Literatura
La casa de Baquero
Michael H. Miranda
|Houston
| 22-10-2010 - 10:13 am.¿Qué queda de Gastón Baquero en Banes, de Cabrera Infante en Gibara? ¿De dónde puede asirse un escritor cubano para reconstruir su pasado?
Un novelista español ha contado su visita al manicomio de Herisau, donde pasó sus días el escritor suizo Robert Walser. En su afán especulativo (cree que Walser fingió su locura para aislarse del mundo, es decir, se autoimpuso la desaparición), se entrevista con el actual médico-jefe del asilo, pero éste le muestra los informes que corroboran el desorden mental del autor suizo.
Bajo la nieve, el tour del ibérico continúa y se va al cementerio donde está la tumba de Walser. Toma unas cuantas fotos. Ya antes ha recorrido sitios memorables de la historia literaria europea: el Café Odeon, donde estuvieron Joyce y Picabia, y donde alguna vez bailó Mata-Hari; el Cabaret Voltaire, punto de inicio del movimiento dadaísta y, luego, cueva de los surrealistas.
Muy cerca del Voltaire tenía su casa un famoso activista político ruso, más tarde regicida encargado de ascender el quepis ferroviario a la categoría de atuendo de revoluciones, de quien se dice que jugó una partida de ajedrez con Tristan Tzara en una calle de esa misma Zurich recorrida ahora por el novelista español.
Alguien le comenta los avatares del Cabaret Voltaire a lo largo de las dos últimas centurias: restaurante grasiento en los años veinte, sitio decorado como una casa de campo en los treinta, discoteca de mala reputación en los setenta, bar gay en los ochenta, adquirido en 2002 por un banco suizo y finalmente ocupado por jóvenes autotitulados neodadaístas que llenaron de graffitis sus paredes.
Al final de su viaje, al novelista le ronda la idea de la desaparición, entendida ésta como la posibilidad del hundimiento en lo común del mundo.
Maleza y escombros
En algún punto de su recorrido vital, el escritor cubano, ese ser constantemente punzado por la necesidad de tomar partido, deberá preguntarse a partir de cuáles asideros reconstruirá su pasado, es decir, se propondrá una "no-desaparición", tal vez descifrada esta como un reencuentro consigo mismo y la anulación de la imposibilidad de seguir adelante.
A escala de país, ya sabemos, en Cuba se ha ensayado el tópico de la prisión que captaba la atención de Michel Foucault, aquel sitio en el cual "el poder no se oculta, no se enmascara, se muestra como tiranía llevada hasta los más ínfimos detalles". Sin embargo, ¿qué va a suceder con aquellos escritores que han sido desaparecidos por una expresa voluntad de poder? ¿Cómo comenzar a recuperar, mucho más allá de lo parcial o lo simbólico, ese trozo de memoria perdida que revela la obra de un autor negado?
Un joven periodista cubano viaja a Gibara tras la huella de Guillermo Cabrera Infante. Descubre que apenas si queda alguien que conozca de quién se trata. Lo que queda de la vieja casa familiar es el torpe aparejo de unos muros de bloques revestidos con cemento, a los que han añadido puertas, ventanas y un techo a como dé lugar. Ahí vive alguien hoy, pero mejor no detenerse a preguntar.
Tiempo después, otro joven periodista se traslada hasta Banes, ahora con el propósito de averiguar qué ha quedado de la que fue la casa de Gastón Baquero en el pueblo. Y todo lo que su lente recoge son ruinas y maleza, unas paredes que se tambalean, que pujan por mantenerse erguidas, un yerbazal impune. Ni siquiera tiene la completa certeza de que se trata de la casa buscada, el antiguo hogar de la familia del poeta. Y como si de la letra de un viejo bolero se tratara, a quién preguntar si nadie puede responder.
El estado natural de un régimen como el cubano es la destrucción. Su locus es el páramo. El hombre de a pie así lo comprende y digiere. No le pidamos entonces que coopere con la memoria de un instante que ha quedado atrás. No tiene el escritor cubano por qué saberse distinto del hombre de a pie. Ninguno de los dos tiene memoria que venerar, no tienen su Cabaret Voltaire, ni siquiera la foto en la que Baquero pasea por un prado cualquiera. No existe eso que William Blake, citado por George Stainer en La Idea de Europa, ha llamado "la sacralidad del detalle mínimo". Lo que tiene ante sí es que la Historia se ha portado como una estúpida.
Lo que de ninguna manera debe parecernos trivial es el uso que hacemos de esos espacios robados a la memoria de una nación, esos sitios que han quedado para recordarnos la capacidad destructiva del individuo investido de poder como supuesto ideólogo gestor de un proceso, ese que con gusto y sin temblor de pánico hubiera demolido el Capitolio con el único objetivo de apuntalar unas hipótesis.
En la Cuba de ahora mismo quizá sea posible aspirar a poner un quiosco con bocaditos y batido en el portal de la casa destartalada, y ya esto será más que una prueba al canto de lo que ya sabemos: el rotundo fracaso de esa aberración cincuentenaria llamada Revolución. Pero pretender reconstruir, a partir de escombros tales, los asideros de una memoria sitiada, nos llevará demasiadas décadas, y quizás al final reparemos en lo inútil del esfuerzo.









Comentarios
Abandonada, tirada a la desmemoria, a esa costumbre americana moderna de desecharlo todo, de quitarse de arriba el pasado por pesado, sin ni siquiera atreverse a ver más allá; en cambio los europeos atrapan su presente lleno de trastos viejos, incluyendo cultura, tradición e historia. Más o menos es lo que tratamos de sintetizar del Material de Estudio cabecera, que tan a bien quiso escribir, nos referimos al compañero Stainer. El despojo cultural en estos 52 años de dictadura lo analiza muy bien el compañerito Rojas (por si cederistas interesados en el tema quieren consultar); nos quitaron mucho de lo que pasó antes del 59, el que se fue para no volver y sin decir adiós también lo quitaban; como los frutales del Camagüey, anegados en presas inútiles y mares de caña; como “las yemas dobles”, postre de abuelos; como las buenas noches gracias por favor de nada buen provecho con permiso y demás lindas costumbres “burguesas”. Gastón Baquero, guajiro oriental de fina trama, que hasta Lezama le echó el ojo, traductor de poesía africana –era tan original que siempre picaba en los orígenes- y que murió en Madrid en el 1997, después que Castrolandia le rompió el bloqueo y en la Isla se reconoció al poeta. Muchos de los cederistas que andan del Tingo al Tango por ahí, que escaparon en busca de libertad o de jamón o de mirar los celajes sin que lo joda el verdeolivo, jamás oyeron hablar de Baquero. El gobierno se encargó de eliminarlo del Panteón Cultural; fue uno de los primeros en irse, nos costó más de 30 años de olvido a propósito; eran tiempos de fax y bicicleta, Internet entró en el culebrón de las tachaduras culturales y gracias a Dios y al invento digital se acabaron los apagones culturales. “Luego, antes de irme, por favor,/que la gallina toque la ocarina,/ que la gallina toque la ocarina,/ que la gallina toque la ocarina,/ señoras: buenas tardes; señoritas: adiós.” En el CDR No. 22 agradecemos a DDC y de carambola al compañero Michael por traer al poeta Gastón; a veces no tan nombrado como el difunto Infante.
El primer comentarista tiene parte de razón; no obstante, me parece que el texto va más allá de hablar de las casas. Es, más bien, sobre la memoria de dichos escritores, borrada del mapa cubano más allá de lo físico. Hacer casitas de Martí es una chealdad, o una eusebiolealdad, no se trata de eso, tampoco de poner habitaciones en los hoteles 5 estrellas, como las hay, con el nombre de escritores castristas como Pablo Armando Fernández y Miguel Barnet (que nada dicen de sus pares silenciados por el poder político y la cobardía burguesona de ellos mismos). Es, como decía Mahler, más que adorar las cenizas, llevar el fuego de la tradición.
Medio cogido por los pelos: La tesis de que la trascendencia dependa de conservar "el lugar donde nació". Ni Baquero ni G. Cain dependen de eso. Martí no es más Martí porque se conserve su casa natal. Como a Fidel Castro no lo mejora que hayan reconstruido su casa en Birán.
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