Lunes, 26 de Septiembre de 2016
01:47 CEST.
Teatro

«El teatro es un tesoro que jamás superarán ni Facebook ni Twitter»

Archivado en

Grettel se lo pensó para responder el cuestionario. Se tomó su tiempo. Para ello, debió realizar algunos viajes astrales a lugares y rostros que han sido imprescindibles en su vida y en su formación.

No se trataba de aclarar nada, y mucho menos de salir en los medios de comunicación. Parece ser que todo lo que implique una revisión de sus pasos es algo serio que tiene que consultar antes, con la almohada supuestamente.

Sabe que el paso del tiempo es un camino minado por donde uno debe asomarse sin miedo pero con prudencia. Y que es irreversible.

Leyendo sus respuestas —lacónicas e intensas a la vez— uno descubre la sensibilidad de alguien que subió a las tablas para expresarse…pero con el cuerpo. Esto lo dice ella misma y es fundamental. Nada tiene que ver la escritura que soñaba producir con el riesgo de presentarse, sola, delante de un respetable público, a pelear con los demonios que hay dentro de una sala de teatro. Porque sabemos que el actor lo percibe todo, hasta el más relajado gesto.

Con esta remota conversación que —como muchos cubanos— se debate entre las dos orillas, descubrimos un juego de palabras que trata de definir angustiosamente nuestra realidad nacional, como testigos de un tiempo demasiado largo en el que, al final, tomamos parte y hasta somos jueces, pero no para dañar a nadie, sino, como bien sugiere la actriz, para identificar los estados de ánimo a través de la inteligencia emocional. Y esto parece ser una garantía para que las cosas no divaguen en la superficie, porque el asunto es muy serio.

Transcurrió el tiempo necesario para que la bella mujer de ojos verde oliva y cabello negro encontrara el momento preciso para responder. Repetimos que no es por el registro de las palabras en cualquier formato literario, sino porque, para ella, lo que se dice en una entrevista es un acto de introspección muy fuerte.

De ahí, tal vez, el género del monólogo como coraza y como expresión.

Grettel Trujillo, la actriz y la persona, es uno de esos fantasmas recurrentes que uno lleva a cuestas. En el caso del entrevistador, pensar que un día observó los procesos de creación de muchos actores y directores en aquella isla abandonada a su suerte en los años más duros del llamado Período Especial, y que ahora todo eso —incluyendo rostros como el de ella— no es más que un material de consulta disperso por todo el mundo. Pensar provoca la duda de dejarlo en el recuerdo, o retomar —y actualizar— algunos apuntes, como pudo ser en este caso.

Teatro Cubano de los 90: Tiempos duros para vivir en la Isla, pero importantes años para andar sobre las tablas ¿Estás de acuerdo con este enunciado?                                                                                 

Claro que sí. Y te digo que yo fui testigo. Llegué a La Habana precisamente a mediados del 89 desde Santa Clara, mi ciudad natal, a estudiar en el Instituto Superior de Arte (ISA) y viví esos años difíciles en que no había "ni donde amarrar la chiva". Faltaba de todo y esa paradoja bella de los humanos y de los cubanos (que por algo rima) nos hacía lanzarnos a la creación poniéndole todo el cuerpo, en cualquier género de cosas, porque es válido decir que la inventiva estaba en todas partes.

Esos fueron los años en que se crearon los grupos de pequeño formato, algunos de ellos con actores y directores que venían de compañías ya establecidas. Esos años los atesoro en mi memoria, pues fue una época formativa muy importante para mí, entre talleres teatrales y obras de todo tipo.

¿Cómo descubres el camino hacia la capital? ¿Alguna vez estuviste dispuesta a asumirte como una actriz de provincia?

Pertenecía en Santa Clara al movimiento de teatro aficionado desde que tenía 14 años. Tuve cerca dos personas que me inspiraron y ayudaron a escoger el camino de la actuación. Mi profesora graduada de la Escuela de Instructores de Teatro de Santa Clara, Odalis Chong, y el poeta y también profesor Frank Abel Dopico.

Yo decía que quería estudiar Periodismo, pero ellos "veían" con claridad lo que sería mi futuro profesional. Me convencieron a tal punto que les dije que si no aprobaba los exámenes del ISA me iría a Teatro Escambray. Un grupo que admiraba mucho y en el que me hubiese dado mucho placer trabajar.

Estaba dispuesta a asumirme actriz, no importa si de nación, internacional o de provincia.

Las culpables, con Teatro en las Nubes, aquella puesta para dos actrices que tuvo lugar en la sala del Guiñol Nacional en 1995, donde interpretabas a Clitemnestra, fue tu examen de graduación de la Facultad de Artes Escénicas del ISA. ¿Podríamos decir que esa función te abrió el camino como actriz profesional?

Sin dudas. A partir de allí comienzo mi carrera profesional. Me dio a conocer en el ambiente y me trajo muchas alegrías. Curiosamente, luego de ese monólogo he interpretado tres más. Dos de ellos, activos en mi repertorio. El enano en la botella y Josefina la viajera, ambos de Abilio Estévez.                                                                                   

¿Cómo recuerdas tu paso por Teatro de la Luna, dirigido por Raúl Martín, uno de los grupos más importantes de la escena cubana de los 90 y de todos los tiempos, el colectivo que insistentemente se ha replanteado el repertorio de Virgilio Piñera?

A Teatro de la Luna y a Raúl Martin les debo mucho. Allí interpreté personajes tan queridos como la Julia y la Flora de La Boda, el Zenon de Los Siervos, la Electra Garrigó y por último El Enano, al que le debo tantas alegrías.

Pude investigar y afianzar mi trabajo con el cuerpo, que siempre me interesó. Fue este espectáculo, El Enano…, el que me trajo a EE UU y a mi familia, la que he creado aquí en Miami.

Fue una época intensa de fogueo, de viajes que nos exponían en otros escenarios del mundo y disfruté el trabajo en colectivo.

El monólogo El enano en la botella te ha dado muchos premios y un lanzamiento definitivo como actriz de carácter y polivalente. ¿Te sientes más cómoda en monólogos o en espectáculos de reparto?

Ya casi que me especializo en monólogos, como te dije antes. Los disfruto, me encanta hacerlos, pero me fascina el teatro de pequeño formato. Ése de unos cuatro o cinco actores.

Pienso que de alguna manera el teatro es una sociedad ideal que nos hemos inventado la gente de teatro. Un espacio de conspiración y libertad, un mágico mundo de mascarada. Un lugar de conversación, de intercambio. ¡Oh, milagro en esta época!

El teatro es un tesoro que jamás superarán ni Facebook ni Twitter.

Tengo entendido que llegas a Miami en 2001 con El enano en la botella, cuando todavía el espectáculo no se había visto en La Habana. ¿Te quedas a vivir en Miami en ese viaje o regresas a Cuba y se pudo ver tu interpretación allá?

Lo estrené en Miami; luego fuimos a Nueva York y, al cabo de un mes, regresé a La Habana, donde lo hicimos con Teatro de La Luna en una temporada de tres semanas. Luego de esa temporada, volví a Miami, en septiembre de 2001, y me quedé definitivamente.

Al poco tiempo nació mi primera gran alegría: mi hijo Sebastián, y luego, en 2005, mi hija Rebeca.

¿Crees que Miami es un buen lugar para hacer teatro?

Mira, aquí se está haciendo muchísimo teatro, y de todo tipo. No es cierto que esto sea un desierto teatral, pero no puedo dejar de decir que extraño el proceso de creación, los entrenamientos.

Aquí están Sandra y Ernesto García con su Teatro en Miami; Marcos Casanova con su Teatro 8; Rolando Moreno, Juan Roca con Havanafama; Yosvany Medina, Ivonne López Arenal. Esos, por mencionar solo los del patio.

En Miami lo que no hay es tiempo, como en casi todos los lugares donde llega un emigrante y se tiene que ganar la vida. Crear aquí cuesta dinero, sangre, sudor y lágrimas. No obstante, se sigue y se seguirá haciendo teatro.

Por mi parte, y aunque me estoy tomando un receso, sé que volveré al escenario con algo que realmente tenga ganas de hacer.

¿Cómo es tu vida actualmente? ¿En cuáles proyectos trabajas?

Fuera de una temporada de El Enano… que hice el año pasado en Teatro en Miami Studio y una función especial en Miami Beach, no estoy haciendo teatro en estos momentos.

Trabajo en Venevision Productions, una compañía creada aquí que hace telenovelas para Estados Unidos y el resto del mundo. Me desempeño como editora literaria y asistente en la dirección de dramáticos.

Cambia, todo cambia, como dice la canción.

¿Se puede vivir en Miami al margen de la política? 

No lo creo. Aquí hay una Cuba que yo no conocía. Aquí hay personas con todo tipo de historias mezcladas, y eso ya es político. Es un fenómeno social muy intenso. Aquí se grita lo que en Cuba se murmura o lo que gritan algunos. Es imposible que esa realidad no modifique tu modo de ver la política. Para representarlo en imagen, para mí la política era un papel. Ahora, y doy gracias a eso, es una figura tridimensional y llena de colores.

¿Cómo una mujer tan bella como tú elige, ante todo, el teatro, y no el cine como realización personal?  

Gracias por ese elogio. Te puedo decir que el teatro lo elegí en mi adolescencia y me encantó, y de ahí en adelante creo que él me eligió a mí, pero el cine no creo que sea algo que se pueda elegir. Hacen falta una serie de coincidencias que en mi caso no se dieron. Tampoco lo busqué, la verdad. Ahora es algo que me interesa mucho, de veras.

Veo mucho cine y me fascina "el ojo del actor", ese descubrir el pensamiento que el teatro no puede dar. En la Escuela de Cine… hice mis pininos y luego trabajé en Cercanía, de Rolando Díaz, aquí en Miami,con Ana Viñas, Miravalles, Carlos Cruz y muchos otros actores cubanos.

Espero que esa oportunidad vuelva y no me encuentre viejita. Me imagino en el cine, es un bonito pensamiento.

¿Qué sientes cuando miras atrás; quiero decir, cuando miras al otro lado del Estrecho de la Florida? 

Veo a Santa Clara, mi ciudad, a mi padre, mi hermano, mi amiga Gilda, mi tía Esperanza y mi tía Osiris; mis primos, el campo, La Habana, a Raúl Martin y a mis compañeros de Teatro de La Luna. Suspiro y siento que los quiero mucho y que deseo que estén bien y sean felices a pesar de los problemas; y doy gracias porque todo eso me acompañó en los primeros veintinueve años de mi vida y formaron a la persona que soy.

Lo que siento es tranquilo, sin apasionamientos; es un fluir de sentimientos diversos y la certeza de que, como reza el dicho popular, y que tanto me gustaba decir en la obra La Boda, de Virgilio Piñera, con mi personaje de Julia: "Nada es completo en esta vida".