Música

Boris Larramendi, 'La cibertimba y el bárbaro': la redención por la letra

La mayor sorpresa del último disco de Boris Larramendi es su renovado furor creativo como compositor.

Hay cosas que solo hago por gente muy querida. Como donar un órgano o ver de nuevo El lado oscuro del corazón. (Es una hipérbole: lo digo convencido de que a nadie que me quiera se le ocurrirá pedirme lo segundo). Con la edad, la lista no hace más que aumentar. En mi caso la lista incluye escuchar canciones con letra (en español sobre todo porque hay algo en el inglés, el portugués o el yoruba —el ritmo y su extrañeza, supongo— que me los hace bastante más soportables). Quiero decir, con letras que pretendan una profundidad más allá del "bururú barará ¿cómo está Miguel?". Que el canto sea parte de la música y no pretenda ser poesía (para en realidad no ser más atractivo y sofisticado que un poema mediocre del siglo XVIII). Se salva de esa quema mental, que en El Quijote asumieron un cura y un barbero, tipos como Boris Larramendi que además de ser amigo todavía consigue el milagro de ser poético sin parecerlo y tremendamente incisivo sin que apenas se le note el esfuerzo.

La mayor sorpresa de La cibertimba y el bárbaro, disco que acaba de estrenar, es su renovado furor creativo como compositor. No nos engañemos: la inventiva de un compositor de canciones tiene fecha de caducidad. A veces llega justo después de su primer gran éxito o, con mucha suerte, cuando al cabo de una década los viejos admiradores insisten en que repita sus viejas canciones ante lo predecible que resultan las que solo son nuevas en atención a la cronología. Pero el caso de Boris ya va siendo excepcional tras dos décadas de componer canciones divertidas, conmovedoras, composiciones que siempre encuentran alguna manera escandalosa o sutil de deslumbrarme.

El sistema que ha hecho esto posible ha sido —supongo, pues esas cosas no se preguntan— el de una monacal congruencia con su propia experiencia vital y musical: ni intentar repetir la fórmula de viejos éxitos ni adaptarse con astucia a los nuevos tiempos —se sabe que nada envejece tan rápido como las modas— sino ser fiel a sí mismo sin llegar al fanatismo. Una fidelidad crítica, con un sabio conocimiento de sus limitaciones y errores en esa guerrita personal contra el mundo (o a favor de él, casi nunca está claro) a la que llamamos vida. Y de ello, si tienes —si te queda— talento suficiente puede salir un disco como La cibertimba y el bárbaro, tremendo y divertido al mismo tiempo, pero sobre todo honesto hasta la intimidación.

Sin embargo, pese a lo que lo anterior puede sugerir, La cibertimba y el bárbaro no consiste en la observación obstinada del ombligo del autor. En este disco casi unipersonal en su hechura, la voz de Laramendi se desblobla en unas cuantas más que dialogan sobre un destino común, más o menos nacional, más o menos planetario. Si el tema principal de Libre era —redundantemente— el de la libertad, el de La cibertimba y el bárbaro es el momento que la antecede: la fuga.

"Cantata de un pueblo en fuga" podría subtitularse un disco en el que casi todas las historias que se narran son relatos de fugitivos, felices o insatisfechos pero totalmente seguros de que no les ha quedado otra opción. Desde la fuga estética de artistas o músicos ("la vida no para de explotar/ yo sigo cantando/ pa que la lágrima cambie en suspiro y en bello lo extraño": "Usté va pintando"); la fuga ideológica o romántica ("fui un viajero despistado cuyo barco naufragó/ regresando de un futuro totalmente equivocado": "Amor para siempre"); la celebración de la fuga ("casi todo el mundo que se va/ bien o mal pero se mantiene": "La cibertimba"); el monólogo del que quedó atrás en la fuga ("aunque no regreses nunca/ aunque sabe Dios por dónde es que andarás/ algo de tu amor me está llegando porque me siento bárbaro": "El bárbaro"); la fuga como envanecida reafirmación personal ("esa ratonera nunca fue para mí/ busca bien la reja, está dentro de ti (…) yo no me callo, yo no callo más./ Toy escapao, delante de mí las puertas se han derrumbao/ toy escapao, que ladren todos los perros, me lo he ganao": "Toy escapao"); la fuga a la inversa, la de los nostálgicos de un pasado que alguna vez pareció ser el Futuro ("¡son tan fotogénicas las ruinas de la Gloria!": "Dulce"); y por último la gran fuga hacia el amor y el pasado en "Aquel danzón", donde el autor nos confiesa "cómo me habría gustado sentir en la cara/ la brisa de aquella mañana por el malecón/ setenta años atrás, cuando abuela escapó/ para encontrarse a mi abuelo que ya la esperaba" y descubre que somos hijos de rebeldías que no aparecerán en ningún libro (a menos que lo escribamos nosotros mismos), marcados por "tanto fuego remoto sembrado en el alma".

Pero la fuga no lo es todo en este disco como no es solución suficiente para nadie, ni siquiera para los presos. La fuga, ya sea en Bach o en un cimarrón, es solo un pretexto para iniciar el viaje, para tomar distancia de lo que hemos sido. Y La cibertimba y el bárbaro es una vuelta a las raíces musicales de su creador, el rock y un amplio espectro de los géneros musicales cubanos y al tiempo un acercamiento a nuevos sonidos que van apareciendo en el camino. Lo que la distingue de grabaciones anteriores es que esa laboriosa síntesis de la que Boris ha hecho su emblema se va haciendo cada vez más perfecta, y con perfecta quiero decir en este caso orgánica y natural, como los tomates que todavía saben a algo.

En las canciones de Boris las fronteras entre los géneros son justo eso, convenciones útiles para los críticos pero inservibles cuando se trata de expresar justamente lo que se quiere y no otra cosa. Otro tanto se puede decir de la maestría que ha alcanzado en producir artesanal, domésticamente, ideas musicales tan complejas. Si antes este origen casero era una disculpa a ciertas imperfecciones ahora es apenas una nota al pie. Si en su disco Libre el empaste entre músicos profesionales y sonidos sintéticos dejaba cierta sensación de desequilibrio, con La cibertimba y el bárbaro todo fluye, como si los medios empleados fueran precisamente los que necesitaba su creador y no una variante decorosa de la resignación.

Más que una buena idea, este disco es una realidad (musical) magnífica de la que dan cuenta todos sus componentes . Desde la portada, ilustrada por el famosísimo artista José Bedia, hasta cada una de las canciones que escapan con ventaja de fórmulas en las que otros músicos menos inquietos se habrían encasillado hace rato. La cibertimba y el bárbaro puede oscilar entre la contención —esa rareza cubana— y el desafuero cuando la situación lo demanda como es el caso ejemplar de "Amor para siempre", o entre la paranoia y la calma zen como en "Suave"; u ofrecer con descaro arranques roqueros en ese apocalipsis de la rutina que es "La peste", donde el riff inicial a lo "Whole lotta love" y los teclados caros a cierto rock progresivo cumplen con la función de sorprender y al mismo tiempo hacernos sentir como en casa; o se desata en un merengue clásico —si por clasicismo en merengue entendemos al de Juan Luis Guerra— en "Vamos a escaparnos"; o trenza aires techno y árabes con una  guitarra flamenca para subrayar el delirio de grandeza del que grita "Toy escapao"; o se vale de la estructura casi sinfónica de "Dulce" para representar el peregrinaje de los turistas ideológicos para alimentar su nostalgia o su ego.

La clave del disco (y hasta de la creatividad de Boris Larramendi, sospecho) está en la voracidad con que enfrenta lo real. Eso es la que le permite encarnar a todos los personajes que se asoman en el disco con la comprensión y la compasión que no solemos gastar más que en nosotros mismos. Conmovedor "El bárbaro", un padre o un viejo amante que se queda atrás (en la Isla o en la vida, lo mismo da) y trata de convencer a la que se fue que no puede estar mejor, aunque todos descubrimos de modo infuso que está perfectamente jodido: es justo ese aferrarse a la frágil dignidad del derrotado lo que lo hace entrañable y tierno.

Más allá de la fuga, es "la realidad" el tema que define a este disco. La de gente para las que "el futuro murió intoxicado" y "el presente es extraño y muy caro", como se dice en "El abuelo se altera" (tema "escondido" al final del disco, que no aparece consignado en los créditos). Una realidad que "no va a quedar sin castigo" y que, sin embargo, puede ser redimida nada menos que por el amor, esa palabreja de rimas abrumadoras en cualquier cancionero. Ese amor que se aparece en el disco con la fuerza de una confidencia larga y secretamente sospechada, la que dan ciertos pudores, puede cambiarlo todo, hacer que lo estéril parezca además, irreal, y que el cantante pueda decir sin afectación: "es la realidad. ¡Qué suerte tengo, qué suerte tienes mamá!". Así, con la humilde sapiencia con que un Carlos Embale cantaría: "bururú barará ¿Dónde estás mamá?"

'La Cibertimba' de Boris Larramendi

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Comentarios [ 7 ]

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Qué exagerado este Enrisco, no exageres compadre, ni música, ni letra ni ná, eso no es calidad

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VAYAN A BAÑAR, NO SABEN NI OPINAR...

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QUE MUCHOS TONTOS ANDAN SUELTOS.... PALABRAS ESTUPIDAS....

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Compré el disco hace unos días online y la verdad es que coincido con la mayoría de las cosas que dice Enrisco, lo he oído un montón de veces en la casa, en el carro, a veces mientras trabajo, y me sorprende escuchar una cosa que es a la vez inteligente, conmovedora, "poética", sin ser para nada poeticona. Mi favorita es Amor para siempre, pero hay cuatro o cinco más que se me han vuelto instant classics. Y mi mujer se la pasa en estos días tarareando El bárbaro. Lo que más me gusta es cómo Boris habla de relaciones personales, de traumas íntimos, y hace como sin querer esos "llamados" a la situación, de España, de Cuba, del mundo, pero sin ponerse preachy ni panfletero. Lo público y lo privado, conectados como sin querer, eso no es fácil y Boris lo consigue una y otra vez.

 

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Ya salió Salieri el envidioso... :) mira que hay envidia e España, y no sólo de españoles...

 

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La verdad que cuando uno tiene buenos socios como Enrisco que te quieren mejorar, no alcanza todo Diario de Cuba, para darte la coba. Jo!

Amadeus