Jueves, 14 de Diciembre de 2017
01:56 CET.
Entrevista

Una artista cubana en parajes recónditos

Sospel es un pueblo perdido en la trastierra alpina de la Riviera francesa. Hasta 1861, en que por pleibiscito pasa a Francia, perteneció al reino de Saboya. Cuando Napoleón invadió la península italiana no encontró sitio más seguro para exiliar al Papa Pío VII que este pueblo del antiguo condado de Niza, rodeado de altas cimas, en el fondo de un valle. Por donde quiera que se llegue a Sospel es necesario subir altos puertos de más de mil metros de altura. La carretera asciende, zigzagueando, a medida que nos acercamos a la cima, para descender en idénticas condiciones hasta el valle del río Bevera, en donde se halla desde épocas de los Césares el sitio que los romanos llamaban Cespedelum.

Allí trabaja, posee su taller y vive desde hace casi una década una artista cubana: Jenny Alfonso Relova, nacida en La Habana en 1976. Una vida de azares tan felices como dolorosos la llevó un buen día hasta este sitio por el que pocos pasan. Un lugar que tal vez yo nunca hubiera atravesado si no fuera porque en la costa, algunos (más bien los pocos conocedores de la zona) evocan la existencia de grandes cascadas a las que solo se llega, no sin esfuerzo, pasando por el pueblo donde vive esta habanera.

El taller de Jenny colinda con el puente medieval de Sospel, en la antigua ruta de la sal, único en la región que exigía el pago de un impuesto para atravesarlo. Parte de la obra de las dos últimas etapas de su creación se encuentra en ese espacio, que también sirve de hostal para quienes desean vivir la experiencia de dormir en un taller de artista. Preguntas sobre su vida y obra me sobran. Deseo aprovechar la oportunidad para que sea ella quien lo cuente.

Leyendo tu biografía descubro que viviste entre los 11 y 13 años en Londres, donde tu padre fue designado en un puesto oficial. De regreso a Cuba te diste cuenta de que no podías volver a adaptarte al estrecho marco "de un régimen que aplasta a todo lo que salga del molde comunista". Añades que sufriste humillaciones y hasta te encarcelaron un buen día, sin que hasta la fecha te hayan explicado de qué te acusaban. Todo esto sucedió en 1995, antes de tu salida definitiva de Cuba. Probablemente aporta poco desde el punto de vista artístico, pero sí mucho al sentido de libertad y al viraje radical que diste a tu vida. Me gustaría que contaras un poco cómo fueron los años que precedieron tu salida y los primeros tiempos en Europa.

Llegué de Londres a La Habana con 13 años, justo antes de que cayera el Muro de Berlín. A mi regreso, me evité tener que estudiar ruso como idioma obligatorio, pero la policía te paraba cada cien metros para ver si llevabas dólares (ilegales entonces) y hasta para pedirte cigarrillos. A los 15 años tomé la decisión de irme de Cuba: mis horizontes estaban en otra parte. Comenzó el "Período Especial" y tuve que hacer el preuniversitario becada en el campo. Para coger carrera universitaria (yo quería Arquitectura) tenía que recoger tabaco en Güira de Melena. De más está decir que un año después de empezar aquella odisea, dejé la escuela al campo, para no embrutecerme en aquellos surcos de tabaco interminables.

Yo prefería estudiar francés. Al final, puede terminar estudios en la facultad de Economía del Vedado. Ya me habían robado la adolescencia entre denuncias, presiones y hasta cartas de advertencia a mis padres, como si por andar en una zona frecuentada por turistas, que era la del Vedado, mi barrio de entonces, fuera yo una jinetera. Vino la crisis de los balseros, las manifestaciones y mi encarcelamiento un día después de cumplir mis 18 años. Desde entonces y hasta mi salida de Cuba, un año después, no me perdieron pies ni pisada.

Pude salir gracias al apoyo de amigos y familiares de Cuba, Miami y Europa. En Londres pedí asilo político a mis 19 años y los funcionarios británicos se reían de mí diciendo que en Cuba no había dictadura, que aquello era un paraíso socialista. Eso me dio la medida de que allí no iba a poder vivir. Fue en Londres donde, complaciendo a un amigo por su cumpleaños, compré mis primeras telas, pinturas y pinceles y me lancé a esta aventura. Me inscribí en un curso de Diseño y Decoración de Interiores pero un buen día tuve que salir del Reino Unido, con una tarjeta de identidad falsa que me prestó una española, pues ya estaba en el límite del permiso de residencia.

Atrás dejaba cuatro maletas llenas de libros y mis primeras pinturas. Llegué a Madrid. Aquello fue un choque, pues tuve que trabajar en lo que fuese. Hasta cuatro trabajos al mismo tiempo hacía, pero pude legalizar mi residencia y traer a mi madre a España. Fueron años muy duros en los que trabajaba como profesora de inglés para sobrevivir. Pinté poco. Con lo que estaba viviendo, no daban ganas. En 1998, cuando obtuve la nacionalidad española, me largué a París, el sitio con el que siempre soñé. Cuidé niños y terminé, al fin, mis estudios de Diseño para seguir pintando. Me casé, encaucé mi obra y nació la primera serie de mi obra con temas inevitablemente relacionados con ese fantasma llamado Cuba.

Desde muy temprano has buscado códigos y símbolos que expliquen tu identidad. Hay una serie de trabajos de 1999 en que utilizabas frijoles negros. En esa misma época hiciste una bandera cubana con los jeans con los que recorriste Europa, siendo una veinteañera. ¿Qué deseabas mostrar con este tipo de obras?

Sí, la simbología es fuerte, pienso que por la creencia de aquello de "no te puedes expresar como quieres y tienes que buscar subterfugios para sacar lo que tienes dentro". En aquel entonces mezclaba arena de Varadero, con frijoles y ramas recogidas en la playa. Cuba volvía sin cesar a mi mente y sentía que tenía que plasmar de alguna manera mis recuerdos para extirparlos de una vez y pasar a otra cosa.

Mi bandera es una obra clave, pues necesitaba volver a mis raíces y quería una bandera cubana. No pudiendo procurármela en el mercado, me dije que la fabricaría yo misma, como hicieron en otra época (y circunstancias, por supuesto) los mambises. Qué mejor material y con más fuerza y azul que mis jeans de idas y venidas, compañeros de oficinas de emigración, fronteras, colas para ser la ciudadana digna de algún lugar del Primer Mundo. En esa época eché las tripas en todo lo referente a mi obra.

En el año 2000 participas en París en una muestra colectiva. Empiezas a utilizar raíces, hojas caídas de los árboles, flores secas. Incluso fundas una asociación de artistas cubanos en Francia llamada Lézard cubain. ¿Qué estaba sucediendo en ese instante con respecto a tu necesidad de expresar tu filiación con el país que habías dejado atrás?

Esa fue mi primera exposición y gané un premio que me alentó a continuar. En cuanto a la materia, siempre me interesó la naturaleza: las hojas, la arena, la tierra, las raíces son una prolongación de mí misma.

La creación de la asociación de artistas cubanos emergentes en París, Lézard cubain, oficializó mi existencia como artista. Quise utilizar mis contactos y conocimientos para el provecho de esta pequeña comunidad que se había formado. Siempre he creído que se avanza mejor en grupo que solo, además de mis tendencias gregarias y deseos de ayudar a los demás. Tal vez todo esto sea la consecuencia de haber vivido en Cuba en los años 70 y 80, cuando la gente se ayudaba y existía cierta solidaridad entre amigos.

Noto que poco tiempo después de establecerte en este pueblo de los Alpes Marítimos franceses en 2003, tu obra comienza a ganar en universalidad. La tierra aparece con una dimensión mucho más amplia y tus cuestionamientos son de índole global. ¿En qué consiste el periodo de fragmentación de la obra del cual Árbol genealógico y Me quiere, no me quiere... son dos buenos ejemplos?

Esa necesidad respondió a mi crecimiento como mujer. Soy dueña del lugar que vivo y de mi tiempo. Puedo entonces concentrarme en mi crecimiento en todos los sentidos. Mi espíritu vuela sin límites, la tierra es como mi piel, la Isla tambien forma partre de ella. La represento mediante el café que utilizo como pigmento en mis cuadros.

Nace así la serie de Mitologías griegas, símbolos para reunir en un todo mi cercanía a la naturaleza y mi reafirmación como mujer. Los griegos de la Antigüedad representaban la fuerza de la naturaleza mediante personajes semihumanos y semidioses. En esa época pinté decenas de mujeres, muchas veces con largas trenzas que eran raíces, hojas y ramas como si fuesen ideas que se desprenden de ellas.

Luego surgió la serie Fragmentación de la obra (2006): pedazos de mundo de los que estamos constituidos los humanos, nuestras contradicciones, dobleces. Nadie es íntegro de todo. Somos superposiciones. Son también fragmentos de la necesidad de "purificar" cada cuadro. Quité poco a poco lo que sobraba, para realzar el dibujo primario. Dejé que el gesto deambulara por el cuaderno de dibujos en vez de que la mano fuese llevada por la razón, un poco como sucedería con un electroencefalograma.

Hoy la obra sigue siendo fragmentaria, mis esbozos compuestos de decenas de telas. Trabajo con pasteles sobre fondos de acrílico y relleno todo con tinta de café. Todo se vuelve más fino, como encaje. Menos nítido y a la vez más transparente.

Jenny es un personaje inquieto, que no cesa de ampliar sus horizontes. Has tomado cursos de trabajo con la madera, de transformación de la lana de ovejas, de cómo trabajar el estuco, el vidrio, la cerámica según métodos ancestrales. ¿Incorporas ese conocimiento a tu creación o se trata de búsquedas que no influeyen forzosamente en tu obra?

La obra es un todo y los soportes varios. Cada creación responde a una necesidad y, como bien apuntas, a las inquietudes del momento. La materia me apasiona. No me gusta mezclar las cosas.

Mi trabajo del vidrio responde a una técnica y es más bien artesanía, algo más mecánico, que no sale de lo más profundo.

Todo lo que me proporciona la naturaleza de forma directa me atrae poderosamente. Cada materia es un mundo maravilloso y único. Personalmente, solo la tela responde a mi necesidad espiritual de creación. El resto del trabajo es paralelo, pero no lo remplaza, sino que lo enriquece.

Sé que estás enfrascada en crear un sitio que acoja en forma de beca a artistas del mundo entero para que interactúen entre ellos y se reoxigenen en contacto con la naturaleza. Te has lanzado a la creación de este lugar en Saorge, un pueblo en el valle del Roya, aún más recóndito que el que vives, al punto de que forma parte de esos pueblos franceses que se conocen como "aldeas tibetanas" por la posición vertiginosa que ocupan con respecto a las montañas. ¿Cuál es tu idea al respecto y en qué fase se encuentra el proyecto?

Este proyecto de residencia para artistas ha sido por puro altruismo. Quiero compartir este sitio original, maravilloso e insólito en que vivo, con jóvenes artistas, sin títulos ni premios, para que puedan interactuar con la gente de aquí y vibrar al ritmo de la naturaleza. Vivimos rodeados de montañas, de ríos, saltos. Hay sol de sobra, el pueblo es medieval, cargado de historia. Deseo que la residencia para artistas esté habilitada respetando al máximo el entorno natural: un sitio donde pintar, escribir, esculpir, imaginar, moldear, tornear o hacer un retiro creativo, según el deseo de cada cual.

En la zona en que vivo, en los Alpes Marítimos franceses, no existe este tipo de espacio para artistas emergentes. El proyecto está a mitad de camino pues, aunque soy propietaria del lugar, estamos en la fase de su restauración. Se necesita invertir bastante en una casa medieval, en donde hay que ponerlo todo, desde el agua, la electricidad, hasta los sistemas de aereación y canalizaciones. Hemos recibido algunas donaciones y ayudas, pero necesitamos terminar las obras para poner la residencia en marcha.

Estas cosas dependen muchas veces del mecenazgo individual y de la generosidad de quienes creen en el proyecto. La comunidad de artistas cubanos a la que pertenezco sigue con entusiasmo la evolución de las obras. En el portal La Tanière está explicado todo y cómo ayudar.

Una última pregunta, casi de obligada mención. ¿Qué va quedando de Cuba, tan lejos de tu mundo hoy, en tu vida y en tu obra actuales?

Tal vez mi estancia en Francia sea transitoria, tal vez definitiva. Eso nunca se sabe. Aquí estoy echando raíces y ahora nació mi hijo. Cuba es lo único cierto que va conmigo a todas partes, a pesar de que pronto va a ser más el tiempo que he vivido fuera de la Isla que dentro de ella. Mi condición de cubana va más allá de fronteras, naturalizaciones, etc. Mi obra sigue siendo cubana, aunque no se exprese en términos de clichés relacionados con mi país de origen. Cuba es mi patria. Así de simple, dicho sin complejos de que suene bien o mal. Allí vive parte de mi familia y sobre todo, la mayoría de mi gente. Eso, si no es todo, es bastante como para considerarlo mucho.

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