Domingo, 21 de Enero de 2018
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Resumen 2012

De estos libros hablamos (I)

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Abilio Estévez sobre su novela El año del calipso

Quería escribir una novela erótica. Una novela cuyo tema fuera el erotismo, que no me permitiera mirar hacia otro lado, que me mantuviera concentrado en el cuerpo, en la batalla y el placer del cuerpo. Y por esto, también tenía deseos de divertirme e intentar divertir. Salir un poco del "pistoletazo en el concierto" del que habló Stendhal para definir la política en la novela, de esa trabazón histórica en la que estamos siempre atrapados, de manera tan inevitable.

Quería darme un respiro y alejarme un poco, en la medida de lo posible, de la tragedia que hemos vivido y que seguimos viviendo, porque al fin y al cabo no todo ha sido tragedia. Teníamos siempre una puerta que empujar, un cuarto donde encerrarnos y olvidarnos de lo que pasaba fuera. En gran medida, el sexo y la lectura fueron durante mucho tiempo nuestro único espacio de relativa libertad.

(...) siempre me han atraído las metáforas y las palabras que se usan para mencionar la relación sexual y los órganos sexuales. Es maravilloso cuando estás leyendo a Fernando Ortiz, o El ingenio, de Moreno Fraginals, y descubres las relaciones entre el sexo y los otros fenómenos de la vida. Cuando te explican, por ejemplo, de dónde viene "echar un palo". Entonces las palabras se llenan de efectos, de ramificaciones, de reflejos.

Es maravilloso descubrir la lógica de muchas palabras que a primera vista no parecen lógicas. ¿No es emocionante descubrir que singar es remar con un solo remo? Avanzar por un río con un solo remo. Y por supuesto que hay una erótica de la palabra. El lenguaje ayuda a aumentar el erotismo de una situación, en eso estaremos todos de acuerdo.

También ayuda a destruirlo, y valga la aclaración. El sexo puede ser mudo, el erotismo no. Puede ser silencioso, pero no mudo. Debes tener en cuenta también que, como te dije hace un momento, yo quería divertirme. Me pareció que si lograba divertirme escribiendo esta historia, quizá lograría divertir al lector.

(...) También debo decir que, como a mí no me gusta eso que se llamó "literatura sucia", algo que quizá sea bastante fácil de escribir (o de redactar), me excitaba mucho emplear sus términos y reponerlos en un discurso absolutamente distinto. (Leer más)

 

Antes del mediodía. Memorias del sueño de Soleida Ríos, reseñado por Jorge Enrique Lage

En el prólogo a su más reciente libro, Soleida Ríos arranca diciendo: "Conservo en mi PC y en cientos de papeles amarillos y en varios kilómetros de cintas grabadas, un nutrido Archivo de Sueños".

De semejante archivo, que se antoja potencialmente peligroso y que según la escritora santiaguera es fruto de muchos años de diálogo con personas de las más diversas ocupaciones, edades y credos, se desprende un libro bastante singular: dossier, documentación, reciclaje, todo a la vez. Antes del mediodía quizás pudiera aproximarse al género testimonial, pero de inmediato va a surgir la pregunta: ¿testimonios de qué?

Se trata, en su mayoría, de sueños cubanos —también hay argentinos, chilenos, mexicanos—, y entre los soñadores se encuentran —también hay estudiantes, profesores, un general retirado, una prostituta, un travesti, una monja, etc.— varios nombres importantes de la cultura cubana.

(…) "Una rara intuición me llevó en 1983 a comenzar las entrevistas para recopilar el material base de este libro", nos cuenta Soleida Ríos. Antes del mediodía, continuación de El libro de los sueños (1999), formaría parte de un vasto proyecto iniciado casi tres décadas atrás, un proyecto inconcluso y desde luego interminable.

Lo cierto es que la autora de Secadero y Escritos al revés ha venido marcando un territorio en la literatura cubana. Pero no es el territorio de los sueños sino el de una vigilia constante, el de la búsqueda creativa: la recolección de materiales y formas poéticas, las raras obsesiones, la escritura que cruza fronteras y trafica y no descansa, no se rinde, no se duerme nunca. (Leer más)

Cuna del pintor desconocido de Néstor Díaz de Villegas reseñado por Enrico Mario Santí

Libro en efecto fatal: lo que dicen sus poemas es, a un tiempo, infortunado y real. Retrato no verosímil pero sí verdadero de una realidad subjetiva: crónica de la paulatina muerte de un artista; también de otra realidad colectiva: la ruina histórica de la Cuba (la cuna) que lo vio nacer… y morir. Allá real, aquí infortunado. Aunque tampoco será el exilio (espejismo) ni la panacea ni la cura del desencanto, sino la atroz repetición, "retorno de lo mismo", que produce, inevitable, la lucidez, conciencia; sobre todo, conciencia del espejismo del arte, de cualquier (falsa) originalidad. Kitsch, o mejor: anti-kitsch, de la "Pequeña Habana". Por sus páginas se pasean Pura del Prado con Armando Pérez Roura, Delia Fiallo y otros gusanos; transita de Kendall a Hialeah pasando por La Lechonera, Carnicería El Rechazo y el (difunto) Parque de las Palomas. Oda y caricatura, exaltación y rechazo, homenaje y entierro, amor y odio. Si, según Kundera, los totalitarismos de cualquier signo nos inundan con kitsch, entonces solo podemos responder con la fría lucidez de un anti-kitsch.

(…) Hay que decirlo: Díaz de Villegas practica lo que Wallace Stevens, con Baudelaire y con Nietzsche, llamó la "Estética del mal". Busca un lenguaje, o tal vez una mirada del otro lado, en el fondo del fondo, de otros valores. (Leer más)

 

Una artista del hombre de Idalia Morejón Arnaiz, reseñado por Adriana Kanzepolsky

El libro de Idalia dialoga con Antes que anochezca de Reinaldo Arenas, pero no en la denuncia del régimen castrista, ni en el relato de la enfermedad, aunque el castrismo está presente todo el tiempo como una filigrana de grueso calibre que se entreteje con la vida cotidiana y la intimidad en la forma del hambre y de la violencia de ciertos encuentros, y la enfermedad está también presente con la cara del sufrimiento síquico y de los tratamientos que el Estado castrista ofrece o a los que somete a quienes lo padecen, sino que Una artista del hombre dialoga con los capítulos iniciales de las memorias de Reinaldo Arenas cuando ambos, niños nacidos en el interior de Cuba —en un antiguo central azucarero, Poquita Cosa—, descubren el deseo, un deseo que parece implacable y desaforado en ambos casos, deseo omnipresente cuyo devenir infantil Idalia Morejón narra con el mismo ritmo acelerado con el que evoca a Poquita Cosa caminando kilómetros entre marabuzales para visitar parientes, huyendo de las culebras, refrescándose en los arroyos, cazando guajacones, robando mangos o saltando portales.

Una artista del hombre remite también a La vida tal cual, la breve e insoslayable autobiografía de Virgilio Piñera, en aquello que podría nombrar como el descubrimiento definitivo del deseo, pero si cuando niño Piñera, también un infante nacido en el interior de la Isla, descubre simultáneamente que es pobre, homosexual y que le gusta el arte, tres descubrimientos de los cuales no podrá librarse nunca y que son vividos como condena, en la historia de Poquita Cosa el deseo no aparece como maldición sino como un afecto que se descubre de una vez y para siempre, como algo insoslayable a cuya ley la protagonista parece dedicarle todo su empeño y talento.

Si Piñera y Arenas están allí en el encuentro entre infancia y deseo, es la voz de los personajes de Manuel Puig, y también algo de su lógica y mucho de sus gustos, lo que escuchamos reiteradamente a lo largo del texto. Quiero decir, con más precisión, no es la voz de los personajes de Puig, es la voz de una escritora que sabe escuchar a Puig y a sus personajes. (Leer más)

Los ojos de Adán de Orlando González Esteva, reseñado por Jordi Doce

Los ojos de Adán arranca con una declaración de intenciones que no deja lugar a dudas: "El propósito de estos textos fue, y vuelve a ser, invitar a estrenar el día como Adán debe de haber estrenado los suyos: ávido de asombro; invitar a fijarse en lo más insignificante y comprobar que nada lo es […]". Lo hermosamente paradójico de este designio es que la mirada ingenua o desnuda de Adán es aquí una suma de citas, referencias y guiños cómplices que abarca desde la música popular cubana (Touzet, Cachao) hasta los haikus de Issa, Buson o Boncho —de los que nuestro poeta ha ido realizando un puñado de traducciones memorables a lo largo de estos años—, pasando, cómo no, por multitud de escritores cubanos: José Martí, Lezama Lima, Dulce María Loynaz, Nicolás Guillén, Cintio Vitier o Cabrera Infante; y otros que no lo son: Manrique, Juan Ramón, Rubén Darío, Alfonso Reyes, María Zambrano, Jorge Guillén, García Lorca, Mahmud Darwish o Francis Ponge.

El resultado es un canto de alabanza al arte, a la creación humana, y la demostración más palpable de que vemos porque otros nos han enseñado a ver, de que sentimos porque antes nos han enseñado a sentir. Según la figuración de González Esteva, Adán es un hombre en el que actúan y cobran sentido las intuiciones de sus predecesores, las imágenes y vislumbres de quienes alimentan su memoria y sostienen su imaginación. Adán, pues, no es el primer hombre sino el último, y las referencias acumuladas no le abruman (no le condenan a la acedía melancólica del erudito, al agostamiento de quien sabe demasiado para hacerse ilusiones) sino que son condición indispensable de su gracia, su ligereza, el modo en que corre por analogía de una cosa a otra y de una idea a otra. (Leer más)

 

Stalin Obra de Arte Total de Boris Groys, reseñado por Carlos A. Aguilera

De los muchos libros escritos sobre Stalin quizá uno de los más interesantes sea el de Boris Groys. No porque muestre a un Stalin-Nosferatu, con colmillitos gigantes y garras puntiagudas (al final todo hombre de poder está obligado a ser diferente), sino, porque intenta demostrar lo contrario, mostrarnos al "ermitaño del Kremlin" como a un gran artista, y para colmo, pensar al totalitarismo soviético como un producto de la moral estética. Una víctima de la radicalidad, la fuerza y el despotismo que muchas veces nacen, quieran los artistas o no, de la confrontación entre experiencia social e idea.

Para esto, Groys, que ya había publicado en español Sobre lo nuevo, una de las pocas reflexiones polémicas que se han escrito en los últimos años sobre la relación museo, vanguardia y política, se basa esta vez en algo insalvable: la dinámica Estado-arte. O mejor: la conversión del Estado soviético en una gran maquinaria de arte. Tesis que de ser aceptada echaría por tierra la mayoría de las reflexiones que se han elaborado sobre el "socialismo en un solo país", tal y como Stalin "el grande, el gigante, el creador, el magnánimo, el artista", en algún momento inscribió, y reordenaría no solo el mapa geopolítico que ha llegado a nosotros, sino el filosófico y hasta el económico.

¿Pudieramos imaginarnos al Gulag, ese gran campo de concentración donde más de cuarenta millones de personas perdieron la vida como un gran performance cultural que el padrecito Stalin realizó para mostrar cuán vulnerable podía ser el animalito humano y cuáles eran precisamente los límites entre sociedad, vida y tiempo libre en un país arrasado por la guerra? ¿O la muerte de Mandelstam, Florenski, Bábel, Pilniak, por solo citar a algunos, como una suerte de fotomontaje posmoderno donde la reflexión sobre ausencia e identidad, tal y como desde los años ochenta ha venido realizando Cindy Sherman, pondría en entredicho la frontera que separa a las personas de este mundo con el otro (pertenecieran al Partido o no)? ¿No vendrá a ser acaso el bigotudo Stalin el precursor de Joseph Beuys y hasta ahora no nos habíamos dado cuenta? (Leer más)

El último año del estornino (notas para una novela) de Gerardo Fernández Fe, reseñado por Mirta Suquet

El presente "real" está referenciado hasta en los más mínimos detalles por Fernández Fe  como si fuese una condición sine qua non para hablar de la labilidad de las fronteras en este supermercado global en el que se vive: son justamente los productos de la sociedad de consumo, con su pan-presencia, los que religan la geografía y homogeneizan los espacios, desde los sujetadores Calvin Klein promocionados por Eva Mendes, o el frasco de Listerine que una mujer en Sarajevo sale a comprar, exponiéndose a las balas, hasta la serie Los Soprano, la película Kill Bill o el torneo de Roland-Garros. En el simulacro de la realidad global construida por los medios, amplificada en la pantalla, nutrida por la ficción de las series y películas, todo ocurre a la vez, confluye en una misma dimensión interactuante aún sin saber que nuestro gesto imperceptible podría reconfigurar los porvenires de nuestros contemporáneos.

El último día del estornino es un texto rizomático que se ha conectado con eficacia a las maquinarias contemporáneas que producen y piensan el mundo global, desde la Teoría del Caos, la realidad como hiperrealidad construida por los medios, las interconexiones a través de las redes —con su insaciable remisión a los hipervínculos—, hasta el descreimiento hacia cualquier proyecto emancipador que no provenga del agenciamiento colectivo espontáneo (horizontal y no jerárquico), como en los conflictos de la reciente primavera árabe.

Por esta misma razón es un texto singular dentro de la narrativa cubana, centrada, salvo pocas excepciones, en las problemáticas más inmediatas de la Isla, desde la formación de la nacionalidad hasta el presente. La literatura cubana no ha parado de dar vueltas como Foción, el personaje de Paradiso de José Lezama Lima, alrededor del "árbol", del Centro, de la identidad. Obnubilados, primero por el relato de nuestra excepcionalidad y después por la urgencia actual de dar testimonio de las prácticas cotidianas de sobrevivencia, se ha perdido la capacidad de mirar afuera y de proyectarnos como un fragmento minúsculo y demasiado estable dentro de las dinámicas contemporáneas. (Leer más)

 

Varios poemarios de Magali Alabau, reseñados por José Prats Sariol

Recordé una anécdota de Marguerite Yourcenar para caracterizar la voz de Magali Alabau, en el sentido de su ethos, a través de lo que sus poemas logran proyectar. Cuenta la gran escritora belga que su padre acababa de perder en Montecarlo sus últimas propiedades. Ella, angustiada, le preguntó qué sería de ellos. La respuesta de Michel-René Cleenewerck de Crayencour la acompañó como guía durante toda su vida. Dijo: "No es nada. No somos de aquí. Nos vamos mañana".

La marca que Magali Alabau logra transmitir se corresponde con la "guía" presocrática de Yourcenar. Y es sesgo de su proyección estilística, claro está, no de sus "experiencias". Su más reciente cuaderno reafirma esa suerte de excursión suelta —sin ataduras— por la vida, siempre conversando con ella misma. Dos mujeres dialoga con la actriz que no ha dejado de ser, con los personajes que ha ido dejando en los vericuetos de su andar, "ligera de equipaje" —como leyó en Antonio Machado.

De Electra, Clitemnestra (1986) a hoy, la también directora teatral poco a poco ha añadido un sutil ingrediente a su espíritu de no dejarse amilanar por tropiezos y escollos, discriminaciones y traiciones. Ella siempre —como Odiseo— llega. A Ilión o a New York, a Woodstock o a la Escuela Nacional de Arte de La Habana, donde comenzó a estudiar teatro… Pero esos tumbos, lejos de endurecerla hacia un cinismo escéptico y desalmado, progresivamente la han llevado —como demuestra su dedicación a los animales— a un toque amoroso, perceptible en el arco o espiral de sus poemas, donde logra atemperar la alteridad, la sombra y el ritual, que como señala Mabel Cuesta consolidan su voz. (Leer más)

Enrique del Risco sobre su libro Siempre nos quedará Madrid

No estoy seguro de que el memoir sea un género más eficaz para transcribir nuestra realidad pero sí pienso que es imprescindible. Nuestra cultura tiene un déficit de memorias, diarios, autobiografías, biografías, monografías históricas y todas esas variantes de lo que llamo "géneros útiles": los que están relacionados con la memoria personal y colectiva y que son los que dan profundidad y solidez a una cultura.

Los pocos ejemplos que existen casi siempre están dedicados a próceres y asesinos ilustres que no creo que sean los que mejor nos resuman como pueblo. Sin imaginación no hay sentido (de la vida, del mundo) pero sin memoria no hay imaginación. Yo atribuyo esa carencia de producción literaria asociada a la memoria a una severa falta de autoestima en un pueblo que pretende trascender la pobreza de sus circunstancias a través de la ficción y del mito. Pero no basta con criticar, algo hay que hacer para suplir ese vacío.

En el caso concreto de Siempre nos quedará Madrid escogí las convenciones del género del memoir no porque mi experiencia como inmigrante fuera excepcional sino justo por lo contrario: era tan típica que pensé que de alguna manera podía resumir la de toda una generación que emigró en los años 90, sobre todo a Europa que hasta entonces había sido un destino migratorio más bien raro entre los cubanos. En ese sentido el memoir me resultó más eficaz. Intentar traducir a la ficción esa realidad cotidiana y repetida del inmigrante hubiera sido falsearla.

(...) Cualquier santero sabe que para que un "trabajo" u ofrenda funcione tiene que contener algo que alguna vez estuvo vivo, sea plátano o sangre. Si uno acepta entrar en el juego de la memoria debe intentar ser lo más honesto posible con el lector y consigo mismo. Por otro lado no escribí el libro para mitificarme como persona o como escritor —la auto mitificación no es parte de mi idea de lo literario, algo en lo que seguramente estoy equivocado— así que no me sentí incómodo describiendo esas situaciones. Sí recuerdo que una vez terminado el manuscrito se lo pasé a un amigo, que es a su vez uno de los lectores más finos que tengo, y él me señaló que escamoteaba ciertas circunstancias (incluía a terceras personas, algo con lo que tengo más cuidado). Reescribí el capítulo (falseando el nombre de la otra persona que aludía, por supuesto) y cuando se lo volví a mandar me dijo "Ahora entiendo por qué esquivaste el asunto en la primera versión". Pero bueno, así mismo lo dejé. (Leer más)

Viajes de Miguel Luna de Abel Prieto reseñado por Orlando Luis Pardo Lazo

¿En qué piensa un Ministro de Cultura a la hora de fungir como autor? ¿A qué se aferra estéticamente y qué juzga políticamente incorrecto de incluir en su obra? ¿Juega? ¿Se confiesa? ¿Cómo dosifica las influencias y disfraza sus secretos de Estado? ¿Ajusta cuentas con los clásicos del canon cubano o solo con su competencia contemporánea? ¿Se autocensura? ¿Es tracatán o traiciona a sus superiores (a Su Superior)?

Viajes de Miguel Luna es un documento invaluable para disectar la mente del ciudadano Abel Prieto, funcionario público en la cúpula del poder durante las últimas dos décadas de Revolución. Literalmente, las últimas. Y las más rentables desde el punto de vista de la ficción: las de la decadencia y caída de casi todo el mundo, así en la Isla como en el Exilio.

(…) Lezamiano de los más tempraneros después de muerto y enterrado Lezama (entre la ambulancia enviada por Alfredo Guevara y los micrófonos de la policía política), Abel Prieto consigue por fin el milagro de un libro tan arduo de leer como Paradiso, aunque por motivos antípodas: el opus magnum de Lezama es un laberinto intraducible que funda a su propio lector (al resto los funde); mientras que Viajes de Miguel Luna es el paroxismo de la legibilidad en cubano alto y claro (argot cuasi-militar), una hipertransparencia anecdótica que termina siendo atiborrante (la maldita circunstancia de la bodriografía de Miguel Luna o "Mick o Mike o Miki o Mickey Moon o simplemente Mikimún" por todas partes).

En un esfuerzo stajanovista de "difusión popular", escrita como trabajo voluntario detrás de su buró político en el Ministerio de Cultura o el Comité Central del Partido Comunista, esta es la saga simpática que esperaba leer desde 1989 el Hombre Nuevo (perestroika de papel); es el Bildungsroman que nuestra clase media reclamaba a gritos para paliar el vacío de esta Era Imaginaria de transición hacia un capitalismito de Estado; es el best-seller que los intelectuales podríamos regalar sin complejos un domingo de mayo a nuestras mamás (sin esperar la muerte de ninguna Rosa Lima, tan cariñosa como represora); y es, también, más que una epopeya viajera, la última "novela de becas" del siglo XX cubano, ese género que nació senil pero que tantos funcionarios ha dado en tiempos de paz. (Leer más)

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