Jueves, 23 de Noviembre de 2017
18:48 CET.
Literatura

Arístides Vega Chapú: 'Doy mi palabra, esa noche me visitó María Teresa Vera'

El narrador y poeta Arístides Vega Chapú (Cuba, 1962), a quien he entrevistado con anterioridad para este Diario, tiene a su haber nuevas ediciones de sus novelas Un día más allá (Editorial El Barco Ebrio), y, Steinway & Sons (Editorial Atmósfera Literaria).

Un diálogo con el autor de poemarios  como Sagradas Pasiones (Letras Cubanas, 2005), o Dibujo de Salma (Capiro, 2006; Letras Cubanas, 2008) nos revela su experiencia y expectativas en torno a estos trabajos recientes.

¿De qué trata 'Un día más allá'?

Tardé años en escribir Un día más allá. Estaba en busca de muchas respuestas, tratando de entender el país en que vivo, el prometido y el real, y canalicé toda esa búsqueda a través de esta novela. En ella hay varios personajes, de edades y oficios diferentes, que revelan, a través de sus vidas, esas distintas miradas que pueden existir de una misma realidad.

No encontré otra manera de responderme a mí mismo y con ello testimoniar lo vivido por la mayoría de los cubanos en las últimas décadas. Todo cuanto cuento en el libro es testimonial. Es una historia ficcionada, sobre sucesos reales.

¿Quién es Panchuco, o el Gordo? ¿Y quién el hombre del barrio Versalles, allá en Matanzas?

Panchuco, o el Gordo, el protagonista, es el único personaje verdaderamente real. Hay diálogos que incluso transcribí textualmente de varias entrevistas que le hice a esta persona.

Yo trabajaba en los años noventa en una librería en Matanzas que aún existe, en la Calle Medio. Un día llegó una persona con un disco de acetato de la cantante Farah María y le preguntó a una compañera de trabajo si esa cantante era conocida. Y Farah no sólo lo era, sino que yo estaba seguro de que no había cubano, viviera donde viviera, le gustara o no, que no la conociera, por lo que le presté atención a ese diálogo que no comprendí. Así, hasta que mi compañera me explicó que esa persona había empezado a trabajar hacía poco de comercial. Es decir, que tenía la responsabilidad de distribuir los libros y discos que cuando aquello se comercializaban a través de la Empresa del Libro, y que antes de eso se había pasado más de treinta años encerrado en su casa, después que triunfó la revolución, cuando por homosexual fue expulsado de la Universidad. No conocía nada de lo que había ocurrido durante los años de su encierro. Había sobrevivido vendiendo los muchos bienes de su familia, de una clase media bastante acomodada.

Como supondrás, me acerqué a él, que ya era de por sí un personaje de novela. Y todo lo que me reveló durante el curso de nuestra amistad, que duró hasta su muerte, aparece en Un día más allá.

Él estuvo de acuerdo en que usara su verdadero nombre, e incluso el sobrenombre, Panchuco, por el que lo conocían sus allegados.

Cuando lo visité por primera vez en el barrio de Versalles, frente a la bahía de Matanzas, su esplendida casa ya estaba depredada. Lo había vendido todo, menos su cama y alguna que otra pertenencia imprescindible.

A los cinco o seis años de edad tu abuela paterna te lleva al restaurante Monseñor para presentarte a Bola de Nieve, quien, junto a su piano, te saluda amablemente. Pero tu abuela te lleva por una razón: a ella le resultaba gracioso que siendo un niño te gustara la música del Bola… ¿Qué hallabas de especial en las canciones del inolvidable Ignacio Villa?

Supongo que ver a un negro gordo, risueño y expresivo cantar con una voz muy parecida a la de un ser común y no a la de un cantante, es una imagen atractiva para cualquier niño. Una de las ventajas de esa edad es que para llegar a fijarse en algo, considerar algo atractivo, uno no se tiene que responder ninguna pregunta. No creo que el niño que fui entonces pueda responderte ahora esa pregunta, pero sí puedo asegurarte que en cuanto Bola aparecía en el viejo televisor americano que entonces había en mi casa,  yo dejaba lo que estaba haciendo para venirlo a escuchar, con una atención que a toda mi familia le llamaba —precisamente— la atención.

Dedicaste un año a estudiar las vidas de Bola de Nieve y Eva Perón para escribir la novela. ¿Cómo es eso de que Evita asiste a un concierto de Bola en Buenos Aires? ¿Tiene más fuerza la ficción que la realidad, o es la realidad la que le quita el espacio a la ficción?

Estuve en Buenos Aires en una emisora de radio en la que Bola de Nieve había grabado varios temas. No llegué allí por casualidad, sino que me llevaron dado mi interés personal por Bola. Estando en la emisora, supe que Eva Perón, cuando aún no era conocida ni llevaba ese apellido, había trabajado como actriz en los años en que Bola había grabado allí.

Fue entonces que se me ocurrió ficcionar una relación entre estos dos personajes tan distintos y distantes, por lo que tuve que leer e investigar sobre la vida de Eva Perón, de la que sabía muy poco.

La trovadora María Teresa Vera también aparece como personaje…

Ninguna canción me conmueve más que Veinte años. Mi abuelo materno gustaba mucho de la trova tradicional cubana y en su casa todas esas grandes voces se escuchaban diariamente. Crecí escuchando a María Teresa, por lo que su voz está entre mis afectos más cercanos. Panchuco, por su parte, la conoció y trató personalmente. Así que no tuve más remedio que convertirla en personaje. En el libro hay un diálogo entre los dos. Cuando lo intentaba escribir, no lograba que María Teresa hablara con voz propia, es decir, con la que yo imaginaba que era su voz. Estaba muy agotado, pues escribía de noche y madrugada, en jornadas que podían alcanzar diez o más horas. Y no me complacía lo que lograba escribir en voz de María Teresa. Cerré los ojos con la intención de visualizarla. Cerca de mi mesa de trabajo tenía varias fotos de ella. Hubo un momento que tuve la certeza de que alguien se había acomodado en el butacón cercano a donde yo trabajaba. Puedo asegurarte que cuando levanté la vista fue a ella a quien vi, sentada allí.

No necesité ni entonces ni ahora explicación alguna. Pero puedo dar mi palabra de que esa noche me visitó María Teresa Vera.

Fue una imagen real, que no me sorprendió, ni me sobrecogió, como si hubiese sido lo más normal de la vida. Pude detallarla con meticulosidad. A partir de ese instante, que no sé cuánto pudo durar, escribí con soltura todo lo que de ella aparece en Un día más allá.

La historia está llena de música y de figuras de nuestra cultura.

En mi familia no hay escritores, sino músicos. Mi tía abuela, Rita Chapú, tenía un conservatorio. En su casa conocí de niño a muchos músicos, algunos muy importantes. Mi mamá y su hermana, mi tía Ana, son graduadas de piano. En mi casa siempre se escuchó música. Eran frecuentes las tertulias en que mi tía Ana tocaba el piano y mi abuela y mi mamá cantaban. Las lecturas llegaron después. Mi sensibilidad, creo, se estimuló primero con la música. Por eso en mi poesía y en todo cuanto he escrito hay tanta referencia a ello.

En el caso de Un día más allá, Panchuco era un gran conocedor de la música cubana y poseía la colección de discos de acetato más grande que yo haya visto. Me era imposible obviar todo ese mundo sonoro.

¿Podrías contarnos un poco de la historia y los personajes de tu segunda novela, 'Steinway & Sons'?

La  novela Steinway & Sons, que he tenido la suerte de publicar en la editorial madrileña Atmósfera Literaria, recrea algunas historias familiares. Soy descendiente de árabes que se establecieron en Cuba en el siglo pasado, en la novela hablo de una familia que  se crea a partir de la llegada de Petrus Giaburt, un árabe llegado a Nueva York en mil ochocientos y pico que establece vínculos amorosos con la famosa cantante Sarah Bernhardt, fruto del que nace Osmerut Giaburt. De la historia de su descendencia, que en los años cuarenta del siglo pasado se establece en Cuba, donde la sorprende el triunfo de la revolución, sale la trama de esta historia que termina en los años ochenta, cuando el masivo éxodo de El Mariel. En esta familia, como en la mía, hay varios músicos. Y en la novela estos se relacionan con grandes músicos de la época: Bola, Rita Montaner, Esther Borja, María Teresa y muchos más que se convierten en personajes.

En Santa Clara, la ciudad donde nací y vivo, se estableció esta familia de origen árabe y de nacionalidad norteamericana. Allí fundan un conservatorio de música, intervenido al triunfo de la revolución, como todos los grandes y pequeños negocios particulares que existían entonces. Intenté escribir una historia que, pese a referir sucesos traumáticos y difíciles, fuera contada de manera divertida. Una historia en la que se escuchara mucha música y que provocara muchas sonrisas.

Ahora podré saber, de los lectores, si lo logré o no.

¿Expectativas…?

Siempre que se publica un libro se abre un camino para encontrar nuevos lectores. Creo que no hay nada que me interese más que encontrarlos, que compartir con cualquiera esa visión del mundo que uno tiene la posibilidad de exponer cuando es escritor. Yo sólo he querido testificar sobre el tiempo que me ha tocado vivir y no hay nada que me complazca más que intercambiar esas experiencias.

¿Complacido con las ediciones de las dos novelas?

La mayoría de los libros que he publicado han sido editados por amigos o personas con las que sostengo una cercanía. Por eso he estado muy cerca del proceso de edición. Ahora he tenido la suerte, a través del correo electrónico, de mantener una comunicación con la editorial y con todos los que han trabajado en mi libro.

Con Atmósfera Literaria ha sido un proceso muy rico del cual he quedado no sólo complacido, sino agradecido. Hasta localizaron un piano de la marca Steinway & Sons, de una cubana residente en Madrid, que tuvo la gentileza de prestarlo para una larga sesión de fotos. Con la imagen del instrumento se logró una bella cubierta. Ambas ediciones me han dado satisfacciones que desde ya agradezco.

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