Domingo, 17 de Diciembre de 2017
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Centenario Virgilio Piñera

Suerte de Virgilio (III)

En la época tardía del Imperio Romano, y luego en el Medioevo, se utilizó La Eneida de Publio Virgilio Marón como libro de respuestas para el destino. La historia del héroe Eneas era consultada como puede ser consultado el I Ching u otro texto oracular: allí donde el dedo o el ojo se posara por azar aparecía la contestación a la pregunta. "Sors Vergiliana", se llamó a esa manera aprensiva de leer un poema.

A propósito del centenario del Virgilio cubano, DIARIO DE CUBA ha pedido a un puñado de lectores que elijan su texto favorito de Piñera. Un procedimiento que, en traducción macarrónica del latín, podría llamarse "Suerte de Virgilio".

Carlos A. Aguilera elige el cuadro primero del acto tercero de la pieza teatral 'Aire frío'

Quizá lo que más me gusta de Luz Marina ―a quien considero el personaje femenino más interesante de todo el teatro cubano junto a la Madame Sade que montó en su momento Victor Varela― es que siempre tiene calor. No solo un calor climático, tropical, agónico, aunque en su caso más que agónico será ortopédico. Ni siquiera menopaúsico (recordemos que al principio de la obra constantemente se subraya que se va a quedar solterona). Sino, una suerte de ahogo, un no-puedo-más que, para mí, más que existencial es político.

Recuerdo que una vez viendo en televisión una adaptación de la obra ― Verónica Lynn era la protagonista―, la imagen se quedó trabada en un momento en que había un primer plano con la boca abierta de Luz Marina. Precisamente en el momento en que ésta gritaba una de sus acostumbradas frases de desespero. Y esa boca abierta, llena de dientes, oscura, que la Lynn le prestaba al personaje de Piñera, se me convirtió de pronto en el pathos mismo de la vida. El calor, el ahogo, la picazón y el hambre de todos nosotros en ese momento no eran más que esa boca abierta. Una boca abierta que buscaba aire. Una boca abierta que se ahogaba.

Ahogo que, sin dudas, donde mejor se subraya es en la escena de las cucarachas. Escena donde, después de una de las muchas y tórridas discusiones de toda la familia bajo el lamparón de la sala, Luz Marina se pone a aplastar cucarachas. No una ni dos, deja saber Piñera, sino diez mil..., hasta que al final dice: "¡Ahí se metió; mátala, Oscar! Mátala. ¡Mírala, se metió debajo del sofá! ¡Mátala! ¡Van a acabar con nosotros! (Suspirando hondo.) Esa cochina cucaracha sabe mucho..."

¿No podríamos pensar que en ese "sabe mucho" se condensa precisamente toda la socarronería civil de Piñera (autor socarrón y político como pocos)? Sin dudas; ese flaco de Piñera sabía mucho, hubiera gritado Luz Marina, zapato en mano. Más que las cucarachas, hubiera gritado, dando otro golpetazo. Mucho más.

Gerardo Fernández Fe elige el poema 'En el dentista' (del libro 'Poemas desaparecidos')

No será el parlamento de uno de sus medulares personajes para el teatro ni siete líneas de su mejor narrativa, pero este aparentemente insignificante poema "de ocasión" revela dos aristas del poeta Piñera que siempre han llamado mi atención:

Una, que tras su simpleza de post-it pegado en la puerta del refrigerador, tras su ausencia de tropo y de ornato, se esconde (y saca la lengua) un diáfano y sempiterno menosprecio por el engolosinamiento de cierto origenismo; colofón —este poema— de ese proceso de rarefacción que el propio poeta provocara desde que en 1941 apareciera su libro Las Furias.

Y dos, que ante un poeta que siempre procuró matizar con el desenfado y la ironía cualquier viso de ternura, ante un hombre que asumía el sarcasmo como escudo de armas —siempre, pero sobre todo en esos últimos diez años en que se acentuara la indigente política oficial hacia su persona—, sorprende que en tiempos de exclusión y de atonía de todo tipo, como mismo no escondiera sus tantos miedos, el poeta maldito escribiera a la amistad, a los márgenes nebulosos del deseo y la soledad —incluso al amor.

Baste el título y un repaso ligero para reparar que estamos ante un poema breve de amor y de ocasión. Por un lado, un poeta de 53 años y la conciencia de su cuerpo descolorido; por el otro, una presencia no muy afincada, evanescente, bien posiblemente ilusoria. El poema en cuestión, suerte de lamento escriturado al vuelo, sobre el muslo, mientras espera un turno en el dentista, tal vez en un papel pequeño, al dorso de una receta médica o en un pedazo de papel cartucho, revela a un Piñera menos mordaz que ha estado escribiendo poemas diferentes, muchos de ellos breves pero de sobrada intensidad, muchos de ellos dedicados a amigos, ahora que los amigos escasean y que la autocracia ha querido lapidarlo como se lapida a una mujer afgana.

Norge Espinosa elige el cuento 'Salón Paraíso' (del libro 'Un fogonazo')

En plena muerte civil, en la nada que debe haber sido en su biografía el año 1975, Virgilio Piñera escribe este relato que no saldrá a la luz pública sino en 1987, cuando su cadáver parezca cosa lo suficientemente fría ante los ojos de sus censores, y poco a poco vayan editándose sus piezas póstumas. Redactado con una prosa elegante, puntillosa en su juego de descripciones y contrastes, como fueron algunos relatos de su última etapa, "Salón Paraíso" es probablemente el fragmento narrativo que prefiera de este autor. Por encima de "En el insomnio", "La carne", "El álbum" y "El muñeco"; "Salón Paraíso", adelantado por El Caimán Barbudo poco antes de que ese libro llegara a los estantes de las librerías, desató mi curiosidad por el nombre que lo firmaba. A más de veinte años de aquel encuentro, la sorpresa que su lectura me provocó no deja de acrecentarse.

Como se trata de un relato no demasiado socorrido entre los muchos que firmó Piñera, me permito un breve recuento de su muy delgada trama. A la casa del protagonista llega un amigo, muy exaltado, que lo conmina a dirigirse de inmediato a ver el show que ofrecen en el cercano Salón Paraíso. Sin saber a ciencia cierta qué hallará ahí, el narrador decide, en el último minuto, irse a ver el espectáculo, que no consiste sino en una hora de sometimiento a un baño de luz.

Baño que puede disfrutarse desnudo o vestido, en un recinto donde diversas lámparas segregan esa luminosidad. Concluida la hora, el poderoso haz se apaga, dejando a los espectadores, desnudos e indefensos, en un estado que no se diferencia mucho al del cuerpo que ha atravesado una experiencia mística, y cae rendido tras esa sensación que lo devuelve a una nada que puede ser, también, el principio de todo.

Piñera describe el espectáculo en términos de éxtasis. La prosa, que a esa edad manejaba aún con destreza, nos hace vivir el golpe de luz, experimentar el mismo estado de crecimiento y abandono que hace de ese espectáculo, como él mismo afirma, un hecho que solo podremos vivir una vez.

Condenado a un silencio que borraba su nombre de marquesinas y editoriales, Piñera, hombre teatral, imagina un teatro que no necesita mucho para producirse e impresionar al espectador. Un teatro donde la materia más elemental, la luz, es el espectáculo mismo, y logra borrar a figurantes, corifeos, a la tramoya, al aparataje escénico, para que la única presencia humana de ese "show" sean los cuerpos vulnerables y expuestos de quienes se arrojen a tal vivencia.

No hay música ni diálogos en el Salón Paraíso. Página extraña en lo escrito por Virgilio Piñera, acaba con una ráfaga helada que apaga la última luz que persiste, hacia el final, entre todas: la llama de una vela que, al extinguirse, declara el final de tan insólito espectáculo, de un no menos insólito cuento. Piñera demuestra, a su modo, que su creencia en la eternidad y en la permanencia de su gesto es una fe que no lo abandona. En la nada, con la luz, escribe para que hoy podamos aplaudirlo, reconocerlo y admirarlo.

Vida, pasión, luz y muerte: en el Salón Paraíso, Virgilio Piñera representa, actor hecho él mismo intensidad, su propia biografía.

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