Martes, 27 de Septiembre de 2016
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Centenario Virgilio Piñera

Virgilio, colibrí ahogado

Sabemos quién fue Virgilio Piñera. Resulta más difícil, más incómodo, saber quién es Virgilio Piñera hoy, dónde está, o dónde podría estar. Desde la maldita circunstancia (que es una suma de circunstancias malditas) hasta el pajarraco que grazna, su nombre involucra ya una serie de lugares comunes que, lamentablemente, nos hacen pensar más en el Autor y menos en la materia bruta, sólida y palpable, con que esos lugares comunes fueron hechos.

Ahora, con motivo del centenario, Ediciones Unión publica Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta. Correspondencia 1932-1978. Todas las cartas que pudieron ser localizadas entre todas aquellas que Virgilio redactó y recibió a lo largo de su vida. Una suerte de biografía dispersa, llena de intervalos de silencio, es el saldo de esta papelería pasada en limpio.

Pero también es algo más: la posibilidad, para el lector cubano actual, de rastrear un posible vector virgilio. Vector que estaría hecho de instantáneas como las que siguen (entre muchas otras):

Marzo de 1932. Virgilio le escribe a un amigo de la adolescencia: "Nuestra fábrica de vinagre iba bastante bien, pero nunca faltan envidiosos y serpientes; fíjate, los Climent, esa honorable familia, no solo nos denunciaron, sino que hacen vinagre de ácido acético y cuando lo van a vender dicen que es de plátano".

1943. Aunque no se trata de una carta, el libro incluye un documento con la versión piñeriana del célebre encontronazo con Lezama en el Lyceum. Lezama califica de "revista de mierda" a Poeta, el tabloide de dos números que hizo Virgilio. Lezama le informa a Virgilio que está desprestigiado intelectual y moralmente en La Habana.

"Por último", escribe Piñera, "se complace en decir a todo el mundo que me propinó una soberana paliza y que me dio una galleta tan fuerte que su mano quedó totalmente luxada. Justifica la agresión declarando que mi insignificancia intelectual no merecía otra cosa."

Abril de 1946. Por primera vez en Buenos Aires, le escribe a su familia: "Yo voy a hablar con el cuñado de Obieta, un paraguayo que tiene que ver con fábricas de tejidos, para que él me diga las posibilidades que hay de enviar tejidos de ropa de hombre y otros a Cuba. Sería un buen negocio pues son tejidos baratos y magníficos. Yo creo que en este negocio sí se saldría adelante."

1946-47. Busca en Buenos Aires textos para Orígenes. Le escribe a Lezama: "En relación con las colaboraciones quisiera decirte algo. Aquí todos están acostumbrados a que se les pague". No aparece la respuesta de Lezama. En la siguiente carta, le escribe Virgilio: "No puedo creer que por solicitar de Orígenes pago de colaboraciones haya debido morir a los 35 años".

Agosto de 1947. Le escribe a su hermana: "A mí me ha dolido mucho alejarme, estar separado de todos ustedes, pero quedarme también habría significado, tengo por seguro, mi suicidio (material o mental, qué importa, siempre sería suicidio), pues yo estaba confinado con la nada, con la desesperación [...]"

Abril de 1955. Planeando su regreso a La Habana, le escribe a José Rodríguez Feo: "Se me ha ocurrido esta idea: poner un localcito con una librería de viejo. Nos daría para vivir a Humberto y a mí. Yo creo que sacaríamos el alquiler del local y para la comida".

Febrero de 1958. Le escribe a Humberto Rodríguez Tomeu: "Bueno, al fin se estrenó La Boda. Noche tormentosa. Nada menos que un apagón de una hora minutos antes de empezar. Fue algo horrible. Imagina cómo salieron a escena esos actores, que por añadidura, no son maravillas y, como siempre, cojeaban, además de otras cosas, en la letra".

Mayo de 1958. Otra vez en Buenos Aires, le escribe a Antón Arrufat, en Nueva York: "Si te contara de mi reciente viaje en barco temblarías. Veinte días metido en un mal camarote de tercera, con gentes de tercera clase, con niños, con perritos, con mareo, con viejas vomitadas, con toda la hez [...]"

Noviembre de 1958. Le cuenta a Humberto Rodríguez Tomeu el encuentro que tuvo en 23 y 12 con Ramón Ferreira y Agustín Fernández, quienes le gritaron "¡Cucaracha, cucaracha!", y luego lo amenazaron con molerlo a palos si lo volvían a ver por allí.

"Estoy tan nervioso que me han entrado temblores y cosquilleos en las piernas. No se me quitan. Si pudiera comprar el Neuro Basal, pero cuesta ocho pesos."

Noviembre de 1958. Le cuenta a Arrufat que lo han botado de casa de Rodríguez Feo. Escribe la carta, dice, sentado en el borde de su cama, con la máquina puesta sobre una silla.

"En relación con todo esto te ruego que no vuelvas en tus próximas cartas a pintarme esos paisajes idílicos, esas casas confortables, esa paz, ese orden. ¿Para qué? Yo sé perfectamente lo que me espera, sé dónde estoy, y sé que con el correr del tiempo será peor cada día que pase."

Enero de 1959. Le escribe a Humberto Rodríguez Tomeu: "La huelga ha durado cuatro días. Como no teníamos vituallas me vi obligado a salir una noche. Al llegar a San Rafael y Amistad un miliciano me puso un rifle en las manos y me dijo que le hiciera el favor de guardárselo hasta que él volviera. Imagina mis terrores y mi indecisión: no sé manejar ese artefacto".

Enero de 1961. Tras algún intercambio anterior, que no aparece en el libro, encontramos de pronto esta carta de Witold Gombrowicz: "Mi pobre Vigilio: no se trata de insultos, sino de que la soberanía excesiva no siempre conduce a resultados positivos. Reconozco su derecho a la autodeterminación y no pretendo ser imperialista, pero cuando yo le pido una nota-prefacio con fines bien definidos, hay que tomarlo un poco en cuenta o avisarme de que me busque otra persona".

Más adelante el polaco añade: "Si tiene naturaleza de submarino, si le gusta hundirse a sí mismo y a su propio trabajo (su obra, mejor dicho), haga lo que le dicta su naturaleza de colibrí ahogado, allá usted, yo no me meto, cada uno con lo suyo [...]"

Octubre de 1963. Le cuenta a Humberto Rodríguez Tomeu que lo invitaron al Festival de Edimburgo pero no pudo ir. La carta con la invitación y un boleto de ida y vuelta "llegó a la Unión el 2 de agosto y ¡agárrate! Fue abierta el 5 de septiembre, cuando ya no había tiempo para hacer nada. Me dice Guillén que la culpa es de la secretaria que no abrió la correspondencia oficial en su ausencia (Guillén estaba en Chile)".

Y más adelante: "Hoy estoy un poco más animado. Dirás, ¿por qué? Pues recibí desde Londres un cepillo de dientes de nylon. No puedes imaginar el valor que tiene para nosotros cualquier bobería de esas".

1964-1965. Virgilio está concursando en el Premio Biblioteca Breve. Carlos Barral le escribe para decirle que ha intercambiado algunas impresiones con el jurado, y es más que probable que su novela no obtenga el premio. Le propone retirarla para que no aparezca en la lista que se dará a la publicidad, de modo que no se vean desfavorecidos ni la novela ni su crédito de escritor.

Virgilio responde: "Amigo Barral: tengo entendido que un escritor al optar por un premio literario lo hace a sabiendas de que tanto puede ganarlo como perderlo. Si ello es así no veo por qué no hacerlo aparecer entre los perdedores".

Hoy podemos decir que el perdedor ha triunfado. Podemos invocar una grandeza: la del gran perdedor. Ahí están las obras completas en el canon. Precisamente por eso hay que celebrar que en Virgilio Piñera, de vuelta y vuelta, la obra piñeriana (escrita o por escribir a medida que esta correspondencia se acumulaba) esté en un segundo o tercer plano, sin brillos, como un fondo desdibujado.

Nada de literatura: puro presente congestionado. Inhalar el polvo de estos viejos papeles y olvidarse por un momento de sus libros, de su posteridad literaria, tal vez sea la mejor manera de recordar a Virgilio en el centenario; de traerlo, una vez más, con nosotros.