Sábado, 18 de Noviembre de 2017
23:50 CET.
Literatura

«Lo cubano mediatiza mi mirada del mundo»

Nunca olvidaré aquel artículo que en un atestado ómnibus extraje del fondo de mi mochila para intentar abstraerme del tradicional hacinamiento que caracteriza al transporte público habanero. Me toparía entonces con el primer texto que —abiertamente— rechazaba la semántica de una palabra tan cargada como revolución y cualquier proceso social que adoptara ese concepto histórico.

Como toda opinión iconoclasta, la tesis que manejaba el articulista me puso a repensar la convulsa historia de Cuba. Surgió luego la posibilidad de acercarme al autor del trabajo e indagar sobre su vida y pensamiento y no lo pensé dos veces.

Vicente Echerri se caracteriza por ser un intelectual polémico que combina su vocación literaria con un nada complaciente periodismo de opinión que ejerce en diarios y revistas de Estados Unidos y Europa. Aunque especialista en temas religiosos, este intelectual cubano —que ha vivido por más de treinta años en Nueva York o en su periferia— ha incursionado en el ensayo con La señal de los tiempos (1993), en la poesía con Casi de memorias (2008) y en el cuento con Doble nueve (2009). Su libro de relatos Historias de la otra Revolución (1998) ofrece una visión fresca y vívida de la lucha de los cubanos que se alzaron en la región central del país contra el naciente proyecto comunista. Echerri tiene ese peculiar talento de encender con su prosa el debate sobre la compleja realidad cubana y provocar en sus lectores el sano ejercicio de pensar. Si acaso este intercambio contribuye a ello, quedaré satisfecho.   

Su natal Trinidad, sus primeras inquietudes literarias, ¿Cómo rememora Vicente Echerri esa etapa de su vida?  ¿Cuáles son sus recuerdos más nítidos?

Algunos de mis recuerdos más antiguos están asociados a la luz del sol. Me acuerdo de un negro fino y guapo que me daba clases de inglés cuando yo tenía unos siete años y del día en particular en que me enseñó la palabra between. Tengo la memoria de su dentadura perfecta y de mí mismo mirando, oblicuamente, a través de los balaustres de madera de una ventana colonial, a las piedras de la calle donde a esa hora, alrededor de las tres de la tarde, reverbera la luz.

Recuerdo antes de eso el día en que me "pasaron" de primero a segundo grado, en la vieja escuela pública donde cursé parte de la primera enseñanza. La inspectora jefa del distrito escolar está haciendo el examen y llama a todos los niños que acuden con sus libros. A mí me deja para el final, violentando el orden alfabético. Sospecho ahora que ella, que me conoce desde el día en que nací (estaba entre los que acudieron al parto de mi madre) debe pensar que no sé leer y que me he aprendido el libro de memoria, como ocurre con ciertos niños precoces. Cuando, el último de todos, me acerco a su mesa con el libro de lectura, me hace un gesto de que vaya por detrás de su silla y lea el membrete de la hoja de evaluación que tiene abierta en el escritorio. Leo "República de Cuba, Ministerio de Educación", y ella asiente con la cabeza convencida en ese momento de que ciertamente sé leer. Miro hacia el patio, al final del cual queda el aula de segundo grado, y guardo en mi memoria la intensa luz del mediodía sobre las losas.

La literatura, la poesía en particular, fue una especie de ángel tutelar en mi casa. Mi madre me dormía con poemas, musicalizados o no. Mucho antes de saber leer, había aprendido de sus labios el romance del Conde Niño o el de Mariana Pineda, amén de otros cantos folclóricos que se remontaban al pasado colonial. En ese repertorio no faltaban ripios, desde luego, pero me condicionaron el oído para el ritmo. Me sigue sorprendiendo que haya personas que se digan poetas, o que insistan en escribir poesía, y que no se den cuenta donde hay un verso cojo. Se puede escribir poesía mejor o peor —en definitiva la poesía es confluencia de muchas cosas—, pero no se puede escribir poesía si se carece de oído.

 ¿De dónde le viene esa aversión pasional y ácida contra el castrismo, el comunismo y toda idea revolucionaria o utópica?

Aprendí a detestar la revolución antes de que triunfara. Sospecho que esa aversión tiene un fundamento estético, movido por un impulso de alguien que ve una desarmonía intrínseca en las ideologías o los movimientos que se proponen alterar violentamente lo establecido: el orden, las tradiciones, la manera de vivir.

Por ser consecuente con ese pensamiento hubo un momento de mi niñez —debo haber tenido ocho años— en que me declaré pro español, en el sentido de colonialista, pese a que los Echerri somos pioneros de la independencia de Cuba y a que mi abuelo materno fue mambí. Mi abuela casi se muere el día que llené la casa de banderas españolas en honor de Valeriano Weyler, que entonces era mi héroe.

De esas aficiones hace mucho que me curé y estoy reconciliado con mis raíces cubanas y separatistas. Creo, además, que España fue una madrastra perversa que no le dio a los cubanos otra salida; pero no se trataba de una excentricidad sin fundamento, sino de una búsqueda de la coherencia. La revolución siempre la vi como desarmonía, aunque me molestaran los desmanes y la corrupción que, desde mi poca edad, percibía, en algunas de las instituciones y funcionarios del régimen que la antecedió.

La revolución, desde el principio, fue una alteración, una nivelación por lo bajo. La chabacanería que siempre había existido como una conducta marginal adquirió, de súbito, predicamento. Con el éxodo de la clase alta, tan denostada en la prensa comunista, se perdieron los modelos de refinamiento que ésta proponía y que todo el mundo imitaba.

Usted sostiene que en la etapa comprendida entre 1952 y 1958 la democracia cubana continuó 'viva' y tiene sus reservas cuando se califica a ese período de 'dictadura'. ¿Qué valoración le merece la figura de Fulgencio Batista y la década que antecedió al castrismo?

Batista era un trepador con una gran astucia política. Un hombre inteligente que supo cultivarse. Quien diga lo contrario miente o se engaña. Que, en un país con profundos prejuicios raciales y clasistas, un peón mestizo llegara a la presidencia de la república respaldado por muchas fuerzas políticas, incluidos los conservadores y los comunistas, implica una inteligencia poco común.

Batista fue un populista de izquierda que, en los años cincuenta, en medio del clima de la guerra fría, derivó hacia posiciones más centristas y más cercanas a Estados Unidos, pero nunca fue un dictador de derecha. Además, en Cuba, desgraciadamente, no hubo una derecha que mereciera ese nombre en los 25 años que preceden a la llegada del castrismo al poder.

Desde 1933 hasta 1958 la vida política cubana está monopolizada por la izquierda. Batista, Grau y Chibás, los tres líderes más destacados del período, son de izquierda. En ese tiempo se inculca, aunque sea de manera imprudente o ingenua, el culto a la "Revolución", una entidad metahistórica que, mediante la violencia, habría de arreglar las cosas que andaban mal en el país. Ese nefasto credo subvirtió los fundamentos de la república y abonó el terreno para lo que vino después.

Cuando juzgamos serenamente la década del cincuenta —una época de enorme prosperidad en la historia cubana—, habría que admitir que teníamos un magnífico país con algunos niveles de corrupción en la administración pública. En 1957, Cuba tenía más camas de hospital, más teléfonos, más médicos per cápita, más autos y más vacas que el resto de los países latinoamericanos, con excepción de la Argentina en ciertos rubros. Por ejemplo, teníamos más ganado vacuno per cápita que Estados Unidos (en ese tiempo EE UU tenía 180 millones de habitantes y 90 millones de cabezas de ganado vacuno; Cuba tenía poco más de 6 millones de habitantes y tenía 6 millones de cabezas de ganado).

Batista no tenía aspiraciones de perpetuarse en el poder —no tenía nada en común con Trujillo, Somoza o Stroessner. Se hubiera ido de todos modos el 24 de febrero de 1959. Como he dicho anteriormente, su memoria ha permanecido entre nosotros gracias a la parálisis que nos trajo el castrismo.

Usted ha manifestado públicamente que desearía el fin violento del castrismo para que sean juzgados los grandes 'culpables de nuestra tragedia nacional'. ¿No cree que la violencia solo perpetúa el caos y la ingobernabilidad? ¿No considera que los pueblos también necesitan una cuota de olvido y perdón para forjar una sociedad libre y justa?

La justicia conlleva la retribución. Sería una grave flaqueza moral que esos grandes responsables se quedaran sin castigo. Ese es el único camino para poder perdonar a los canallas menores, a los que acosan a las Damas de Blanco o apalean a los presos políticos. A la caída del régimen nazi, el tribunal de Nuremberg condenó a muerte a una docena de grandes jerarcas del hitlerismo y a la cárcel a dos o tres centenares, a pesar de los millones de muertos y de la gran complicidad que en los horrores del nazismo tuvo la mayoría del pueblo alemán.

No dudo que todavía queden en Alemania ancianos amables que, alguna vez, manipularon los terribles hornos crematorios. Para poder perdonar a éstos y olvidar esos crímenes, tuvieron que ahorcar a los máximos culpables. Si algo bueno tiene la tiranía es que concentra la responsabilidad en unas pocas cabezas. Esas cabezas deben ser cortadas, y de ser posible exhibidas, para que el resto de la nación —víctimas y victimarios por igual— pueda seguir viviendo con decoro.

¿Cómo entiende usted el calificativo de 'reaccionario' asociado históricamente a posiciones muy conservadoras? ¿Se considera una persona 'reaccionaria'?

Están tan gastados esos calificativos que, en la práctica, carecen de valor. Asumir uno de esos apelativos es autolimitarse, colgarse una de esas etiquetas que, en definitiva, siempre son imprecisas, inexactas. Si algo puedo decir que soy, sin ambages, es contrarrevolucionario. Tengo un instinto natural contra el espíritu revolucionario, desconfío de sus entusiasmos y me repugnan los actos de masas en los que siempre está presente la bestialidad. La barbarie del hombre-masa es aterradora, sobre todo cuando se convierte en el instrumento de los demagogos. La historia de la revolución cubana lo ilustra de manera paradigmática.

Creo en las élites rectoras de la sociedad, en los dechados que proponen las clases ilustradas, si bien estoy de acuerdo en el arbitraje del Estado para que los que saben hacer dinero no exploten sin cortapisas a los demás. Estoy en contra del individualismo a ultranza que se ha puesto tan en boga entre los que ahora se llaman conservadores en Estados Unidos, y que en verdad son los liberales de siempre, cuando no los anarquistas. Soy fanático del orden, de la responsabilidad social y de las tradiciones consagradas. No sé si esto me hace un reaccionario, pero si así fuera no tendría problemas en responder a esa definición.

Como muchos intelectuales, ha combinado el ejercicio del periodismo con la literatura, ¿En qué terreno se siente más cómodo? ¿Cuál es el vínculo —a su parecer—que une a estas dos expresiones de la escritura y cuáles las separa?

Son cosas distintas. El periodismo de opinión casi no merece ese nombre. Es muy diferente de la crónica o el reportaje. Yo escribo prácticamente de lo que quiero y el único requisito es que me pronuncie, que diga lo que pienso o siento de un asunto, sin pretender, desde luego, presentarlo como una verdad revelada, sino como mero punto de vista, como opinión. Lo vengo haciendo desde hace mucho tiempo y suelo expresarme con una rotundidad que a algunos asusta. Puedo decirte, sin embargo, que a esa rotundidad me obliga el corto espacio de una columna, pues disto de creerme en posesión de la verdad. Creo, más bien, que soy partícipe de la verdad, que a todos nos excede.

El periodismo también puede ser literario, si a uno lo rige un prurito de belleza, sin que esto quiera decir que tenga que ser poético, novelesco o ensayístico. Cada género tiene su propio aliento y está bien que no se confundan. Modestamente, he incursionado en todos, excepto en el teatro, y en todos me siento cómodo. Basta con establecer una suerte de contrapunteo entre las premisas del género y tu propia voz.

En su volumen de cuentos 'Doble nueve' aborda temáticas como la homosexualidad, el reencuentro, la soledad, la introspección y otros aspectos de la condición humana. ¿Cómo nace esa obra? ¿En cuál de las historias allí contadas podríamos apreciar parte de su propia vida?

Siempre tu cosmovisión, tu manera de asomarte al mundo y de juzgarlo, va a teñir toda expresión literaria. Es verdad que la literatura se nutre de lo que has vivido o has leído o te han contado. Dicho esto, y aceptando esa inevitable influencia, no dudo en afirmar que me repelen las novelas o los relatos que no son capaces de trascender las experiencias de su autor. En ese sentido, mi trayectoria personal, de manera esencial, puede estar en esos relatos de Doble nueve, como puede estar en mi novela El caballo de ébano (aún inédita) o en otra novela en que ahora mismo trabajo; pero quien quiera encontrar el registro de mi biografía en esas páginas se llevaría un gran fiasco. Me dan pena los autores que le tienen que echar mano a sus vidas para hacer literatura, porque son incapaces de crear personajes e historias.

Su libro de relatos 'Historias de la otra revolución' rescata anécdotas de la lucha de los enemigos del naciente castrocomunismo en la zona montañosa del centro de Cuba. ¿Es esa obra un ejercicio de la memoria con una voluntad literaria? ¿Cómo se entremezclan en ella realidad y ficción?

Los relatos de Historias de la otra revolución, de la cual no creo que tarde otra edición con algunas necesarias correcciones, es prácticamente un libro testimonial, en el que hasta los nombres de muchos personajes son reales. Salvo la recreación de algunos diálogos, todo es tal como yo lo recuerdo, aunque mi memoria —como la de cualquier otra persona— puede haberme distorsionado algún dato, o alterado alguna fecha o alguna circunstancia. El tono de los cuentos sí es deliberadamente literario, por creer que ese barniz le presta a un libro mayor perdurabilidad que si se presentara como un testimonio descarnado. La ficción aquí está casi exclusivamente en el tono, en el revestimiento, en la terminación de los cuentos, el tuétano de los cuales es de una áspera, y a veces brutal, realidad.

Si tuviera que seleccionar una de sus obras para ser publicada en Cuba ¿Cuál escogería? ¿Por qué?

¿Por qué tendría que hacer esa caprichosa elección que me recuerda los libros que uno querría llevarse a una isla desierta (aunque en este último caso la elección sería naturalmente más extensa)?

Siempre me ha entusiasmado la idea que los poemas de Luz en la piedra, un libro escrito enteramente en Cuba, fuesen leídos en su contexto natural y, de hecho, no hace tanto, la revista Voces publicó tres de ellos. Del mismo modo, los relatos de Historias de la otra revolución, aunque escritos en el exilio, responden a una experiencia cubana. Es un libro que ha circulado bastante en Cuba gracias a las bibliotecas independientes y a la gestión de particulares, pero que sin duda espero que alguna vez sea masivamente leído en mi país como testimonio de una época y de una lucha de la que tan poco saben mis compatriotas, desfigurada y adulterada por las versiones oficialistas.

Otros textos —ensayos, poemas, cuentos—, tanto por razones que tocan poco la realidad cubana como por aquellas que la tocan, también me gustaría compartirlos con los que están llamados a ser mis lectores naturales, aquellos a los que, aunque sea inconscientemente, siempre tengo en mente a la hora de escribir.

Pero, forzado a elegir, me inclinaría por esa novela, El caballo de ébano, que nada tiene que ver con Cuba, pero en la que hago una apuesta por la creación de personajes memorables. Tengo la certeza de que esos personajes me han de sobrevivir, me enorgullezco de ellos y me gustaría que mi gente los conociera.

¿Qué reflexión guarda Vicente Echerri sobre la humanidad que quisiera compartir con los lectores?

Habiendo vivido ya la mayor parte de mi vida y sintiéndome, al mismo tiempo, con casi todo por hacer; mirando al mundo desde la madurez y, simultáneamente, desde una inacabada adolescencia, me anima un sentimiento de tierna solidaridad hacia esta especie ávida y precaria, capaz de construir tan complejas y sofisticadas formas de civilización al tiempo que sus individuos están destinados al polvo y al olvido. Creo que todos tenemos la obligación de contribuir a hacer del mundo un hábitat más cómodo y feliz, más generoso y humano, motivados cada vez más por la comprensión y cada vez menos por las grotescas formas del fanatismo, religioso, político, racial…, que no son más que la confesión de nuestros miedos y de nuestros atavismos bestiales.

En ese paso por la vida, a uno le toca en suerte el legado de una lengua, de una cultura, de un país, de una historia que —sin sonar dogmático— me parece que no podremos dejar de asumir si no queremos convertirnos en parias. En mi caso particular, lo cubano mediatiza mi mirada del mundo, una herencia que no habría querido tener, pero que tengo y llevo en mí como la sangre.

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