Miércoles, 14 de Noviembre de 2018
Última actualización: 22:20 CET
Cine

Sombras en la sala oscura

Antes de 1959, en la denominada Gran Habana —que incluía la ciudad de La Habana y Marianao—, con menos de un millón de habitantes, existían 134 salas cinematográficas en pleno funcionamiento. Las había con diferentes capacidades, desde 500 asientos las menos hasta más de 1000 la mayoría, y diseños: desde las más lujosas con aire acondicionado, butacas acolchadas (en algunos casos reclinables) y alfombras, hasta las más modestas con ventiladores y butacas de madera. La mayoría disponían de cafeterías y fuentes de soda adosadas y, casi todas, con servicio de golosinas y refrescos hasta en la propia sala, durante la función.

Existían diferentes circuitos de estrenos. Semanalmente se proyectaban filmes tanto norteamericanos como franceses, italianos, ingleses, españoles, mexicanos y argentinos, por solo citar las cinematografías más representadas. A veces, en dependencia del éxito en taquilla, un film podía permanecer en cartelera de estreno más de una semana, donde se exhibía acompañado del noticiero, algún documental y un dibujo animado. Después, la cinta pasaba a los cines de reestreno y de barrios, donde por lo regular su proyección se hacía acompañar de algún film de los llamados "de relleno", que a veces resultaban tan buenos e interesantes como el principal.

Ir al cine constituía entonces un acontecimiento social y, en dependencia del contenido del film, podía hasta convertirse en una salida familiar. También era espacio para los enamorados y hasta para los grupos de amigos y amigas. Disfrutamos del cine mudo y del hablado en blanco y negro, en colores, de la 3D, del cinemascope y hasta del cinerama. Las salas se modernizaban, remodelaban y recibían las nuevas tecnologías. Eran tiempos en que marchábamos a la par del mundo. Después llegó el impasse y el desarrollo se detuvo.

Es verdad que durante algunos años todavía llegaron filmes de Italia, Francia, algunos de Japón, España, México, Argentina y Brasil, así como aparecieron de otros países como la Unión Soviética, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, la RDA, Bulgaria, China y Suecia, pero desaparecieron los de Estados Unidos, que siempre habían constituido la mayoría.

El público se fue adaptando a la nueva situación aunque, a ojos vista, el estado de las salas decaía. Primero desaparecieron las ofertas dentro de ellas, las fuentes de soda y las cafeterías. Después el aire acondicionado, los ventiladores, la alfombras, las cómodas butacas y hasta los proyectores y las pantallas, por falta de reparación y reposición. Ir al cine se convirtió entonces en un suplicio, y los espectadores comenzaron a abandonar las salas oscuras para refugiarse, primero,  en los pocos videoclubs existentes (muchos clandestinos), y después en los CD, DVD, memorias flash, discos externos y otras tecnologías.

A continuación vino la desaparición de las salas, la mayoría por derrumbe o por demolición, y otras convertidas en comercios, almacenes, viviendas colectivas, albergues, salas de deportes y hasta solares yermos. Últimamente algunas han sido rescatadas y se utilizan en actividades teatrales y musicales. A pesar del aumento de los habitantes de la ciudad en hasta dos millones, de la cifra inicial no sobreviven más de una veintena de salas de cines, muchas de ellas en estado deplorable, dejando de existir los cines de barrio.

Es real que en otros países, a lo largo de los años las salas cinematográficas han sufrido transformaciones y algunas hasta han desaparecido, pero éste no es nuestro caso. Aquí no pasaron a formar parte de modernos centros comerciales, multiplicándose en salas más pequeñas, o en centros culturales. Aquí simplemente desaparecieron.

Hoy, las pocas que existen estrenan películas ya vistas en la mayoría de los hogares, y solo atraen a pocos espectadores, lo cual no las hace rentables. En algunas muestras esporádicas de cine francés, italiano, español, etcétera, y una vez al año, durante diez días, en el denominado Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, el ambiente cinematográfico revive, y aparecen colas de espectadores. Esto hace que algunos visitantes afirmen erróneamente que el cubano acude de forma masiva al cine. No tienen en cuenta que esto solo sucede durante diez de los 365 días del año.

De todas formas, las ofertas del Festival han ido decayendo con cada edición, tanto en interés como en calidad artística, siendo muchos de los filmes presentados —con algunas honrosas excepciones principalmente argentinas y mexicanas— verdaderos panfletos que responden a posicionamientos políticos e ideológicos de sus cinematografías, muchas de ellas subvencionadas por los distintos gobiernos.

Los filmes de producción nacional, escasos y signados por la censura, tratan por lo regular temas epidérmicos, más en la cuerda de la comedia ligera costumbrista, con abundante sexo y lenguaje grosero, buscando la aceptación fácil del público. Aunque atraen espectadores poco exigentes, no constituyen una opción estable para llenar las salas siquiera medianamente. A veces, rompiendo esquemas y haciendo malabarismos para sortear todo tipo de dificultades, algún director joven crea algo interesante, pero esto solo se muestra en auditorios reducidos, sin incluirse su proyección en las pocas salas que aún funcionan.

La sala oscura ha declinado y, junto a ella, la magia que la acompañaba. Ir al cine no constituye ya una opción familiar, ni de enamorados, ni de un grupo de amigos y amigas. Ha dejado de ser incluso una opción personal.

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