Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
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Música

Lo más cercano a Dios

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Hace algunos años atrás realicé unas tertulias que llamé Café contigo, pues además de la conversación que sostenía con mis diferentes invitados, en los que no todos eran artistas y escritores, los asistentes podían tomar un café mezclado, como al que ya estamos acostumbrados en Cuba.

En una de esas tertulias tuve de invitada a la Madre Superiora de la orden religiosa Siervas de San José. La que, a la pregunta de si había algo cercano a Dios, me respondió sin vacilar: la música.

No hay quien desde una espiritualidad, sea cual sea su ideología, creencia, nacionalidad, o cualquier otra manera de diferenciarnos como tribus, no reconozca la importancia de la música en el desarrollo de la humanidad toda.

Quiero hablarles de lo que ha significado la música para mí y para eso que, vanidosamente, los escritores llamamos obra.

Cuando era niño todo el que escuchaba mi apellido Chapú, me relacionaba con el Conservatorio de Música Rita Chapú, que mi tía abuela había fundado a escasos metros del Parque Vidal, en la calle Tristá, de la ciudad de Santa Clara, aun cuando en 1961 o 1962 se lo intervinieron, como se le hizo a todo el que tenía, en aquella época, algún negocio particular.

Mi tía Rita tenía un enorme piano de cola, que fue la única pertenencia material que le dejaron cuando eso sucedió. Un piano extra cola, para el que tuvo que dedicar la amplia saleta de su casa, por su enorme tamaño. En ese piano la vi tocar a ella, al igual que a otros grandes maestros de la pianística cubana, como Nelson Camacho, acompañando a Esther Borja. Cuando tuve el privilegio de esas tertulias musicales no tenía más de ocho o nueve años.

Rita se marchó del país y perdió, por supuesto, su piano de cola. No hubo día en que no lo mencionara, en que mentalmente no lo tocara, desde su casa en Miami. No le importó perder su casa y otras propiedades, su dolor fue el haber dejado atrás su piano. La única vez que nos comunicamos, desde su salida hasta su fallecimiento, me preguntó insistentemente por él.

Yo no me atreví a decirle que lo habían desbaratado, con cierta alevosía, para poderlo sacar por la puerta de la que había sido su casa. Lo tiraron sobre un camión, mientras mi mamá lloraba viendo cómo se sucedían las cosas, y lo trasladaron a un almacén del Teatro La Caridad, de donde alguien con poder, un buen día, se lo apropió.

Yo no me atreví a contarle esto y sin culpas le mentí.

"Tu piano está en la escuela de arte. Ahora sirve a los niños que estudian piano", le dije.

"No sabes cuánto lo extraño, cuánto me gustaría tocarlo por cinco minutos", me respondió como si aquel instrumento lo fuera todo para ella. No he encontrado otro que tenga el sonido del mío. Pero de algo me sirve saber que aún sigue siendo útil, terminó diciéndome.

Para mi tía Rita su instrumento fue como esa porción de tierra que llamamos Patria. Y para mí, desde entonces, su añoranza por el piano fue crucial para ir forjando esa sensibilidad tan necesaria para ser una persona de bien.

Por otro lado, mi abuelo Máximo Chapú se pasaba parte del día escuchando a Celia Cruz, a quien aún nos queda rescatar en Cuba como una de nuestras principales voces, a María Teresa Vera, Sindo, el dúo Los Compadres, Paulina Álvarez, Barbarito Diez, Bola de Nieve y tantas otras voces que desde entonces me han acompañado hasta el día de hoy.

Abuelo me pedía me sentara a su lado y apreciara la grandeza de esas voces. Cuando terminaban de cantar, alguna historia sobre ellos me hacía, no sé si inventadas, o escuchadas a alguien o leídas en algún libro. Cuando se quedó ciego, por su avanzada edad, siguió sintiendo el mundo a través de la música de estas grandes y conmovedoras voces. Esa fue su suerte y su salvación, que esa música lo acompañara hasta su fallecimiento.

Un encuentro con Bola de Nieve

A los diez años mis padres me llevaron de vacaciones a La Habana. Yo nunca supe que habíamos ido a despedir a mi abuela paterna, que se marchaba definitivamente hacia EE UU. En ese viaje que recuerdo con tanta nitidez, mi abuela me llevó al restaurante Monseñor, a que conociera a Bola de Nieve, pues le daba mucha gracia que a mi edad me gustara ese tipo de música.

"Un gusto, señorito, Bola de Nieve, para servirlo a usted", me dijo, puesto de pie, al lado de su piano que yo lo recuerdo inmenso.

Tenía puesto lo que ahora llamamos blazer, de lamé verde. Podrán imaginarse la impresión que eso me causó a esa edad. Yo recuerdo ese único encuentro con tantos detalles que me he cuestionado a mí mismo si lo he fabulado o si, en realidad, me marcó tanto estar allí que ese recuerdo lo tengo grabado con sus olores y colores y hasta con el más insignificante detalle. Como los dedos de Bola, que eran gordos, como el mismo, pero con uñas tan blancas y perfectas que me parecieron de nácar.

En ese mismo viaje mi abuela me llevó al aeropuerto Rancho Boyeros a ver el despegue de una nave de Iberia. Era la primera vez que veía un avión de cerca. Muchos años después, cuando le recordé ese suceso me confesó que como estuvo cuarenta años sin regresar a España, su país natal, lo hacía como manera de saciar su nostalgia.

Obviamente, a qué niño no le impresiona ver de cerca una mole de hierro que puede levantar vuelo como un pájaro. Pero de esa experiencia mi memoria no guardó nada más, pues todo lo acaparó ese único encuentro con Bola, en Monseñor.

Ahora tengo en mi estudio, a mis espaldas, cuando estoy escribiendo, una foto de Bola tocando su piano y es una de mis pocas seguridades de estar protegido.

Con los años he ido incorporando otros ídolos de mi gusto, como Marta Valdés, a quien reconozco como la influencia más visible en mi poesía. Descubrir sus poemas musicalizados ha sido una de las experiencias más aportadoras para mí. Los mundos que pueden revelarse a través de la cancionística de Marta son inagotables.

Ella, que es una intelectual que tiene el don de componer, tiene una visión tan profunda y tan general de todo que sus textos son de un nivel filosófico que cualquiera se transforma después de escucharlos. Ella ha tenido los mejores intérpretes que pueda tener un compositor, pero disfrutar sus temas, de su voz, acompañada de su guitarra, es de las grandes bendiciones que tenemos por haber nacido en esta Isla.

Hay muchos otros que me son indispensables para afianzar esos estados de ánimo, de los que dependemos los seres humanos, como Marta Strada, a quien disfruté mucho en una época de esplendor de los cabaret cubanos que, por mis años, pude alcanzar.

Esther Borja, Merceditas Valdés, Elena Burke, Tito Gómez, Compay Segundo, Omara, la reina Celina, Miriam Ramos, Xiomara Laugart, Gema Corredera, Ernestina Trimiño, la santiaguera Eva Griñán, una de las voces más potentes que he escuchado, Leonardo García, de los más lúcidos compositores cubanos contemporáneos, entre muchos otros.

He sido más que nada un coleccionista de afectos y talentos a través de estas personas a quienes, con mayor o menor grado de amistad, les he podido agradecer su existencia.

Es cierto que la música entretiene, nos hace recordar momentos tristes o alegres de nuestras vidas, nos sirve para disfrutar, ayuda a dispersarnos, a olvidar penas, incita a la lucha o a la comprensión y la amistad entre todos, pero más que nada a través de la música está reflejada la vida toda de una nación, que como la nuestra no le han faltado acontecimientos importantes a nivel continental y mundial.

Todo esto está reflejado en lo que he escrito hasta hoy. Cuando escribí la novela Un día más allá, que publicó la editorial norteamericana Bluebird, en 2008 y, dos años más tarde, la Editorial Letras Cubanas, hasta el título se lo pedí prestado a Sindo, de una de sus canciones poco conocidas, pero impresionante, bella y emotiva, como toda su obra. La composición de Sindo de la que extraje el título de mi novela se llama Canción por todos y dice en una de sus estrofas: "Cuando contemplo mi patrio suelo/ y sus penumbras, al despertar/ me abruma entonces el pensamiento/ y creo firme en un día más allá".

El personaje principal de esa novela, que es real, tiene el nombre de Panchuco, o el Gordo, y fue un hombre que se encerró en su regia casa del barrio Versalles, frente a la bahía de Matanzas, por casi treinta años y que se dejaba acompañar solo por esas grandes voces que ha dado esta Isla a través de la colección de discos en acetato, más grande que hasta hoy he visto. Vivió todos esos años de las ventas de todas sus pertenencias heredadas de una familia que tenía bienes.

Panchuco, en sus conversaciones, podía hacer la historia de Cuba desde finales del XIX a principios del siglo XX, a través de los protagonistas de su música. La conocía toda, junto a la vida y milagro de sus intérpretes y compositores preferidos. Y todo eso lo compartió conmigo y yo pude escribir su historia junto a la de otros personajes ficcionados gracias a su generosidad de compartir sus experiencias y vivencias.

En la novela hay otros personajes reales y otros que son pura ficción. Pues es mi gusto juntar verdad con ficción. Dos de los reales que aparecen en esta novela son Bola de Nieve y María Teresa Vera, aunque se habla de muchos más.

En Buenos Aires tuve la posibilidad de visitar la emisora de radio de Belgrano, donde había trabajado por un largo tiempo, que en diferentes períodos se repitió, El Bola. Allí descubrí que en esos mismos años había sido actriz Eva Perón, cuando aún era Evita, sin el apellido Perón, escuálida y anónima.

En la novela Un día más allá, yo especulo, sobre la base de haber estudiado a profundidad la vida de ambos, para lo cual dediqué casi un año, una amistad entre Bola y Eva Perón. Incluso, en la novela Eva, aparece en público, por primera vez con Perón, en un concierto que verdaderamente ofreció Bola, en Buenos Aires, en el mismo año y mes que verdaderamente Eva y Perón se conocieron.

En esta novela el propio Bola cuenta historias de su vida muy poco conocidas y, sobre todo, canta acompañándose de su piano. No es el mito en el que lo hemos convertido, sino ese humano que con voz de manguero, como él mismo se calificó, que trascendió por su particular estilo para cantarnos eternamente.

María Teresa Vera de visita en mi casa

Lo que tengo que decirles sobre María Teresa Vera, es decir, sobre la elaboración del personaje que interpreta en mi novela esta importante trovadora, no es algo que hasta hoy le haya contado a muchas personas. Pues no todo el mundo piensa que vivimos en una dimensión en que las energías nuestras se juntan con la de otros que se marcharon hace algún tiempo. Y no es para nada mi misión hacerles creer eso.

Me imaginé a María Teresa, quiero decir físicamente, observando todas las fotos que obtuve de ella. Conversé con muchas personas que la habían conocido y tratado, con muchas que trabajaron junto a ella.

Necesito, para escribir sobre un personaje e intentar darle vida a través de la escritura, imaginarlo visualmente. Obviamente a María Teresa Vera no la conocí personalmente, algo que tenía a mi favor con el personaje de Bola de Nieve.

En aquella ya lejana época, del año 1999, en que la escribí, tenía resistencia y posibilidades para pasarme hasta doce horas trabajando en ella.

Cuando escribo comienzo a vivir la historia que estoy contando. Si esto no sucede, al menos para mí, lo que estoy haciendo no servirá. Por eso me vuelvo aún más distraído, más lento para cumplir con mis otras muchas obligaciones, más sensible y hasta más hermético, porque cualquier cosa referente a la realidad me saca, a la fuerza, de ese mundo en el que tengo que permanecer mientras estoy escribiendo.

Eran las dos y media de la mañana, aproximadamente, cuando intentaba escribir un diálogo entre María Teresa Vera y el personaje central de la novela. Obviamente, estaba muy agotado. El diálogo no me salía con las palabras que yo creía en boca del personaje que le había construido a la trovadora. Todo cuanto escribía en boca de ella me parecía falso.

Es recurrente en mí, cuando esto sucede, que me imagine visualmente a esa persona que necesito hable en mi escritura con sus propias palabras, en su propio tono.

Cuando retiré la vista de mi computadora, para concentrarme en esa imagen que de ella tenía y necesitaba visualizar, en una de las butacas de la sala de mi casa estaba sentada María Teresa Vera. Tenía un sombrero gris de ala ancha, caído sobre su derecha. Algo bajita y delgada, con el porte femenino que no descubrí en sus fotos. Vestía un juego de chaqueta y saya, de ese mismo color, pero en otra tonalidad. Sus pies estaban cruzados y lo que quedaba descubierto de sus piernas estaba protegido por unas medias finas algo más oscuras que el color de su piel.

Fue una imagen o, para decirlo en términos espirituales, una aparición que no me asustó, que me pareció real y natural, que pude detallarla. Luego de algún tiempo que no puedo precisar cuánto fue, escribí con soltura todo el paso de María Teresa por esa novela. Juro que lo que les acabo de contar es cierto. Como también les aseguro que no busqué, ni lo necesito, explicación alguna a ese fenómeno. Me dio mucho placer verla, tenerla de visita en mi casa.

Ahora, cuando la escucho, cosa que hago muy a menudo, me parece que está cantando para mí, que conozco a esa persona que me emociona y hasta que tenemos cierta intimidad. De sus canciones, la preferida por mí, es Veinte años, que no es solo de su autoría, como siempre se dice y repite, pues el texto fue escrito por una hermana de crianza que escribía poemas, a los que ella le puso la música, como otras de sus canciones.

Cada vez que María Teresa Vera canta Veinte años me emociono como si fuera la primera vez que la escucho.

Cantar con las manos, los ojos, los pies

En una nueva novela que está por salir en la editorial madrileña Atmósfera Literaria, Steinway & Sons, su personaje central, Zoila, es hija de una cubana, con un norteamericano que a principios del siglo pasado llegó a Cuba, con sus padres, luego a Santa Clara y abrió en esta ciudad un Conservatorio de Música, que al triunfo de la revolución le intervienen y ella, por no perder su piano, logra alcanzar la plaza de pianista de la Orquesta Sinfónica, ya que su instrumento había sido entregado a esa institución cultural.

La madre de Zoila había sido una cantante cubana cuya carrera la había desarrollado desde EE UU. Tenía fama en muchos países de América, en cuales hizo giras muy exitosas. Amiga de Rita Montaner, María Teresa Vera y Bola de Nieve y muchos otros, los cuales vuelven a ser personajes en esta nueva novela. En la que también aparece Ernesto Lecuona.

Su padre, un virtuoso violinista que en Cuba fue primer violín de la Sinfónica.

A través de ellos cuento parte de la rica tradición musical cubana, sobre todo desde finales del siglo XIX hasta los años ochenta del siglo pasado, que con los sucesos del Mariel la culmino. Me propongo desde la ficción demostrar cómo nuestra música influenció la de muchos países, incluso la de EE UU que es, sin dudas, uno de los más ricos en cuanto a su tradición musical.

La novela que acabo de terminar, se llama A la may love, que como saben es el título de un regguetón de moda, de Kola Loka, y es la manera que tienen ahora algunos jóvenes de decir que no cogen lucha por nada.

Es mi manera de demostrar, desde mis posibilidades de escritor, que el regguetón es un género muy pobre y que establece, incita, invita, a un modo de vivir que no creo sea conveniente para nadie. Y que en última instancia representa un retroceso cultural en que domina el mercado y en nada la calidad, ni la tradición, ni tiene manera de sostenerse desde el rico acervo cultural, que como legado tiene nuestra nación.

Podrá dar dividendos económicos importantes, como imposición de un gusto y una moda. Pero a escala de vulgarización, descompromiso, pérdida o no reconocimientos de valores, sumará un costo, que en determinado momento puede ser irreversible.

En esta nueva novela, a los regguetoneros más conocidos, como Osmany García, que se hace llamar por el sugerente apodo de La Voz, los convierto en personajes que intercambian con otros reales como los escritores Sigfredo Ariel, Lina de Feria y Laidi Fernández de Juan, pintores como Zaida del Río y Tomás Sánchez, junto a otros que son completamente construidos desde la ficción.

Como habrán visto, la música tiene un lugar jerárquico en mi literatura. La emoción que me produce, lo que a mi criterio es buena música, intento testimoniarlo en mi escritura. Que ella me sirva, además, para demostrar el respeto por la cancionística que dignifica nuestra cultura.

Del mismo modo que el tango, las rancheras, la cumbia, representan auténticas miradas nacionales a un universo sonoro muy amplio, nuestros boleros y música cubana en general, nos representan. Pues si bien tratan, en su gran mayoría, temas universalmente expuestos desde que el hombre encontró y necesitó expresarse a través de los sonidos, los buenos y auténticos boleros dicen estas mismas cosas desde una identidad cultural que nos singulariza. Es parte de un patrimonio que estamos todos, desde nuestras posibilidades y funciones, obligados a cuidar, sostener y reactualizar, como todo aquello que se precisa no envejezca. Como manera de seguir comunicando nuestras penas y alegrías, desde lo cubano, al mundo.

No sé cuál habrá sido la experiencia de los demás, pero en mi caso, cuando he tenido posibilidades de viajar, muy pocos me preguntan por Guillén, o me comentan de Lezama o Carpentier. Casi todo el mundo con el que entro en contacto me habla de Celia Cruz, o Celina, o de Los Van Van, Los Papines, Silvio y Pablo, Adalberto, o de cualquiera de las grandes voces de la trova tradicional, entre otros.

Es la música nuestro más autentico rostro. No por gusto los extranjeros que nos visitan en su gran mayoría buscan los sitios nocturnos para disfrutar de ese mito que es la música nuestra, que por cierto no está de ninguna manera jerarquizada en esos sitios.

Admiro a los músicos, porque creo que al tener que dominar un lenguaje y una escritura muy diferente a la de nosotros, también tienen la posibilidad de desarrollar una sensibilidad muy diferente. Activa, sobre todo, a través de los sonidos. Ellos sienten y juzgan, viven y reinventan todo a través de los sonidos.

En Matanzas, una vez que conversé largo y tendido con Elena Burke, le pregunté qué haría si de pronto se quedaba muda. Y me respondió que cantar. "Cómo", le dije pensando que no me había entendido. Y me respondió que con las manos, los ojos, los pies, con el cuerpo, pero que ella no podía dejar de cantar. Muchos años después me demostró que su respuesta era sincera y murió cantando.

Descubrí la dimensión de Elena, como intérprete de privilegio, a través del poeta Sigfredo Ariel, que es una de las personas con más conocimientos sobre la música cubana que conozco. De la escuela donde ambos estudiábamos nos escapábamos para escuchar música en su tocadiscos soviético. A él le debemos algunas notas y la producción de esa colección de discos llamada Las voces del siglo. Así como numerosas entrevistas a grandes intérpretes y músicos cubanos y algunos de los programas radiales que han dignificado nuestra música. También a él le debo haber descubierto esas voces que hoy me son imprescindibles.

Los músicos tienen otra percepción de las cosas, que si estamos atentos, nos dan la posibilidad de disfrutar, como espectadores, aun más de todo, lo que para bien, nos rodea. Por eso coincido con la hermana de las Carmelitas Descalzas: no hay nada más cerca de Dios que la música.