Sábado, 24 de Septiembre de 2016
22:18 CEST.
Música

Ligeros de equipaje

De disco en disco, de paso en paso, surcando el laberinto y sacándole el provecho que solo los iluminados extraen de su hechizo, el artista Julio Fowler consigue con su más reciente CD, Ligeros de equipaje, una obra redonda; incluso le haría mejor justicia si confirmo que es rotunda.

La madurez en un artista va acompañada de muchos sufrimientos, de incomprensiones, de tragos amargos y  de un cúmulo vivencial a veces traumático. Sin embargo, para fortuna de Fowler, si medimos su average,va saliendo ileso y reconfortado. A la par de muchos baches lo asiste aquella particular felicidad —efímera a los efectos públicos pero trascendente en lo personal— que genera crear en estado de gracia y libertad, sin previo condicionamiento de los límites de practicidad del mercado, lo que equivale a palpar la grandeza de pretender lo absoluto, aspirar a la perfección, o salir, incluso risueño, del pabellón de los arañazos. Son lujos extintos en esta época de hipertrofias conceptuales.

No sé si el mercado o la industria musical —hoy tan erosionados por la mediocridad— algún día le abran los brazos a este exquisito creador; pero por lo pronto, Fowler ha cosechado la dicha de edificar una obra propia a la medida de sus utopías y de conquistar el éxito en la edificación del sí mismo; lo que en mi modesta opinión, es el mayor premio y beneficio para quienes nos hemos inclinado por los oficios tenebrosos de crear, comunicar ideas, trasmitir emociones y restituir los vacíos que adentro carcomen a los hombres.

Desde que lo conozco, Julio Fowler se enfrasca en arreglar el mundo, en mejorar las coordenadas en que los humanos hemos decidido vivir a contrapelo de la alegría. Y este disco no deja duda alguna de que, tras el músico, el actor y el poeta, hay un humanista; con una prédica armoniosa, revestida de calidez, mucha cercanía y la sensualidad de la cual carecen hoy, muchos autómatas del pensamiento y la creación. Esto lo coloca en un estrato de privilegio, de artista atento, despierto, opinante, curioso con la cotidianidad, revolcador de las evidencias pero insatisfecho con las certidumbres. Quimérico y optimista desde siempre, a Julio Fowler le cabe aquella frase de Ernesto Sábato con que, unos días antes de morir, intentara definirse: "tengo una esperanza demencial, ligada, paradójicamente, a nuestra actual pobreza existencial, y al deseo, que descubro en muchas miradas, de que algo grande pueda consagrarnos a cuidar afanosamente la tierra en que vivimos". Dicho privilegio lo consiguen solo aquellos artistas de visión panorámica, atentos por igual al paso de una hormiga sobre un arbusto, al rito inverosímil de los átomos y las moléculas, o a la inconmensurable orgía de las estrella y los planetas en el universo. Nunca cabizbajo, a la usanza de los filósofos de la antigüedad griega, Fowler aún destina tiempo a la contemplación agórica del ballet cósmico.

Ligeros de equipaje nos convida a emprender el viaje, en el entendido de que cualquier exceso, carga o lastre, obstaculiza la mejor de las travesías. Desnudo venimos al mundo y desnudo nos vamos, quisiera recordarnos este artista siempre ocupado en esencializar sus mensajes. Desde el título esta propuesta musical invita a enfocar la mirada, a desatender los adornos secundarios y a desestimar el celofán que obnubila. Apelando a un carnaval de referentes musicales eclécticos,  que por suerte, una vez  licuados por la guitarra y el feeling de este singular compositor e intérprete, terminan siendo un manjar netamente Fowler.

Asoman aquí, o reverberan, en estos diez temas, momentos que invocan a Keith Jarrett, Djavan , Gismonti, Bola de Nieve, UZEB, Fito Páez, Ernesto Lecuona, Tuck and Patty, Pat Metheny, Isolina Carrillo, Earl Klugh; o las inspiraciones de un  Latin Jazz que considera desde un Gonzalo Rubalcaba hasta un Bebo Valdés, o la herencia funky que oscila entre lo Head Hunter y lo Dave Matthews Band; un fuerte sentimiento heredero del A&B o New soul al estilo Art Kelly, Mint Condition, Eric Benet o Neyo; sin descartar un poco del refinado bolero que en Fowler recuerda, novedosamente, las reformulaciones siempre afines de Ella Fitzgerald, Elena Burke y Pancho Céspedes. En fin, Julio Fowler es de los más diestros compositores en dejarse inundar de universos sonoros que luego, por medio del criterio de embudo y gracias a su raíz de cantautor, metaboliza y termina dando legitimo estilo y cernimiento a su pasión por la gran música, el buen gusto y la complejidad como expresión del sacrificio y el deleite. Este disco agradece a los coproductores y arreglistas Iván Ruiz y Pepe Rivero quienes le aportan un rango sorprendente más una sonoridad y ejecución instrumental típicas del mejor jazz. Tiene toda la obra de este cantautor una concepción rigurosa de respeto por la responsabilidad que un artista ha de encarar a la hora de verter estímulos en los oídos y ojos de sus espectadores; rara condición en un mundo donde la meta suprema de vender, substrae a los creadores de la raíz gnoseológica (matriz)  y del lugar sagrado y cimero que debieran ocupar en la vida publica.

En lo textual hay un entretejido —ex profeso— entre poesía filosófica y coloquial, de modo que al oído del auditorio se le hace muy potable digerir y captar el sentido de los significados. Cumpliendo con aquella tesis de Víctor Hugo de que "un gran acopio y una profunda economía de recursos se requieren para arribar a lo simple", Fowler nos zambulle en un campo temático denso, pero —fortunas en beneficio del público— tiende y se ocupa con tino de hacerlo parecer ligero, gustoso, suave al oído. Sin su permiso, voy a atreverme a recombinar a manera de collage algunos versos elegidos de entre sus 10 canciones, lo cual permitirá resumir una idea de las líneas temáticas, siempre existenciales, que este autor desarrolla con inteligencia y sabrosura:

 

"Tiempo de mirar adentro y de cambiar el rumbo. Tiempo de vencer el miedo. Hoy me queda el mundo estrecho, hoy amanecí al revés, me olvido de rencores y me como el mundo a besos. Me embriago de placer y te sigo hasta el abismo. Donde dices norte digo sur, donde frenas yo me arriesgo. Yo fui el cazador y fui la presa, y saco mi paraguas cuando nunca llueve. Me pierdo lo bueno por querer lo mejor. Yo descubrí que el mundo amanecía en tu boca. Vida que me ganas la partida que yo no aprendí a jugar; vida rota, maestra vida. Más oficio que la felicidad, más sueños que la libertad; cuando el destino es una ruleta rusa, cuando le ponen un precio a la sonrisa. Le di la espalda a la pereza, le abrí la puerta a lo imposible. Dejé mi miedo en cuarentena, mi ego de castigo. Quité las piedras del camino para no tropezar más de dos veces. Vacié mi corazón de lo inservible. Que no hay muro que no caiga a pedazos; perfecto sin ocaso. Que no hay ley que mande en el corazón de los que se aman".

 

Muy a su pesar, ya que este artista confiesa en uno de sus temas que "resignarse a perder", me toca reconocer que estamos ante una obra tejida con fineza y esmero. Julio Fowler es un triunfador, sin tanto barullo, altisonancias; ni siquiera con la complicidad de las payolas y las sobreexposiciones mediáticas. Su calidad, de alto quilate, lo posiciona en un lugar de preferencia, y acaso en la lista escueta de los grandes autores e interpretes cubanos e hispanos de la actualidad. Pocos pueden darse el lujo de conjugar excelencia musical, buen gusto, textualidad curtida por afanosas lecturas, sentido del decir contemporáneo, teatralidad y mesura en el ego. Pocos como él pagan el precio de quedar reducido a una elite alternativa de creadores que no pactan con el sacrilegio de infectar el mundo con productos chatarras. En nuestra generación se le tiene en la más alta estima, muchas veces incluso, se le admira en silencio, porque también su obra provoca envidia y recelos; son canciones que muchos quisieran haber escrito. Las razones de esa suerte imprecisa se ubican en varias tramas karmáticas, las cuales han malogrado la oportunidad de que algún día veamos a este artista (merecidamente) subir a recibir un Grammy u algún otro trofeo que haga honor a lo prolijo de su trabajo.

Pero nadie escapa a sus orígenes ni a su destino, más cuando en ellos hay la probada convicción del mejoramiento humano. Por ser cubano, por exiliarse, por ser mestizo-mulato, lo que es ya una condición cultural que define lo mejor de lo cubano; por ser post ideológico, ser inmigrante y por clarificar un pensamiento ético y una acción que lo distancia de las modas culturales y políticas, este artista —podría decirse liberal— como muchos de nosotros, paga la deslegitimación con que los centros culturales castigan a quienes se niegan a entrar en las calderas del diablo o en las rapiñas donde se cuecen las estrategias dominantes y las recetas mercadológicas de entretener hasta anestesiar.

En los años que llevo de conocerlo no recuerdo haberle escuchado decir alguna estupidez y me enorgullezco de que sea un contemporáneo forjado bajo las doctrinas del hombre nuevo; pero que haya sabido hacer justicia a esos predicamentos, escapando aun del maleficio que promueven la tirantez entre izquierda y derecha. Ofende a la inteligencia y al sentido común contemplar en los grandes eventos y premiaciones internacionales el vacío o ausencia de representatividad que padecen los artistas cubanos, especialmente los de la música. Los censores confunden a la nación con el estado, a la tradición con el presente, a la Cuba que se empina transoceánica con la que quedó atrapada en las paredes de un cuartel.

Aprovecho el ejemplo de Julio Fowler,  para aclararle a los heterodoxos centinelas del ostracismo cubano, que si algo no se podrá descalificar nunca de Cuba: de ninguna de las Cuba reales y posibles, de ninguna de sus orillas, ni excluir de ninguno de sus procesos históricos, es su tremendo y grandilocuente poderío musical. Porque antes que todo, esa nación es música y gracias a ella se salva en cada canción, en cada melodía, en cada ritmo. Se salva de las izquierdas y de las derechas, del centro y de la locura de las demarcaciones, de los cerrojos oxidados y de los parcelamientos. Y perdonen la exaltación nacionalista. Por fortuna, artistas como Julio y yo, gravitamos mas allá de las geopolíticas; pero sin excederme en excepcionalismos, cabe apelar a aquella idea de Dorothy Lee de que: "cada cultura delimita, codifica y caracteriza la experiencia de manera diferente". Sobran razones entonces para pensar —si desde Pitágoras se relacionó a la música con el ser y la armonía universal, hasta San Agustín que la vinculó con la sensibilidad y la razón— que los cubanos tienen en la música su mayor sacrosanto, la irradiación más virtuosa de su espiritualidad.

Cuando escucho discos como Ligeros de equipaje, no puedo más que sentir orgullo nacional y universal, de ese orgullo que nos hace recordar aquel patio de nuestra infancia y los territorios fecundos de nuestros futuros pasos. Confirmo además que, como cubanos, estamos bendecidos por la gracia y el don de la buena música. Fowler incluso da testimonio de que nuestra cultura crece exponencialmente en la medida en que el éxodo configura nuevos ciudadanos, nómadas del mundo, que propician un cross over multicultural incitador, provocador y sugestivo; lo cual garantiza el germinal entre nosotros de un aleluya fugitivo, una redentora consagración al misterio de la ley de las esferas, como una revelación al hombre de su realidad privilegiada y divina.

Música como esta nos recuerda que es posible vivir en éxtasis y tener a mano la mejor de las medicinas para resolver aquellos pesares que nos invalidan el buen funcionamiento del alma. Gracias, Julio Fowler, por compartir la ligereza bien condimentada, de este sorprendente viaje.