Jueves, 15 de Noviembre de 2018
Última actualización: 02:28 CET
Literatura

Feria del Libro de Miami: revelaciones y fiascos

Uno de los momentos inolvidables de la XXVIII Feria Internacional del Libro de Miami ocurrió en la presentación de la señora Miriam Gómez, actriz legendaria, albacea literaria y carismática compañera del fallecido novelista cubano Guillermo Cabrera Infante. En su testimonio, Miriam nos dejó ver, como por el ojo de la cerradura, la vida doméstica del gran escritor afectado por la depresión crónica.

Es probable que nuestra cultura, tacaña en biografías, deba esperar años antes de que algún investigador reconstruya el importante período londinense del autor de Tres Tristes Tigres. Quizás entonces lleguemos a conocer el diagnóstico preciso y la hoja clínica de su melancolía. Por lo pronto, durante el lanzamiento del primer tomo de las Obras Completas, Miriam Gómez nos ofreció un sensacional anticipo. A cajas destempladas, y con la franqueza que la caracteriza, la actriz aseguró que "Guillermo estaba loco". Creo que una afirmación de tal envergadura no había sido hecha antes en público, al menos por alguien tan cercano al escritor. La señora Gómez llegó a expresar agradecimiento por el sistema de salud pública británico, "que brindaba excelente asistencia médica a los locos", y sin el cual le hubiese sido imposible afrontar la enfermedad de su esposo.

Seguidamente nos enteramos de que Cabrera Infante, después de recibir "por lo menos diez electroshocks", había quedado en un "estado catatónico" y que "apenas era capaz de sostenerse en sus propios pies". En ese momento, circa 1982, Miriam decide sacarlo de su miseria llevándolo a ver nada menos que Blade Runner, de Ridley Scott. ¡Qué imagen tan patética y extraña la de un Cabrera Infante salvado por el cine, recobrando el juicio con una película que lanzó al resto de la humanidad en la más profunda desesperación! "Cuando le gustaba una película, hacía 'gu-gu-gu-gú'", explicó la actriz abriendo los brazos, como si se inflara. "Entonces volvía a la vida". Miriam sintió ese ronquido satisfecho, como de hinchazón salutífera, en la luneta vecina, y supo que Guillermo había superado la crisis.

No puedo reproducir aquí, por cuestiones de espacio, todos los importantes detalles que salieron a la luz durante la conversación de Miriam Gómez con el habilísimo interlocutor Alejandro Ríos, pero dejo consignados dos, para que no se pierdan.

El primero, la costumbre de Guillermo de trabajar de noche y dormir de día. Miriam se levantaba en el momento en que su esposo se iba a la cama y cada amanecer, sentada a la máquina de escribir ("Guillermo jamás usó computadora"), corregía las páginas que él había escrito la noche anterior: "Debido a su estado mental, había muchas repeticiones y rodeos, que yo limpiaba".

El otro: Guillermo Cabrera Infante de regreso en La Habana, en 1965, acosado por el temible Manuel Piñeiro (el comandante Barba Roja), que le niega la salida. Aparece entonces Carlos Rafael Rodríguez, que viabiliza su escapatoria, en aquella temporada última que "Guillermito" (como solía llamarlo cariñosamente el padre de Annabelle Rodríguez) pasó en la Isla. Miriam Gómez refirió, como si fuera la cosa más natural del mundo, el "cariño paternal" de Carlos Rafael por Caín. Quizás la perilla que identificó a Guillermo en las clásicas imágenes de Jesse Fernández fuera una especie de homenaje capilar a quien lo consideraba "el hijo que nunca tuvo", al viejo comunista y aristócrata cienfueguero que llegaría a amarlo, según afirmó Miriam, "mucho más que a esas dos hijas que andan por ahí".

El público asistente debió haberse escandalizado un poco ante esta revelación, pero al final de la jornada no hubo más que un par de preguntas tontas. Acatar sin protesta el recuerdo de aquel amor filial, la relación íntima del novelista con uno de los politicastros más aborrecibles de la movida criolla y consentir, al mismo tiempo, la imagen trillada del Guillermo anticastrista, del intelectual engañado, del revolucionario traicionado y del escritor acosado por sus demonios que pretendió entregarnos su viuda, acaso sea la versión cubana de la coincidentia oppositorum.

A la salida del evento con Miriam Gómez me topé con el escritor inglés Martin Amis, un auténtico británico, a quien comenté de paso el artículo del crítico James Parker sobre su obra, aparecido en la revista The Atlantic. Amis respondió cordialmente a mi saludo, y esos pocos segundos en compañía de un genio me hicieron sentirme compensado por los seis días de malas comidas, estacionamientos caros y robos a mano armada por parte de los libreros, entre otras arbitrariedades.

A propósito de arbitrariedades, debo mencionar que, durante la sesión de preguntas y respuestas, me acerqué al micrófono para preguntarle a la señora Gómez si las viñetas castristas eliminadas de Tres Tristes Tigres habían sido publicadas íntegramente en Vista del amanecer en el trópico, o si, por el contrario, quedaban otras, impublicables y doblemente censuradas, ocultas en algún cajón de su apartamento londinense. Lamentablemente, Miriam Gómez no entendió mi pregunta, que respondió con otra: "¿Y quién tú eres? Seguramente unos de esos cubanos recién llegados que vienen a hacerme preguntas capciosas". La actriz, que a pesar del largo exilio europeo, no ha perdido la desconcertante y cubanísima cualidad de unir en un solo golpe la suprema elegancia y la más rampante desfachatez, me prohibió citar la anécdota de Blade Runner. Prohibición que, por supuesto, desobedezco aquí en el nombre de la libertad de expresión.

El llanto de Magali Alabau

El evento donde se presentó mi último libro, Che en Miami, publicado por la editorial Aduana Vieja, ofreció a los afortunados presentes una estremecedora lectura de poesía cuando Magali Alabau leyó fragmentos de su más reciente libro, Volver (Editorial Betania, 2012). Aprovechándose del oportuno extravío de sus espejuelos, Magali forzó a la académica cubana Amelia del Castillo a tomar el primer turno (argucia denunciada cáusticamente por Amelia), para regresar del estacionamiento luciendo unos largos guantes negros, una cara blanca de mascarón de proa enmarcada por unas enormes orejas que solo podría calificar de trascendentales, y así dar inicio a la declamación de unos versos sobre la pérdida y el reencuentro, sobre la vida íntima y la muerte civil, sobre el abandono y el deseo, que llegaron a un clímax nunca antes alcanzado en la Feria del Libro de Miami.

Las palabras de la niña desterrada que se enfrenta al exilio como si se tratara de un violador se confundieron con las lágrimas y los auténticos sollozos de Magali, penetrada simultáneamente por la lengua extranjera, la cubanidad perdida y el terror revolucionario. El largo poema concluyó con un salvaje yes, yes, yes!, a un tiempo macabro y lúbrico. Entre nosotros, la experiencia de lo femenino no encuentra muchas oportunidades de expresión lírica, dramática o política, ni cuenta con mujeres que sean, además de actrices, poetas capaces de comunicarle aliento y convicción. Fue un honor leer de tercero junto a Magali Alabau, y estar allí en la noche de su apogeo.

¿Amor a los libros?

"Por amor a los libros" es el lema de la Feria de Miami. Pero cuando se trata de su venta, evidentemente es la avaricia lo que prevalece. A los —numerosos— autores publicados por pequeñas editoriales nos cuesta grandes esfuerzos importar nuestros libros desde España, Argentina o México, una responsabilidad de la que las librerías se desentienden cada vez más, aprovechándose del legítimo deseo del escritor de presentar su obra. ¿Por qué gozan entonces de derechos exclusivos de comercialización si funcionan únicamente como vendedores, y por qué retienen un exorbitante 50% del precio de un producto que se les ha puesto en las manos sin que hayan arriesgado o invertido nada?

Considero que se trata de una práctica injusta, y confío en que, en el futuro, en un mundo que favorece cada vez más la producción local y la distribución descentralizada, los autores representados por pequeñas editoriales sean autorizados a vender sin intermediarios sus propios libros.

Conocer al autor

Eventualmente, adquirí en Miami, Siempre nos quedará Madrid, de Enrique del Risco, y El año del calipso, de Abilio Estévez, además de Método práctico de la guerrilla, del brasileño Marcelo Ferroni, por recomendación de Verónica Cervera y Emilio García Montiel. A propósito de los dos primeros, aprovecho para hacer un breve comentario sobre un aspecto aparentemente accesorio, que para mí resulta primordial: poder conocer a los autores.

A través de los años, he conocido durante la Feria del Libro de Miami a Allen Ginsberg y a Isaac Bashevis Singer; conversé con Alain Robbe-Grillet y con Susan Sontag. Una vez vi presentarse juntos a Kurt Vonnegut y a Tom Wolfe. A Kenzaburo Oe no le entendí una palabra, pero jamás lo olvidaré, tan alto y elegante en su Armani negro, machacando un inglés macarrónico. Tampoco olvidaré que en 1987 pasé varias horas en cola, esperando la llegada de Borges, que nunca apareció (de Borges tengo, paradójicamente, el recuerdo de su ausencia). En la Feria del Libro de Miami de 1984 pasé un día espléndido con Reinaldo Arenas, que había venido a presentar el último número de la revista Mariel.

Este año tuve el gusto de conocer a Enrique del Risco, un tipo tímido y buena gente, como todos los humoristas, y a Abilio Estévez, cuya simpatía me obliga a releerlo a la luz de nuestro encuentro. El conocimiento a nivel personal es, para mí, tan importante como el conocimiento —con mayúscula— que puedan ofrecerme los libros. Contra las advertencias de Dante y de Salinger, que recomendaban al poeta escamotearse siempre, me fascina escuchar a un escritor, verlo de cerca aunque sea por unos minutos.

Adiós a la Feria

La XXVIII Feria del Libro de Miami terminó para mí, lamento decirlo, en el más completo desencanto. La tan anticipada presentación de El caso PM: cine, poder y censura, de Orlando Jiménez Leal y Manuel Zayas, publicado por la Editorial Colibrí, tuvo lugar sin que los libros hubiesen arribado de España. Para colmo de males, los organizadores se habían negado a pagar los doscientos dólares que costaba el pasaje de Zayas desde Nueva York (aunque esto no me consta), así que ni hubo libros, ni estuvo presente el compilador de los materiales del tomo conmemorativo. Afortunadamente, Fausto Canel tomó el lugar de Zayas, y la tarde transcurrió sin otros contratiempos.

Pero ya de salida me acerqué al kiosco de la Editorial Colibrí, donde había un solitario ejemplar de El caso PM, y revisé el índice en busca de mi ensayo. El título del trabajo que escribí para ese libro por encargo de los editores, es (o mejor, fue) PM: post mortem, en referencia al hecho de que la Cuba que vemos en pantalla es una occisa y PM, de alguna manera, fue su monumento funerario. Cuál no sería mi sorpresa —y mi indignación— al leer, en lugar de mi título, otro inventado por sabe dios quién: Post Modern, sin PM y sin dos puntos. Esa ridícula y absurda palabreja equivale, justamente, a lo contrario de lo que quise decir en mi ensayo. Pido encarecidamente a los lectores del libro, ya que no existe otra manera de subsanar el error, que tomen un marcador negro, tachen el título falso, y escriban encima, con letras de grafitero indignado, el título correcto.

A la mañana siguiente tomé el avión de regreso a Los Ángeles, jurándome, una vez más, que éste sería mi último noviembre malgastado en la Florida, que éste sería mi último enredo con escritores, libreros, editores y musas de novelistas difuntos. Que a partir de ahora obedecería ciegamente a Dante y a Salinger. Que ojalá ésta fuera mi última Feria del Libro de Miami.