Martes, 27 de Septiembre de 2016
21:44 CEST.
Música

Palpitando en el espacio

Quizá Alfredo Rodríguez habría pasado su vida tocando a Rachmaninov, a tiempo compartido con acompañar a su padre, el otro Alfredo, el baladista más famoso de Cuba en los 80 (Ay que me encapricho); pero su tío le regaló el álbum de Keith Jarrett, The Köln Concert, y ocurrió el milagro del jazz. Comenzó a improvisar, a crear, a hacer catarsis al piano, a ser él mismo. Tanto, que a los 19 años lo seleccionaron para tocar en el prestigioso Festival de Montreux, Suiza. Y el resto es industria, magia, Quincy Jones.

En Montreux lo vio el legendario productor, que lo calificó como "uno de los pianistas de jazz más prolíficos y talentosos del siglo XXI…" ¡Lo contrató! Nadie había debutado antes en el Playboy Jazz Festival, en el Hollywood Bowl de los Ángeles. Ni en tres años recorrido grandes escenarios de tres continentes. Ni lanzado su primer álbum Sonidos del Espacio, de la mano del artífice de Michael Jackson. ¡Nació en zurrón!, exclamarían los viejos. ¡Es un reventao!, gritarían sus condiscípulos del Instituto Superior de Arte. Y yo, le pregunto:

¿Crees en la suerte?

¡Creo en la oportunidad de la vida! Pero más en no dejarla escapar. Hay tantos que le han cerrado la puerta. Locos con talento que no han podido llegar a nada. Qué hice cuando Quincy Jones me dio mi gran oportunidad, pues aprovecharla, trabajar, luchar, echar pa'lante. Hay famosos por gusto. Quincy es un maestro.

Con él se aprende. Me alienta a tocar y componer lo que me gusta, a trabajar en lo que siento, en lo que creo.

¿Producen diariamente?

No, Quincy está bien ocupado. Afortunadamente, tengo la puerta de su casa siempre abierta. Soy el único que utiliza su estudio. Porque no solo hay una relación de trabajo, somos amigos. Ayer fui a pedirle dos bocinas que necesitaba para continuar componiendo mi primera obra sinfónica. ¡Oye en lo que estoy! No es una sinfonía con cuatro movimientos como las de Beethoven. Más bien es como los Cuadros de una exposición de Mussorgski, una suite sinfónica, a mi manera, con espacios para la improvisación.

¿Crees que las escuelas de música en Cuba están a la par de una Julliard de Nueva York?

Mi primera maestra de piano le dijo a mi padre que yo nunca iba a ser músico. ¡Te imaginas! Tuve una formación irregular, cambié mucho de profesores, hasta que pasé con Silvia Echevarría, que me preparó para el conservatorio Amadeo Roldan, donde estudié con María Teresa Pita, y en el Instituto Superior de Arte con Víctor Rodríguez y Liana Fernández. Horas estudiando a Bach, Schumann, Liszt. Debí ser un pianista clásico. Salí de la Isla hace apenas tres años. Si estoy donde estoy, se lo debo a mis maestros en Cuba.

Pero acabaste tocando jazz, ¿no es eso rebeldía?

El jazz me enseño a ser libre, a improvisar, a crear música en el momento. Hoy me subo al escenario y no tengo idea de lo que voy a tocar. Más del cincuenta por ciento de lo que toco es música que estoy creando, ahí mismo, delante del público.

Mezclas jazz con ritmos cubanos, me parece que estoy escuchando percusión, das deseos de bailar.

De niño quería ser baterista. Me la pasaba percutiendo los cojines del sofá.

Pero en la escuela elemental había o piano o violín. Quizá por eso bailo cuando toco. Porque bailable no es solo una salsa en 4 por 4, o un son. Toco con más contrapunteo, más complejidad armónica, pero mantengo mis raíces. ¡Soy cubano! ¡Y no hay cubano que no baile!

A Pérez Prado, en los años 40, le decían el rompe pianos, porque utilizaba el teclado como una tumbadora. ¿Pretendes tú llevar los tambores al piano contemporáneo?

Pretendo mantener un balance entre melodía, ritmo y armonía. Pero hago la música que me toca, la del momento en que vivo. Muy diferente a la que hacían en tiempos del mambo, pero eso sí, respetando a Bach, a Lecuona, y a Pérez Prado, a todos los que crearon la música de donde venimos.

A Los Van Van los invitan a festivales de jazz. ¿Qué opinas?

Hace 50 años, Montreux era solo de jazz,  pero los tiempos cambian. Hoy los festivales tienen que vender, se amplían con rock, música brasileña, cubana que, por cierto, tiene una enorme influencia del jazz. Ahí tienes a la Orquesta Casino de la Playa, a Pérez Prado, a Benny Moré, a Irakere... Y ni hablar de la timba. ¡No existiría la timba sin el jazz!

Has compartido escenarios con Herbie Hancock, James Ingram, McCoy Tyner, Richard Bona, y otros monstruos. ¡Qué sientes!

¡Me vuelvo esponja! Absorbo cada gesto, cada nota. Son los creadores que admiro desde adolescente y la vida me los pone a la mano. Cada concierto con uno de estos monstruos, como bien dices, es un sueño del que no quiero despertar. ¡Qué manera de aprender!

En tus giras de Holanda a China, cuál ha sido tu escenario más difícil. ¿Alguna vez te han fallado los nervios?

Me pongo más nervioso mirando un partido de soccer que tocando ante 20 mil personas. Siento la energía del público. Pero de cada público emana una energía distinta que determina qué voy a tocar. La segunda vez que fui a Montreux, al escenario grande, fue mágico. No sé si fue porque ahí conocí a Quincy, y comenzó mi carrera, pero aquella multitud me trasmitió tremenda fuerza.

¿Aunque el tema sea tuyo, siempre lo tocas distinto?

Me encanta escribir música. Toco con una base escrita. Pero improviso para sacar fuera mi estado de ánimo. Para expresar con música lo que estoy sintiendo. Esta entrevista, es lo mismo que hago con el bajista y con el baterista de mi trío. Yo pregunto, ellos responden, o ellos preguntan y yo les respondo. Conversar musicalmente por cinco minutos, es un tema. Por cinco horas, un concierto.

Compusiste el himno de la Expo Mundial Shanghi 2010 'Mejor ciudad, mejor vida', con Quincy Jones, Tan Dun, y Garrett Siedah. ¿Cómo fue componer a cuatro manos?

¡Batear en Grandes Ligas! Tan Dun, el compositor que hizo la música para el filme Tigre contra Dragón, ganador de un Oscar, llamó a Quincy para producir el himno, y él me coló en el equipo. Yo hice parte de la música y Siedah, autora de letras para Michael Jackson, escribió el texto. Con ese piquete no podía fallar.

Tu álbum 'Sounds of Space' acaba de salir, ¿me cuentas?

Quería ponerle Palpitando en el espacio, por el texto de Martí: "Lo verdadero es lo que no termina: y la música está perpetuamente palpitando en el espacio". Pero Quincy Jones me orientó que ese título era difícil para el mercado anglo, de ahí el nombre Sonidos del Espacio. Que no es ciencia ficción, sino el espacio que he vivido, los sonidos que me han rodeado. Once canciones compuestas y arregladas por mí, una dedicada a Lecuona, inspirada en su danza Y la negra bailaba; otras sobre la libertad, la unión de la razas, la transculturación. Incluí Crossing The Border (Cruzando la frontera), que compuse a la semana de estar en Estados Unidos, con la tensión que sufren los inmigrantes.

¿Cruzaste la frontera ilegalmente?

Estaba en México acompañando a mi padre. Crucé por Laredo, con una mochila, un suéter, un par de jeans y mi música. Me arrestaron. Dije que venía para escribir y tocar música con Quincy Jones, que si me regresaban, volvería mañana, y al día siguiente, y el día después, hasta que pudiera salir adelante.

¿Hay nostalgia de Cuba en tu álbum?

En el tema Sueño de paseo, expreso qué siento al estar fuera de la patria. Extraño caminar La Habana, el sol enorme, el sudor corriéndome, encontrarme con mis amigos sin camisa. Mira, uno no puede escapar de donde es, de los sonidos que escuchó desde niño. Hay quien dice que mi álbum tiene influencia de Stravinski, de Béla Bartók, quizás, pero es música cubana, porque de Cuba vengo.  

Desde enero de 2009 resides en Los Ángeles. ¿Cuál es tu relación con el gobierno cubano?   

Aún no soy ciudadano americano. Tengo que solicitar visa adonde voy. Si toco en Indonesia o Singapur, ¡qué rollo con los papeles! He tenido que hacer tres pasaportes cubanos desde que estoy aquí, porque se acaban las páginas. En el que me llegó hace dos semanas, me pusieron un cuño raro. Le pregunté a otros cubanos qué era, y me dicen que es el cuño que autoriza a entrar en Cuba. Parece que puedo entrar.

¿Te han invitado a tocar en Cuba? 

Mis socios me dicen "ven pa'cá que vas a reventar esto". Pero yo he hablado con jazzistas estadounidenses que los han llevado a festivales en la Isla, y dicen que es una calamidad presentarse allí. Los invitan, no van cobrando, y el día antes del viaje, le dicen que tienen que pagarse el vuelo, el hotel y hasta el agua de mar. A mí me encantaría sentarme con mi gente en el malecón. Pero por ahora, quieto en base.

Te vimos en Miami, acompañando a tu padre. Nunca se vio un cantante de baladas con un pianista de tanto lujo. Tu padre estaba orgulloso.

Con mi padre aprendí la disciplina de ser un músico profesional. Escribirle arreglos de boleros, rock'n roll, música bailable, fue otra gran escuela para mi formación clásica. Aunque la música no solo viene de la música, sino de quienes somos. Mi padre y yo hacemos músicas distintas. Pero él me ha inculcado valores. Me ha llevado a estar donde estoy. Yo soy quien se siente orgulloso de poder acompañarlo en sus conciertos.

Te presentaste junto a Chucho Valdés y sus Cuban Messenger en la Universidad de Princeton. ¿Cómo fue el encuentro?

¡Emocionante! Me abracé con sus músicos. Chucho vino a saludarme, me dijo que yo estaba llevando la música cubana a otro plano. Tremendo halago viniendo de un artista de su trayectoria. Aunque tengamos diferentes maneras de ver la música y la vida, lo admiro.

Cuba creó ritmos que hicieron bailar al mundo, pero hace medio siglo que la Isla no pone una. ¿Cómo lo ves?

La timba fue un logro en los años 90. Pero no se promovió. Ni por el Estado, ni por un Ry Cooder, ni por nadie. ¿Qué pasa con los talentos musicales de la Isla? ¿Quiénes tocan fuera? Solo Chucho Valdés y unos pocos. El problema de la música en Cuba es la falta de confrontación, de intercambio. Los cubanos necesitan salir y los músicos del mundo entrar en la Isla. Dónde estaría yo si Quincy Jones no me descubre. Pues en La Habana, adonde no va casi nadie, aislado del mundo, sin internet, sin un libro, sin posibilidad de grabar, de intercambiar información con músicos internacionales. ¿Y quién me conocería? Tal vez en el barrio. Pero en Cuba hubo, hay y habrá música buena, porque el cubano lleva la música adentro.