Domingo, 20 de Agosto de 2017
02:06 CEST.
Teatro

La cartelera teatral habanera vista por un chivato

Alfredo Ávila Guillén es un actor (hasta donde sé, jubilado) que se dedica a escribir a las autoridades del teatro cubano quejas de las puestas en escena. Más eficiente que los cronistas teatrales de los diarios, tenaz como un comisario político, va de sala en sala, paga entrada como un espectador, se escandaliza desde su butaca y, al llegar a casa, redacta informes que detallan los puntos a expurgar en cada montaje. A expurgar, si acaso las autoridades lo escucharan.

Ávila Guillén no está relacionado con aquel Leopoldo Ávila que, en época más feliz para gente como él, azuzó a los políticos contra Heberto Padilla, Antón Arrufat y otros. Leopoldo Ávila era un seudónimo en las páginas de la revista Verde Olivo, mientras que Alfredo Ávila Guillén es el nombre de quien fue actor en el Grupo Teatro Político Bertolt Brecht y, desprovisto de tribuna o columna periodística, adopta para sus ataques la forma epistolar: ha dirigido al menos dos cartas a la presidencia del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, con copias a la presidencia de la Asociación de Artistas Escénicos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), y a la presidencia de la UNEAC, que Miguel Barnet ocupa.

Ambas cartas han circulado a través de los correos de gente de teatro, de escritores y de artistas. Es posible que, además de remitirlas a los altos funcionarios, el propio autor las haya enviado a una lista de correos. Su celo inquisitorial, desatendido hasta ahora, necesitará seguramente de esas expansiones. Pues hay que reconocer que Ávila Guillén no chivatea a hurtadillas ni siente vergüenza de su afán denunciador. Por el contrario, se muestra orgulloso como guardián de la ortodoxia.

Si es posible apreciar sus denuncias (presumo que los directores y actores acusados por él no podrán hacer tan apacible lectura), resultan interesantes. Pues permiten hacerse una idea de las obsesiones encontrables en el teatro habanero de hoy. Las cartas de Ávila Guillén, piezas indudables de chivatería, pueden leerse también como reseñas de espectáculos.

Su entrega última comienza avisando que él no es crítico teatral. Confiesa: "ni siquiera me destaco por ser buen actor". Aunque escribe movido por una idea moral. "Jamás creí que los espectáculos se denigraran tanto en el Teatro de estos tiempos, y que tuviéramos que sufrir a esta altura el desprestigio que se le está infringiendo a la Cultura de nuestro país". (Ávila Guillén es de los que escribe determinadas palabras siempre con mayúsculas.)

Hechas estas aclaraciones, se queja de que en la sala El Sótano, una obra dirigida por Fernando Quiñones dignifica "a los gusanos que se fueron por el Mariel y se ríe de los dirigentes y hasta de los militantes del PCC". Aunque no es eso solamente. La obra abusa de expresiones vulgares: "Allí también las palabras pene, ano y vulva, en sus expresiones groseras y vulgares, unidas a las de copulación, testículos y soeces referencias a la progenitora de nuestros días, salen de la boca de niños pioneros que representan lo más querido y cuidado de la Revolución".

"En esa misma obra se burlan cruelmente de Vladimir Ilich Lenin, que fue uno de los fundadores del Socialismo en el mundo y comandó a la gran Unión Soviética en los días gloriosos de la Revolución de Octubre", lamenta.

Asomarse a otra sala, la Adolfo Llauradó, a una puesta de Carlos Díaz, no logra disminuir su indignación. Allí "los actores se desnudan, toman mucho alcohol y tienen relaciones homosexuales y lésbicas, hacen tríos y hasta cuadros, en vivo y de manera explícita, a los ojos de toda la sala, lo cual constituye una flagrante ofensa para los espectadores decentes".

Carlos Díaz, director de la compañía El Público, trabaja sobre el texto de un dramaturgo alemán. El autor de este informe para la censura ve un momentáneo alivio en ello.  "Claro, que la obra sucede en Alemania y por lo menos eso nos puede dejar un poco tranquilos al constatar que eso solo pasa en el denigrante y retrógrado capitalismo y para nada en nuestra sociedad socialista; pero de igual manera [...] la está viendo todo nuestro público. Y eso no se puede aceptar de ninguna manera, por lo que considero que tenemos que salirle al paso cuanto antes".

También en la sala Llauradó, pero en puesta de Teatro de las Estaciones, asiste a una pieza "donde se realza la figura de Celia Cruz, que es conocida por todos los militantes como una connotada contrarrevolucionaria, símbolo de la mafia anticubana de Miami quien se atrevió a utilizar la bandera cubana como vestido para cantar guarachas y hacer alegatos en contra nuestra Patria y nuestro digno proceso revolucionario". (La obra es Burundanga, que reúne a los personajes de Celia Cruz y de Lola Flores en un montaje de títeres y actores de Teatro de las Estaciones y Teatro Okantomí.)

Sin embargo, es Carlos Díaz quien desespera más al espectador policía.  En el cine Trianón, sede de la compañía que dirige, Díaz mantiene en cartelera una de las obras principales de su repertorio, Calígula de Albert Camus, y  Ávila Guillén percibe en ella "una evidente burla a las altas esferas del gobierno y del Partido de nuestro país y diría más, a las glorias insignes alcanzadas por la doctrina comunista en el mundo".

Dirigiéndose a la presidenta del Consejo Nacional de Artes Escénicas, la apremia: "¿Hasta cuándo compañera Gisela, hasta cuándo? Ya en la obra anterior el mismo director de marras, había puesto a dos actores a sacarse sus penes y luchar entre ellos sin que eso tuviera nada que ver y se burlaba de poemas del Indio Naborí, de Nicolás Guillén y hasta del Apóstol José Martí en un acto de desfachatez, anti-patriotismo e irrespeto sin límites".

La denuncia elevada a las más altas autoridades administrativas examina cuatro obras en cartelera y presta atención especial a la carrera de Carlos Díaz. En sus líneas pueden detectarse expresiones del dialecto hablado en la Mesa Redonda y publicado en Granma. Ávila Guillén cree aún en la formación del "hombre nuevo": "¿Es que las salas de teatro ahora van a transformarse en un conato de contrarrevolución donde reine la pornografía más cochina y desviada de la moral que estamos inculcando en la formación del hombre nuevo?".

Las sofocaciones que habrá tenido que aguantar en sus butacas de teatro le hacen abrir esta interrogante: "¿Tenemos que aceptar que por la 'Libertad de expresión' el teatro cubano se convierta en una secuela del Shangai dirigida por la loba feroz Ileana Ross Lettinen y los hermanos Díaz Balart?".

Con este punto de indudable imaginación dramatúrgico-política termina su carta. "Sin otra información por el momento y revolucionariamente", escribe antes del nombre. Una despedida así permite conjeturar que el autor seguirá su campaña de denuncias, que volverá a las salas teatrales para escrutar cada ofensa que se haga al público revolucionario. Habrán, pues, más crónicas teatrales de Ávila Guillén.

Cabe preguntarse cuán peligrosos resultan sus ataques para quienes hacen teatro en La Habana. Cabe preguntarse también cuánto le temerán a esos ataques las diversas presidencias que aparecen como destinatarios suyos. Porque la incomodidad que muestran los dos informes de Ávila Guillén no va tanto contra actores y directores (un verdadero comisario no se hace ilusiones acerca de la naturaleza de los artistas), como contra esos dirigentes que no acaban de cortar de una vez tanto descaro e insolencia.

Sus denuncias ponen al descubierto una política de permisividades existentes en el mundo teatral, e intentan recordar a los funcionarios sus deberes como comisarios. Unas entregas más de esta correspondencia, y su autor habrá llegado a la idea de que no solo es necesario parametrar a las compañías teatrales, sino también a quienes tienen que velar políticamente por ellas. Entonces dirigirá su oficiosa correspondencia a jefes más altos, a los que pedirá castigo tanto para Carlos Díaz como para la presidenta Gisela González.

Habrá que ver si los actuales dirigentes le salen al paso (utilizo la metáfora de salteadores de caminos propuesta por Ávila Guillén) a los directores de teatro. Habrá que ver cuánta más libertad pueden frustrar, amén de los susodichos funcionarios, sujetos como éste con sus rabietas de núcleo de Partido. Entretanto, a través de sus delaciones puede avizorarse un panorama del teatro cubano actual en el que, entre el mucho sexo advertido desde un puritanismo, aparecen cáscaras de héroes rotos, se critica al único partido y a su historia única, y se da cabida a unos protagonistas expulsados entre los que brilla Celia Cruz.

En las cartas de Alfredo Ávila Guillén puede rastrearse todo aquello que un crítico teatral de Granma se autocensura. Puede rastrearse cuanto se autocensuran sus destinatarios, los administradores culturales. Estos resúmenes de escándalos en escena describen la osadía de directores y actores, pero dan la medida también de unas prerrogativas que los comisarios políticos en funciones ya no se arriesgan a imponer tan abiertamente como antes.

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