Martes, 27 de Septiembre de 2016
15:37 CEST.
Música

La fuga de una divina diva

Hace solo un par de días falleció Zenaida Manfugás, la gran pianista cubana, magistral intérprete de nuestro repertorio, al que supo infundirle los ritmos, pausas y cadencias que se respiran en la Isla. Era, además, una pianista de talla que desbordaba energía y se sabía al dedillo a Brahms, Bach y Beethoven, sus autores predilectos.

Tuve la suerte de escuchar y conocer a Zenaida en una visita que hizo a Los Ángeles, California, a mediados de la década de los 90, invitada por el antiguo Club de Cultura Cubano-americana para una de sus galas anuales. Recuerdo como si fuese hoy el olor a tiempo y dobleces que destilaba el largo vestido ocre con el que debutó, su pelo recogido en un austero moño y el inseparable collar de perlas que la acompañaba.

Recuerdo también su imponente presencia musical, atada en aquella ocasión a un piano de circunstancias que no le hacía justicia a las manos que lo tocaban. Fue en ese mismo instante, viéndola, escuchándola y sintiendo con ella la disminución que significaba tocar de ese modo, que decidí que en cuanto pudiera la invitaría al plantel en el que enseño. Quería verla desquitarse de aquella cita con aquel desairado instrumento musical.

Fue así que Zenaida vino a Pomona College en la primavera del 2000 a ofrecer un concierto en el que ilustraba el desarrollo de los géneros musicales cubanos en el siglo XIX y XX. En apenas unos días trabamos una relación de amistad, teñida en mi caso por una inmensa admiración hacia aquella mujer negra, bajita y de provincias que tuvo que luchar toda su vida y en todas partes con los obstáculos que el color de su piel, su calidad de mujer y también su personalidad inspiraban.

Ni que decir que el concierto fue todo un éxito y aun entreveo a algunos miembros del público tarareando un danzón o emocionándose ante algunas de las composiciones de Lecuona, a quien le dedicó toda la segunda parte de su interpretación.

Zenaida no tenía pelos en la lengua; más bien diría que poseía la tersura de un pubis angelical. Todo, absolutamente todo, lo decía a plena voz y dondequiera que se encontrara, desde efluvios corporales que no le permitían concentrarse en la pieza que ensayaba (sin eufemismos) hasta la blandenguería musical de alguna antigua alumna. Si alguien se asombraba de aquella libertad expresiva, Zenaida de inmediato alegaba: "Yo soy negra como el totí, pero transparente como el agua".

Tenía innumerables anécdotas de su amistad con Lecuona y también de los difíciles comienzos en La Habana, donde muchas veces la juzgaban por la tonalidad de su piel y no la de sus interpretaciones. Escuchar a Zenaida hablar de su madre, de su vida en Baracoa, ciudad aislada y comunicada con el resto de la Isla a través de viajes marítimos, era ir de su mano en un entrañable viaje a la semilla que nos llevaba a las raíces ancestrales de nuestra cultura. Crombet, uno de sus apellidos, la emparienta con las guerras de independencia de Cuba, en el siglo XIX, en la que participaron gran número de cubanos negros, entre ellos Flor Crombet, quien perdió la vida al desembarcar con Antonio Maceo en 1895.

Estando Zenaida en California, el film Buena Vista Social Club comenzaba su arrollador apogeo. Y, por truculencias del azar, como diría Reinaldo Arenas, el productor del disco en el que se inspira el documental, Ry Cooder, escuchó hablar del concierto de Zenaida y quiso venir a conocerla. Llegó a casa una tarde con su mujer y se pasó un buen rato escuchando a Zenaida. Mientras ella tocaba, Cooder la escuchaba, cerrados los ojos en una especie de éxtasis artístico, para poder disfrutarla mejor me imagino, mientras que su mujer, los ojos muy abiertos,  parecía tener la vista innata de una cazadora de talentos.

Zenaida se ilusionó mucho con la posibilidad de ser grabada por Ry Cooder, pero después de muchas expectativas, no sucedió nada. Creo que se debió, en gran parte, a que Zenaida no poseía "la mística de la Isla". No era igual grabar a una cubana negra, de Nueva Jersey, que a unos músicos recién "redescubiertos" detrás del telón revolucionario. Zenaida no llevaba ningún club de pintura descascarada a sus espaldas ni parecía dispuesta a ser redimida musicalmente. Era pura interpretación, pura vida musical sin argumentos románticos ni existenciales.

En una de sus últimas entrevistas, realizada en Miami con motivo de un homenaje a la pianista, Zenaida aún hacía de las suyas. A una pregunta de la entrevistadora, quien le hablaba de su estadía en España, donde Zenaida residió varios años, la entrevistadora utilizó la frase "la Madre Patria" para referirse a ese país. Zenaida la paró en seco y ripostó sin pestañear: "los negros no tenemos madre patria... si acaso madrasta, ¡y mala!". Y poco después, al referirse a su edad y sus dolencias, algunas graves, Zenaida añadió, con su habitual ironía, que a ella iban a tener que matarla a latigazos.

Esas chispas de ingenio, con aguzado sentido histórico que dibujaban de un trazo el lugar y situación de la población negra de Cuba, dejaban a algunos incómodos, pero eran una muestra de la agudeza mental y la personalidad arrolladora de Zenaida Manfugás.

Espero que sus muchos arreglos de piezas cubanas, y en especial los que tenía de Ernesto Lecuona, reciban la atención que merecen y sean depositados en algún archivo de la música cubana. Debido a su amistad y colaboración con el compositor, Zenaida conocía muy bien arreglos e interpretaciones de Lecuona que el compositor, siempre de prisa, no anotaba. En ese sentido fue no solo intérprete, sino también depositaria del legado de Lecuona, quien murió en España y cuyos restos descansan en EE UU.

No puedo dejar de acordarme ahora de otra figura musical cubana, muy diferente pero también genial, a quien Guillermo Cabrera Infante rindiera homenaje en su Tres tristes tigres: me refiero a La Estrella, la inmensa cantante de boleros que murió dejando solo una grabación. Zenaida deja una honda huella en la interpretación de la música cubana, pero escasas grabaciones.

Es de lamentar que una figura de su importe haya transitado por nuestra cultura en semejantes condiciones. Ya sea por el desmembramiento a que se halla sujeto el exiliado, por su manera de afrontar obstáculos, o por su obstinada y frontal honestidad, aquellos de nosotros que tuvimos el privilegio de disfrutarla y conocerla, sabemos que se merecía más y nos sentimos mermados.

Duele que una presencia musical de tanta vitalidad y relieve, que glosaba con maestría épocas y estilos del hacer musical, desaparezca de este modo. No me refiero, por supuesto, a su muerte, sino al vacío que supone el que una voz de ese calibre haya quedado, por falta de grabaciones, reducida al silencio.