caribeña. Así, con esa gracia, con esa ingenuidad, habían caminado, posiblemente, otras tantas mujeres negras en los duros tiempos de la plantación. Acaso la propia Cecilia Valdés, chancleteando por las sucias calles habaneras que las señoras blancas, siempre enfundadas en sus corsets y subidas en sus quitrines, no pisaban jamás. Así, a pesar de todo.

La Crisis de Octubre, deduce Benítez Rojo, no la ganó Kennedy ni Jruschov, "la ganó la cultura del Caribe junto con la pérdida que implica toda ganancia". Surge, enseguida, sin embargo, la objeción posible: ¿cómo es que, si "el Caribe no es un mundo apocalíptico", se llegó a aquella situación en que la tercera guerra mundial parecía a la vuelta de esquina? Significativamente, la Revolución haitiana, ahora tan de moda en el contexto académico donde se gestó La isla que se repite, es una ausencia notable en el libro; ¿sería también ella parte de la historia de violencia y apocalipsis que la cultura caribeña busca conjurar mediante el ritmo y la performance, o más bien parte orgánica de esa misma cultura? Ciertamente, el elemento carnavalesco del evento revolucionario queda impensando o desapercibido en la celebración de la cultura caribeña que ofrece Benítez Rojo.

Este elemento fue, sin embargo, decisivo en los dos o tres años que siguieron a la caída de Batista, los de la "revolución con pachanga"[iii]. "La Revolución ha podido transformar la estructura del país sin grandes obstáculos de tradición, costumbres y estilo de vida, esto se debe a que el pueblo cubano ha asimilado importantes aspectos de la psicología africana. La cultura africana ha ablandado y debilitado la estructura reaccionaria de la familia española. Por algo se dice 'Revolución y pachanga' en lugar de 'Revolución y Santiago' (Cómo surgió la cultural nacional, Walterio Carbonell).

Este costado carnavalesco, negro, de la Revolución es destacado una y otra vez en las crónicas y apuntes de los turistas revolucionarios de los sesenta. Desde La fête cubaine (1962), reportaje de la periodista francesa Annia Francos, a comienzos de la década, hasta Enero en Cuba (1969), diario de Max Aub, y "Some Thoughts on The Right Way (For Us) To Love the Cuban Revolution" (1969), ensayo de Susan Sontag, ya en los pródromos del desencanto, esas dos actividades fundamentales de la construcción del socialismo que son la "preparación militar" y el "trabajo productivo" aparecen como suavizadas por la ligereza tropical, estilizadas en graciosa estampa que, por así decir, "atenizaba" lo espartano de la movilización revolucionaria.

Dos negras en un campo de fresas

Curiosamente, en las notas que tomó Michel Leiris durante su visita a la isla en 1967 aparecen también dos mujeres negras; dos mujeres negras que, como las de Benítez Rojo, representan algo precioso, poético, difícil de describir con palabras. Pero estas observadas por Leiris son jóvenes, y no caminan por la calle sino que trabajan en un campo de fresas —seguramente, en las alturas de Banao, donde se había inaugurado en 1965 uno de los tres "planes piloto", focos comunistas que en las rurales entrañas de la Isla irían acelerando la transición al "reino de la libertad".

Vestidas con sencillas blusas y pantalones verde botella, las muchachas se las arreglan para dar a su atuendo y su peinado cierta elegancia, un toque de moda o distinción. La más delgada y vivaracha —anota Leiris— había puesto en su sombrero de pajilla una pequeña pluma, lo cual, unido a las botas y los guantes de trabajo, le otorgaba un cierto parecido con aquellas coquetas heroínas que en las comedias de Shakespeare aparecen travestidas como caballeritos.

Este cuadro representa, desde luego, las maneras libres, originales, que el socialismo adoptaba en Cuba. "N’est-ce pas dans ce style sans lourdeur —le seul qui reflète ses buts— que la révolution devrait toujours être menée: comme on aime, comme on danse, comme on s’adonne sportivement à un dur exercice et comme s’il importait, pour le résultat futur aussi bien qu’en soi, d’accomplir en beauté ce qui doit être accompli de pénible ou de périlleux, quant on a jeté son gant à a la face du Mauvais Ange?"

Se diría que estas jóvenes realizan el ideal guevarista del trabajo como arte, esa utopía compartida en los 60 por pensadores tan influyentes como Marcuse. Si, según aquel poema de León Felipe que Guevara gustaba citar, a lo largo de la historia humana nadie había "cavado al ritmo del sol, cortado una espiga con amor y con gracia", Leiris venía a dar testimonio de que en Cuba se estaba produciendo el milagro. 

Y ello no solo por haber erradicado la propiedad privada —fuente de la alienación—, pues después de todo eso había ocurrido en los países soviéticos, sino también gracias al peculiar modo de ser de los cubanos. La idiosincrasia no significa, en la visión de Leiris, resistencia al socialismo en sí, sino a su congelación estalinista. Si para Benítez Rojo las ancianas negras eran portadoras de una tradición encarnada en esas formas más o menos rituales de sublimación de la violencia de la historia colonial que son la música y la danza, en las jóvenes estudiantes de Leiris la idiosincrasia, lejos de resistir, más bien colabora con esa historia de renovación humana que es la revolución; su modo de ser de algún modo anuncia, al tiempo que va realizando ya, ese final del camino donde no existirá la violencia y el trabajo no será más una pesada carga. Como si el comunismo viniera a reintegrar, en los nuevos cañaverales y campos de cultivo, la rigurosa plantación y los toques de tambor de las tardes dominicales, el futuro prefigurado en los jóvenes trabajadores voluntarios y la memoria ancestral del cuerpo caribeño.

Benítez Rojo es "negrista"; su celebración del ritmo y el carnaval como subversión de la razón occidental —a la que subyace, mucho más que las ideas "posmodernas" de Lyotard o Deleuze mencionadas en su libro, la teoría carpenteriana de lo "real maravilloso" americano— corre el riesgo del exotismo al revés, esto es, de reproducir la mirada europea, reificando lo propio como "otro" irracional, mágico, auténtico… También Leiris, quien era etnógrafo además de surrealista, corre ese riesgo. "Cuba, la rosa de los trópicos y de la revolución", escribió en el mural colectivo realizado en el Pabellón Cuba en ocasión del Salón de Mayo de 1967. Las dos extrañezas, la del trópico y la de la revolución, se confunden una y otra vez en su percepción de Cuba: "Impresión de exaltación y entusiasmo que se debe tal vez a la asombrosa convergencia de la América Latina, de las Antillas, de España y de la Revolución; este tipo de Revolución que quizás solo se podía dar aquí".  

Pero no había que ser surrealista ni tampoco extranjero para escribir cosas así; mucho contribuyeron los escritores cubanos a aquella imagen "tropicalista" de la revolución. En su crónica del desfile por el segundo aniversario del triunfo revolucionario, Cabrera Infante apuntaba, por ejemplo: "Hay una gran alegría y la frase Revolución con pachanga […] se vuelve verdadera, porque hay una gran alegría dondequiera: esa increíble alegría cubana que llena de fiesta la ocasión más solemne". Y un poco más adelante: "en Cuba se está creando ante los ojos del mundo un hombre diferente, una mujer diferente, y es esto lo que hace que Cuba sea tan diferente a España o a Francia o a Checoslovaquia o a Alemania, cualquiera de las dos Alemanias, o a la misma Unión Soviética y no sé si también a China, pero sé que es diferente y fascinante y casi única" ("La marcha de los hombres").

Aquí, nuevamente, las dos mitologías fundamentales del castrismo —la "revolución con pachanga" y el "hombre nuevo"— se hacían una: la alegría de la que hablaba Cabrera Infante era la tradicional "alegría cubana", no la alegría internacionalista de los trabajadores soviéticos pintados en los cuadros del realismo socialista, ni tampoco la "verdadera alegría" que una década después Ernesto Cardenal distinguiría de la "alegría burguesa". La revolución en Cuba era singular, y a esa originalidad no era en absoluto extraña la idiosincrasia nacional.

Y vuelta a la cubanidad

Es justo cuando el colorido del régimen castrista se destiñe, en esos años grises en que la Isla apenas suscita para los intelectuales extranjeros más interés que la anodina Bulgaria o la fría Polonia, que la diferencia de lo nacional y lo socialista se acentúa, imponiéndose el canon que determinó el cambio de "Todos nosotros" a "Rostros del presente, mañana".   

La coda de esta historia es bien conocida: en los 90 la crisis del marxismo-leninismo trajo consigo el regreso de la identidad nacional. Ahora, el título original de aquella serie fotográfica de Figueroa podría ser la consigna misma del oficialismo. Se habla cada vez menos de "obreros" y más de "mambises": "el futuro de nuestra patria será un eterno Baraguá" (1990), "Declaración de los mambises del siglo XX" (1997).

Relegada la lucha de clases, lo cubano resurge en su dimensión más mitológica: utopía, resistencia, posibilidad… Desde otro registro, mucho menos elevado y patriótico, el tema musical más popular de la década insiste, curiosamente, en la cuestión de la identidad. "Somos lo que hay, lo que se vende como pan caliente […] Somos lo máximo". "Lo que hay": pura existencia donde caben todos, pues falta el juicio revolucionario; "lo máximo": reivindicación nacionalista que no es, sin embargo, una solemne "vindicación de Cuba".

Significativamente, Pedro Juan Gutiérrez toma estas frases como epígrafe de Un rey en La Habana, obra donde, al igual que en los cuentos de la Trilogía sucia, se da buena cuenta del retorno de la Cuba tropical, imprevisiva, sobrevividora. Si en su ensayo "La imagen fotográfica del subdesarrollo" (1965), reivindicando la nueva imagen de la Isla en revolución —no ya un país para consumo de los turistas del primer mundo, sino uno enfrascado en la gran aventura del hombre moderno—, Desnoes afirmaba que el "cuerpo es lo único que tienen los pobres", la Trilogía sucia de La Habana bien podría llevar esa frase como epígrafe. "La miseria destruía todo y destruía a todos, por dentro y por fuera. […] Así que al carajo la piedad y todo eso."

Esta pobreza no tiene nada de irradiante; nada de franciscana, nada de espiritual: los pobres no tienen más que cuerpo, como el propio Rey. El cubano, no solo en la narrativa de Pedro Juan Gutiérrez sino en buena parte de la literatura del "período especial", aparece como un ser no ya desabusé —desengañado—, sino más bien desamparado. No por gusto la obra tutelar de la década es La isla en peso, ese gran poema cubano de la intemperie, reverso no solo de los amables interiores del criollismo origenista sino también del bucolismo nativista de un Víctor Manuel.

A las aguas mansas y los acogedores framboyanes de la serie de paisajes cubanos pintados por este en los años 30, Piñera parece replicar con una pregunta retórica —"¿Quién desdeña ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán?"—, convirtiendo la arcadia en pesadilla, Gauguin en Munch. La sombra de los árboles, la placidez del entorno y suave brisa que se respira en los cuadros de Víctor Manuel invitan a la siesta; la insularidad, en el poema de Piñera, condena al insomnio.  

El framboyán —se diría— ya no da cobijo; es elemento, angustia, desastre.[iv] Aludiendo al famoso eslogan del Partido Auténtico que presidiera la campaña electoral de Grau San Martín, Ena Lucía Portela ha escrito en su novela La sombra del caminante (2001): "¿por qué no decirlo? ¿verdaderamente por qué no decirlo?, la cubanidad es amor. Por ello nuestro desamparo es enmascarado, perverso, hipócrita, menos obvio que el de otros en otras capitales. Infamias, abusos, crueldades, abandonos, heridas, quemaduras, sufrimientos y soledades se ocultan entre los pliegues del gran amor nacional". La cubanidad es de nuevo coartada, problema, campo de batalla. 

 


[i] Hay muchos otros ejemplos en la cultura oficial de los setenta. La "cubanía", afirmaba por ejemplo Alga Marina Elizagaray, no es solo el costumbrismo externo sino "la capacidad de combate de este pueblo alegre y dicharachero que fue capaz de luchar cien años por su libertad, y capaz de establecer en una isla diminuta, a noventa millas del imperialismo más poderoso del mundo, la primera república socialista en América" (El poder de la literatura para niños y jóvenes).

[ii] Significativamente, en el periódico Revolución y su magazine literario conviven esos dos discursos; se los encuentra, incluso, en un mismo autor, como es el caso de Calvert Casey. La conocida crónica "El centinela del Cristo" estaba más bien del lado nacionalista de Castro y Lezama: "Era como si la esencia de la nacionalidad […] hubiera estado oculta y ahora reapareciera". En el prólogo a Cuba. Transformación del hombre, uno de los primeros volúmenes editados por la Casa de las Américas, el escritor se acercaba, empero, a la concepción marxista de Sartre: "una práctica lúcida ha cambiado en Cuba la noción misma de ser humano; […] Todas las teorías sobre la inmutabilidad de la naturaleza humana son falsas".

[iii] "Françoise Sagan, no sé si irónicamente o no, llamó a la nueva situación de Cuba revolución con pachanga. Se equivocó en la conjunción que une los dos sustantivos. Más justa es la expresión revolución y pachanga, pues en Cuba se baila y se canta, sí, como antes, mejor que antes, pero se trabaja denodadamente, al mismo tiempo, por realizar el sueño de la sociedad industrial y autosuficiente." (Sebastián Salazar Bondy, Cuba, nuestra revolución, 1962) También Cabrera Infante, en "La marcha de los hombres", atribuye a Françoise Sagan lo de la "revolución con pachanga". En los dos artículos sobre Cuba publicados por la escritora francesa en L’Express en agosto de 1960 (recogidos en Maisons Louées, L’Herne, 2008), no aparece sin embargo la frase.

[iv] Reinaldo Arenas: "lo cubano es la intemperie, lo tenue, lo leve, lo ingrávido, lo desamparado, desgarrado, desolado y cambiante. El arbusto, no el árbol; la arboleda, no el bosque; el monte, no la selva" ("El mar es nuestra selva y nuestra esperanza").

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Comentarios [ 10 ]

Imagen de Anónimo

La mayoría de los comentarios acusan al autor de no llegar a conclusiones: o sea, de dar soluciones, de catequizar; parece que eso es lo importante; una consigna. Curiosamente, con eso se convierten en varias citas más, como contenido del propio artículo. Recuerdo que en los principios de la lucha universitaria cuando el golpe de estado de Batista a Prío, se apareció en una de las reuniones de la FEU un estudiante cuyo nombre no recuerdo con una poesía cuyo primer verso decía: "Dame el santo y seña madre, para entrar en combate". El poema se hizo muy popular en la Universidad y fuera de ella, en los círculos que ya se organizaban contra el sistema; pero en realidad, no resolvío el problema. Me parece que a los críticos de Duanel, les paso lo mismo: Querían un santo y seña, mientras que el autor lo que deseaba, es que pensaran con sus propias cabezas...Cristóbal Díaz Ayala 

Imagen de Anónimo

No hay que citar. Es una mala costumbre de la academia estadounidense que hace que los artículos se conviertan en un decir de los otros. Este trabajo es una iteración de citas que, juntas, no dicen nada. La indirecta, y vomitiva, mención del Che, Castro, Girón,  está del c. y la vela. Lo hace para caer bien a la banda de zamuros de la siniestra que llenan los pasillos de las universidades USA. Digo, a no ser que lo tengamos de colao por un mandato oficial de Cuba.  Este supuesto "artículo" deja muy por mal parado a su autor. Lo otro es que esté perdiendo sus facultades. Y ahí nada podemos hacer. Pero lo cierto es que cada vez que publica algún “ensayo” está peor que el anterior.

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Bravo Duanelm, me gustò muchísimo tu tesis. Cuando hay calidad salen los bajos espíritus de sus guaridas. Para demostrar una hipotesis, a veces,  hay que citar, y al que no le guste que no lea ensayos.

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Horrible! Duanel, una hilera de citas sin sentido.

Imagen de Anónimo

Díaz Infante, lo que le escribo a continuación es desde mi respeto por su trabajo y por varios textos suyos que he leído con admiración. No me ha ocurrido así con este, que más bien parece un borrador de trabajo. Me atrevo a recomendarle entonces que ponga más escritura y más conclusiones entre cita y cita de este texto; y que apunte en alguna dirección, porque al final, el regreso al cambio de nombre de la exposición de Figueroa es una conclusión sumamente pobre para todo este discurso.Evidentemente, Ud. ha investigado arduamente sobre el tema; pero le falta pensar sobre él y hacerse una idea propia, una hipótesis que organice todas esas citas. No da gusto leer tanta cita atropellada, una detrás de otra, sin respiro para el razonamiento, como pruebas amontonadas. Dedíquele algo más de tiempo a la escritura, sin que eso signifique abandonar la investigación. Saludos.

Imagen de Anónimo

Si a Duanel le da por escribir novelas, una sola será más larga que los Episodios Nacionales de Galdós, con una diferencia, el canario llena el alma, pero la ideorrea del holguinero no conlleva a nada. Cualquiera no cubano que lea esto, imagino que ése es el lector buscado, pensará que lo que ha pasado en Cuba  es como un vals vienés. Dios, que manera de hablar basura sin ir al grano. De suavizar la destrucción física y moral de hombres y geografía debido a una tiranía nazicomunista. De hacer pasar un crimen, como un son tropical aséptico.

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Todos estos intelectuales que cantaban odas a la revolucion acabaron en el ostracismo, carceles, muertes y exilio; todos creyeron que era un incidente ahistorico.  No quisieron ver las similitudes con todas las demas revoluciones que terminaron en horror y terror.  Fue como un enamoramiento colectivo lleno de ilusiones, infantilismo, eroticismo y revanchismo.  Todos, menos los que se dejaron devorar por el miedo o la conveniencia sufrieron el escarnio de la revolucion y al igual nunca se sentieron a gusto con el exilio "historico"; ellos si se quedaron sin nunguna identidad nacional. 

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Cubanidad??  Mañach lo dijo mejor que nadie ... choteo ... pachanga ... chivateria. Esos vientos trajeron estas tempestades. La dimension de lo 'cubano' debe ser una de esas que los fisicos no acaban de encontrar, pequeña y doblada sobre si misma por su propio peso.     

Imagen de Anónimo

El ensayo de Díaz Infante es casi una colección de citas bien buscadas y carece de una diáfana conclusión final. Es el defecto de todos estos ensayos-poesía que nos ofrecen los escritores cubanos contemporáneos. Son afirmaciones a veces hermosas que no tienen basamento científico o estadístico alguno. El cubano es esto y lo otro y lo de más allá. Qué lindo. Mientras más radical el concepto, mejor. Invita a pensar, pero sin ofrecer derrotero. Mi cita preferida aquí -por lo tonto- es esa de Benítez Rojo según la cual la Crisis de los Cohetes no podía culminar en guerra mundial por la tranquilidad con que hablaban las dos negras gordas que vio pasar bajo su ventana. Es como decir: "El ciclón no viene porque escuché a un sinsonte cantar esta mañana". La verdad es que el que no se consuela es porque no quiere.

Imagen de Anónimo

Duanel,La frase "revolution avec pachanga" -y "socialisme avec pachanga"- no es de la Sagan, sino de Ania Francos, cuyo libro sobre Cuba te resultará interesante consultar, supongo. Es la idea de la revolución cubana como "fiesta", que Sagan más bien puso en práctica.