Sábado, 19 de Agosto de 2017
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Nobel de Literatura

El premio chino

Imaginemos a un chico judío recién liberado de un campo de concentración. Un muchacho que camina entre soldados norteamericanos masticando el primer chicle de su vida. ¿A dónde quieres ir?, le preguntan. Tiene quince años y el futuro por delante. Quiero ir a casa, dice. Entonces le muestran una fotografía en la que se ve Budapest en ruinas. ¿Es allí adonde quieres regresar?, ¿estás seguro? Y el muchacho responde que sí.

Imre Kertész, sobreviviente de Auschwitz y Buchenwald, en una de sus conferencias reunidas en Un instante de silencio en el paredón. El holocausto como cultura (Herder, Barcelona, 2003), recuerda aquella foto que le enseñaron; vuelve sobre la imagen para convertirla en instante decisivo: irse al otro lado del mapa europeo, hacia el régimen comunista, escoger como destino el aislamiento, aunque aún él no lo supiera, de algún modo era empezar a hacerse escritor.

Mientras leo este apunte del premio Nobel húngaro de 2002, ya se debe estar preparando para su discurso en Estocolmo el más reciente Nobel de literatura, el elegido por la Academia Sueca una década después. Se trata del novelista chino Guan Moye, más conocido por el seudónimo con que firma sus libros: Mo Yan, que en la lengua más hablada del mundo quiere decir "No hables".

No hables, le dijo un día su padre. Moye, un adolescente hambriento y perdido en un campo de China, recibió la orden de no hablar para no perjudicar a su familia en medio de las turbulencias de la Revolución Cultural. Y aunque faltaban años para la publicación de su primera novela, fue ese el momento en que nació Mo Yan, el instante que un hijo de agricultores se llevó consigo hasta la consagración literaria: la imposición de silencio.

Hay ahí un movimiento análogo al de Kertész, un gesto negativo donde el escritor se va a definir en torno a una sustracción de libertad. El húngaro va al encuentro de esa pérdida de libertad (que adquiere forma de tierra natal); el chino, con su mudez en los campos de Mao, la representa. El escritor como una consecuencia directa de la censura (y de la autocensura).

Según se lee por aquí y por allá, Mo Yan comenzó a publicar en 1981, cuando el ascenso de Deng Xiaoping al poder relajó el control político, es decir policial, sobre la literatura. Pero en 1996, cuando llevaba una década consolidado como autor, incluso a nivel internacional tras la adaptación al cine que hizo Zhang Yimou de Sorgo rojo, las autoridades chinas censuraban su novela —de esas que llaman "monumentales"— Grandes pechos, amplias caderas.

Es una trayectoria curiosa, un arco interesante (y Tiannamen en el medio). ¿Cuánto tiempo habrá estado prohibida Grandes pechos, amplias caderas? ¿Las autoridades que la prohibieron son las mismas que hoy celebran con júbilo oficial el Nobel concedido a su autor?

Según parece, Mo Yan se desempeña actualmente como profesor de literatura en la Academia Cultural de las Fuerzas Armadas chinas, el brazo militar del Partido Comunista. Me pregunto si le dirá a sus estudiantes lo que dijo hace unos años en una entrevista a El País: "Aún hay cosas que no se pueden plasmar de forma directa, pero un buen escritor sabe encontrar la mejor manera para contar lo que quiere decir".

O sea, que hay cosas que de una forma u otra tienen que ser dichas.

Conocido como el Kafka chino —vale anotar que ya había un Kafka chino: el propio Kafka—, lo cierto es que Mo Yan es habitante de un mundo que ahora mismo se me antoja profundamente desconocido. Y no es aquel "socialismo con características chinas", como alguna vez lo ha llamado la prensa cubana. Tampoco es el capitalismo total y bestial donde un gigante como Google caminó con pies de barro.

Se trata de los engranajes, los rostros, y sobre todo, las perspectivas de la censura en un país donde buena parte de las librerías y del negocio editorial está en manos privadas y hasta cierto punto independientes; donde seguramente proliferan como bacterias en un cuerpo vastísimo las publicaciones underground y la distribución pirata, y donde los escritores problemáticos —esto es una suposición estadística— deben contarse en cientos de miles.

Pero hablar de la censura literaria pasada o presente en China, algo a lo que este premio Nobel parece invitarnos desde el pen name, implica también darse una vuelta por la cárcel. Un Nobel de literatura, ya sabemos, siempre tiene su porciento de Nobel de la Paz. En el caso de Mo Yan esto se cumple de manera literal: el Premio de la Paz contenido, encerrado, escondido y sonando como un bonus track en su Premio de Literatura es Liu Xiaobo, el Nobel chino de 2010, el disidente condenado a once años de prisión.

Xiaobo es Tiannamen. Xiaobo es la otra cara del No hables de Mo Yan. Xiaobo es el escritor que no encontró la mejor manera de plasmar lo que quería decir.

El más reciente Nobel de literatura también es para él. El Gobierno chino, que lo ha acogido como una victoria, con entusiasmo proporcional al desprecio con que acogió el Nobel de la Paz en 2010, tal vez no lo sabe. Pero yo creo que Mo Yan sí. Mo Yan no habla pero sí sabe. Como también sabe que el premio que recibió hace unas semanas se lo empezaron a dar hace dos años, de la mano de Liu.

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