Jueves, 29 de Septiembre de 2016
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Política

Castro's Secrets y Latell's Stories

El ex analista de la CIA y actual investigador adjunto del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos (ICCAS, por sus siglas en inglés) de la Universidad de Miami, Brian Latell, acaba de dar a imprenta Castro's Secrets: The CIA and Cuba's Intelligence Machina (Palgrave Macmillan, 2012, 288 páginas) para noticiar que Fidel Castro —aunque sin haberlo mandado ni tenerlo controlado— sabía que Lee Harvey Oswald iba a matar al presidente Kennedy. Vayamos a sus argumentos.

· El espía Jack Childs —correo internacional del Partido Comunista de EE UU— reportó al FBI que Castro había dicho: "[Oswald] entró como una tromba en la embajada [de Cuba en México], exigió una visa y cuando se la negaron, gritó al marcharse: '¡Voy a matar a Kennedy por esto!'". Esta cita fue largada hasta irónicamente por Castro en medio de una descarga sobre la impericia del gobierno de EE UU para dar con quiénes debían estar detrás de Oswald. Así consta en el informe origina del FBI, del 17 de junio de 1964, que ahora Latell retuerce contra Castro a pesar de que Edgar Hoover concluyó que la información era consistente e igual a la dada por Castro en un discurso: the information [is] consistent and substantially the same as [in] the Castro's speech of November 27, 1963.

· El desertor de la Dirección General de Inteligencia (DGI) castrista, Florentino Aspillaga, informó a la CIA en 1987 que, tres horas antes del asesinato de JFK, recibió la orden de "abandonar todo el trabajo sobre la CIA" —que venía realizando en el centro de comunicaciones al oeste de La Habana— para concentrarse en "cualquier detalle, por pequeño que fuese", proveniente de Tejas.

Parece lógico que la visita del presidente de EE UU a Tejas concitara la atención de la inteligencia de señales (SIGINT) castrista, sobre todo a poco de haber pasado por Miami, el 18 de noviembre de 1963. Sin embargo, el asesinato de JFK estimula tanto la imaginación que las banderías castrista y anticastrista han puesto ya en Dallas (Tejas), el 22 de noviembre de 1963, a Luis Posada Carriles y Fabián Escalante Font, respectivamente.

· Otro desertor, Vladimir Rodríguez Ladera, informó a la CIA en 1964 que, al noticiarse el arresto de Oswald, se comentó mucho en la sede de la DGI que "había estado en la embajada cubana [en México]". Latell se agarra del testimonio para inferir que Castro mintió el 27 de noviembre de 1963, en la escalinata de la Universidad de La Habana, al referirse a la presencia de Oswald, el 27 de septiembre de 1963, en la embajada de Cuba en México: "Nosotros no lo sabíamos, porque era una cosa de rutina". Según Rodríguez Ladera, Castro lo supo enseguida, porque desde allí se le informaba todo directamente. Hoover dio por sentado en su precitado informe que Castro se enteró después. No merece discusión quién es más creíble y plausible entre Hoover y Rodríguez Ladera.

· Los dispositivos de escucha de la CIA en la embajada de Cuba en México captaron que Luisa Calderón, oficial de la DGI, respondió así a quien preguntaba por teléfono sobre el asesinato de JFK: "Me enteré casi antes que Kennedy". Calderón precisó que Oswald hablaba ruso y había escrito a Castro en 1959 ofreciéndose a integrarse a su revolución. Esta conversación no sugiere para nada que Castro supiera de antemano las intenciones de Oswald. Latell no pasa de sacar con forceps un plan de asesinato de un grito que Castro endilgó a Oswald para enfilar la sospecha más aguda contra el establishment en EE UU. Si creyéramos a Latell, Castro y su bando serían los únicos en este mundo que conocían de antemano qué pensaba hacer Oswald, pero semejante exclusiva se torna delirio: no hay indicio racional de que Oswald tuviera en aquel entonces ni siquiera algo así como un plan.

El forro académico en subsidio

La otra clave del libro es una revelación al mejor estilo de la televisión miamera: "Castro dirigía al doble agente más importante en la historia de la inteligencia": el comandante Rolando Cubela, quien habría conseguido para su jefe "la prueba definitiva de que Kennedy estaba tratando de matarlo". Esta revelación se acredita con otro desertor, Miguel Mir, quien asevera haber leído archivos que identificaban a Cubela como doble agente bajo control de la DGI. Para remachar, el "mejor amigo de Cubela", Carlos Tepedino, confesó en 1965 a la CIA que Cubela "estaba cooperando con la inteligencia cubana".

Aparte de que Castro no se desayunó con Cubela sobre los planes de la administración Kennedy contra su vida, Latell viene a imprimir un giro alucinante a la vieja teoría del asesinato de JFK por represalia de Castro, que se incubó al contar el corresponsal Daniel Harper (AP) que Castro había aseverado, el 7 de septiembre de 1963, que si Washington persistía en sus planes terroristas de eliminar a los líderes de la revolución cubana, entonces los líderes de EE UU correrían igual peligro. Hacia 1967 sendos artículos de Jack Anderson y Drew Pearson divulgaron esta perspectiva y el presidente Lyndon Johnson —creyente de tal teoría— ordenó al FBI investigarla. La CIA siguió la rima y así salieron a relucir sus propios planes de asesinato contra Castro, pero jamás uno solo de Castro para liquidar a Kennedy. Latell pretende llenar esta laguna con que al menos Castro sabía que Oswald planeaba matar a JFK y dejó que corriera, ergo: cifró su represalia en un desquiciado y sin advertir que la amenaza distaba mucho de venir ya solo del presidente de EE UU.

Coda

Para salir del entuerto del doble agente encarcelado, incluso por poco tiempo, Latell se atreve a atenuar la privación de libertad de Cubela: "Durante 12 años fue médico de la prisión y vivió en condiciones cómodas, y con frecuencia se le veía manejando por las calles", pero habría que tragarse entonces que Castro no sabía cómo esconder dobles agentes.