Televisión

'Tierras de fuego', camisa de once varas

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Las telenovelas cubanas viven atrapadas entre dos fuerzas: la población y el Partido Comunista.

Tralalí, tralalá: qué rico está el campo, qué mala es la ciudad.

Si me pidieran identificar la premisa de la telenovela cubana Tierras de fuego —al aire desde principios de junio en el horario nocturno del canal Cubavisión— posiblemente cedería a la tentación de anotar lo anterior como respuesta.

La serie de 100 capítulos escrita por Ángel Luis Martínez y Yoel Monzón, con la dirección general de Miguel Sosa, llegó a la pantalla en un momento complicado para la Televisión Cubana (TVC) en lo que a telenovelas nacionales se refiere: la anterior propuesta, Santa María del Porvenir, había dejado a la audiencia pidiendo sangre. Tierras de fuego debió luchar contra el escollo de un mal precedente, pero sus propias carencias complicaron aún más el panorama.

Y aunque al final parece haber obrado el milagro de una cierta reconciliación nacional con las audiencias, es curioso que en la calle nadie hable de ella. Es como si Tierras de fuego fuera lo que nunca pasó en Cuba y eso es raro, en un país tan chiflado por el melodrama (tan melodramático él mismo). A menos que uno provoque directamente el tema, hay que recurrir a la zambullida en internet para acceder a criterios de los televidentes, bajo un puñado de artículos en general poco entusiastas con la telenovela. Y allí, frente a no pocos detractores, las opiniones a favor resaltan como principal valor el hecho de que "por lo menos" está mejor que Santa María...

Anunciada por el ICRT como un reflejo de la vida en el campo cubano de hoy, Tierras de fuego se quedó debiendo, por mucho, la propuesta de un debate serio y sustantivo sobre la dicotomía campo/ciudad en el escenario actual del país, debido a su enfoque simplista de fenómenos y tipos humanos.

Salvo excepciones, la mayoría de los conflictos no responden a una especificidad del contexto rural, sino que pudiera tenerlos cualquier persona, viva donde viva. Así, el objetivo prometido estriba demasiado en reflejar "el campo" más por oposición maniquea con la ciudad que por sí mismo, en su heterogeneidad y complejidad. Tierras de fuego nos vende por defecto las bondades de la ruralidad con esa espeluznante Habana llena de merolicos y proxenetas que alientan vendettas por deudas de cuatro quilos o mecaniquean guajiritas recién llegadas al asfalto para acostarlas con extranjeros. De allí todo el mundo sale huyendo para refugiarse en Palmarito, la virtud hecha batey.

Pero ¿qué es lícito exigirle a una telenovela? ¿Y a una telenovela producida por la TVC?

Los espectadores, el Partido

Todo el mundo sabe, a estas alturas, que telenovela no es sociología ni política de Estado. Es pedante y desfasado demandar de una obra de ficción televisiva que se concentre en explicar una realidad social determinada, o en exponer la "posición oficial" del emisor sobre los temas tratados. Se trata de un formato televisivo que desde su nacimiento ha suscrito la esencia no realista y el entretenimiento como finalidad declarada, típicos del melodrama en tanto género dramático.

El problema es cuando se promete, para después no cumplir. En esa camisa de once varas es donde se acuña el despiste, la disfunción, de nuestra TV, cuyo drama es vivir atrapada entre dos grandes fuerzas: la población y el Partido Comunista de Cuba, que subvenciona enteramente a la televisión nacional.

Es obvio que este último no puede gastarse de su bolsillo los millones de pesos que cuesta producir 3.000 minutos de televisión, con la única finalidad de generar entretenimiento (los desalmados capitalistas tampoco lo hacen ¿no?). El Partido tiene que "educar", "orientar", "transmitir valores", pues no se ha enterado todavía de que el poder del emisor para prescribir actitudes y comportamientos de manera perdurable ha sido puesto en entredicho por no pocos teóricos de comunicación de masas desde la mitad del siglo pasado.

En contrapartida, los intereses del receptor son muy distintos: las audiencias de la Isla, impedidas de entrar por otras vías a un intercambio de contenidos simbólicos con el poder, parecen haberse replegado a territorio de la ficción, y demandan de los programas dramatizados nacionales lo que no puede ofrecerles el noticiero: que cumplan con la función comunicativa básica de información-representación de su realidad inmediata. O lo que es lo mismo: el placer de verse reflejadas o incluidas en la pequeña pantalla, y de evaluar la fidelidad de dichas representaciones.

Igual que en los años 90 la literatura asumió una función periodística ante la ausencia de un periodismo real, las telenovelas cubanas —junto a los programas humorísticos y policiacos— han adquirido a través de los años una cierta responsabilidad informativa, un aura documental, que en buena ley no les toca. 

Amén de un grupo de insuficiencias técnicas y conceptuales, es ahí, en el terreno de la representación, donde peor le ha ido a Tierras de fuego, y es por eso que difícilmente quede en la memoria colectiva como una de las telenovelas significativas sobre el campo cubano, al estilo de Tierra brava o Cuando el agua regresa a la tierra.

Guajiros impolutos y vestidos para el cabaret mientras trabajan en el surco; poca fauna, con destaque para la escasez de perros y gallinas, tan comunes en las viviendas campesinas; españolismos en los diálogos y expresiones guajiras mal usadas en ocasiones; mujeres que se dan la mano para saludarse y dislates de escenografía y ambientación, pero estos vienen a ser problemas menores.

Se echa en falta alguno de esos personajes entrañables, pintorescos, a medio camino entre lo farsesco y lo cómico, típicos de los escenarios rurales —y ejemplos sobran en telenovelas anteriores y otros programas. La Mérida Naranjo que encarna una esforzada Beatriz Viña, con sus tonadas y refranes, no alcanza a suplir esa ausencia, antes bien resulta afocante allí donde debía ser representativa.

Por otra parte, sí existen en nuestros poblados y bateyes las casonas de Palmarito, rebosantes de  lujos citadinos, pero existe también el cuasi-bohío en cuyo portal un personaje de Carlos Enríquez trata de venderte por favor un quesito de dos libras. Claro, ese no está en Tierras de fuego.

Sí hay algunas pinceladas sobre los conflictos humanos propios del ámbito rural, pero los rencores y resabios de los viejos, la escisión familiar por los hijos que se van a estudiar o a vivir a la ciudad, o el robo y desvío de recursos —aquí en clave campestre—, no alcanza a reflejar las esencias macroestructurales de la realidad socio-económica de las cooperativas en Cuba. Y también se queda a nivel de pincelada el reguetón atronador del Círculo Social para ilustrar las dinámicas de dependencia cultural que se establecen entre ambos escenarios.

El guión, los personajes

El guión de Tierras de fuego tiende a una ética binaria, de la planicie y la levedad. Por exigencias de producción, la serie se escribió y rodó a la carrera, y se nota. Hay defectos de edición y vestuario, por no hablar de la publicidad "cincuentera" al final de cada capítulo, con locutor engolado y transmisivismo del tipo "no-se-la-pierda". 

Del guión, lo que primero llama la atención es el diseño de un comienzo de serie para espectadores estoicos. Quienes no tiraron la toalla, vinieron a  encontrar una relativa recompensa a partir del capítulo 25 o 30. Antes, campeó una dramaturgia de la inmovilidad, donde lo inverosímil encontró acomodo por no haber nada que narrar (Ignacio, recién llegado a Palmarito, "no pudo" llamar por teléfono a su esposa e hijo durante ocho o nueve capítulos, que en la percepción del televidente son tres semanas).

El diseño de los personajes también reveló problemas de puntería que afectan al conjunto de la obra. Isabel —la protagonista— y Manuel, debieron ser adalides del sujeto campesino, pero ella es malgeniosa, frívola y escapista ("no es para tanto" besar a quien no es tu marido) y él es pétreo y retrógrado. Su fundamentalismo rural no enamora.

Por su parte, Ignacio —el galán—, y Miriam —la antagonista—, son quizás las mayores oportunidades perdidas para el engranaje conceptual y dramático de la serie. Él no se rebela contra la marca de traidor y oveja negra que le quieren imponer todos, sino que es pródigo en mohines y parlamentos culposos. Ella (elección de la actriz aparte), es potencialmente el mejor personaje de la serie: es la villana de la historia, pero su meta es legítima por donde quiera que se mire, pues lucha por salvar su matrimonio con Ignacio. Sin embargo, aquí aparece simplificada, antipática y burguesa, porque encarna los defectos de la malvada y superficial ciudad.

La puesta, los actores

Hay en Tierras de fuego una gramática del escamoteo: no es solo que abunden las escenas innecesarias, o que a veces la continuidad demore demasiado la resolución de peripecias o eventos. Ni que algunas escenas clave no se preparen. Es que aquí el regusto por el anticlímax supera los límites de lo prudente: se construyen situaciones catárquicas para luego pasar directamente a sus respectivos desenlaces, donde hay que inferir qué fue lo que pasó en el clímax. Esto es un robo al espectador, y no se justifica con el supuesto carácter novedoso del procedimiento. Los guionistas deberían tener claro que elipsis es agilizar, no cercenar. ¿Para qué nos quitan el postre si tampoco hay plato fuerte?

Otro problema es que algunas escenas necesariamente climáticas terminan siendo todo lo contrario, dejando helado al espectador. Y este inconveniente, que viene desde el guión, se agrava con ciertas carencias de la puesta en escena y la dirección de actores. 

Sin dudas, Tierras de fuego exhibe un estilo "toma uno" de puesta en escena: esta es simple, poco propositiva, con muchas escenas de sofá y abuso de primeros planos, conformando una visualidad "cerrada" en ocasiones. Tampoco se preparan lo suficiente algunas reacciones de los personajes, que a veces lindan con lo esquizo. Lo mismo pasa con ciertas peripecias y acciones físicas.

Varios actores demandaban mayor supervisión del director, sobre todo los más jóvenes: sobreactuación y pobreza de matices tonales en las discusiones; anarquía del elenco sobre cuándo reproducir el "cantao" guajiro al hablar; idiolecto indefinido y actitudes contradictorias de una escena a otra. Kristell Almazán (Ignacio) es un galán cómodo, por decreto del guión, y Miriam Martínez (Paula Rosa) solventa con buena nota su performance, pero muchas veces repugna con su entonación exagerada, como de teatro para niños.

El mejor signo del elenco es su desbalance. A la presencia destacada de consagrados como Argelio Sosa, Mario Rodríguez, Luis Rielo y Félix Beatón, se suman Laura Moras (Isabel) e Iris Pérez (Mercedes). Carlos L. González (Julio), Saúl Rojas (Manuel) y Lesvy Samper (Mabel), salen bastante bien.

Entre los jóvenes, Lilian Santiesteban (Yanet) es la mejor, mientras Harold García (Ernesto) y Jorge Lavoy (Pitirre) se salvan. Pero otros actores se quedan debiendo, sobre todo los de más reciente promoción. 

Entre los puntos positivos está la fotografía, puesta en función de exhibir las bondades del paisaje rural. Cuando logra escapar de los muchos interiores, consigue una visualidad refrescante, lo cual se ve reforzado por el reparto, con sus numerosos actores jóvenes y "de buen ver". La novela se ve "bonita".

En suma ¿qué nos quiso mostrar Tierras de fuego y qué terminó por mostrarnos? Lo realmente sustantivo de esta telenovelita que ya va pasando, es que el ICRT comprenda la necesidad de dejar atrás sus ínfulas de efectos mágicos sobre las audiencias y concentrarse en lo que puede y debe hacer en lo adelante: fortalecer el modelo de producción-transmisión en paralelo que ya ensayó aquí, y asumir que, a día de hoy, tiene que decidirse entre prescribir o entretener. Conseguir las dos finalidades en un solo producto, parece que no está a su alcance.

¿O cuántos habitantes de Palmarito ya no se quieren mudar para La Habana?