Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
18:59 CET.
Cine

Juan de los muertos, Juan sin nada

Un hombre en una balsa mira al cielo. El verso anterior es endecasílabo. Pero no me gusta solo por eso.

Hubo una época en la historia nacional cubana en la que la oración inicial de este párrafo no tenía otra connotación que la que sugiere la lectura literal: uno podía pensar en las vacaciones, en un buen bronceado, en lo fácil que es dormir con el arrullo de las olas. Pero después de medio siglo de oleadas de fugitivos que han preferido la incertidumbre del mar y la muerte a la certeza del socialismo o muerte, la imagen de un hombre sobre una balsa tiene una innegable carga subversiva en el contexto cubano. 

Juan de los muertos (Alejandro Brugués, 2010) comienza con esa imagen del hombre en la balsa mirando al infinito intercalada con una toma desde abajo que le hace un guiño a Tiburón sangriento. Claro que en ese instante inicial el protagonista es Juan a secas, un habanero vividor que cuando su compinche regresa del fondo marino sin peces en el jamo, sabe tranquilizarlo diciéndole: "Esto no es de cuánto se coja, sino de pasarla bien".

Nihilista convencido, cuándo su amigo le pregunta si a veces no le dan ganas de irse a Miami, responde que allá tendría que trabajar. (De hecho, en varias ocasiones en la película, Juan deja claro que prefiere La Habana del fin del mundo que la tierra prometida de Miami).

No han pasado tres minutos cuando el futuro exterminador de zombies confiesa que él es un sobreviviente: "Sobreviví al Mariel, sobreviví a Angola, sobreviví al Periodo Especial y a la cosa esta que vino después". Y en esa declaración el espectador confirma una vez más que en la Isla se ha patentado el modo de hablar por omisiones, que somos —o, mejor, son— los campeones panamericanos del circunloquio. Porque el "Mariel" es esa fisura nacional que constituyó el éxodo de 125 mil personas, en medio de pogromos instigados por la dictadura; "Angola" se refiere a la intervención cubana en una guerra que le dejó una larga estela de muertos; el "periodo especial" tuvo de especial lo que Abel Prieto tiene de novelista, y "la cosa que vino después" (es decir, lo que hay ahora) es el caos, la gerontocracia dinástica, la reincidencia de las redadas policiales, el regreso a los actos de repudio y la más descarnada barbarie revolucionaria.

De nada de eso se entera el cinéfilo no cubano.  Pero, vale, Juan sin nada ha salido ileso de todo el sinsentido y la violencia patria. Y ahí está, embalsamado en su balsa y, como rezaba el refrán, vacilando el comunismo.

Por lo demás, la película empieza bien. Con el malecón de fondo e Irakere deleitando a la audiencia con su "Bacalao con Pan". Así nos adentramos en lo que queda de La Habana, confiando en que la cinta puede cautivar o encantar. Después de todo, aunque el héroe no sea un caballero andante en el sentido más estricto del término, la trama no solo es episódica, es quijotesca. No es coincidencia que Juan —el Quijote cubano— sea un flaco desgarbado, y que Lázaro, su escudero, aparezca representado por un Sancho dicharachero y regordete. Como tampoco es casual que el protagonista se lance a descuartizar zombies para ganarse el amor de una dulcinea que es, a la postre, su hija.

Pero el encanto tendrá que esperar por estas notas. Sospecho que va a costar mucho sacudirse la homofobia del carácter nacional si ésta continúa promoviéndose con tanta ligereza en la lengua vernácula y reproduciéndose con igual facilidad en la gran pantalla. Abundan las ocasiones en el largometraje en que los personajes se refieren a los demás, siempre en tono despectivo, como "maricones". Incluso antes de presentar a las dos caricaturas de negros, que son además dos caricaturas de homosexuales, ya el protagonista etiqueta a un militar como "sodomita".

El hijo del uniformado pregunta qué es eso y Juan responde que una sustancia química. El niño no se entera, pero seguro que la audiencia le ríe la gracia. Ese adefesio vestido de verde representa al enemigo del pueblo, al represor, al chivato. Equiparar a uno que, como cantara Pedro Luis Ferrer, "tiene delirio de amar varones" con otro que los delata y los reprime es, cuando menos, lamentable. En el peor de los casos, constituye, ay, al decir de la Real Academia Española: una mariconada.

Antes de la canonización de Denzel Washington, el cine de Hollywood —del cual jamás renegaré, a pesar de sus taras— había establecido el cliché de que el negro siempre moría previo al arribo de los créditos. Y en las ocasiones en que mataban al blanco, lo mataban por culpa del negro. Esta regla ha cambiado con los años. Pero en Cuba no se enteraron. La película pudo haberse titulado Juan sin los negros. En una isla de la que —al margen de cómo se perciban los mulatos claros— una parte notable de la población es descendiente de afrocubanos, llama la atención que los dos personajes de la raza en cuestión sean sendas caricaturas: el uno, la loca de carroza que describía Reinaldo Arenas; el otro, una mezcla de bugarrón con Mike Tyson (al cual le toma prestado el tatuaje de la cara) que se desmaya a la primera señal de sangre. Al escuchar esos truenos, no me sorprendió tanto que a ambos los mataran como a perros. O, perdón, como a zombies.

Ah, sí, porque el largometraje va de muertos-vivos. La primera mención que se hace de la epidemia que recorre el país —a la misma velocidad que antes circulaba la noticia de que había llegado el pollo a la carnicería— se escucha en un televisor de fondo que aburre a los protagonistas: el locutor televisivo anuncia que hay un virus que se está diseminando por campos y ciudades y que dicho flagelo ha sido insertado en suelo patrio por ese enemigo del pueblo revolucionario que es el imperio de los Estados Unidos. De ahí, los protagonistas infieren que todos los contaminados por el virus son "disidentes". A lo mejor se rieron en La Habana. A mí, que vi el largometraje en el sofá de mi sala de Nueva Jersey, no me causó ninguna gracia.

Lo malo que tiene basar una película en una broma pesada es que luego hay que sufrir a lo largo de toda la cinta chistes que son un plomo. Lo lamentable de montar una cadena de pujos sobre una premisa que en lugar de cimientos tiene escombros es que en algún momento se va a derrumbar y entonces quedará el espectador sentado frente a la ruina de una nación.

Juan de los muertos tiene el mérito de ser la película hecha en Cuba durante los estertores del castrismo que más menciona a la disidencia. Pero es un mérito cuestionable en cuanto que la ridiculiza hasta el paroxismo. Y lo peor: la deshumaniza. Convierte a los disidentes en no personas, tarea de la que ya se ha encargado el régimen de los Castro, no con poco éxito. El barbudo los hizo gusanos. El cineasta los hace zombies. El protagonista anuncia siempre que contesta el teléfono: "Juan de los muertos; matamos a sus seres queridos". Y lo cumple. Sale a matar. En más de una ocasión, entre machetazo y golpe de remo, los exterminadores dejan caer un comentario sobre los "disidentes" que van eliminando. La recurrencia del chiste intenta burlarse de la política gubernamental que convierte a todos los enemigos del Gobierno en enemigos del pueblo. Pero al denigrarla en broma le hace un flaco favor a la creciente sociedad civil en la Isla.

Juan de los muertos muestra la debacle de una civilización que hace mucho tiempo dejó de serlo. Lo triste es que la hipérbole no es tal. No tiene que llegar el Apocalipsis para ver una Habana en ruinas, plagada de zombies. Pero el filme equivoca la metáfora. Los disidentes no son los zombies. Las turbas que reprimen, que se suman a las golpizas y los actos de repudio, que a instancias del régimen cubano salen a golpear a sus compatriotas: he ahí los verdaderos muertos-vivos. A esa masa idiotizada y vil va este mensaje: morir en vida por la patria no es vivir.

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