Miércoles, 13 de Diciembre de 2017
18:59 CET.
Artes Plásticas

Demi, artista de la sobrevivencia

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No siempre el sosiego es la primera condición de creación. Sabemos de numerosas cosechas en el arte cuya poética, si bien fluye de una pasión noble, transita coyunturalmente a través de agobios difícilmente aplacables. Las visiones artísticas de Demi crecen entre esas intersecciones desde hace tres décadas. Tuvo la fortuna de hallar magisterio en la sensibilidad de su inseparable Arturo Rodríguez, un experimentador a contracorriente dentro de la pintura contemporánea y uno de los expresionistas consagrados del arte cubano. Pero fue sobre todo la urgencia de sobrepasar las cargas existenciales que ensombrecieron tempranamente una vida familiar atribulada por los desmanes políticos lo que definiría el rumbo hacia la redención, apelando a las potencialidades del trazo, el color, las texturas y los volúmenes para generar belleza.

Demi ha sufrido en alma propia los rigores del castrismo. Su padre fue fusilado en los primeros años de turbulencia revolucionaria y el resto de la familia fue víctima del hostigamiento, la vigilancia y finalmente la dispersión forzosa. Apenas recuperada de esos desastres íntimos, le tocaría enfrentarse a lo largo de veinte años al acoso del cáncer. Si menciono esta pendiente escarpada es para compartirles el mérito de una obra cuyo calado va a desdecir los horrores, filtrados a través de una sensibilidad que ha preferido transformar el dolor en reinvención estética.                            

Su última exposición, la retrospectiva organizada por Cremata Art Gallery, en la que se agrupan acrílicos sobre lienzo, objetos escultóricos y una colección de dibujos (muchos de ellos inéditos hasta ahora), confirman esa épica introspectiva reticente a dejarse arrastrar por el naufragio y presta a convertir el estoicismo en tributo estético.

Para distinguirla de las convenciones puristas, dos cualidades dan el toque a la obra de esta pintora, a quien podemos atribuirle la actitud más chagalliana del universo visual caribeño. Una, su habilidad para conducir el recorrido de lápices y pinceles —o el proceso de construcción volumétrica— entre austeridad minimalista y amalgamiento profuso sin abandonar la coherencia, moviéndose con línea aventurera hacia urdimbres de graciosas tramas donde predomina el pulso intuitivo sobre la previsión intelectual.

La otra, que confirma su exposición tangencial a Chagall o a Carrington, estriba en ese imaginario que se nutre de las energías oníricas del surrealismo, con las cuales somete a exorcismo la vivencia oscura o la fragilidad emocional subvirtiéndolas en gesta de creación. Lo atestiguan esas criaturas que pueblan sus obras con rostros de una tierna progeria, cual seres catárticos emergidos de estados de piedad que contrarrestan cualquier sentimiento destructivo. Todo el fabulario de la pintora proviene de la disección aplicada a cada candor profanado por los ensañamientos vividos.

La intensidad visual de Demi asume connotaciones narrativas. Articuladas en un mismo salón como unidades de verbalización gráfica, pueden llegar a generar en el espectador la sensación de hallarse inmerso en un megarelato donde los muros son ventanas que se abren a la recreación de cada cultura individual.

Esa capacidad de la artista de consolidar un sello pictórico y propiciar, a través del lirismo, la comunicación a toda costa con el prójimo, la remontan definitivamente sobre los estragos de la vulnerabilidad. Queda claro que la hipersensibilidad en Demi es sinónimo inequívoco de vigor.

En su repertorio iconográfico se repite un inconfundible patrón: la luz es expansiva, mientras que la figuración asciende desde la paleta entre veladuras y detallismo feminista. La obsesión por volatilizar lo tangible hace que la pintora se aplique con libertad en las proporciones espaciales, imprimiéndole vuelo a una grácil fabulación, casi adolescente, nutrida de recurrencias ancestrales y conversiones poéticas. El resultado final es ese promisorio encuentro de elementos simbólicos conciliados con el mundo secular que realzan a Demi como musa de la supervivencia.

Vale destacar de la exposición en la galería Cremata que sirve para revelarnos con más detenimiento a la dibujante trabajando el soporte de papel. No hay dudas de que los lienzos muestran la eclosión creativa en todo su esplendor. Una sola ojeada nos avisa que son poderosos. Y sus construcciones escultóricas cautivan por la encantadora castidad. Sin embargo, los dibujos permiten documentar intencionalidad y reafirmar oficio, al aproximarnos a las vetas primitivas de la artista. Es ahí donde la habilidad se magnifica en todos sus crecientes y menguantes. Es la oportunidad para seguir a la autora como copartícipe de su propia vitalidad. En esos dibujos, lo testimonial en el misterio de la creación se insinúa de modo tan incitante que invita a prolongar el escrutinio.

Paralelo a su autodidactismo, la destreza de Demi muestra a la artista natural. En una época saturada de pixeles y trucos de photoshop, donde tiende a predominar el ego afectado, toparse con estos frutos consustanciales al talento es una suerte de resarcimiento. Sobre todo, cuando la intención humana tras la acción estética desprovista de efectismos, es relegar la franja de vida que en algún momento dejó de funcionar como vida y pretende ascender hasta visiones más amables que reemplacen aquellos paraísos cercanos mutilados por la adversidad. Desde esa hondura iluminada, el arte de Demi desecha en términos rotundos el uso de la imagen como una simple prótesis.

 


La obra más reciente de Demi se exhibe en Cremata Art Galley,1646 Southwest 8th Street, Miami, FL 33135.

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