Domingo, 21 de Enero de 2018
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Resumen 2012

De estos libros hablamos (II y final)

La máquina del olvido: mito, historia y poder en Cuba de Rafael Rojas, reseñado por Gerardo Muñoz

La metáfora que da título al libro (máquina del olvido), y que proviene del Discurso sobre el colonialismo (1955) de Aimé Césaire, condensa una de las ideas que atraviesa todos los ensayos de este indispensable libro, y que desde ya podemos acotar en forma de pregunta: ¿es posible rescatar del olvido esa memoria de los pasados cubanos luego de su confiscación por el Estado cubano a partir de la Revolución de 1959?

(…) De la historia intelectual al debate constitucional, de la historia de la diplomacia a la discusión de las normas de la discusión intelectual, la propia manera en que Rojas ha interpelado el relato oficial cubano y sus dispositivos simbólicos aparece inmediatamente desde un abanico de estrategias y disciplinas. Aquí encontramos una marca que, para los que hemos leído las obras anteriores del historiador cubano, lo separa de sus previas publicaciones. A diferencia de Tumbas sin sosiego (Anagrama, Barcelona, 2006) o Motivos de Anteo (Colibrí, Madrid, 2008), es mérito de Rojas presentar la fragmentación de la cubanidad actual desde la pluralidad de discursos y saberes. Por eso a quienes señalen que el libro carece de organicidad, puede replicárseles que justamente esa falta es uno de sus méritos colaterales.

Al discutir a un ensayista de la envergadura de Rafael Rojas, quien ha atravesado la historia intelectual cubana durante las últimas tres décadas dejando amplias resonancias, es difícil no leer su nueva obra a la luz de sus previas publicaciones y sus conocidos ademanes. Por eso comenzamos en el orden las novedades. Ensayos como "Soledad Constitucional" o "El derecho de nacer" sorprenden, no por los manejos que Rojas hace de saberes disímiles, sino por trascender lo que ha sido su propio marco de referencias (la historia intelectual y la alta cultura).

(…) Sin embargo, el gran tema de este libro no es propiamente el neo-marxismo o el comunismo en su versión marxista-leninista en Cuba, sino las fisuras que el relato simbólico de la Revolución ha comenzado a manifestar en los últimos años. En los ensayos "Contra el relato oficial" y "Dilemas de la nueva historia", Rojas muestra la manera en que la construcción histórica de la Revolución ha topado un llamativo cansancio en las recientes publicaciones biográficas (La victoria ofensiva y La contraofensiva estratégica, 2010) del propio Fidel Castro. En su reverso, se explicitan avances en la nueva historiografía cubana, que ha venido estudiando la diversidad del pasado republicano y autonomista, los desmanes teleológicos de la historia, y la propia revalorización de los actores de la Revolución de 1959 (aunque en esta última, Rojas no vacila en subrayar que la mayor parte de las investigaciones se están llevando a cabo fuera de la Isla). (Leer más)

Tumbas de pensadores y poetas de Cees Nooteboom, reseñado por Reina María Rodríguez

Nunca me gustaron los cementerios, tal vez como Canetti he pensado que la muerte es un ultraje. Me detengo ante la necrofilia, pero al leer  Tumbas de poetas y pensadores de Cees Nooteboom, con las fotos de Simone Sassen, pienso en la vida; en cómo prolongar diez años más tal tortura. (Años, como querría Cyril Connolly, para el futuro tiempo de un libro.) Cómo estirar la piel de onagro.

El pretexto de estos cementerios nevados en París, en Irlanda, es el tejido de esas casas que nunca pensamos en cómo serán, en cómo amueblar, que las ordena lo que ordenamos en vida: con fracasos, sueños, dolor, pero que esperan al igual que aquel poema de Philip Larkin sobre la ausencia: casas vacías que solo quieren poseer ya un objeto: nosotros, el cuerpo del poeta. Casas que no necesitan acompañantes, que no requieren adornos ni vanidad.

Ese es el gran engaño: el poeta no tuvo cuerpo nunca, solo su deseo  de sobrevivir en el cuerpo prestado del texto que pretendió ser su cuerpo real y acompañarlo.  A diferencia del resto de los mortales, con cada verso piensa rescatar un segundo lo imposible: el amor que le faltó, la vida que no vivió,  la abundancia que no obtuvo en su pobreza. Cees Nooteboom lo hace ver magistralmente en este libro que construyó durante veinte años, durante los cuales viajó de tumba en tumba desafiando a su propia muerte con el conocimiento como stalkers de esos autores que lo acompañaron. Llegando al hotel donde está el cuarto de Canetti, entre sus libros —los fieles, los únicos amigos incapaces de traicionarnos.

De pronto, "yo estaba en una habitación, solo, y oía tocar el piano. Parecía Shubert, pero de eso tampoco estoy seguro ya. Luego cesó la música, alguien corrió una silla, se abrió una puerta. Como yo no sabía que él se encontraba en aquella casa, la sorpresa fue completa. De repente, Beckett estaba en la puerta, alto, flaco, con una bata de tela brillante". (Leer más)

Canción de tumba de Julián Herbert, reseñado por Iván de la Nuez

En Canción de tumba, el autor mexicano alcanza su punto más alto en esa batalla por conquistar un lenguaje apropiado para lidiar con el precipicio. El libro aborda, sin paliativos, la historia de una madre prostituta y un hijo a la deriva. Se sumerge en el prostíbulo y en el hospital, moteles y desahucios; dibuja sueños fallidos. A nuestro narrador le impulsa la redención y al mismo tiempo le ronda el suicidio.

Es como si Spider, el personaje de Patrick McGrath, practicara su delirio en la franja de la cordura. O como si aquel malogrado suicida de Thomas Bernhard se viera obligado a sobrevivir en la zona caliente de latitudes más broncas. Sin anestesia de ninguna índole; nada a mano con que cauterizar su circunstancia.

Herbert avanza en la tiniebla, persiguiendo, acaso, una secreta salvación para su madre —"solo hay una. Y me tocó", reza el exergo de Armando J. Guerra que abre la novela— y para sí mismo.

Por momentos, la madre cree que, en las luces de Cuba que pueden verse desde Yucatán, hay un mundo sin prostitutas ni pobres en el que ella hubiera podido redimirse. Y allá va el hijo a comprobarlo. Solo que esto, como la mayoría de las fantasías de una prostituta en estado terminal, no es más que un fuego fatuo. Otro más dentro del continuo up and down mental de una mujer atormentada en proceso de extinción. Este zig-zag, por otra parte, es la reproducción de una existencia oscilante. De una ciudad a otra, de un hombre a otro hombre, de una a otra miseria. Y como esas luces de Yucatán que prometían una utopía al alcance de una hora de avión, no son más que espejismos de vidas posibles. (Leer más)

 

Lydia Cabrera vista por Duanel Díaz Infante

Lydia Cabrera es el escritor feliz; la que no escribe: oye y apunta. Desconoce la angustia de la página en blanco. Nada que ver, por ejemplo, con los artificios verbales de un Sarduy, esos magníficos triunfos de la voluntad donde la Forma va arrebatando, milímetro a milímetro, espacio al informe vacío. En ella todo se mueve, por el contrario, en sentido inverso: los negros son "los verdaderos autores".

Muy significativo, a propósito, es el episodio de la nganga Camposanto Medianoche, que aparece en el prólogo de El monte. Resulta que un brujo que, años atrás, se había negado a la petición de la etnógrafa de fotografiar la prenda ("hasta la fecha, santeros y paleros son inflexibles"), un día se apareció en su casa con el caldero en un saco, alegando que "el espíritu que en éste moraba le había manifestado que quería retratarse y que estaba bien que la 'moana mundele' guardase su retrato". Una buena metáfora para la obra toda de Lydia Cabrera, la delicadeza con que se acerca al mundo negro a partir de ese arte de la escucha que de tanta paciencia requiere. (Leer más)

Carlos Alberto Montaner sobre su novela Otra vez adiós

El protagonista principal no es cubano, pero la segunda parte de la novela, la más extensa, transcurre en Cuba y todo lo que se cuenta en el libro afecta a Cuba directa o indirectamente. Cuba es uno de los ejes de la novela. Hay muchas anécdotas cubanas, algunas de ellas terribles, como el episodio del barco Saint Louis con sus casi mil judíos rechazados por los cubanos pese a que contaban con permisos para desembarcar.

(...) Para eso está la novela. Para enlazar situaciones reales por medio de elementos de ficción. Freud estaba en Viena cuando los alemanes ocuparon Austria. Es legítimo imaginarse ese doloroso episodio desde la perspectiva de Freud. No pretendo haber escrito un libro de historia. He escrito una obra de ficción basada en la historia. Batista era el hombre fuerte de Cuba cuando rechazaron el barco Saint Louis o cuando detuvieron al espía Luni. Es legítimo tomar esos hechos y tratar de explicar cómo ocurrieron. No sé si construyo los hechos o si los reconstruyo, pero elaboro un tejido verosímil. (Leer más)

Clinamen de Octavio Armand, reseñado por Johan Gotera

Al igual que Vesalio, quien descubrió un espacio inesperado al abrir el cuerpo y mostrar su fábrica, el poeta abre la página para enseñar, con las manos manchadas de tinta, la fábrica del poema, su mecanismo interior e incluso sus patologías y entrañas. A partir de esa visión tan descarnada, me fue posible ver la poesía con ojos propios, con menos ingenuidad y saludable suspicacia.

En su obra, el idioma ha sido desollado; los diccionarios, decapitados; de ahí que podamos ver en ella el escenario de un sacrificio y de un desmantelamiento. Todo su esfuerzo creador parece resumirse en el intento de sacar a la poesía de sus límites, desplazándola hacia otras disciplinas; de ahí que su escritura tenga algo de matemática experimental y mucho de geometría suicida, y esté más cerca de la filosofía natural que de la estética. O como diría él: más cerca de la mosca que del cisne. (Armand tal vez sea el único poeta que al pararse frente al espejo ve una naturaleza muerta.)

No exagero al decir que en este poeta se conjugan el aliento del arqueólogo y del geómetra, del patólogo y del orfebre, del relojero demente y del gramático salvaje. Su poesía parece empeñada en desbordar los sistemas de medición, empezando por el propio lenguaje, como hemos sugerido, ese falible instrumento con que creemos gobernar el mundo. El tiempo con sus relojes, por ejemplo, será un artefacto efímero para hacer morir el instante. (Leer más)

 

Días de entrenamiento de Ahmel Echevarría, reseñado por Jorge Enrique Lage

La autoficción como autoexamen. En Días de entrenamiento, Ahmel (Echevarría) no para de hacerse preguntas. Todas confluyen más o menos en lo siguiente: ¿Puedo extraer de esto —vivencia, recuerdo, noticiero nacional de TV— un material narrativo? ¿Soy escritor? ¿Qué clase de escritor puedo ser?

Una interrogante en particular, ¿por qué escribo?, se da de bruces en la novela contra el otro demonio del protagonista. Se trata del "viejo de fierro": nada más y nada menos que Fidel Castro.

Ahmel se encuentra con Fidel en la calle, un cuerpo fantasmal rodando en una silla de ruedas (de fierro, claro). Es el 13 de agosto de 2006. Fidel cumple 80 años y recién ha abandonado el poder por razones intestinales. Fidel le pide prestado el bolígrafo a Ahmel (sí, el mismo de pegarse en la sien). En mi próxima reencarnación —le dice, le advierte, le recuerda— yo quiero ser escritor. Ahmel empuja la silla de ruedas. Fidel va escribiendo en su cuaderno mientras Ahmel lo conduce hasta el mar. Una vez allí, Fidel lee lo que ha escrito.

"Carraspeó y con la voz engolada me pidió que le prestara atención:

—Un cadáver recorre las aguas que rompen en el arrecife. El ataúd, manchado por la mierda de las gaviotas, deja una pequeña estela mientras bojea una isla que se ha desprendido del lecho marino... ¿Te parece un buen inicio?" (Leer más)

Arístides Vega Chapú sobre su novela Steinway & Sons

(...) recrea algunas historias familiares. Soy descendiente de árabes que se establecieron en Cuba en el siglo pasado, en la novela hablo de una familia que  se crea a partir de la llegada de Petrus Giaburt, un árabe llegado a Nueva York en mil ochocientos y pico que establece vínculos amorosos con la famosa cantante Sarah Bernhardt, fruto del que nace Osmerut Giaburt. De la historia de su descendencia, que en los años cuarenta del siglo pasado se establece en Cuba, donde la sorprende el triunfo de la revolución, sale la trama de esta historia que termina en los años ochenta, cuando el masivo éxodo de El Mariel. En esta familia, como en la mía, hay varios músicos. Y en la novela estos se relacionan con grandes músicos de la época: Bola, Rita Montaner, Esther Borja, María Teresa y muchos más que se convierten en personajes.

En Santa Clara, la ciudad donde nací y vivo, se estableció esta familia de origen árabe y de nacionalidad norteamericana. Allí fundan un conservatorio de música, intervenido al triunfo de la revolución, como todos los grandes y pequeños negocios particulares que existían entonces. Intenté escribir una historia que, pese a referir sucesos traumáticos y difíciles, fuera contada de manera divertida. Una historia en la que se escuchara mucha música y que provocara muchas sonrisas. (Leer más)

Cuba y Estados Unidos, 1933-1959. Del compromiso nacionalista al conflicto de Vanni Pettinà, reseñado por Rafael Rojas

En los últimos años se ha reproducido un subgénero de ensayo histórico, ubicado en el centro o las proximidades de la historia oficial cubana, que insiste en que la política de Estados Unidos hacia Cuba ha respondido desde inicios del siglo XIX a las mismas premisas. Dotando a las naciones de una estructura psíquica inmutable, esa ensayística intenta persuadirnos de que Washington ha buscado siempre la anexión de la isla a su territorio, mientras que los revolucionarios cubanos —los "verdaderos" cubanos de los dos últimos siglos— han resistido esa voluntad y han logrado coronar históricamente esa lucha con el Estado socialista de 1961.

El último libro del historiador italiano Vanni Pettinà, quien estudió en la Universidad de Florencia, con Antonio Annino, y luego en la Universidad Complutense y el Instituto Ortega y Gasset de Madrid, es una refutación de ese relato hegemónico. Una hegemonía discursiva, por cierto, que se siente lo mismo en la academia historiográfica de la isla que en las principales universidades norteamericanas, europeas y latinoamericanas. Diríamos que los lugares comunes a que se enfrenta Pettinà son de los más arraigados en el mundo universitario occidental. Esa pelea contra los demonios agrega virtudes a su investigación y a su escritura.

Pettinà cuenta las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en el periodo posterior a la derogación de la Enmienda Platt y anterior a la radicalización comunista de la Revolución Cubana. Desde la perspectiva norteamericana se trata del lapso que arranca con el gobierno de Franklin D. Roosevelt y culmina con la agudización de la Guerra Fría en los años finales de Dwight Eisenhower. Desde la perspectiva insular son los años de la Revolución de 1933, de la refundación de la República en 1940, de los doce años de frágil vida democrática y, finalmente, de la dictadura de Fulgencio Batista. (Leer más)

Humberto López y Guerra sobre su novela El traidor de Praga

Yo trabajé la trama de la novela desde un ángulo periodístico: como investigador, atando cabos, tratando de descubrir los entresijos de esta historia que cambió al mundo, o, al menos, a Europa, y cómo influyeron esos hechos en la Cuba de entonces. Esa labor investigativa me fue dando las claves, y así los hechos históricos fueron encajando en la trama y viceversa. Fue como armar un rompecabezas.

¿Qué me inspiró? Mira, yo pertenezco a esa generación que fue arrastrada por la vorágine del final del comunismo en la Europa del Este por el hecho de ser cubano y haber vivido y estudiado a principios de los años sesenta en Alemania Oriental. Había vivido muy de cerca la Primavera de Praga, de 1968, que terminó brutalmente con la invasión de las tropas soviéticas y del Pacto de Varsovia, y después, aunque ya exiliado en Suecia, viví con mucha atención el derrumbe del Muro de Berlín y la desaparición del comunismo en la Europa del Este. Quizá haya sido la necesidad personal de hacer un balance de lo ocurrido en aquellos tiempos lo que me impulsó a escribir la novela. (Leer más)

El viaje de Sergio Pitol, reseñado por Ahmel Echevarría

La de Sergio Pitol en El viaje es una mirada que busca, interroga y asocia, que mucho tiempo después de haberse producido el viaje quedó cristalizada en un singular relato en el cual, además, hay un retrato de grupo (están allí el rostro y parte de la vida de Gógol, Bábel, Ajmátova, Chéjov, Solzhenitsin, Bulgákov, Nabokov, Pushkin…, también de cineastas y pintores y directores teatrales) y un retrato de familia (la familia Efrón: la poeta Marina Tsvaetáieva, el supuesto agente del espionaje soviético Serguéi Efrón, Ariadna y Gueorgui Mur —los hijos—, también los dramatis personae que rodearon a la Tsvaetáieva y la tragedia que se iba a cernir sobre ellos —precariedad, hambre, continuas mudadas, arrestos, prisión, trabajos forzados, la pena capital en el caso de Serguéi, el suicidio de Marina, y la muerte de Mur luego de enlistarse en el ejército y marchar al frente de batalla; Ariadna será la única sobreviviente, el milagro de la vida persiste en su cuerpo tras ocho años de calvario en un campo de concentración, también sobrevivirá a la inverosímil sentencia de residir de por vida en la gélida Siberia (una muerte en específico a seis años de haberle sido impuesta la condena —esa muerte en particular es el deceso de Stalin—, permite que Ariadna sea "rehabilitada", es decir, la supuesta vuelta a la verdadera vida —ese "tiempo extra" lo utilizará en localizar, rescatar y compilar casi toda la obra de Marina Tsvaetáieva). (Leer más)

Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978, reseñado por Antonio José Ponte

¿Predicaba acaso una moral distinta a la que se atenía? Sus reproches morales a Baquero, ¿eran achacables a envidia, a sentido de la competencia? Sin descontar del todo tales razones, parece más acertado suponer que de veras se sintió ofendido por la entrada de un poeta amigo en el periodismo y que, tres años después, no dudó en apreciar de otro modo aquella opción. Porque entre una y otra fecha pasó por la experiencia del mundo literario de Buenos Aires, decisivamente modernizador para él.

Está en este volumen el Piñera de los años cincuenta, quien publica sus primeros libros en Argentina y procura colaboraciones, ya no para Orígenes, sino para Ciclón, revista abierta por Rodríguez Feo después de abandonar aquélla. (Contábamos ya con la correspondencia cruzada entre José Rodríguez Feo y José Lezama Lima como directores de Orígenes, ahora accedemos a la trastienda de otra gran revista: el director Rodríguez Feo y el secretario Piñera tratan en sus cartas los asuntos de Ciclón.)

Severo Sarduy, Calvert Casey y Guillermo Cabrera Infante aparecen como jóvenes aprendices. "A Sarduy le puse de tarea, escribir en prosa y me trajo una nota sobre un libro sobre el mito del Infierno que le quedó muy bien", consigna Piñera el 17 de diciembre de 1955. Lo trata en femenino y le indica tareas: "Le dije que siga 'proseando' y dice que va a escribir cuentos. Está Severina muy dócil. Ya entró por el aro y se le está pasando aquella soberbia y bríos que tenía hace unos meses". (Leer más)

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