Viernes, 30 de Septiembre de 2016
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19 de mayo

José Martí

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El fúnebre cortejo de Wagner, exigiría los truenos solemnes del Tannhauser; para acompañar a su sepulcro a un dulce poeta bucólico, irían, como en los bajorrelieves, flautistas que hiciesen lamentarse a sus melodiosas dobles flautas; para los instantes en que se quemase el cuerpo de Melesígenes, vibrantes coros de liras; para acompañar —¡oh!, permitid que diga su nombre delante de la gran Sombra épica; de todos modos, malignas sonrisas que podáis aparecer, ¡ya está muerto!—, para acompañar el entierro de José Martí, necesitaríase su propia lengua, su órgano prodigioso lleno de innumerables registros, sus potentes coros verbales, sus trompas de oro, sus cuerdas quejosas, sus oboes sollozantes, sus flautas, sus tímpanos, sus liras, sus sistros. ¡Sí, americanos, hay que decir quien fue aquel grande que ha caído! Quien escribe estas líneas, que salen atropelladas de corazón y cerebro, no es de los que creen en las riquezas existentes de América… Somos muy pobres… Tan pobres, que nuestros espíritus, no viniese alimento extranjero, se morirían de hambre. ¡Debemos llorar mucho por esto al que ha caído! Quien murió allá en Cuba, era de lo mejor, de lo poco que tenemos nosotros los pobres, era millonario y dadivoso: vaciaba su riqueza a cada instante, y como por la magia del cuento, siempre quedaba rico: hay entre los enormes volúmenes de la colección de La Nación, tanto de su metal fino y piedras preciosas, que podría sacarse de allí la mejor y más rica estatua. Antes que nadie, Martí hizo admirar el secreto de las fuentes luminosas. Nunca la lengua nuestra tuvo mejor tintas, caprichos y bizarrías.

Otra verdad aún, aunque pese más al asombro sonriente: eso que se llama el genio, fruto tan solamente de árboles centenarios; ese majestuoso fenómeno del intelecto elevado a su mayor potencia, alta maravilla creadora, el Genio, en fin, que no ha tenido aún nacimiento en nuestras Repúblicas, ha intentado aparecer dos veces en América; la primera en un hombre ilustre de esta tierra, la segunda en José Martí. Y no era Martí, como pudiera creerse, incapaces de comunicar con los hombres porque sus alas les levantan sobre la cabeza de éstos, e incapaces de subir los dioses, porque el vigor no les alcanza y aun tiene fuerza la tierra para atraerles. El cubano era "un hombre". Más aún: era como debería ser el verdadero superhombre: grande y viril; poseído del secreto de su excelencia, en comunión con Dios y la Naturaleza.

En comunión con Dios vivía el hombre de corazón suave e inmenso; aquel hombre que aborreció el mal y el dolor, aquel amable león, que pudiendo aplastar, herir, morder, desgarrar, fue siempre seda y miel hasta con sus enemigos. Y estaba en comunión con Dios, habiendo ascendido hasta Él por la más firme y segura de las escalas, la escala del Dolor. La piedad tenía en su ser un templo: por ella diríase que siguió su alma los cuatro ríos de que habla Rusbrock el Admirable; el río que asciende, que conduce a la divina altura; el que lleva a la compasión por las almas cautivas; los otros dos que envuelven todas las miserias y pesadumbres del herido y perdido rebaño humano. Subió a Dios, por la compasión y el dolor. ¡Padeció mucho Martí; desde las túnicas consumidoras, del temperamento y de las enfermedad, hasta la inmensa pena del señalado que se siente desconocido entre la general estolidez ambiente; y, por último, desbordante de amor y de patriótica locura, consagróse a seguir una triste estrella, la estrella solitaria de la Isla, estrella engañosa que llevó a ese desventurado rey mago a caer de pronto en la más negra muerte.

¡Los tambores de la mediocridad, los clarines del patrioterismo tocarán dianas celebrando la gloria política del Apolo armado de espadas y pistolas, que ha caído, dando su vida, preciosa para la Humanidad y para el Arte, y para el verdadero triunfo futuro de América, combatiendo entre el negro Guillermón y el general Martínez Campo!

¡Cuba! ¡Eres muy bella, ciertamente, y hacen glorioso obra los hijos tuyos que luchan porque te quieren libre; y bien hace el español de no dar paz a la mano por temor de perderte, Cuba admirable y rica y cien veces bendecida por mi lengua; más la sangre de Martí no pertenecía; pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una briosa juventud que pierde en el quizá al primero de sus maestros; pertenecía al porvenir!

Cuando Cuba se desangró en la primera guerra, la guerra de Céspedes; cuando el esfuerzo de los deseos de libertad no tuvo más fruto que muerte e incendios y carnicerías, gran parte de la intelectualidad cubana partió al destierro. Muchos de los mejores se expatriaron, discípulos de don José de la Luz, poetas, pensadores, educadores.

(...) Martí, el gran Martí, andaba de tierra en tierra, aquí en tristezas, allá en los abominables cuidados de las pequeñas miserias de la falta de oro en suelo extranjero; ya triunfando, porque a la postre la garra es garra y se impone, ya padeciendo las consecuencias de su antagonismo con la imbecilidad humana; periodista, profesor, orador; gastando el cuerpo y sangrando el alma; derrochando las esplendideces de su interior, en lugares en donde jamás podría saber el valor del altísimo ingenio y se le inflingiría además el blandón del elogio de los ignorantes; tuvo, en cambio, grandes gozos; la comprensión de su vuelo por los raros que le conocían hondamente; el satisfactorio aborrecimiento de los tontos; la acogida que l'élite de la Prensa americana —en Buenos Aires y México— tuvo para sus correspondencias y artículos de colaboración.

Anduvo, pues, de país en país, y por fin, después de una permanencia en Centro América, partió a radicarse a Nueva York.

Allá, a aquella ciclópea ciudad, fue aquel caballero del pensamiento a trabajar y a bregar más que nunca. Desalentado, desalentado en sus ensueños de Arte, remachó con triples clavos dentro de su cráneo la imagen de su estrella solitaria y, dando tiempo al tiempo, se puso a forjar armas para la guerra, a golpe de palabra y a fuego de idea. Paciencia, la tenías; esperaba y venía como una vaga "fata morgana", su soñada Cuba libre. Trabajaba de casa en casa, en los muchos hogares de gentes de Cuba que en Nueva York existen; no desdeñaba al humilde: al humilde le hablaba como un buen hermano mayor.

Su labor aumentaba de instante en instante, como si activase más la savia de su energía aquel inmenso hervor metropolitano. Y visitando al doctor de la Quinta Avenida, al corredor de la Bolsa, y al periodista y al alto empleado de La Equitativa, y al cigarrero y al negro marinero, a todos los cubanos neoyorquinos, para no dejar apagar el fuego, para mantener el deseo de guerra, luchando aún con más o menos claras rivalidades, pero, es lo cierto, querido y admirado de todos los suyos, tenía que vivir, tenía que trabajar, entonces, eran aquellas cascadas literarias que a estas columnas venían y otras que iban a diarios de México y Venezuela. No hay duda de que ese tiempo fue el más generoso tiempo de José Martí. Entonces fue cuando se mostró su personalidad intelectual más bellamente. En aquellas kilométricas epístolas, si apartáis una que otra rara ramazón sin flor o fruto, hallareis en el fondo, en lo macizo del terreno, regentes y ko-hinoores.

Allí aparecía Martí pensador, Martí filósofo, Martí pintor, músico, poeta siempre. Con una magia incomparable hacia ver unos Estados Unidos vivos y palpitantes, con su sol y sus almas. Aquella "Nación" colosal, la "sabana" de antaño, presentaba en sus columnas, a cada corredor de Nueva York, espesas inundaciones de tinta.

(...) Era Martí de temperamento nervioso, delgado, de ojos vivaces y bondadosos. Su palabra suave y delicada en el trato familiar, cambiaba su raso y blandura en la tribuna, por los violentos cobres oratorios. Era orador, y orador de grande influencia. Arrastraba muchedumbres. Su vida fue un combate. Era cortesísimo con las damas; las cubanas de Nueva York teníanle en justo aprecio y cariño, y una sociedad femenina había, que llevaba su nombre.

Su cultura era proverbial, su honra intacta y cristiana; quien se acerco a él se retiró queriéndolo.

Y era poeta; y hacía versos.

Sí, aquel prosista que siempre fiel a la Castalia clásica se abrevó en ellos todos los días, al propio tiempo que por su constante comunión con todo lo moderno y su saber universal y poliglota, formaba su manera especial y peculiarísima, mezclando en su estilo a Saavedra Fajardo con Gautier, con Goncourt —con el que gustéis, pues de todo tiene—; usando a la continua del hipérbaton inglés, lanzando a escape sus cuadrigas de metáforas, retorciendo sus espirales de figuras; pintando ya con minucia de prerrafaelista las más pequeñas hojas del paisaje, ya a manchas, a pinceladas súbitas, a golpes de espátula dando vida a las figuras; aquel fuerte cazador, hacia versos, y caso siempre versos sencillos —¿no se llama así un librito de ellos?—, versos de tristezas patrióticas, de duelos de amor, ricos de rima o armonizados siempre con tacto; una primera y rara colección está dedicada a su hijo a quien adoro y a quien perdió por siempre: "Ismaelito".

Los versos sencillos, publicados en Nueva York, en linda edición, en forma de eucologio, tienen verdaderas joyas. Otro versos hay, y entre los más bellos Los zapaticos de rosa. Creo que, como Banville la palabra "lira" y Leconte de Lisle la palabra "negro", Martí la que más ha empleado es "rosa".

Un libro, la obra escogida de ilustre escritor, debe ser idea de sus amigos y discípulos.

Nadie podría iniciar la práctica de tal pensamiento, como el que fue solamente discípulo querido, sino amigo del alma, el paje, o más bien el "hijo" de Martí: Gonzalo de Quesada, el que le acompañó siempre, leal y cariñoso, en trabajos y propagandas, allá en Nueva York y Cayo Hueso y Tampa. ¡Pero quién sabe si el pobre Gonzalo de Quesada, alma viril y ardorosa, no ha acompañado al jefe también en la muerte!

Los niños de América tuvieron en el corazón de Martí predilección y amor.

Queda un periódico único en su género, los pocos de un periódico que redactó especialmente para los niños. Hay en uno de ellos un retrato de José Martí, que es obra maestra. Quedan también la colección de Patria y varias obras vertidas del inglés: pero todo eso es lo menor de la obra literaria que servirá en lo futuro.

Y, ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer y perder el tesoro de tu talento. Ya sabrá el mundo lo que tú eras, pues la justicia de Dios es infinita y señala a cada cual su legitima gloria. Cuba quizá tarde en cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora.

Y paréceme que con que voz suya, amable y bondadosa, me reprende, adorador como fue hasta la muerte del ídolo luminoso y terrible de la Patria; y me habla del sueño en que viera a los héroes: las manos de piedra, los ojos de piedra, los labios de piedra, las barbas de piedra, la espada de piedra…

Y que repite luego el voto del verso:

¡Yo quiere cuando me muera,

sin patria, pero sin amo,

tener en mi losa un ramo

de flores y una bandera!

 

 


 

Rubén Darío, "José Martí", en Los raros, Buenos Aires, Editorial Austral, pp.193-203.