Viernes, 30 de Septiembre de 2016
12:11 CEST.
Música

La más genial intérprete que hemos tenido jamás

Conocí a Rita Montaner en el Conservatorio Peyrellade. Estaba situado en la Calzada de la Reina, número 3. Lo dirigía Carlos Alfredo Peyrellade, Rita y yo estudiamos solfeo y piano en aquel establecimiento. Recuerdo que iba siempre acompañada de su padre: un caballero bien plantado y extremadamente amable. Por razones que no puedo explicar aquí, salí del Conservatorio y tomé clases de un profesor privado, Antonio Saavedra, que fue discípulo de Ignacio Cervantes.

Rita siguió en el Conservatorio, y una vez, invitado por una amiga, fui a una fiesta donde se presentaban los alumnos más aventajados. Rita tocó ese día un movimiento de una sonata de Beethoven. Me pareció que sus condiciones pianísticas eran notables.

Después me dediqué a tocar en cines y perdí de vista a Rita.

Años más tarde me enteré de que ella recibía clases de canto de un eminente maestro: Pablo Meroles, ya que poseía una voz bellísima y un gran temperamento. No lo puse en duda, pues siempre me pareció una mujer excepcional para la música en todos sus aspectos.

La muchacha de Guanabacoa

La vida es rara, porque aquella amistad que había nacido de cierta compenetración espiritual y artística se esfumó, por decirlo así. De suerte que Rita y yo anduvimos lejos, sin contactos sociales siquiera.

Yo continué mis estudios con Joaquín Nin, que reemplazaba a Saavedra en esa labor. Más tarde entré en el Conservatorio Nacional, recibiendo clases directas de Hubert de Blanck. En este conservatorio alcancé mis títulos de profesor de piano y solfeo. Entonces fue cuando alguien me dijo: "¿Sabes que tienes una paisana que, además de tocar el piano muy bien, canta mejor?" "¿Una paisana?" —pregunté—. "Sí, una guanabacoense" —me contestaron. Y no sé por qué me vino a la mente el nombre de Rita Montaner.

Y era ella. En efecto, tocaba el piano admirablemente y de ese modo cantaba. "¡Es magnífica!" —exclamaban quienes la oían.

Como ella y yo nos habíamos alejado, sin saber por qué, quedé esperando a que me invitara a su casa de Guanabacoa, a fin de "hacer un poco de música", pretexto para poder oírla. No fue así. Pero, como sé esperar, me dije: "Ya la oiré".

Fui a Nueva York. Estuve ausente de Cuba varios meses. Al regresar, un amigo a quien admiré y profesé hondo afecto, el compositor Eduardo Sánchez de Fuentes, autor de la habanera "Tú" y de muchísimas obras más, me preguntó si conocía a una muchacha de Guanabacoa que se llamaba Rita Montaner. Le respondí que sí, naturalmente, y le conté mi pequeña historia acerca de ella. Sánchez de Fuentes se disponía a conocerla y a oírla. Yo tendría que esperar.

Algo inesperado

Pero todo esto se interrumpió con algo inesperado: otro viaje a Nueva York. Esta vez para grabar en rollos de autopiano autógrafo Ampico unas composiciones mías. Yo había tratado a Mariano Meléndez, tenor de espléndidas facultades y artista de pie a cabeza. Mariano iba también a Nueva York con el propósito de grabar con la compañía de discos Brunswick, y quería que yo lo acompañara. Acepté y nos dirigimos a la Babel de Hierro.

Mariano, posteriormente, dio sus acostumbrados conciertos con un público inmenso que lo seguía, y yo me preparé para ofrecer un recital de obras clásicas y mías en el Aeolian Hall (desaparecido ya), y que significaba la primera sala de concierto de la gran ciudad.

Y siguen las sorpresas: dos amigos se unieron a mí: Eduardo Sánchez de Fuentes y Gustavo Sánchez Galarraga. Los dos fueron a Nueva York.

Cómo oí a Rita

Eduardo ya había oído a Rita. Estaba maravillado. Yo, con menos suerte que él, seguía esperando. Continuaba sin conocer la voz de mi condiscípula.

Pasaron algunos años y supe que Rita se había casado con el abogado Alberto Fernández Macías. Yo estaba en España haciendo una tournée con la magnífica violinista Marta de la Torre, contratado por la Casa Daniel. Mi primo Eugenio Lecuona, diplomático, padre de la compositora Margarita Lecuona, autora de "Tabú" y "Babalú", me pasó un cable ofreciéndome un contrato de dos semanas (como prueba) para el Capitol Theater, de Nueva York. Acepté. Y debuté con tanta suerte que las dos semanas se convirtieron en seis. Al volver a mi patria, encontré anunciado un Festival de Canciones Cubanas, organizado por Sánchez de Fuentes, con la colaboración de Eusebio Delfín, compositor y autor, y Guillermo de Cárdenas, periodista.

En este festival cantaba Rita Montaner. ¡Al fin iba a oír a Rita!

Asistí al acto. Quedé entusiasmado oyendo a mi "paisana" de Guanabacoa. Subí al escenario. La felicité calurosamente. Recordamos nuestros tiempos del Conservatorio Peyrellade. Un mes más tarde, hice yo unas presentaciones en Payret para interpretar la música que había sido mi éxito en el Capitol, de Nueva York.

Allí, por primera vez, estuvo Rita Montaner en una fiesta musical mía.

Después…

Andando el tiempo, un 10 de octubre, organizado también por Guillermo de Cárdenas, ofrecí un Festival de Música Cubana en el Teatro Nacional.

En el elenco, por supuesto, estaba Rita Montaner, la que estrenó en esa oportunidad varias composiciones de otros autores y mías, entre ellas, mi bolero "Palomita blanca", que cantó a dúo con el barítono cubano, de lindísima voz, Rafael Alsina.

Por aquellos días, el mismo Sánchez de Fuentes y Delfín organizaron en el teatro Luisa Martínez Casado, de Cienfuegos, ciudad natal de Eusebio, otro Festival de Canciones Cubanas, para el cual yo fui invitado. Rita Montaner fue la estrella máxima del programa.

A partir de entonces, fui a España a estrenar algunas obras en los teatros Apolo, de Madrid, y Ruzafa, de Valencia. Mi ausencia se alargó año y medio.

De vuelta a la Isla, en La Habana habían tenido lugar diversos conciertos típicos cubanos, dirigidos por mis amigos los compositores Jorge Anckermann y Gonzalo Roig. José Calero, quien escribía en el periódico El Mundo, y el tenor Adolfo Colombo (ídolo durante muchos años en el teatro Alhambra como integrante de la Compañía de Regino López), quisieron que me presentara en un concierto en el Payret. Así fue. Me vestí de gala con el depurado elenco ofrecido, puesto que el mismo estaba integrado por magníficas voces salidas de varias academias de canto: la de Tina Farelli y Arturo Bovi, preferentemente. Además, contaba con el concurso de otra figura señera de nuestra música: el maestro Gonzalo Roig, por ejemplo, al frente de una orquesta que en su totalidad estaba compuesta por magníficos profesores.

El primer concierto mío fue un éxito tan grande que tuve que repetirlo en el mismo coliseo, presentando algunos estrenos y repitiendo asimismo números del primero. Rita Montaner estuvo en los dos conciertos.

Revoloteo de un nombre

En todos los conciertos de música cubana, Rita era imprescindible.

Se interrumpieron esos conciertos con otros contratos míos en Nueva York. En esta ocasión en el Roxy Theater, que dirigió Luis A. Rothafel, a quien me unía una buena amistad, y era el manager del Capitol cuando yo actué.

A los dos meses de permanecer en Nueva York, recibí un cable de don Luis Estrada, empresario del Principal de la Comedia, invitándome a organizar y dirigir una compañía musical para inaugurar el nuevo teatro Regina (antes Molino Rojo y hoy Radiocine). Como siempre me gustó el teatro, y me sigue gustando, acepté las proposiciones de Estrada y tan pronto terminé mis compromisos con el Roxy e hice varias grabaciones de discos fonográficos contratadas, regresé a La Habana. Rita Montaner había estado también en Nueva York junto con su esposo. Yo, por mi trabajo, no pude hacerles compañía. Pero, libre ya de mis actuaciones en el Roxy, pude admirarla y aplaudirla en el 44th Street Theatre, de los Shubert, en la revista titulada "Una noche en España", donde también trabajaba una danzarina a quien estimé de veras: Helba Huara, peruana, así como un cantor popularísimo en aquel entonces: Tito Corao. Rita triunfaba en el teatro de los hermanos Shubert.

Triunfaba con la música cubana. Dejé de ver a Rita y regresé otra vez a La Habana. Varias entrevistas con Estrada y Juan Martín Leiseca, socio de aquel, culminaron en un negocio que, según recuerdo, fue uno de los más brillantes que se han realizado en La Habana, en lo que se refiere a teatro cubano. Para la inauguración del Regina me valí de los cantantes de mis conciertos: Caridad Suárez, María Ruiz, Dorita O'Siel, Vicente Morín, amén de Paco Lara, Fernando Mendoza y Mario Martínez Casado, actores. Todo esto, alrededor de dos cuerpos de vicetiples (como se decía antes) dirigidos por un consagrado actor: don Enrique Lacasa. En mi mente revoloteaba el nombre de Rita Montaner. Era necesario que ella prestigiara la temporada del teatro Regina.

Y llegó

El antiguo Molino Rojo se iba convirtiendo en un bellísimo teatro. En las paredes del lobby, se veían costosos gobelinos de la época versallesca.

Llegó Rita Montaner. Llegó antes del tiempo que yo calculaba.

Y llegó casi silenciosamente. Ya estaba en La Habana. Yo, entretanto, esperaba. El teatro quedó embellecido y se citó a la compañía para la reunión inaugural. Hubo un paréntesis para que arribara Fernando Mendoza procedente de Nueva York. También dábamos tiempo a Eliseo Grenet, a quien yo había invitado a colaborar en la partitura de Niña Rita. Era una oportunidad para que tuviera lista la música. Y yo —¡qué cosas más extrañas suceden!— terminaría el libro de La tierra de Venus, que había arreglado expresamente para la compañía del Regina.

Tras ella

Me dispuse a ir en busca de Rita, pues era la única que faltaba en el elenco.

El esposo de la artista se negaba a que ella trabajara en el teatro. Me costó Dios y ayuda convencerlo de su error, pero al fin lo logré y Rita fue contratada. Debutamos con las obras Niña Rita y La tierra de Venus.

A la primera le intercalamos la famosa "Mamá Inés". A la segunda le agregamos "Siboney", que se había estrenado en uno de los conciertos de música cubana por la contralto Nena Plana.

Rita triunfó. Plenamente. Clamorosamente. Como yo esperaba.

En esa memorable temporada, fueron estrenadas otras obras de Grenet y mías. También se montaron La Duquesa del Bal Tabarin y El Conde de Luxemburgo, operetas que protagonizó Rita. Y, desde luego, las zarzuelas La Verbena de la Paloma, El Asombro de Damasco y La Corte del Faraón. No hay que olvidar que también tenía Rita "lo suyo". El nombre de Rita ascendió vertiginosamente.

A los cuatro meses de temporada, la Victor y la agencia Felix Delgrange, de París, me contrataron para hacer 20 grabaciones y ofrecer cuatro conciertos en la Ciudad Luz. Lo cual llevé a cabo con el concurso de Lydia de Rivera. Mi compañía, sin mí, naturalmente, emprendió una gira por el interior de la República. Hubo bajas: Caridad Suárez y Dorita O'Siel, que se casaron. Cuando volví de Europa supe que Rita había constituido un verdadero éxito en sus actuaciones personales, acompañada por el pianista Rafaelito Betancourt, por los escenarios de los mejores cines habaneros.

Viajera incansable

Rita grabó muchísimos discos. Su nombre se colocaba tan alto que difícilmente podría caer. Fue a España. Trabajó con la compañía de Eulogio Velasco en el Apolo, de Valencia. Estrenó una opereta: Malvarrosa, con música del maestro Pablo Luna, autor de Molinos de viento, El Asombro de Damasco, etcétera. Al propio tiempo estrenó obras mías.

Dio recitales en Madrid. Después pasó a París en compañía de Sindo Garay y su hijo Guarionex. Ya empezaba a llevar en su repertorio las estampas musicales del maestro Moisés Simons, autor de "El manisero". Yo, orgulloso, seguía los éxitos de Rita. En otros momentos tuvo intervención en compañías teatrales mías. En dos de ellas, debutó con obras bien diferentes: La Revoltosa, pimentoso sainete lírico madrileño, y Rosa la China, de Sánchez Galarraga y mía. En otra temporada mía en el teatro La Comedia, hizo La viuda alegre.

Le organicé un homenaje cuando, en ese mismo teatro desdichadamente demolido, representamos mi opereta Lola Cruz en la que, dicho sea de paso, hizo el rol de Concha Cuesta en forma que no hemos podido olvidar.

Volvió a mis conciertos. Se repetían los éxitos en el teatro Payret. En un homenaje que se me rindió, la salida de esta genial mujer fue tan estruendosa que, al abrazarme, lloraba como un niño a quien hubieran arrebatado un juguete. Asimismo Rita estuvo en la temporada de Agustín Rodríguez, en Martí. Y allí interpretó las más variadas obras: Cecilia Valdés, del maestro Gonzalo Roig; María Belén Chacón, de Rodrigo Prats y María la O, de mi cosecha.

Melodías de Roig, Prats, Anckermann, Sánchez de Fuentes, Grenet, Simons y mías, fueron estrenadas en diferentes conciertos en diversas épocas por la más genial intérprete que hemos tenido.

No puedo olvidar su creación de "Te odio", de Grenet.

Creó personajes radiales y de televisión. Tocó conmigo el piano a dos manos en infinidad de conciertos. Porque era una magnífica pianista, una "pianista de línea", como digo yo.

Algo más

La cultura de Rita asombraba. Hablaba de todo. Asimilaba cuanto leía y oía. Además, lo que sus bellos ojos veían, no lo olvidaban jamás.

Su nombre fue siempre timbre de gloria. Anunciarla era tener el teatro lleno por anticipado.

Allí

Estuve en el hospital Curie durante su gravedad. Pasé junto a la enferma toda la mañana. Desde las nueve hasta las dos. Se distrajo mucho conmigo.

Pero yo abandoné alicaído, angustiado, aquel centro. Me parecía imposible ver a aquella mujer tan bella, tan luminosa, que tenía risa de cascada, en condiciones de derrumbe físico.

Final

En su muerte, escribí una carta que leyó ante las cámaras de televisión Pepito Sánchez Arcilla. Envié unas flores. Las orquídeas del recuerdo.

Esta fue la última colaboración mía en la preciosa existencia de Rita Montaner.

Acostumbro a oír las noticias por la radio a las siete de la mañana.

Escuché la infausta nueva. Fue como un golpe en la cabeza, en el corazón, en el alma. Se me despedazó el sistema nervioso.

Pasé todo el día con el frasquito de bellergal en la mano.

Descanse en paz Rita Montaner. Rita la única. Rita de Cuba. Rita del Mundo.

Para mí, sencillamente, Rita… Rita Montaner. Un nombre que abarcó todo el arte.

Porque eso fue ella: ¡el arte en forma de mujer!

 

 


Publicado originalmente en la revista Bohemia, el 4 de mayo de 1958.