Viernes, 24 de Noviembre de 2017
01:52 CET.
Obituario

Adiós, Armando

Una vez me vi con él en los salones de ensayo del Gran Teatro de La Habana, antiguo Teatro Tacón. Fue allí donde me citó para una entrevista que no resultó convencional porque Armando, además de un sabio de las tablas, era amigo de mi familia. No me dejó extenderle el cuestionario que llevaba:

—¿Qué me cuentas de Coral?— interrumpía a cada rato con esa parsimonia tan contraria a los tiempos difíciles y agitados que corrían.

Nunca mejor dicho. Fui hasta allí pedaleando una bicicleta china tan pesada como el daño que le habían hecho en el tristemente célebre Quinquenio Gris, en los 70, cuando el Gobierno, a través de las instituciones culturales, decidió "depurar" a los teatristas según su orientación sexual.

Armando Suárez del Villar estuvo castigado en plena madurez social y profesional, pero, sin rencor, continuó investigando las artes escénicas con auténtica pasión e impartiendo clases a generaciones de estudiantes en el Instituto Superior de Arte. De ahí que no se conozca alguien que pueda hablar mal de él.

Todo lo contrario: Se le recuerda como maestro y amigo, como protector de infinidad de alumnos de provincias que pernoctaron en su casa mientras se sacaban el título de actor. Puede dar cuenta de ello el famoso comediante e intérprete dramático Osvaldo Doimeadiós.

El viejo y amigo era un solterón que no pasaba por alto las últimas tendencias, así como el estado de salud, no solo del teatro nacional, sino además de los talentosos guajiros que llegaban a La Habana sin un pan debajo del brazo.

Alto y robusto, sonriente siempre, su residencia de Miramar debe aparecer en más de un libro de memorias. Allí se llegó a ordenar el mundo con una dramaturgia exquisita e incluso mediante puestas en escenas furtivas. Se trataba de un benefactor que supo —y pudo— darle un tiro de gracia al odio promovido por la "Revolución" a lo largo de muchos años y hasta último momento.

A Barcelona, donde viví, llegaron noticias de que a Armando se le hincharon las piernas como respuesta a un cansancio que él nunca se permitió. Estaba en cama, escuché decir, y se temía por su vida.

Hasta este lunes 17 de septiembre que llegó la triste noticia de su deceso a los 76 años y, rápidamente, revolví mis maletas recién llegadas a Miami en busca de su entrevista, pues la conversación llegó a publicarse en el periódico Granma. Pero no la encontré. Debió fugarse traspapelada en ese margen de error que siempre corren las mudanzas, más cuando uno cambia de continente por segunda vez.

Definitivamente, con el crédito de Armando viajan las depuraciones, la burocracia, la papelería de otros. Nada más lejano a su espíritu infinitamente emprendedor.

Lamento mucho estar ahora lejos con su recuerdo.

Adiós, amigo.

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