Arquitectura

Unas ruinas que se niegan a morir

La arquitecta Nancy González Arzola ha escrito una historia del teatro habanero Martí que es también un reclamo por su restauración.

Un libro que comienza con un prólogo de Reynaldo González, en mi modesta opinión el ensayista más importante de Cuba al sur del muro del Malecón, tiene que ser bueno. Y en éste el maestro hace un excelente recuento de lo que es, lo que significa, lo que representa, lo que es más que un teatro, es una institución, un pedazo vivo de Cuba en nuestra memoria histórica.

La arquitecta Nancy González Arzola ha sido, por largos años, el médico de cabecera solícito y cuidadoso de ese enfermo casi crónico desde su nacimiento, que es el teatro Martí. Como tal, se sabe su historial clínico como nadie, y ha hecho todos los esfuerzos a su alcance para remediarlos. Desde que el Consejo Nacional de Cultura le encargara en 1976 la investigación sobre este teatro declarado Monumento Nacional, González lo primero que hizo fue documentarse a fondo sobre su paciente; en archivos de Cuba y España, aprendió que el Irijoa, como se llamaba originalmente, era un teatro de los conocidos en España en el siglo XIX, como teatros de verano, edificios hechos de madera para ser desmontables, y pasarlos de población en población durante el verano. También investigó acerca de los detalles y secretos de construcción de este tipo de teatros, con la salvedad de que el Irijoa, a diferencia de sus congéneres españoles, tenía una hermosa fachada de piedra.

Pero como no hay nada que dure más que lo que se hace con carácter temporal, el Irijoa, inaugurado en 1884 y rebautizado como teatro Martí al advenimiento de la República, todavía está en pie, tambaleándose, por así decirlo, pero de pie. La autora hace una descrpición detallada del edificio y sus múltiples detalles. El libro está además, profusamente ilustrado.

Después que pasaron por él figuras importantes de la música y las artes de todo el mundo durante el siglo XIX (un recorrido que la autora describe minuciosamente), inaugura el nuevo siglo siendo sede de la Asamblea Constituyente que nos diera "nuestra primera carta magna republicana, equipada con la Enmienda Platt, prótesis que le torció la andadura", nos dice mordazmente Reynaldo González en el prólogo.

Por su escena siguieron pasando desde circos y otros portentos universales, la zarzuela española, la ópera, la comedia musical europea, la música clásica, y sobre todo, el teatro bufo que se va paulatinamente cimentando, con sus personajes clásicos: el negrito, la mulata y el gallego. No faltarán conferenciantes ilustres, bailes y saraos, y otros eventos que ayudan a dar el prestigio a La Habana, como la ciudad más cosmopolita del Caribe. Y todo es contado minuciosa y amorosamente, por la autora.

Pero paralelo al espectáculo teatral, generalmente risueño, tras bastidores corre una trama bastante dramática. El Irijoa surge del sueño y la voluntad de una persona que se tenía por vascuence, hasta que la arquitecta González, en su cuidadoso e intenso trabajo investigativo, ha descubierto que se trataba de un tenaz y soñador gallego, Ricardo Irijoa, nacido en Pontedeume, La Coruña. A diferencia del creador del teatro Tacón, luego Nacional, construido en 1837 por Francisco Marty, acaudalado catalán, que además en servil e inteligente gesto lo bautizó como Tacón, gobernador español de Cuba a la sazón, Irijoa prefirió usar su apelllido. Es posiblemente el único provecho que logró de su teatro.

Ricardo Irijoa, que al parecer no contaba con fondos, se buscó un socio, compró tres solares de los que se pusieron a la venta cuando quedó en La Habana una gran franja de terreno baldío al demolerse las antiguas murallas, y allí en la esquina de las callles Zulueta y Dragones, construyó también con dinero prestado su teatro ambulante . Y, mientras que en el escenario del novel teatro sucedía el permanente desfile artístico que la autora nos detalla, existía tras bastidores una realidad mucho menos feliz: por no cumplir sus pagos, Irijoa fue despojado de su propiedad, y debió emprender una larga y desagradable lucha judicial contra su antiguo socio, y contra el Estado español, que en definitiva se hace dueño de la propiedad. Tenaz y paciente, Irijoa permanece como administrador, soportando los ataques que sufre el teatro por los problemas de mantenimiento del edificio. A veces hay que alquilarlo para las más insólitas actividades, como la primera reunión organizada de trabajadores cubanos, circos, funciones de faquires, banquetes, bailes…

Y era gracioso, hospitalario el Teatro. Nadie podía pensar que tras de su elegante fachada, con sus entradas por las calles de Zulueta y Dragones, había en realidad un frágil teatro hecho mayormente de madera con una estructura de hierro. Tenía amplios ventanales y puertas, que lo hacían extremadamente ventilado para aliviar los rigores del trópico. Estaba rodeado, además, de hermosos jardines. Contaba con una planta baja de 570 lunetas, más butacas colocadas en los laterales y dos grandes palcos a los lados del escenario. Tenía un segundo piso, y la tertulia en el tercero. Posteriormente se le agregó un restaurante en el patio. Ya en la época republicana, se suprimió el parque colindando con la calle Zulueta, convirtiéndolo en una desapacible área comercial.

En 1892 muere Irijoa, dejando como única herencia a su viuda y sus cuatro hijos el pleito por el teatro. Los litigios no cesan, el teatro se cierra a menudo para realizarle reparaciones imprescindibles. Pero con todo, el teatro sigue adelante. Este libro narra minuciosamente sus actividades, los comentarios de la prensa, los demás espectáculos que se celebran en la Habana, entre ellos el increíble espectáculo del público que acude al Matadero para ver matar reses… Hay capítulos sumamente interesantes, como el que habla de "Las noches alegres y tristes en el Martí".

Llegamos así a la temporada más larga que tuviera el Martí con una sola compañía, la iniciada el 8 de agosto de 1931 por la Compañía Suárez Rodríguez, y terminada el 8 de noviembre de 1935. En este periodo, se consolida el teatro bufo cubano, y sobre todo se desarrolla ampliamente la zarzuela cubana. La autora no entra en detalles de este período, pero el lector podrá encontrarlos eficazamente narrados en el libro de Enrique Río Prado La Venus de bronce. Una historia de la zarzuela cubana.

Continúa el Martí su variada carrera, a veces cerrado por reparaciones, otras con largos períodos en que funciona como cine, de vez en cuando con chispeantes compañias de teatro bufo cubano como la de Garrido y Piñeiro, o la exitosa compañía española Cabalgata, hasta llegar al triunfo de la Revolución en 1959.

Aunque la autora no da una fecha exacta, para abril de 1961 el teatro ya estaba intervenido por tercera vez, ya que antes lo había estado por el Gobierno colonial, y por el republicano, aunque por breves períodos. En abril de 1965 se cierra el Teatro para hacer "una adecuada reparación del edificio, restituyéndole sus hermososo jardines y restaurándolo totalmente". En diciembre 30 de 1966 se reabre el teatro. Pero ya para 1970, se dice que "es necesario hacerle aumento en sus instalaciones técnicas", y se suceden una serie de inspecciones que exigen nuevos trabajos a realizarse, sin que conste claro si está abierto el teatro no, hasta la resolución de 23 de octubre de 1977, que "orienta el cierre indefinido del Martí, hasta su restauración total".

"La ejecución de obras comenzó por la demolición de añadidos, en marzo de 1985…", agrega lacónicamente la autora. Al parecer, por lo menos desde 2000, la restauración del Martí está a cargo de la Oficina del Historiador de La Habana, Eusebio Leal.

A manera de epílogo, Nancy González Arzola transcribe un largo párrafo del libro de Enrique Núñez Rodríguez, Mi vida al desnudo (Unión, La Habana, 2000), en que señala la existencia, a la entrada de "lo que queda del Teatro Martí, un provocador letrero, y aparecen los nombres de Eduardo Robreño y el mío como figuras designadas para echar a andar la temporada cuando vuelva a sonar allí las tres campanadas de la alegría". En su libro, Núñez Rodríguez continúa con un melancólico recuento de las figuras que pasaron por el Martí, y afirma, refiriéndose a Eusebio Leal: "No voy a ser yo el que dude de su probada facultad de realizar sus más ambiciosos proyectos…"

Tanto Eduardo Robreño como Enrique Núñez Rodríguez han fallecido. Ignoramos si el reseñado letrero aún permanece en el sitio. El Martí no ha tenido la suerte de otros edificios cercanos y más jóvenes, como el Hotel Saratoga y el primer Centro Gallego, que sí han sido restaurados. El teatro Martí sigue siendo una ruina que se niega a desaparecer, menos aún en la memoria de muchos cubanos. Ojalá no pase al triste y fatídico destino de terreno yermo. Y le deseamos larga vida a su valiente doctora de cabecera, arquitecta Nancy González Arzola.

 


Nancy González Arzola, Teatro Martí. Prodigiosa permanencia (Unión, La Habana, 2011).