Viernes, 24 de Noviembre de 2017
13:51 CET.
Cine: Hollywoodenses

'The Dark Knight Rises': masacre en el multiplex

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En las jornadas previas a los asesinatos de la sala número 9, en el Century 16 Movie Theaters, de Aurora, Colorado (donde perecieron 12 personas y resultaron heridas 50), el comentarista radial Rush Limbaugh había expresado la sospecha de que el personaje del villano Bane, en la última película de Batman, era una creación del Departamento de Manipulación Ideológica del Partido Demócrata.

Según Limbaugh, el objetivo de los programadores izquierdistas era socavar la credibilidad del candidato Mitt Romney y vincular el apelativo comercial de un asesino ficticio al nombre de una empresa de inversiones (Bain Capital), de la que el aspirante a la presidencia por el Partido Republicano había sido gerente.

No entiendo por qué los demócratas consideran excesiva esta hipótesis. Hace apenas siete años, varios dirigentes negros y celebridades del hip-hop acusaron a Gerge W. Bush de haber "creado" el huracán Katrina con "una máquina de producir perturbaciones ciclónicas". Tal vez Limbaugh hacía referencia a la variante gansta del "creacionismo": después de todo, los republicanos han sido acusados de crear armas imaginarias en Irak, de crear la voladura del World Trade Center, de crear la crisis hipotecaria, mientras que Barak Obama, que ha inseminado artificialmente revoluciones en Egipto, Libia y Siria, queda como el gran "anti creacionista".

Dos ideas corrientes de la mitología liberal dan soporte a la hipótesis Limbaugh. Primero, la construcción semiótica del personaje del inversionista y corredor de Bolsa como canalla y, segundo, el establecimiento, por parte del movimiento de indignados y ocupantes, de un monstruo llamado "uno por ciento", que chupa la sangre del mítico "noventa y nueve por ciento".

La idea de la desigualdad como síntoma terminal del capitalismo financiero ha estado en el tapete durante décadas, pero solo en el último cuatrienio, durante el régimen de Obama, alcanzó su enunciación definitiva. Paradójicamente, en la construcción de ese artefacto ideológico han participado los mismos multimillonarios. Haciendo gala de una muy democrática vocación demagógica, Warren Buffet pedía ser tratado como una simple secretaria.

Mientras tanto, en Sacrobosco, un selecto grupo de 150 oligarcas acudía a la mansión de George Clooney en las colinas de Studio City para participar de una cena a 40.000 dólares el cubierto. Nótese que el dêmos (de "demócrata") no alude, en el espacio hollywoodense, al "pueblo en sí", sino al excedente "pop" en la industria del entretenimiento. Son los mismos millonarios californianos que han creado (decretado o imaginado) las distintas categorías y versiones modernas del dêmos: desde un presidente hasta un molino de viento, desde un delincuente hasta una tableta, un móvil, un héroe o un híbrido.

Vista de esta manera, la contienda presidencial es una competencia por los mercados y los ratings. La militancia en el Partido del Entretenimiento asegura un arcoiris de oportunidades y la exclusividad en los medios (ojo: Limbaugh está perennemente excluido de la televisión), a veces en total discordancia con el talento real, el talante moral, o el coeficiente intelectual del aspirante al estrellato, y en relación directa con su filosofía política.

De hecho, las palabras "demócrata", "activista", y hasta la misma noción de "liberalidad", fueron las primeras en ser secuestradas por la flagrante parodia filantrópica hollywoodense. Si hasta el momento, el fenómeno de saturación socialista del espacio espectacular no ha sido debidamente estudiado (si Rush Limbaugh tiene que hacer las veces de psiquiatra y semiólogo), se debe a que los departamentos de sociología y medios de comunicación de las universidades americanas están invadidos por los liberales, cuya incapacidad para la autocrítica es legendaria.

El cerdo polisémico

La sinopsis de The Dark Knight Rises es trivial; no hay por qué recapitular los momentos más estridentes de una película fallida. Los grandes actores del reparto encarnan papeles que los degradan. Morgan Freeman como Lucius Fox no tiene nada más que aportar a la saga de Batman. Lo mismo pasa con el Bruce Wayne de Christian Bale y con el mayordomo Alfred de Michael Caine.

Gary Oldman reaparece en el papel del diputado Jim Gordon, solo para pasarse tres cuartas partes de la película internado en un hospital. Marion Cotillard y Joseph Gordon-Levitt se llaman aquí Miranda y Blake, aunque en realidad se actúan a sí mismos: el valor artístico de los personajes de The Dark Knight Rises está, en todo momento, por debajo de sus cotizaciones como mercancías de la Lista A.

El último filme de Christopher Nolan es aparatoso y derivativo. Ningunos de los juguetes que Lucius Fox presenta a Bruce Wayne tienen nada de insólito (mi nieta Ariadna y yo pudimos ver el Batpod, ya bastante mosqueado, en el museo de los estudios Warner Brothers, hace cuatro años), ni nada que se compare al Batmobil (un Lincoln Futura del 54), o al Batbote, o al Batoplano de la serie televisiva de los 60. Y, por supuesto, ningún personaje secundario que pueda, ni remotamente, equipararse al Pingüino de Danny DeVito, o al Joker del difunto Heath Ledger.

No es que los personajes sean cartones recortados sobre un fondo de tecnología digital —siempre lo fueron— sino que, en la traducción del cómic a la pantalla, The Dark Knight Rises se permite perder, precisamente, el encanto del cartón, aquella banalidad de la violencia glorificada que solamente puede representarse descendiendo al nivel de la pulpa.

Bane es un bruto, un cerdo criado en lo profundo de un prisión, de donde escapa para ir a caer en Gotham City, que ha sido tomada por el movimiento de los "indignados". Gotham es ahora un Protestódromo, y si bien Bane se presenta como el líder de las turbas rebeldes, no es menos cierto que su nombre es el signo y la variable de todas las ideas erróneas sobre el capitalismo corporativo: Bane es el cerdo polisémico. Bane es un cerdo con causa.

La mente de Christopher Nolan se debate entre la muy pequeñoburguesa heroificación de la policía, típica de la sociedad norteamericana en momentos de crisis, y la necesidad de darle un lugar en pantalla al movimiento de los "ocupantes". Por un lado, la fiana debe ser buena, debe salir victoriosa del enfrentamiento con el villano Bane, y por el otro, el cine debe satisfacer la fantasía hollywoodense y castigar a los ricos.

Tribunales populares en Gotham

La revolución ha llegado a Gotham, y hay varias escenas de The Dark Knight Rises que están claramente inspiradas en el Moscú de 1918 y en La Habana de 1961. La más cuestionable, a mi entender, es la de los juicios populares de los aristócratas. En camino a los tribunales, los ricos van perdiendo sus pieles (hablo de armiños, que en la presente dictadura son ya inconcebibles), sus trapos, sus diamantes, sus títulos. "Viene una tormenta, Señor Wayne", le advierte Selina Kyle, la Gatúbela, a Batman, el Caballero Oscuro. "Te recomiendo que tú y tus amiguetes tranquen las puertas con cerrojo, porque cuando la tormenta les caiga encima, van a preguntarse como pudieron creer que se podía vivir en grande y dejar tan poquito para los otros."

Los aristócratas son conducidos al cadalso. Hay un asiento colocado encima de una loma de bienes malversados, en un lugar que podría ser el antiguo Palacio de los Deportes habanero. A los ricos se les permite escoger entre el fusilamiento o el exilio. Toda la escena parece sacada del juicio al capitán Sosa Blanco. Sin embargo, para el norteamericano promedio, falto de referentes históricos, los juicios sumarios no son más que distopia. Los niños toman la dictadura del proletariado por otro panorama de videojuegos. Para los mayores, los tribunales populares citan a Orwell. Nadie recuerda que las parábolas orwellianas están basadas en hechos verídicos, que son la historia del socialismo real. Que antes de ser parodias fueron hechos. Esta desubicación o relativización histórica permite al cineasta jugar al socialismo, y a Bane mantenerse en los límites del Bain y el Mal.

Masacre en el IMAX

Entra James Holmes. Viene armado de dos pistolas Glock de 40 milímetros, una carabina Remington, un rifle Smith and Wesson AR-15. Viste de negro, con chaleco antibalas, casco, guantes y careta antigás. Irrumpe por la puerta del fondo, "como si hubiera salido de la pantalla", según relató un sobreviviente. Holmes es un estudiante de Neurociencia sin historial delictivo ni rastro evidente en los medios. (En eso se parece más bien a Batman, y a su álter ego, el evasivo señorito Bruce Wayne.)

Los que asisten al estreno de medianoche en el IMAX ven aparecer a Holmes como una extensión, o materialización, de la escena en que Bane asalta el estadio de fútbol. La gran batahola virtual les impide escuchar los disparos, gracias al sistema envolvente de sonido en 3D. Una bomba de humo los borra del entorno. De alguna manera, los espectadores están ya dentro de la película: se ven y se oyen en medio del estadio en llamas, antes de enterarse de que han caído en la escena de una masacre.

En el 2008 ocurrió el fenómeno inverso: un difunto hizo su aparición en el primer Dark Knight encarnando el papel del Joker. La tecnología digital permitió capitalizar la muerte de Heath Ledger y agregar una dimensión de entretenimiento a lo siniestro. Pero, si en 2008 Ledger muere a causa de una sobredosis de estupefacientes, ahora, en 2012, el entretenimiento es el estupefaciente letal (si Bain es Bane y Batman es Wayne, Holmes tiene que ser un miembro del Tea Party).

El consumidor norteamericano va acostumbrándose, o resignándose, a esta nueva  variante del espectáculo envolvente. Vamos al cine en busca de fantasía y, de pronto, la realidad salta de la pantalla y se pasea entre las lunetas del multiplex.

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