Martes, 12 de Diciembre de 2017
16:14 CET.
Urbanismo

Puertas al mar

Si queremos entender Barcelona —no para orientarse en ella, que resulta bastante fácil—, hay que concebirla antes y después del 92, la fecha olímpica que la hizo o la echó al mundo con mayor fuerza.

Habría que recordar que antes de esa fecha mucha gente ni siquiera sabía que aquí se habla otra lengua, cooficial, eso sí, junto al castellano. Y para entender esta ciudad habría que remontarse a la Barcelona intramuros, como lo fue La Habana también. La parte intramuros es hoy un sinfín de recovecos por donde se descubren tiendecitas de objetos inimaginables —de ultramarinos y de cosmética natural, de confección de jabones de olor, por solo citar algunos ejemplos— y también urinarios públicos extraoficiales que entonan o riman caprichosamente con dos nombres de callejuelas de esa zona: Banys Vells y Banys Nous (Baños Viejos y Baños Nuevos).

Es el llamado Barrio Gótico, pero es también el corazón de una historia que va mucho más allá de la Guerra Civil y de la quema de iglesias por parte de republicanos sublevados, porque no hay que olvidar que esta localidad estilizada y burguesa fue, y de alguna manera sigue siendo, territorio rojo. Pero lo más curioso es que la gran metrópoli vivía de espaldas al mar, aun teniendo el Mediterráneo al alcance de la mano y un puerto comercial por donde descendían marineros que luego deslizaban sus manías por las famosas Ramblas en busca de damas de compañía.

Y lo de vivir de espaldas al mar no es historia antigua. Ocurrió precisamente hasta que llegaron las olimpíadas de 1992 y se construyó un paseo marítimo con seis kilómetros de playa, se saneó un poco la Barceloneta (barrio de pescadores cuyos pisos viejos hoy cuestan una fortuna) y se construyó las rondas (la Litoral y la de Dalt) para vehículos que no quisieran atravesar por el medio del trazado urbano.

Entonces se edificó la Villa Olímpica en el antiguo barrio de Icària, donde había una fábrica de harina del siglo XIX y donde conservaron solo la chimenea para integrarla nostálgicamente al nuevo paisaje/dormitorio. Se soterraron las líneas de trenes de toda la vida que terminaban o salían de la Estación de Francia (hoy en uso y muy recomendable ver lo espectacular que es este paradero), y también para la ocasión se fabricó una isla al lado del puerto a la que bautizaron como Maremagnum, con unas pasarelas de madera y metal que ilusoriamente vuelan, como las gaviotas que están ahí.

La elevación de Montjuïc ya había sido beneficiada en una de las exposiciones universales (Barcelona tuvo dos) y para el 92 alcanzó fama mundial con el pebetero olímpico y con otras instalaciones deportivas. Montjuïc (Monte Judío) fue el eje del evento y por fin logró justificar para la eternidad ese teleférico rojo, parisino, que desde principios del XX une a la montaña con el puerto en un viaje de vértigo, ideado para la Exposición Universal de 1929.

O sea, se utilizaron infraestructuras viejas para hacerlas coincidir con las nuevas. Para las olimpíadas de Londres, este año, los creadores tuvieron en cuenta o se inspiraron en Barcelona en tanto utilizar la ciudad misma como escenario deportivo. Veinte años después de la fecha que definitivamente cambió a la Ciudad Condal española (y/o catalana, según sea el punto de vista), vale la pena contar con la punta de un dedo lo que se hizo para entonces y lo que estaba levantado, y así uno tendrá una idea de hasta dónde se respetó el espíritu modernista de grandes arquitectos como Gaudí y hasta qué punto la adaptación de lo nuevo (estaciones de metro, por ejemplo) coqueteó con la otra cara que vende de esta ciudad: Lo fashion, la Barcelona del diseño.

Lo más importante, lo decíamos arriba, fue abrirse al mar. No sólo utilizar el litoral como elemento ambiental —que da mucha vida: recuérdense las escenas del filme de Almodóvar Todo sobre mi madre, rodadas en el Hospital del Mar—, sino además ofrecer el valor utilitario de la playa como recreación e higiene mental. Desde el 92, la gente pudo echarse una toalla al cuello, calzarse unas chancletas y tomar el metro —línea 4— para darse un baño de sal y de sol, sin mayores preocupaciones.

Se sacaron una gran parte de las fábricas del litoral y entonces el ayuntamiento apostó por seguir creciendo económicamente a golpe de eventos, pero no de poca monta. Parece que dijeron o pensaron que si el dinero se reparte en Madrid —allí se sigue "cortando el bacalao"—, había que presentar grandes proyectos de este lado de la península.

Y se ideó el denominado Fórum de las Culturas universales en 2004, que permitió construir una retahíla de hoteles y edificios modernos en primera línea de mar hacia el lado del río Besòs, adonde no habían llegado las olimpíadas. Y se hizo, sí, se hizo el Fórum y también cambió el paisaje por ahí mientras el famoso arquitecto Jean Nouvel iba levantando su controvertida torre fálica (Torre Agbar) que se ve desde todas partes y compite virilmente con La Sagrada Familia.

Pero en medio de todo lo majestuoso, de lo innovador (ahora se suma en el sky line el Hotel Vela, parecido al de Dubai) y de lo funcional a pie de calle, hay que reconocer que se remozaron barrios de la periferia bajo el principio de la sostenibilidad ambiental, como es el caso del antiguamente peligroso Nou Barris, ahora lleno de parques verdes y tranquilidad.

Recorriendo arriba y abajo la ciudad, se cruzan impresionantes empastes arquitectónicos frutos de una época de anarquismo o de caprichos —tómese como quiera— que deslucen la magia del modernismo en calles principales, arterias llenas de hierros torcidos, cristales montados en el hierro y azulejos rotos y luego ensamblados (el trencadís) para formar ese estilo medio loco que tanto recuerda a París. Eso comenzaba desde el siglo XIX, cuando Barcelona por fin venció los muros y se ensanchó en un sistema de cuadrículas o manzanas cuadradas con patio interior cada una, que no es más que ese tablero de ajedrez tan perfecto que aparece en las vista aéreas.

Lo que no estaba resuelto todavía era la flexibilidad para trasladarse cómodamente de mar a montaña teniendo los dos elementos tan cerca, y eso se logró con los proyectos para el encuentro deportivo que cambió definitivamente el sentido de uso de la urbe.

Su dinero costó, claramente, pero, como viandante y viajero interior uno puede decir que valió la pena.

Desmenuzando el paso del tiempo, las edificaciones y el diseño ambiental no encajan para nada, aunque a Barcelona parece que se le perdonan ciertos caprichos por ser niña mimada. Y en esto los turistas japoneses que vienen a observar la huella de Gaudí han tenido mucho que ver.

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