Viernes, 15 de Diciembre de 2017
17:14 CET.
Teatro

El (aparente) fin de 'La hijastra'

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"En las otras funciones, los actores no se mueven de aquí [el escenario] para que los espectadores se queden con esa imagen hasta el final. Pero como estos personajes pertenecen a la calle y en el teatro no los quieren, los vamos a devolver a la calle y van salir con ustedes a la calle", aplausos.

Estas fueron las palabras de despedida que ofreció el cineasta y director teatral Juan Carlos Cremata Malberdi, a su versión de la puesta en escena de La hijastra, de Rogelio Orizondo. El pasado domingo fue el último día de exhibición concedido por el Consejo Nacional de Artes Escénicas a la obra.

El público abarrotó la sala Tito Junco del Centro Cultural Bertolt Brecht desde el estreno hasta la última función, adelantada por la censura. Pero la obra se engalanó el pasado domingo con el premio que otorga el público. La multitud presente en la sala recibió la ausencia que provocará la censura con aplausos y ovaciones para los censurados, el grupo de teatro El Ingenio, dirigido por Cremata.

No tuvimos que abanicarnos con una penca o encender una vela para ver la función como auguraba la reprobación oficial. El director de la puesta dedicó la última presentación al dramaturgo Virgilio Piñera y a Cachita, la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. Un altar dedicado a la Virgen en la entrada de la sala, despojaba los malos pensamientos de quienes entraban con dobles intensiones.

Los actores interactuaron con el público desde la entrada a la sala. Pretendían, y lo lograron, insertarnos en la realidad que representarían en el escenario; porque no todos nos percatamos que vivimos sumergidos en el mismo drama teatral.

Así, el espectador queda atrapado entre travestis, mendigos, custodios, pioneros, médicos, gente de pueblo que piden con vergüenza para sobrevivir al salario. Un pellizco al letargo en que nos tiene sumido el sistema para que nos percatemos de nuestra trágica existencia.

La ambientación, lejos de recrear al espectador lo sitúa en un basurero oscuro, donde emergen diversas razones de nuestras miserias. Una bandera de "Colectivo Destacado", un busto de José Martí, implorando protección, carteles alegóricos a la construcción de un socialismo vendido al turismo extranjero.

Dentro de los desperdicios que rodean el escenario los actores representan sus personajes impúdicos y vulgares que en más de una ocasión paralizan a los espectadores en la butaca. Figuras salidas de nuestras calles, más allá de la sociedad perfecta que proclaman sus dirigentes.

Frustración, alcoholismo, violencia de género, corrupción, abandono, impudicia, censura, auto represión, muerte, penetran en el público mediante alusiones escenográficas y grandes actuaciones. La interpretación logra voltearnos el pensamiento hacia la cruda verdad escondida tras el aluvión de triunfalismo de los medios de prensa monopolizados por el gobierno. Prensa que, en la obra, se trata tal y como los cubanos la consideran, como papel higiénico y retorica que apesta.

'Bienvenido a tu tierra hermano'

Sury, adolescente sin brazos, emerge de un contenedor de basura escrito con un esperanzador letrero que declara "Cristo Vive", cambiado al final de la obra por un vigilante ojo. La muchacha, víctima de la desmoralización y la crueldad, después del suicidio de su madre, queda a merced de su padrastro (Mateo) y su vecino Ricardo, quienes descargan sus mentes perversas en la impedida física.

Dalia, esposa de Ricardo, es otra víctima social. Ha perdido tres hijos en un naufragio y esconde su nobleza tras de la obligada pérdida de valores que impone la sociedad cubana. Dalia, que comienza la obra como limpiadora de tumbas, cambia de pareja en busca de ayuda para sobrevivir, y termina de prostituta después de una relación con un militar.

El espectáculo se desarrolla entre las entradas de actores que mediante canciones y diálogos cortos dejan mensajes fuera o dentro del contexto. Con estas irrupciones el espectador sale de la patética historia central y ubica la atención en otra trama que también forma parte de la deprimente realidad. Así es la entrada del príncipe Sigfrido, que termina recogiendo los restos de un cisne abatido en pleno vuelo.

Otra de las entradas dedica tres minutos a callar el sonido de un clarinete emitido desde la esquina izquierda del escenario. Debajo del músico, se ve el rostro de Hugo Chávez en una pancarta que reza, "Bienvenido a tu tierra hermano".

Pese a la censura, la obra envió los mensajes que contradicen los aires de apertura que muchos avizoran en el país. Un claro uso del poder sobre la libertad de expresión nos privó, por el momento, de La hijastra.

Es el público quien decide el destino de una obra artística, las autoridades solo pueden prohibir el desarrollo cultural, pero no detenerlo; entorpecer la inconformidad pero no eliminarla. La hijastra es una obra que se marchará de la escena solo cuando desaparezca el sistema defendido por los censores. Porque cada escena de su contenido está integrada, sin excesos artísticos, en la realidad que vivimos los cubanos.

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