Miércoles, 28 de Septiembre de 2016
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Literatura

Islas y genealogías

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Philippe Lançon es periodista y crítico literario. Ha escrito cuentos cortos y dos novelas. En el paisaje intelectual francés, es uno de los que mejor conoce Cuba.

Entre sus escritores cubanos preferidos cita a Eliseo Diego y a Luis Rogelio Nogueras. Y le gustó la última novela de Leonardo Padura, El hombre que amaba a los perros.

El título de la primera novela de Lançon, Je ne sais pas écrire et je suis un innocent, es un verso de Gastón Baquero traducido al francés. Publicada en el 2004, cuenta el descubrimiento de Cuba por un hombre de unos treinta años, que se enamora de la Isla y de una cubana en pleno "período especial". La segunda, Les Îles (Las islas) es el relato de varias soledades y personalidades entre Cuba y Hong-Kong, y en paralelo la historia de una amiga del narrador que se vuelve loca entre La Habana, Viñales y Trinidad.

Parece ser que hasta ahora, las pocas veces que Lançon ha decidido escribir, lo ha hecho para evocar Cuba, entre otras cosas.

Lo que sigue es una conversación parisiense sobre el trópico, con un autor que afirma no estar "obsesionado con Cuba".

Sus dos novelas dan la impresión de que le importa mucho intentar reproducir o por lo menos acercarse a lo que son los 'cubanismos'.

Algo importante para mí, es el hecho que el español lo aprendí en Cuba. No en la escuela, ni en la Universidad, sino en casa de gente, en la calle, también a través del amor. Y a través de la poesía. En ese orden: primero amor, después poesía. Todo bastante tarde, además.

El español es un idioma que he aprendido de manera muy imperfecta, fruto de la experiencia y no de enseñanza alguna. Eso quiere decir que me apropié de las palabras con situaciones, con momentos, con instantes de mi vida. Lo que me resultaba difícil de traducir en esas palabras, era también toda la experiencia que las rodeaba. Y precisamente el trabajo que hice en estos dos libros, y de manera mucho más profunda en el segundo, fue restituir a partir de ciertos momentos, una totalidad sensorial. Viendo una escena, uno ser transportado a otra que se ha vivido en otro lugar, en otro instante, y todo eso, precisamente, constituye el momento. Son también palabras, algunas muy difíciles de traducir. Se puede, por supuesto. Pero es difícil. Por ejemplo apodo; para mi en francés surnom no quiere decir lo mismo, en lo absoluto; se transforma en algo completamente separado de su entorno y de la experiencia en las cuales existe para mí.

Entonces, no es una casualidad que me haya girado hacia la poesía cubana y española: tenía la sensación de que eran los únicos textos que lograban competir con la experiencia, la de la gente, la de mi vida amorosa.

Sí, eso se oye mucho. 'Disfrutar', por ejemplo, simplemente no tiene traducción al francés, en el sentido de 'experiencia' que acompaña a la palabra… Y hablando de experiencias, en las dos novelas hay muchas 'cosas vistas, oídas…', y sobre todo algo así como una galería de retratos y estampas: ese ritmo de los encuentros con 'personajes', con figuras, está mucho más estructurado en la segunda, ya que se mezcla con la historia de Jad. En la primera, en cambio, el lector va captando los encuentros que tuvieron lugar en ese primer viaje a Cuba.

Es que el primer libro es más ligero, más desenfadado. De hecho, y aunque parezca absurdo, se dirige en el fondo a los cubanos, y fue por eso que lo escribí bajo  seudónimo. El segundo no está escrito para los cubanos, es un libro escrito por un hombre de aquí, para lectores franceses. El primero se asemejaba al descubrimiento de un lugar, de un mundo a la vez grotesco, cínico y edénico también, con algo de paraíso, sí. Y de hecho fue escrito con esa alegría, esa despreocupación desorganizada; tampoco quería que fuese tan vertebrado —hay capítulos con más fantasía los unos que los otros, como retratos que van acompañando ese itinerario de aprendizaje de un joven francés en Cuba.

El segundo libro está construido para llegar a ciertas cosas y no para enseñarlas; se trata de transmitir algo sobre las islas. Sobre la soledad y el tiempo también. Los dos narradores de esas novelas —que son yo sin ser yo— se manifiestan de forma diferente: uno escribe en presente, el otro en pasado; uno es más alegre y vivo, el otro  melancólico y en mi opinión definitivamente depresivo, condición que le permite percibir tantas sensaciones. El primer narrador no las percibe a través de la depresión, sino que como huérfano que se reconstruye en Cuba: como si Cuba le diera todo lo que Francia no le dio. Tal no es el caso del narrador de Les Îles.

A propósito de ritmos y tiempos, de desfase entre tiempos de allá y de aquí: Usted dice que no es cierto que el tiempo se haya parado en Cuba, como tanto se repite. ¿Sería mas bien un tiempo extraño, diferente?

Sí, es en efecto un tiempo desafinado. Conocí a muchos turistas en Cuba, y mandé a muchos otros allá; los acogí a veces, algunos eran mis amigos. Les costaba adaptar sus hábitos y su tiempo al del entorno. Todo los ponía en estado de impaciencia. Al menos a partir del momento en que vivían junto a cubanos; desde luego que no estoy hablando de los que iban a los buenos hoteles a hacer turismo de playa, con coches alquilados y con dinero suficiente para no tener problemas. En eso sí se nota que el tiempo es, literalmente, dinero: permite escaparse de lo cubano, ya que los cubanos en general no tienen dinero. Al menos en Cuba. Eso fue algo que me interesó para el segundo libro: al existir esa historia de una mujer que conocí y que se volvió loca allá, me di cuenta que su locura y su sensibilidad exageraban y alimentaban ese desfase temporal vivido por los demás. Me importaba ver lo que devenía esa isla vista por una extranjera, que no habla español y que se vuelve loca. La locura es un estado de potencialidad del turismo. Y me da la impresión que muchos turistas se encuentran no lejos de la locura cuando viajan.

La gran locura latente en el turismo, me parece un hecho completamente antinatural, que solo una sociedad demente como la nuestra puede desarrollar de tal manera. No estoy hablando de los viajes que uno hace con veinte años, con la mochila en la espalda, sino del turismo de masa.

La relación con el tiempo es fundamental en ese turismo: hay una rentabilidad del tiempo, ya que cada estancia es corta por definición. No estamos hablando de Nicolás Bouvier que va a Afganistán, ni de los viajeros del siglo XIX que eran nómadas completamente privilegiados. Hay algo monstruoso en el turismo actual. Con eso no estoy diciendo que hay que prohibirle a la gente que viaje, para nada. Hablo de un fenómeno que existe, pero que sin embargo es monstruoso.

A lo mejor es el resultado de mi primera vida de periodista de reportaje, pero a mí solo me gusta ir a los lugares para ver a gente que ya conozco y reconstruir allá hábitos y costumbres. La idea de ir a ver viejas piedras del otro lado del planeta porque es bello me parece completamente absurda. Lo he hecho, por supuesto, en alguna ocasión. Pero en verdad me causa un profundo malestar. Quiero decir que no es a partir de ese argumento, de ese pretexto, que me posiciono, sino que no veo a qué corresponde tal experiencia para mí. Me saca de la temporalidad vital para lanzarme a una nada de tarjeta postal que me provoca ansiedad. Y en eso los grupos de turistas que vi en Cuba no me ayudaron a cambiar de opinión: allá la concentración de imbecilidad por centímetro cuadrado es tremenda en lo que a eso respeta. Los trayectos en avión de ida y vuelta son siempre una tortura. Me parece que sería mejor si uno pudiera no ver a esa categoría de personas.

¿Y esa problemática turística le parece más acentuada en Cuba que en otros sitios?

Franceses, italianos, canadienses, todos son iguales, solo que con estilos diferentes. Lo que comparten es una extrema vulgaridad, una indiferencia casi total frente a la vida de la gente que supuestamente vinieron a conocer. Se pudiera decir que los que vienen a ligar jineteras cubanas, no serán muy morales, pero al menos vienen a algo. Y hay un intercambio, de cierta manera. Es una relación leonina, repugnante, inmoral pero sí se trata de un intercambio: yo abro las piernas y tú me pagas la cena. Por lo menos se trata de una experiencia. Pero caminar por las calles de La Habana Vieja para tirarle fotos a fachadas de hoteles, se me hace completamente grotesco. Y los típicos comentarios: los cubanos son así, los cubanos son asao. Es horrible. Esto vale para Cuba porque ahora estamos hablando de Cuba, pero parece ser el devenir turístico del mundo entero. Es horroroso.

Seguramente a los lectores de DIARIO DE CUBA les gustaría conocer la genealogía, la génesis de su vínculo con la Isla…

Fui por primera vez a Cuba en 1993 como reportero encubierto, en pleno "período especial". Un amigo francés que hablaba un español perfecto y que se acababa de casar con una cubana insistió en que fuera y me alojara en su casa, grandísima, bonita, donde había mucha gente, muchos cubanos. Él fue mi guía, ya que en aquel entonces yo apenas hablaba español. Me quedé casi un mes, recorrí la Isla, escribí un reportaje. Y conocí a muchas personas, entre ellas a quien dos años más tarde devino mi esposa. Ella inspira en gran parte mis libros, y seguirá inspirándolos. Mientras más lo hace, más se convierte en un personaje alejado de lo que ella es realmente. Esa es mi genealogía cubana.

Después de eso, por casarme con esa mujer, regresé muy a menudo a Cuba; eso me llevó a manejar mejor el español y a penetrar más la cultura, la música de allí. A partir del final de los 90 empecé a escribir artículos sobre escritores, grupos musicales y después, como me ocupaba de literatura en el periódico francés Libération, pues obviamente escribí mucho acerca Cuba, y también de la literatura hispana que, traducida, se publicaba en Francia. Y fue así hasta que me divorcié hace cuatro años. Desde entonces he seguido ocupándome de literatura latinoamericana y he viajado a Cuba. Pero eso sí, tomando un poco de distancia con lo que viví durante casi quince años.

Pienso que el segundo libro, Les Îles, pude escribirlo justamente porque estaba en un proceso de distanciamiento con Cuba. Aunque no se trate de una despedida. Pues es una Isla a la cual regreso con frecuencia. El hecho es que pasé quince años hablando español la mitad del tiempo, y ahora me siento un poco hemipléjico: parte de mí no puede expresarse, ya que no puede pensar y hablar en español o en cubano. Es una cuestión de tono: no soy el mismo cuando hablo español. Recientemente estuve en Madrid y vi a amigos cubanos: es como estar sobre otra frecuencia.

El cambio entre las Cubas de sus respectivos libros es impactante. La isla del primero no tiene nada que ver con la de hoy, que es la de 'Les Îles'.

¡Yo eso lo veo menos que usted! Eso sí, el "período especial" era el hambre. Y el esfuerzo físico también. Por culpa del problema del transporte, aquél esfuerzo físico consistía en caminar muchísimo, esperar largos ratos, pedalear mucho. Darle a los pedales encima de una bicicleta vieja en Cuba cuando hay mucho calor y mucha humedad, con la barriga vacía: ¡eso sí que es infernal!

Pero poniendo a un lado las épocas en la isla, da la sensación que usted habla de dos lugares diferentes.

De cierta manera, el punto de vista sobre Cuba en Les Îles es el de la loca. Porque si bien es el narrador quién cuenta, una vez en Cuba lo que hace es seguir de manera casi neutral lo que Jad vive con su amiga; ese hilo conductor discurre a través de los ojos de Jad. Es una mirada que, por ser la de una demente, no entiende nada de lo que le rodea, pero sí lo siente. Por el contrario, en el primer libro no hay mediación: el narrador está en Cuba y cuenta lo que le sucede. Dos sujetos, dos resultados.

La pregunta que me he planteado pero sin hallar respuesta es por qué haber hablado de Cuba a través de la historia de una loca que mira a la Isla, que vive una experiencia en esa Isla. De cierta manera, Cuba es un país de locos. Pero pienso que no hubiera escrito todo eso si no hubiera visto el cuarto donde Jad fue internada cuando hizo crisis, si no hubiera oído a la siquiatra contarme en qué estado estaba cuando llegó. Y sobre todo un episodio muy preciso que guardé en la mente fue el de su hermano, que llega y le prepara un curry cuando viene a buscarla al hospital. Ese simple hecho me trastornó. Creo que fue por eso que decidí contar esa historia y contarla de esa manera. Con una primera parte muy vertiginosa, muy agitada, en el archipiélago de Hong Kong, donde todo está como detenido, en espera de una tormenta tropical. Algo que uno espera pero que nunca llega. De hecho esa tormenta está anunciada desde el principio: uno sabe cuando abre el libro que esa mujer se va a volver loca. Y cuando llega de verdad la tormenta emerge la segunda parte, mucho más lineal, de la novela.

Una última pregunta: ¿cómo se explica que las dos veces que usted ha escrito —como novelista— ha sido sobre Cuba? Da la impresión que solo Cuba le permite entrar en la ficción novelesca. ¿Ve usted ahí algún vínculo especial, o es simplemente el hecho que en los dos momentos en que quiso escribir novela quería hablar de Cuba?

Sí, digamos que hasta ahora ha sido mi territorio novelesco. Es el lugar de expresión de la imaginación, hasta ahora. Siempre dije y pensé que hubiera podido ser en otro sitio, pero fue en Cuba. Por eso, aunque tenga otros proyectos en mente y ya sepa sobre qué quiero escribir, no quiero abandonar al personaje de Marilyn [la ex esposa cubana, Pilar en el primer libro] porque es un tema novelesco para mí. La gente me dice que eso es un acto de amor, pero yo no lo veo así. Uno no escribe porque ama a una mujer, o si lo hace eso es lo menos interesante: uno escribe porque esa mujer, como ese país, como ese idioma, son o han sido, por alguna razón misteriosa o sicoanalítica, motores de la escritura. De hecho creo que se nota: no estoy extasiado ante Cuba; es solo que Cuba es parte de mi vida. Eso es todo. A los que me dicen que estoy obsesionado con Cuba o que tengo pasión por Cuba, les contesto que por qué nunca me hablan de mi pasión o de mi obsesión por Francia. ¡Porque a pesar de todo es donde nací! Uno puede renacer en otro lugar, uno puede construirse otras genealogías en otros lugares. Y fue mi caso.

Tengo dos familias, la francesa y la cubana. Hay gente que no vive así y no entiende eso, piensa que me he inventado otra identidad. Pero no es el caso, no es ni siquiera una alternativa. Mi supuesto "estado de obsesión por Cuba" no me impide estarlo también por Francia o por España, que será el escenario de mi próxima novela. Me pasó también con Hong-Kong, pero pudo pasar con Rusia. De manera general, me doy cuenta de que me siento bien en un sitio porque me enamoro de una mujer ahí, o siento que podría enamorarme de una mujer en ese lugar. Y no es una fantasía, esa mujer suele existir. Ese es un vínculo importante. El segundo por supuesto es la literatura. Y el tercero, que es capital, es lo que usted llama "disfrutar": cada país tiene su manera de disfrutar la vida, y me interesa conocer o encontrar esos itinerarios, esos rituales, esas costumbres o formas cotidianas de "disfrute". Por eso le decía que no me gusta el turismo, porque me parece constituir un ejercicio sin hábitos. Yo no concibo un mundo sin costumbres, no sé cómo se puede amar sin costumbres, tener amistades sin costumbres, aprovechar la vida sin costumbres. En eso no soy muy moderno porque según se dice ahora la modernidad es el cambio perpetuo. Yo pienso que es dentro del marco de lo habitual que uno puede renovarse y cambiar. Evolucionar lenta pero profundamente. No es gran cosa, pero esos lugares —Cuba, Hong-Kong, España—, son espacios que he integrado.

Solo necesito regresar allá si es que voy a escribir. Soy como todo el mundo, no tengo memoria o la pierdo. Y tengo que ir a precisar las cosas como cuando uno enfoca con una cámara fotográfica. Si le hablo de Hong-Kong ahora o incluso de Cuba, las cosas estarían borrosas. Si voy a escribir, entonces tengo que ir para ver si tal detalle es así o tal otro asao.

Es casi un asunto técnico, ese trabajo particular de la memoria que pasa precisamente por el olvido es el que me permite enfocar, experimentar un lugar. Es cuando estoy en ese estado, califiquémoslo como vegetativo, donde lo borroso deviene detalle. Ahora mismo España me tiene en ese estado. Las descripciones que pude hacer de Cuba en los dos libros, escenas, lugares, gente que creo son bastante alegres de manera general, pues me procuraron un especie de náusea: no podía ya ni escribir, estaba saturado. Era el choque entre ese primer estado vegetativo que mencionaba antes, esa nube, y el momento en que uno se confronta de nuevo a la realidad muy precisa de las cosas, del lugar, de una persona, de un olor. De ese choque nacen la frase, la página.

Escribir no fue lo difícil: me formé como periodista, sé escribir cuando hay que escribir. Pero ese breve momento que sigue a la escritura de un párrafo me causaba náuseas, como si hubiera bebido demasiado. Para decírselo de otra manera y resumirle: la realidad cubana me saturó absolutamente desde el mismísimo momento en qué volvía a sumergirme en ella.