Miércoles, 22 de Noviembre de 2017
12:04 CET.
Cine

La doncella y el volcán (II)

Southwest Kensington había cambiado desde la primera vez que visité el apartamento de Guillermo y Miriam en el verano de 1969. Entonces Inglaterra estaba paralizada por las huelgas y en la calle se sentía el malestar que Margaret Thatcher vendría a disipar. Ahora a todo el área le llamaban "Saudi Kensington" por el enorme aumento de inmigrantes del Oriente Medio. Dinero del Golfo.

53 Gloucester Road, sin embargo, seguía igual a sí mismo. Las mismas columnas verdes en la entrada del edificio (¿o eran tal vez beige oscuro?) y el mismo gran ventanal en el apartamento de la planta baja que Miriam Gómez había sabido adornar con una hermosa areca tropical.

Ya la habitación de las hijas de Guillermo había desaparecido —las "niñas" ahora mujeres embarcadas en sus propias vidas —, y con aquel espacio Miriam se había hecho construir una mejor, mayor cocina.

Pero nada más había cambiado. No estaban todavía los anaqueles de metal que subirían la biblioteca hasta el techo, solo la simple, austera mesa de refectorio en el centro de un gran salón que apenas parecían utilizar entonces más allá de comer en él.

El centro de la casa, el único punto de gravedad real era la habitación del fondo del apartamento, pasado el baño. En el cuarto del fondo había, ciertamente, son. Y no solo son, sino también guaguancó. De hecho, Chappotín y Cuní sonaban en el tocadiscos.

Una habitación no demasiado grande, con una mesa bajo una ventana que daba a un patio trasero, visión de callejón oculto a las fachadas bien del barrio, como en la novelas de Conan Doyle de mi niñez. La pared del lado izquierdo seguía empapelada en imitación de piel de cebra, como ya lo estaba durante mi visita anterior, curioso detalle africano entre tan poca Inglaterra y tanta cubanía.

El sofá servía de cama por las noches y de día regresaba a su condición de sofá, donde me senté ahora frente a Guillermo. Una silla de rodaje, de esas en lona beige y en madera clara en X que se utilizan en las filmaciones, le sirvió a Guillermo como sitio personal durante la conversación. La silla tal vez era herencia de Wonderwall, su primer guión llevado al cine.

Y a su lado, sobre una mesa pequeña, una botella de mezcal con gusano. Una foto pequeña de Malcolm Lowry apoyada contra la botella y una medida de mezcal lista para beber unos centímetros más lejos. Una velita encendida iluminaba el conjunto.

Al verme observar la mesita, Guillermo dijo: "Empeñada que está Miriam en que Lowry me ayude a escribir el guión".

"¿Y cómo te lo dieron? ¿Cómo ocurrió?"

"Mi agente me llamó de Hollywood y me dijo que Losey me andaba buscando para entrevistarme. Me fui a Italia verlo."

Efectivamente, Guillermo acababa de regresar de Roma, donde había aprovechado para visitar la tumba de Calvert Casey, cuyo suicidio tanto nos había tocado a todos.

"¿Y no te habló tu agente de la nota que enviamos a Burton?"

"No… Supongo que no lo sabía, y si lo sabía no quiso compartir su comisión con Jean Seberg."

Ambos reímos. Me pidió que le contase la historia en detalle y así lo hice. Luego la conversación partió como una barca a cruzar otros mares de locura, Cuba seguramente, y pasamos una velada agradable. Al despedirnos, Guillermo me dijo: "Mañana, si te interesa, puedes venir con nosotros a una conferencia sobre Estructuralismo que da el consejero cultural de la embajada francesa."

"¿Estructuralismo?", le pregunté, curioso. Conocía sus chistes sobre Lévi-Strauss: "Muy duraderos los pantalones", solía decir en cuanto le daban la más mínima oportunidad de tomarle el pelo a la cultura francesa toda entera en aquellos tiempos de structuralisme à la mode (de Caen tal vez, que no de Caín).

"El conferenciante es un amigo", explicó.

Aquel sábado por la noche escuchamos una conferencia que ya de por sí no hubiese sido comprensible ni en los (¿tres?) tristes trópicos —y mucho menos en Londres, en boca de aquel grave francés hablando inglés con agudo acento circunflejo.

Luego la noche nos llevó al apartamento del francés conferencista, donde nos sirvió ese plato principal de la entonces recién inventada Nueva Cocina Francesa: el arroz frito.

Repleto ya de arroz y vino, nuevo Marcelino, y casi por obligación (¿literaria?), nos fuimos a terminar la noche en una fiesta en la casa de la viuda de George Orwell. La casa se llamaba Airstripone y se encontraba en el barrio londinense de Oceanía, me explicó el vino que vino conmigo. Guillermo y Miriam, como de costumbre, no habían bebido.

Al principio todo fue normal. Comencé por depositar mi abrigo y mi sweater de algodón gris en una habitación dedicada a que los huéspedes se liberasen de sus aperos de labrar el frío —que pelaba, debo agregar, a esas alturas de la ciudad y de la noche.

Y enseguida regresé al mundanal ruido de la fiesta —realmente ensordecedor—, y la viuda de Orwell, que Guillermo me había presentado al llegar, me tendió un whiskey que surgió en su mano por arte de magia del alcoholismo inglés, tan extendido.

De hecho surgieron dos, uno para ella y otro para mí. Su newspeak no dejaba duda de su doublethink, y Guillermo nos observaba, no con la mirada atravesada de un Big Brother dictatorial, sino con el interés concernido de un amigo al que no se le escapaba detalle de aquel acoso orwelliano.

La chistera que seguramente tenía la buena señora no dejaba de producir whiskeys como conejos y llegó un momento en que grité, o creí que grité, o simplemente lo pensé: "Sálvese quien pueda". Ipso facto, y en ese orden, me fui a la habitación de los abrigos y me puse el mío no sin antes ponerme primero, por el frío, claro, el sweater de algodón gris.

Ya en la calle coincidimos en que nuestros caminos se bifurcaban, ya que mi barca tenía que partir, y Miriam y Guillermo, más tranquilos de mi futuro, tomaron un taxi de regreso a Gloucester Road. Yo tomé otro a donde quiera que viviese Vicente, una dirección que obviamente recordé ya que el taxi me dejó en la puerta.

Vicente leía tranquilo en su cama y me preguntó cómo me había ido en la feria de las flores y yo le dije, sincero, que mañana le contaba. Mañana nos íbamos a París y el largo viaje de tren-barco-tren nos daría tiempo, pensé —¡si es que todavía podía pensar!— para contarle en detalle. Estaba quitándome el sweater gris de algodón cuando Vicente me dice. "¡Tienes dos!"

"¿Cómo que dos?"

"¡Te has puesto dos sweaters iguales, uno encima del otro!", me explicó.

Yo estaba estupefacto, es decir anonadado, es decir, borracho.

"¿No estarás viendo doble?", le pregunté.

"No, el que estás viendo doble eres tú", dijo, y regresó a su libro,

Terminé de desvestirme y me metí en mi cama, preguntándome sin éxito como iba a aclarar el caso de los dos sweaters idénticos, ahora que mi querido Watson se negaba a hacerme caso sobre el caso. Mañana será otro día, me dije —si acaso.

El teléfono ya sonaba en mi apartamento en París y muy probablemente ya llevaba horas sonando, pero claro, desde el tren no lo podíamos oír. Era, por supuesto, Guillermo.

"¿Tú viste anoche un sweater gris en casa de la Orwell?"

"Anoche vi muchos sweaters, pero el que tú buscas está en el apartamento de Vicente, colgando del porta-abrigos… Era igual al mío."

"¿Igual al tuyo?"

"Sí, igual al mío… Es más, era exacto al mío, y no me digas que veía doble, que eso ya me lo dijo Vicente."

"¿Y qué le digo al hindú?"

"¿Qué hindú?"

"El dueño del sweater."

"¡Que no olía a curry! ¿Cómo quería que supiese que no era el mío?" Y agregué: "Vicente se lo entregará en cuanto regrese a Londres… Lo siento."

"La próxima vez te dejo sólo con la Orwell", dijo Guillermo, ominoso. "Pásame a Vicente."

Vicente le aseguró que regresaría a Londres en dos o tres días y que en cuanto llegase lo llamaría para traerle el sweater.

"Tal vez el hindú se convierta ahora al cristianismo cuando compruebe que los milagros ocurren", le dijo Guillermo. Y colgó.

Pronto Jean regresó de Italia, terminamos el guión, y después de infinitas gestiones logré agarrar con alfileres una triple coproducción entre Francia, las islas Canarias y Hollywood. En un golpe de suerte, que como hubiese dicho Guillermo, no abolió el azar, conseguí que Verónique Sanson, una nueva y creciente estrella de la canción francesa, se interesase por el papel de Lila Lowry.

Verónique estaba casada con Stephen Stills, superestrella del rock estadounidense y miembro del famoso cuarteto Crosby, Stills, Nash and Young —lo que hacía la ocurrencia infinitamente más curiosa. La vida imitando a la ficción.

En Hollywood me habían dicho —Coppola, en sus oficinas de American Zoetrope, en San Francisco— que el proyecto les interesaba sólo si Stills escribía la música. "Hice más dinero con la banda sonora de American Graffiti que con la película misma", me aseguró el padrino del entonces joven cine estadounidense.

Y claro, como los sueños sueños son, señor Calderón, Verónique tuvo una pelea descomunal con su marido en su casa de Colorado y la noche de su concierto de regreso a Francia, en la Salle Pleyel —en el cual Stills, conciliatorio, había aceptado tocar una guitarra acompañante— todo, el proyecto de película, el matrimonio, el mundo entero se vino abajo.

A la mitad del concierto Verónique comenzó a presentar a sus músicos, uno a uno, y al llegar a Steven Stills, la misma gente que habían venido a verla a ella, su público, se lanzó a un aplauso frenético por la presencia de la gran estrella estadounidense.

A Verónique le tomó apenas cinco segundos reaccionar. Viendo que el aplauso no amainaba, se volvió a su piano y comenzó a tocar con tal fuerza, con tal energía, con tal convicción de su propio lugar en la música francesa —en aquella, su noche— que poco a poco consiguió aplacar a ese monstruo de los mil aullidos que es el público de un concierto de rock. Y la sala se calló y la gente escuchó a Verónique Sanson hasta el final, en silencio.

"¿Viste lo que pasó ahí?", me pregunto Stills, más tarde, entre bambalinas.

"Sí", le respondí.

"Lo siento, pero si volvemos a trabajar juntos nos vamos a terminar matando." Se refería a su participación como actor, como marido de Lila Lowry en la ficción, pero ambos sabíamos que la banda sonora estaba supeditada a esa experiencia tan deseada por el músico.

El desmoronamiento de aquel proyecto nos golpeó a todos, incluyendo a Verónique —pero fue Jean la que más sufrió. Los años pasaban y ya le comenzaba a ser difícil conseguir papeles estelares. Aquella película hubiese sido su oportunidad de comenzar una nueva carrera detrás de la cámara, que era lo que en verdad quería.

Fue entonces que comenzaron los rumores sobre Guillermo. Que si depresión. Que si locura. Que si hospital siquiátrico. Llamaba a Londres y me sorprendía que nadie respondiera en el apartamento de Gloucester Road.

Luego supe por amigos mutuos que su adaptación de Bajo el volcán había sido aceptada por Burton y Losey, pero que el director no conseguía financiación. Hasta que un día me respondió Miriam y me aseguró que Guillermo estaba mejor, aunque muy débil, y que no se podía poner al teléfono. Le diría que yo había llamado.

Tal vez un mes, dos meses más tarde sonó el teléfono en mi apartamento y escuché una voz muy débil al otro extremo: una voz hablando en ralentí, en cámara lenta que era ahora lento articular en el teléfono.

"Fauss…to… ¿có…mo… ess…tás?"

Era Guillermo, regresando poco a poco a la salud. No podía hablar mucho, me dijo, solo saludarme. Semanas más tarde recibí una carta fechada en Londres, el 27 de septiembre de 1972:

"Querido Fausto: Es cierto. Tuve una señora depresión nerviosa, nervous breakdown o como se llame en francés, que me colocó al borde de la locura. Felizmente, gracias a Miriam, a los médicos y a una docena de electroshocks estoy en la casa, impedido de trabajar seriamente, pero aprehendiendo la realidad y aprendiendo a volver a lidiar con la vida, que es la batalla de todos los días para nosotros los desterrados."

Guillermo se recuperaría finalmente de aquella crisis brutal, para regresar a sus conferencias y a su literatura. "Me salvó la química", me comentó en una ocasión, refiriéndose al litio que tenía que tomar regularmente.

Años más tarde, para finales del verano de 1979, recibí un ejemplar de La Habana para un infante difunto en Los Ángeles, donde ya estaba yo metido hasta las cejas en otro proyecto de cine.

Una vez más prendía con alfileres los elementos de una coproducción entre Hollywood y Madrid —coproducción que se concretaría más tarde con Inglaterra, en una película que se tituló Power Game. Apenas llevaba unos días en España, ultimando detalles, cuando sonó el teléfono en mi apartamento. Era Jean.

Con un humor que reflejaba su inteligencia rápida de siempre, Jean me contó de su vida y se burló discretamente de sus alzas y bajas matrimoniales. Eran noticias privadas de las cuales poca o ninguna información había tenido en los últimos años, y ambos reímos como en los tiempos lejanos de Zermatt.

Luego me habló de su próximo viaje a Barcelona —más tarde sabría que la idea era abrir un restaurant con su nuevo marido, un actor marroquí nombrado Ahmed Hasni, con el dinero que había conseguido por la venta de su apartamento de la rue du Bac—, y me propuso que viajase a esa ciudad para convocar con ella una conferencia de prensa y relanzar el proyecto de Frontier Palace Hotel.

Ganas no me faltaron. Pero tuve que explicarle que era imposible, que en dos días regresaba a Los Ángeles, y que por supuesto podía disponer de la propiedad del guión, que nos pertenecía a ambos. Le prometí enviarle un documento para que pudiese negociar con mi autorización legal cualquier contrato de producción que surgiese. Y que la vería sin falta en mi próximo paso por París.

Fue la última vez que hablamos. Jean se despidió asegurándome que todo iría bien y que se sentía feliz con su nuevo romance: muy optimista con el futuro. Y colgamos.

Un mes más tarde, saliendo de desayunar en el Ralph’s del Gower Gulch —ese stripmall en madera cruda al estilo del oeste americano: puro decorado en un Hollywood que imita a Hollywood—, me quedé de una pieza, paralizado, incapaz de reaccionar ante la máquina expendedora de periódicos en la esquina de las calles Sunset y Gower.

El titular del Los Ángeles Times de esa mañana, 9 de septiembre de 1979, decía: "Actriz Jean Seberg Encontrada Muerta en Su Auto en París".

Y el artículo explicaba: "La actriz estadounidense Jean Seberg fue encontrada muerta en el asiento trasero de su Renault blanco, aparcado en un elegante distrito de la orilla derecha del Sena, en París. Las autoridades francesas informaron que aparentemente se trataba de un suicidio por sobredosis de barbitúricos."

"El cuerpo descompuesto de la actriz fue encontrado no lejos de (su nuevo) apartamento por un guardia de noche. Las autoridades piensan que la actriz murió la noche en que desapareció (10 días antes)."

"(Seberg) venía sufriendo de depresiones frecuentes, reportaron amigos. Una botella vacía de agua mineral y barbitúricos potentes fueron encontrados junto al cuerpo, que estaba en el suelo del asiento posterior, cubierto con una manta."

Allí me quedé, inmóvil delante de aquella caja metálica, sin acertar siquiera a sacar una moneda y comprar el periódico. La todavía joven, bella, talentosa, divertida, generosa, amiga —gran amiga Jean—, muerta. Así de brutal. Así de definitivo.

Su voluntad de vivir había sido su motor cuando se negó a regresar a Marshalltown después de su fracaso en Saint Joan. Lo fue cuando À bout de souffle le permitió regresar a Hollywood y conseguir brillar como actriz en Lilith. Lo fue cuando decidió regresar a la vida después de la muerte de Nina. Luterana de Iowa, Jean Seberg no se iba a rendir fácilmente. Y sin embargo...

Como me comentaría Ricardo Franco, que tanto la amó, "lo trágico es que no supo aceptar el paso del tiempo, la desaparición del estrellato, y encontrar la sabiduría de envejecer para convertirse en una buena abuela". Pero era demasiado tarde. Aceptar envejecer en el olvido de la industria era ya imposible.

Entristecido por su muerte, continué con mi proyecto de película. Para el verano de 1982, ya la edición de la cinta estaba terminada. Y como el proceso se había hecho en Londres, estaba impaciente por enseñársela a Guillermo. Al fin y al cabo, todo lo que sabía de cine se lo debía a g.caín.

Una mañana de otoño londinense fuimos con Miriam a Shepperton Studios a ver un primer corte sin música. Guillermo escribiría más tarde para el pressbook de la película: "Juego de Poder es la anatomía de una amenaza eficazmente disecada por Fausto Canel… (que) ha conseguido una España de suspense con el presupuesto de Andorra… Nunca, para ninguno de los cineastas que he conocido íntimamente, hacer cine ha significado tanto el poder vivir".

Por esa época Joseph Losey intentaba relanzar el guión de Bajo el volcán como serie para la televisión. El comienzo del rodaje de la versión de John Huston, en 1983, terminó dando al traste con el proyecto. Pero esto todavía no había ocurrido y Guillermo seguía de cerca las gestiones de Losey —cuidándose, sin embargo, de no ilusionarse demasiado.

Cuando le pregunté si de alguna manera, tal vez económicamente, le inquietaba el resultado, me contestó que no. "Hace ya tiempo que devolví el dinero que me pagaron por el guión".

Estábamos de vuelta en la habitación del 53 de Gloucester Road, con su pared empapelada en piel de cebra. Lo miré sorprendido. "¿Cómo que lo devolviste?"

"Sí… Ya sé que me vas a decir que fue una locura", me contestó. "Pero es que estaba loco, ¿recuerdas?"

Sí que me acordaba. Tristemente. Como me acordaba de su carta de 1970, cuando su viaje a Estados Unidos para los retoques finales del guión de Vanishing Point. En ella me escribió, refiriéndose a Los Ángeles: "Nunca, desde que llegué a La Habana en 1941, una ciudad me había gustado tanto".

Su trabajo en Bajo el volcán no fue el último, pero sí el más intenso, el más vívido de sus trabajos para el cine. Y tal vez también por su amor por la ciudad del cine.

Un Los Ángeles bucólico —que es un adjetivo inaplicable al L.A. actual. Una ciudad donde los carros se detenían, como por encanto, en cuanto pisabas el asfalto de la calle; un pueblo extendido hasta su punto de fuga, su vanishing point —y donde de pronto, en el portal posterior de una casa en las colinas, podía aparecer un zeppelín bajo, increíblemente bajo en la noche estrellada.

Con solo levantar el brazo se tenía la sensación de tenerlo al alcance de la mano, tocarlo, con la cabina debajo muy iluminada, con las caras de los tripulantes aplastadas contra los cristales, tan curiosas y azoradas como la mía, y el letrero Goodyear arriba, en letras doradas resplandeciendo en la franja azul del globo plateado: luz reflejada de esa alfombra de luces que era, que sigue siendo esa ciudad infinita y su infinita capacidad de ilusión: Hollywood en el patio trasero.

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