Viernes, 15 de Diciembre de 2017
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Opinión

Meme

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De la memoria

En mi adolescencia, por los tempranos años 60, tenía una novia que se llamaba (o llama, ojalá así sea) Daisy. Ella no sabe cuánto tengo que agradecerle.

Me había enterado de lo que era la música en mi niñez por el sonido vibrante de la orquesta Melodías del Cuarenta. Su director, Regino Frontela Fraga, quien para mí era "el papá de Hiram, el marido de Gladys", vivía justamente frente a mi casa, en la calle Santa Ana, en Luyanó, barrio habanero donde nací: Me voy pa'Morón, Boniatillo o Seis lindas cubanas, estaban metidas en mi ADN.

Cuando cumplí los diez años, allá por 1957, mi familia se mudó a Santos Suárez y un par de años después las cosas cambiaron radicalmente en la Isla, pero el mundo musical continuaba su vigoroso curso. Y a la orquesta Melodías del Cuarenta la superó la rivalidad que vivían Neno González y la sempiterna Orquesta Aragón, presentes en cuanto baile popular que se respetara hubiera: desde la Sociedad Curros Henríquez, hasta las nombradas ruedas de casino de El Oso —en lo que era, ¿es?, el Patricio Lumumba, antiguo Club Náutico—, pasando por El Ferretero y el Centro Montañez. Pero a las puertas de mis 15 años, conviviendo con todo aquello, apareció en mi vida, de la mano de mi novia Daisy, un obstáculo musical raro y ajeno: Meme Solís.

Daisy era una incondicional fanática del afamado músico, así que yo estaba en una disyuntiva; o me enteraba de quién era Meme y su cuarteto, o me pasaría la vida bailando únicamente casino y algún aislado bolero, aunque no con Daisy. Por supuesto, decidí enterarme de quién era Meme, y entonces mi vida cambió.

Las ricas sonoridades de su cuarteto, el tremendo trabajo de las voces y aquellos inolvidables crescendos me llevaron a un encontronazo con la emoción más intensa, y me introdujeron en el filin, esa especie de bolero sinuoso. Aprendí, también, que existía un francés que se llamaba Michel Legrand. ¡Quién me lo iba a decir! Sumé a la Aragón, a Neno González, a La Sublime y a La Sensación los condimentos de aquellos nuevos sonidos, e hice un potaje mental que me enriquecían Omara, Elena, Moraima, El Ronco y Meme. Soñé y recreé muchas de sus melodías, me deleité entre esos efluvios por tiempo indefinido.

Del presente

Muchos años han pasado, nos vamos poniendo viejos, y el amor y la música de Meme (que la esfumaron de la faz de la Isla por la horrible perversidad que todos conocemos) sí los recuerdo como ayer. Pero hace unos días, Cuba, el teatro América, recibieron otra vez esas sonoridades, pasado un montón de tiempo, de la mano de un grupo de gente valiosa y valiente (nunca olvidemos el contexto).

El regreso de la música de Meme actualiza una necesaria polémica: la de quienes desde las diferentes valoraciones de emigrante, exiliado o cualquier otra denominación imaginada o existente, regresa o no al país a ofrecer su arte a los cubanos de a pie.

Desde el respeto más profundo a cualquiera de las posiciones expuestas por estos días, soy de los que piensa que hay que regresar: asociar el esfuerzo de quienes desde dentro han conseguido el triunfo de organizar un concierto a Meme Solís en La Habana de hoy con un acto que tiene algún tipo de concomitancia con el poder, es un absurdo. Se trata más bien de una lucha interna, silenciosa, que muchos de los que vivimos fuera no llegamos o no queremos comprender, dejando la única opción posible a la salida definitiva o a la oposición militante.

No se le exigió a la Orquesta Aragón que abandonara el país cuando Batista dio el golpe de estado en 1952, ni habría que haberle dicho en vida a Vicentico Valdés que protestara porque en Cuba se continuaban pasando sus canciones por la radio. Tampoco pienso que hay que enemistarse con Gonzalo Rubalcaba o Pancho Céspedes porque hayan visitado sus barrios habaneros. De hecho, yo también he regresado a exhibir, aunque muy limitadamente (gracias al valor de un gran cineasta y mejor persona) algunas de mis películas prohibidas.

La universalidad parte de lo local, el reconocimiento de lo propio es esencial para el creador, renunciar al país significa asociar poder político con el concepto de nación, y la Nación (con mayúscula explícita) nos pertenece a todos, no únicamente a quien vive dentro y acata o desoye, o a quién detenta el poder político, que no el espiritual.

Reconozco que hay muchas maneras de mirar a Cuba, y muchas y muy diferentes escalas de dolor en quienes, como yo, decidimos no vivir más en el país. Lo que le sucedió a Meme fue terrible, y peor aún lo que le sucedió Celia. Entiendo el reclamo de Willy Chirino, y también a quienes, sin haberles planteado aún alguna forma de homenaje, prefieren no visitar la Isla. Entiendo incluso a Meme en su decisión de no asistir al emblemático Teatro América a escuchar sus canciones. Pero reitero que también se debe respetar, aunque polemicemos, esa otra mirada, la de los que sienten y necesitan estar físicamente entre los cubanos de adentro. Por mí, por ellos, escribo este texto.

Estoy terminando de rodar un documental sobre Reinaldo Miravalles, ese actor irrepetible que casi todos admiramos y que, residiendo en Miami, acaba de filmar en rol protagonista, a días de cumplir sus noventa años, una película en Cuba. La dirige Gerardo Chijona y está basada en una novela de Eliseo Alberto, Lichy, de quien sabemos que parte de su obra está, también, prohibida en la Isla. Me consta que Lichy estaba tremendamente feliz con la decisión de que su novela se filmara en La Habana. Hablamos de ello.

Añoro estrenar el documental sobre Miravalles, Historias de un viejo de mierda, en Miami, pero también en nuestro país, el de todos. Pude filmarlo mientras se preparaba para actuar en Esther en alguna parte, el largometraje de Chijona. Y lo grabé en la calle, en un día de descanso, saliendo de un espectáculo musical. Una mujer, pobladora de cualquiera de los barrios conocidos y no conocidos, lo reconoció, se le acercó dudosa, y de pronto gritó: "¡Melesio!"

De inmediato se arremolinaron a su alrededor decenas de personas, mirándolo atónitos, admiradas. El viejo se puso al borde del infarto. Es un viejo duro, nunca lo había visto así, cogía aire, nervioso, asmático, como si pretendiera evitar ser arrasado por un tsunami. Tal era su emoción.

No pretendo convencer a nadie. Incluso mi deseo no es que este artículo se tome como una respuesta a determinadas posiciones, sino como una opinión más entre tantas. Eso sí, aspiro a que los cubanos, algún día, sin evitar las diferencias y lo duras que puedan ser, nos entendamos en la diversidad, desechando opiniones o criterios dominantes, únicos.

No continuemos pasándonos, lleguemos a donde tengamos que llegar, sin caernos a patadas constantemente, sin insultos, suaves, conciliadores, entendiendo al otro, al menos dándole un espacio para expresarse y que la justicia, cuando corresponda, se ocupe de lo que se tenga que ocupar, pero con garantías, civilizadamente.

Por favor: bailemos una rumba, sin olvidar lo que ha pasado, una rumba memoriosa, pero que traiga nuevos vientos, con esta conocida letra parodiada por mí (todos conocen la música) en un acto de irreverencia vacilona que ejecuto cual poeta repentista:

Tolerémonos todos,

en la rumba final (efecto vocal: paqui-quinquin-quin)

y se alcen los pueblos con amor,

en el Hotel Internacional.

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